Capítulo 86

La cagada tendría que esperar. Mi plan se veía frustrado por el lugar. Había vuelto a casa para ejecutarlo, y no sabía qué pintaba allí. Odiaba el barrio. Odiaba a la gente. No importaba lo mal que estuviera. Prefería estar triste en casa de cualquier otra persona que en la mía propia. Una panda de chavales asquerosos, de éstos cuyas caras no sabes reconocer ya que son clones de otros clones y visten todos iguales, estaban afuera hablando a gritos. No importaba que hiciera malo. No importaba que hiciese frío o chispease. Todos abajo, hablando a voces, riendo como idiotas tan fuerte que ni las ventanas ni la altura contenían sus voces de subnormales. No supe reconocer quiénes eran. Creo que uno era Javi. Cuando no tocaba los cojones con música los tocaba a gritos. La cuestión era molestar. Su misión era molestar. Siempre. Una y otra vez. Mi corazón parecía que quería reventar. Era puro fuego latiendo. Quise bajar y correrles a hostias. Tenía cosas que hacer al día siguiente y quería estar con buena cara, no con ojeras y un sueño propio de trabajadores compulsivos.

En una de ésas parecía que uno de los chavales miraba hacia arriba, sonriendo con una de esas asquerosísimas sonrisas que parecen decir: “soy el rey y conquistador del mundo y tengo derechos sobre ti”. Un flipado de la vida que no sabría qué hacer si sus papis dejasen de pagárselo todo. Me eché hacia atrás, deseando que no me hubiese visto, pero empezó a gritar:

—¡Guapa! ¡Baja aquí!

Apreté los dientes, odiando el momento en que decidí asomarme. Todo, pero todo mi cuerpo estaba ardiendo, deseando callarles las putas bocas. El pecho me ardía tanto que parecía que iba a explotar. ¿Qué hacer? ¿Bajar y correrles a hostias? ¿O guardarme mi odio y mi orgullo para mí misma? Dejarlo ahí en un recodo de mi corazón, oscuro y remoto, retorcido y espigado. Un rincón que se desprendía en cada latido, dejando un poquito de oscuridad en mi sangre, en mis venas, la cual recorría mi sistema haciéndolo vibrar de odio. En ese momento el odio era tan intenso que parecía que mi cuerpo iba a desmayarse. En otras ocasiones, simplemente amargaban la sonrisa de mi cara. Me decía a mí misma que cuando saliera de allí estaría contenta. Y era verdad. Porque cada vez que estaba lejos podía dormir tranquila. Podía estar tranquila en casa sin ruidos molestos, más que algún cajón cerrándose o pasos o algún grito puntual. Podía caminar por las calles sin miedo a encontrarme con algún indeseado que me soltase improperios, como solía suceder siempre allí. Era un sinvivir. Era una preocupación constante. No sabía cómo podría enfrentarme a aquello y salir ilesa. Lo que más me consolaba era la seguridad de que lograría salir de esa mierda de barrio. Lo que más me perturbaba era que hasta entonces tendría que aguantar a garrulos así.

Di vueltas y vueltas en la cama, incluso cuando se fueron, pensando en cómo salir de allí, pensando en lo estancada que estaba, con las ganas que tenía de avanzar. Pensé en la traición cometida contra ambos. No sé cuántos días transcurrieron. A Onai apenas podía verlo debido a los planes de la boda. Y a Eric no me apetecía. Era una niña caprichosa incapaz de decidirse, jugando así con los sentimientos de los demás.

Fue en ese preciso momento cuando escuché una especie de piedra impactando contra la ventana. Me extrañó. Pero escuché otra. Y otra. Y otra. Y otra última. No, qué coño última. Otras muchísimas más. Me asomé y vi una granizada de tres pares de narices, por no decir cojones. Un escalofrío profundo me recorrió la espalda. Hacía un frío que no sabía cómo pude aguantarme de pie sin meterme en las mantas corriendo. La estufa normalmente habría estado puesta en esos casos. Lo más probable es que los chavales no hubieran aguantado y al final se hubiesen ido a casa. O que vieran el granizo. O se cansasen de dar por culo (sí, claro, fijo que esto último). Me tiré en la cama cuando me vibró el móvil. ¿Qué coño hacía que no lo puse en modo avión? Lo cierto es que me alegró.

“K ases tan tarde y despierta”

“No puedo dormir gracias a los pijos del barrio”

“Aaaa los swaggers jajaja”

“¿Y tú?”

“Pos no puedo dormir t vienes?”

“¿A tu casa? No tengo ganas de cambiarme”

“Va k t tngo una sorpresita ;)”

Enarqué una ceja. No pude adivinar qué había tramado.

“Asomat corre”

Había vuelto de casa de su tío, parecía ser. Le obedecí, a ver con qué me sorprendía. Caminé hasta la ventana. Y al ir a encender la lámpara ésta no funcionó. Le di varias veces. Mi sonrisilla se borró y lo llamé para preguntarle qué había hecho.

—¿Yo? Nah, dejar sin electricidad a todo el barrio. A éste, y al barrio vecino.

