Capítulo 97

El gran día llegó. El día en que intentaríamos arreglar nuestras vidas a la vez que uníamos otras. Había quedado con Jenny aquella tarde. No daba crédito al ver que yo había sido quien dio un paso al frente. La invité a casa de mi hermano para beber allí. Volveríamos cuando quisiéramos y dormiríamos cuanto deseáramos. Lo malo es que sólo éramos ella y yo. Seguíamos sin saber nada de Laura, llegando incluso a preocuparnos.

Privamos whisky. Del malo. De éste que te deja hecha un cisco y medio muerta, tirada en alguna esquina. Yo lo mezclé lo máximo que pude, echando apenas un chorrín. Debía estar lúcida para hacer funcionar al plan. Nos pusimos algo de música de fondo y después una película, que comentábamos y reíamos. Hacíamos tiempo hasta las once, momento en el que nos recogerían para llevarnos al pueblo. Puse la estufa un rato. No demasiado. No quería que mi hermano se asustase con las facturas. Lo justo para calentarnos junto al alcohol y unas mantas. Cuando salimos nos abrigamos a más no poder. No llovía mucho pero refrescaba cosa mala. Pronto… primavera. Pronto… seríamos personas nuevas.

Sin quererlo vi un cheque sin cobrar y un anillo de compromiso en el que fuera mi cuarto. Lo tenía pendiente. Tenía que cobrarlo antes de hablar con Eric, por si lo dejásemos y le daba por cancelarlo. “¿Si lo dejásemos?” Mierda. Aún tenía pensado seguir con él. Pero le juré a Onai que no haríamos nada. Y era verdad. Como mucho hablar. Y ya me aclararía yo. Pero sin tardar mucho. El plan de tenerlos a los dos dando ellos su beneplácito sonaba tentador. Sin embargo era más difícil que un hombre aceptase compartir a su mujer con otro hombre a que lo compartiera con otra mujer.

Oímos un claxon llamándonos. Acabé de acicalarme en el baño y me vestí con mi mejor abrigo. La Jenny iba fina ya. Se había ventilado casi toda la botella ella solita. Su capacidad para sentir frío había quedado inhibida. Bajamos y estaban el Chino y el Johnny en el coche.

—La puta Yanira saliendo de fiesta, no me lo puedo creer. —dijo él.

—Ya ves. Pero no con vosotros. Sólo os uso para llevarme.

—Te llevamos por Jenny, no te flipes. —dijo el Chino.

—Suficiente. —sonreí. —Desde que os hicisteis otro grupo en WhatsApp para evitarme no es que tuviera muchas ganas de veros.

—¿Las tenías antes de irnos? —preguntó el Chino. Ya no sabía si lo hacía de coña o de verdad para joder.

—¿Te recuerdo que tú empezaste a salir con una “ex” de un colega? ¿Os recuerdo que entre vosotros os habéis liado y puesto los cuernos mil veces? Ahora porque yo tenga una aventura con Onai y con otro soy la paria del barrio, ¿no? Hipócritas de mierda.

El Chino se rio.

—Tienes razón. Pero él es más colega nuestro que tú, y no soportábamos verlo mal.

—¿Qué importa? Si va a casarse con Sarai.

—No jodas. Aún no dijo nada.

—¿Sarai? —preguntó Johnny. —¿La gitanita que ha parado con nosotros un par de veces?

—Sep. ¿Qué pasa? ¿Quisiste tema en su día con ella pero te dio calabazas?

—Sí, tía. Me dijo que se prometió con Onai y yo me eché para atrás. Luego él me dijo que no, que pasaba de toda esa mierda. Se ve que nanain.

—Han vuelto por exigencias del guion, no porque quieran.

—¿Exigencias del guion? —preguntó el Chino.

—Infortunios de la vida, piedras en el camino, eh… ¡putadas! Están juntos porque él le debe un favor a la familia y tal. Pero fijo que Sarai tampoco quiere tema. Así que si le metes fichas, Johnny, fijo que os liais.

—Paso, paso de rollos de gitanos. ¿No habéis visto la peli ésta…? Una del Torete, o del Vaquilla, que a uno le cortaban la polla por meterla donde no debía.