—¿A los de la Alubia? Qué dices.

—Sí.

—¿Y por qué? ¿Qué dices? ¿Qué…?

—Sabía que no podrías dormir. Y vi en el tiempo que iba a granizar tooodo el día. Así que… ¿qué mejor que un día sin que nadie te toque los huevos?

—Jajaja. —me puse colorada riendo.

—¿Entonces? ¿Te vienes conmigo?

—Por supuesto.

Con una linterna y en silencio me vestí. Dejé una nota a mis padres diciendo que había madrugado para hacer los recados. Eran las cuatro de la mañana así que era difícil de creer si se levantaban por culpa del ruido de la puerta abrirse, pero bueno. Con un paraguas en mano di cinco saltos… No, miento. Si hubiera saltado me habría abierto la crisma. Pero sí que me apresuré en llegar al portal y verle a él abriéndome la puerta. Como una niña pequeña le sonreí y lo abracé, dándole un beso en los labios. Me parecía una aventura. Me parecía… algo diferente. La adrenalina se me disparaba. Subimos hasta su piso y dentro cerró todas las persianas excepto la de la ventana de al lado de la cama. Se aseguró de que las cortinas no se descorriesen. Se tumbó junto a mí y nos dimos calor debajo de las sábanas.

—Hace un frío infernal. —le dije temblando y sonriendo como una boba.

—Ven… —me dijo quitándose la parte de arriba de su ropa. En verdad él estaba en tirantes, o sea, que tampoco se quitó mucho. Me tumbé encima de su pecho y sentí su calor corporal.

—Por Dios, ¡estás ardiendo!

—Soy de sangre caliente.

Nos miramos con esa mirada que habla más que una lengua. Estábamos deseando ser el uno del otro. Mi corazón palpitó nervioso. Hacía tiempo que no echaba un polvazo en toda regla. Mi boca se entreabrió, casi babeando. Y fue en ese instante cuando me olvidé de lo demás.

Mordí un pectoral suyo. En lugar de asustarse dejó escapar un pequeño gemido. Sus manos comenzaban a recorrer mi cuerpo.

—Para esto me traías… —le sonreí.

—Para esto y más. —dijo saboreando mis labios. Yo no me quedé atrás. Absorbí el grosor de los suyos, mordisqueando el inferior. De mis labios pasó a mi mejilla y bajó hasta mi cuello, donde succionó con fuerza. Dejé escapar un gemido tímido. Suspiré. Silencio de fondo. Ni un vecino molesto. Ni chavales en la calle. Ni música estrepitosa. Sólo silencio. Estar así me relajó aún más. Su mano ya estaba sobando mi trasero.

—¿Lo quieres…? —le pregunté alzando una ceja, sonriendo pícaramente y mordiéndome los labios.

—¿Lo quieres tú? —me preguntó él con sonrisa vacilona. Su mano fue traspasando las barreras de mi pantalón. Con suaves caricias dibujó círculos en mi apertura anal mientras seguía haciéndome chupones en el cuello.

—N… no te excedas… —le pedí.

—Eres mía. Yo te marco a mi gusto.

Mis ojos tornaron blancos. Gemí con un bufido de placer. Mi cuerpo entero cayó desplomado sobre el suyo. Mi cadera, con movimientos delicados e inconscientes, se acercaba a sus dedos, los cuales Onai se encargaba de separar.

—No, no. Aún no. —me dijo sonriendo.

—P-por favor…

Emitió una carcajada de las que te dejan helada. Entre maldad y excitación. Entonces yo contraataqué. Mordí su cuello, también marcándoselo, dejándole un montón de saliva chorreando. Le miré con cara salvaje. Él seguía sonriendo.

—Veremos quién ríe último. —dije.

—Veremos. —dijo él introduciendo la punta de su dedo por mi culo.

—Hijo de… —apreté los puños y la mandíbula. Mis nalgas se contrajeron, apretando su dedo, aferrándose a él con temor de que saliera de mí. Le dio un mordisco a mi cuello y volvió a carcajearse. Introdujo más su dedo, con forma de rosca, agitándolo, removiéndolo. Me contraje tanto que incluso mi vagina se apretó. Yo… Yo… Y-o tenía que contraa..ataca…ar. Mi mano bajó hasta donde se hallaba su miembro viril. Estaba erecto. Le excitaba tocarme de esa forma. Lo agarré con fuerza por encima del pantalón y lo apreté. Aflojé, apreté, aflojé, apreté. El flujo de su sangre acumulada se aceleró, volviéndose más dura, más gruesa. Apreté con fuerza y con un ligero movimiento de muñeca le robé varios gemidos.

Ahora quien sonreía era yo. Él no se contuvo. En lugar de un dedo, fueron dos los que ya entraban en mí. Mi mano eludió su pantalón y tocó su pene, cálido y húmedo. Apreté su punta, de la cual brotó un poquito de semen. Lo recogí con un dedo y me lo llevé a la boca, saboreándolo junto a mi dedo, chupándolo como si fuera su polla. En ese momento no resistió más. Se puso encima de mí hecho una bestia. Ahí reí yo. Se desnudó por completo y me desnudó después, besando mi cuerpo con pasión mientras lo hacía.

—Tss, tranquilo. Tenemos tooodo el día. —le dije.

—No. Me has puesto demasiado cachondo. Ahora asume las consecuencias.

Mis pies atraparon a su pene. Uno por encima, el otro por debajo. Era la primera vez que hacía eso. Alguna vez había jugado con uno, pero no con los dos a la vez. Se lo apreté y agité. Posó sus brazos sobre la cama, rugiendo como un animal, colorándose, mirándome con rabia. Yo le sonreí de nuevo. Entonces él bajó hasta mi clítoris, al cual le dio un lametón y succionó con fuerza, tal y como succionaba la piel en mi cuello. Luego penetró mi vagina con su lengua, rozando en círculos su dedo sobre el clítoris humedecido por su saliva. Mi vagina se contraía, apretando su lengua dentro, la cual, juguetona, se retorcía de la misma forma que yo me retorcía de placer.

Agarré el pelo de su nuca con tanta fuerza que aproximé más (si es que se podía) su cabeza hacia mi fruto salvaje. Su lengua subió desde la vagina hasta el clítoris, hasta el ombligo, hasta mis pechos, para volver a bajar. Me agarró de la cintura y me elevó un par de centímetros. Así, mi trasero estaba expuesto a su boca. Como dándole un mordisco a una manzana él abordó mi culo de esa forma. Su lengua pasó por mi piel hasta la entrada, donde entró, tímida, para salir y seguir lamiendo hacia la vagina, para subir hasta el clítoris. Yo estaba en el cielo. Ya no sabía ni qué estaba sucediendo. Solamente me dejaba llevar. Ahora sería él quien riera, y yo no podía hacer nada. Estaba a su merced.

Volvió a por mi culo, chupando con pasión, con rabia, incluso, dejando saliva a su paso, tragando él lo que quedaba en su boca. Le encantaba saborearme, y eso yo podía verlo, excitándome aún más. De entre todo el placer pude zafarme, agarrando su pene y masturbándoselo. Estaba húmedo y deslizaba con facilidad. En lugar de un movimiento seco, lo hice en espiral, con solamente dos dedos. Me concentré en su glande. Con mi dedo índice resbalaba por su parte superior, y con mi dedo gordo por la inferior. Tras dos minutos así apreté con todos los dedos, dándole prioridad a los dos mencionados antes y al corazón, el cual también sujetaba la parte superior de su glande. El resto de dedos se fundían al grosor y esponjosidad de su pene, el cual palpitaba por la fuerza que la sangre latía en él.

Se resistió ante mis encantos y se separó de mí para volver a lamer todas mis partes más íntimas. Pero me resistí. Me eché hacia atrás para levantarme de la cama y tumbarlo a él con mis fuerzas. Entonces acerqué mi rostro hasta su pene. Con la punta de mi lengua rocé su glande. El pene se agitó. Yo sonreí. Respiré con tranquilidad, dejando a la calidez de mi aliento rodear a su miembro viril. Con un movimiento brusco impactó en mi cara, buscando mi boca. Agarró mi pelo y me folló la boca con violencia. Se restregaba por todas mis cavidades bucales, impregnándose de su humedad. No me cabía entera, y cuanto más me penetraba más me atragantaba. La sacó un segundo, cayendo todo un manantial de saliva que salpicó hasta el suelo, y volvió a metérmela, follándome con bestialidad.

En mitad empecé a reírme. Aunque fuera él quien me estuviera follando así, era yo quien lo tenía a mi merced. Cuando más placer creí estar dándole lo empujé con toda la fuerza que tuve. Me miró con los ojos desorbitados. Nunca le había visto poner esa cara. Me reí y escupí a un lado toda la saliva que había quedado en mis labios cuando sacó su pene. Masturbé mi clítoris y me coloqué encima de él. Poco a poco su falo fue adaptándose a las medidas de mi vagina, la cual palpitaba con necesidad de tenerlo. La apreté lo máximo que pude para darnos placer y lo monté durante solamente un minuto, llegándonos el orgasmo a la vez. Incluso él empezó a correrse antes. Su cuerpo entero tembló, como si le estuviera dando un ataque. Su semen me estaba inundando. Gemía como una perra mientras yo también me corría, montándolo a mi parecer y a mi voluntad. Me acarició los pechos mientras yo aprovechaba su empalmada para acabar de correrme. Luego lo miré, con su falo aún tieso dentro de mí, sonriéndole. Tragué un poco de saliva. Mi vagina había quedado completamente satisfecha. Me mordí los labios y lo miré como una tigresa. Él se incorporó y me besó con pasión. Con pasión y algo más. Porque dentro de mí pareció sonar un “crack”. Un crack que anunciaba una chispa. Una chispa que prendería un fuego que consumiría mi corazón. Lo que empecé a sentir por él tantos meses atrás y que yo misma me había evitado volvía. Y más desolador que nunca.

 

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