—No seas ingenuo. Hoy en día no pasan esas cosas. Si su familia ve que Sarai es feliz con otro hombre dejarán a Onai en paz. Hasta le estarías haciendo un favor.

—Calla. Ya hablaré con él.

—Puto Johnny. —rio el Chino. —No puede tener la polla tranquila. Siempre con una o con otra. ¿Tanto te importa una pava?

—Pss… Parecía una buena tía. De ésas tiernas y simpáticas. Y además virgen, no contaminada como todas.

—Como que tú no habrás follado y tendrás la polla toda contaminada también.

Reí. Jenny estaba un poco ida, mirando por la ventana del coche a las farolas que dejábamos atrás. Control de policía. Pf, qué rallada. Pero hacían bien. Si dejasen conducir a borrachos habría el triple de accidentes. El Chino sopló, no dio nada, los papeles del seguro estaban en regla… sayonara, agentes.

—Cómo me molaría ser poli. —soltó. Por eso era responsable conduciendo. Siempre tuvo un sentido de la ley impropio de gente de su edad, aparte de su vena de vaina loca.

—No tienes ni la ESO… —le dijo Johnny. —Y, bueno, como te pongan a correr cinco metros les vomitas en las playeras.

—Payaso. —se rio. Salimos del control, dejando a un montón de coches con chavales borrachos allí, y rumbo al pueblo. Yo la verdad es que estaba nerviosa. No acertaba a adivinar por qué. Bueno, aparte de que de ese plan dependía la estabilidad de mi vida y de que las decisiones las tenían que tomar personas ajenas a mí.

Jenny parecía que fuera a vomitar en cualquier instante.

—¿Estás bien? —le pregunté. Los de delante miraron hacia atrás.

—Sí… Me vine arriba. Como eras tú quien quiso salir, pos… asín estoy. —le dio un eructo de ésos que contaminan todo a su alrededor aunque apuntase a otra dirección. Pestazo a alcohol asqueroso, joder.

—Ya sabes, —dijo el Johnny. —una hora sin beber, si tal potas un poco, y luego una copilla.

—Ca… —abrió la ventanilla y vomitó.

—¡Oléee! —gritó Johnny. —Mira qué estela a pollo frito y chorizo del malo.

—¡Joder, que es mi coche! —dijo el Chino.

—Eso de la que sigues pa’lante te lo limpia, joder. Y con la lluvia más aún. Como que tú no me potaste en el mío. Encima ni bajaste la ventanilla.

Ahí quedaron ellos dos, discutiendo, mientras yo apartaba el pelo de la cara a Jenny y acariciaba su nuca. Estaba tan… débil y expuesta… Tan niña y dependiente…

Acaricié su espalda para que se relajase mientras lo echaba todo.

—Tranqui, ¿vale? Te quedarás flaman después.

—Quédate un rato conmigo. En el coche. —dijo ella.

—Va-vale…

—Os quedáis vosotras, —dijo Johnny. —que yo quiero party.

—Vaya amigo estás hecho. —le increpé, cuando pensé que era mejor que saliera. Si se quedaba con nosotros tenía menos posibilidades de liarse con Sarai.

—Yo quiero ir de fiesta, joer, que hace que no me agarro una buena ni sé. Y me encantan las fiestas de ese pueblo. Hace un par de años acabamos corriendo por ahí en calzoncillos, tirándonos por encima de los coches. Qué pulmonía casi se coge el…

—Que sí, que salgáis, ya me quedo yo con ella en cualquier esquina. No os preocupéis.

—Ahora me haces sentir mal.

—No, en serio. ¿Para qué tantos? Venga.

—Quedaos en el coche, —dijo el Chino. —si eso. Que en media hora se le pasará. Yo puedo esperar.

—Yo también. —dijo Johnny. Joder, qué pesados se estaban poniendo todos.

—¡Quiero estar a solas! —dijo Jenny.

—Es mi coche. No te voy a dejar sola en mi coche.

—Ya me las apañaré.

Llegamos al lugar discutiendo. Aparcó donde buenamente pudo. Fue encima de unos matorrales. La madre que lo parió…

—O aparco aquí o no hay hueco. Está petado.

A pesar de la lluvia, no muy fuerte, se oía un buen revuelo que provenía desde las profundidades de aquel pueblo cuyo nombre no recuerdo ni recordaré. Un pueblo fantasma con unas fiestas de puta madre, conocido únicamente por eso mismo.

El cielo era iluminado por varios fuegos artificiales. A la gente no le importaba armar escándalo. De hecho era su objetivo. Cuanto más alto se oyesen sus voces y su música, mejor se lo pasaban. Lo más probable es que estuviera Javi por allí. Me imaginé a mí misma dándole una puñalada y dejándolo desangrándose en una esquina oscura y recóndita. Se acabaron los problemas de música.

Salimos del coche y nos resguardamos bajo un soportal, donde el Chino y Johnny se despidieron de nosotras. Le envié un wassap a Onai relatándole la situación. Cuando aquellos dos se alejaron lo suficiente Jenny me soltó:

—Menos mal que se han largado. ¿Tú crees que me va a tumbar a mí una botella?

—¿Qué?

—Quería que me trajesen. Ahora vamos a nuestra bola. Que les den. —se rio.

—¿Y la pota?

—Me metí el dedo. Ahora estoy borracha y no me mareo.

—Eres una zorra.

—Una zorra con clase.

—¿Tan mal te caen?

—No, pero estoy hasta el coño de ellos. Siempre igual. Siempre hablando de lo mismo o con la misma actitud. ZzZz. ¡Cansan!

—Jajajaja. ¿Entonces? ¿Noche de chicas?

—¡Noche de chicas! ¡Uuuuh! —gritó alzando los brazos aproximándose hacia la fiesta por otro camino distinto al que tomaron. La seguí, calándonos las dos bajo una lluvia cruel y despiadada que aumentaba su intensidad. Nos refugiamos en el primer bar que pudimos. Había tantos chavales que mi mirada se perdió en la inmensidad. Todos los chicos llevaban los mismos peinados. Eran tres. Uno como una especie de moño, comúnmente acompañado de una barba. Otro con el pelo rapado alrededor y largo en el centro. Y, finalmente, el que más rabia me daba. Un pelajo de la hostia hacia un lado y ya. Parecían llamas. Sí, el animal. Era el pelo de unas malditas llamas. Las chicas tenían toda variedad de pelos, pero los chicos no. Así fue que quienes me llamaron la atención eran los tres que lo tenían distinto al resto. Uno con melena, así como mojada, y barba estilo pirata. Otro con trenzas africanas, exótico. Y el último era… raro. Ni se había molestado en peinarse. De hecho vestía con una gabardina marrón y su barba era incipiente. Me causó muchísima curiosidad. ¿Sería un detective? ¿Tan joven? ¿Qué estaría investigando?

Pedimos un par de copas. Me quedé mirándolo fijamente. Jenny me golpeó con el codo:

—Parece que te gusta.

—¿Eh? No. Bastante tengo ya con dos como para seguir jodiendo con más.

—Jajaja. Da igual, ve y dile algo. Aunque sea un hola.

Me quedé trabada, pensando. Todos vestían extraño. “La moda”. No, eran idénticos. Cada grupo con su ropa. Pero él destacaba, como los otros dos. Pero esos dos estaban de fiesta y haciendo el loco. El de la gabardina marrón sólo hablaba con gente. Di un par de pasos hacia él cuando un borracho le derramó un vaso encima.

—Hala… Con lo que me gusta la gabardina. Encima nueva. —dijo con una voz sexy. Sus ojos de color café brillaron. No sé qué tenía que me llamaba tanto.

—Ho-hola… —le dije, sonriéndole, retirándome el pelo hacia atrás como una idiota.

—Hey, hola. —me sonrió, aunque en su mirada tembló algo. ¿Qué habían visto esos ojos que yo no lograba adivinar?

—¿Qué haces aquí?

—¿Nos… conocemos?

—Ah, no. Es que pareces pez fuera del agua.

—Ah, sí. Nada, sólo estaba de paso con un amigo. Que por cierto… —escudriñó con su mirada el lugar. —no sé dónde coño anda. —sonrió. —Estará ligando.

—¿De paso? ¿No vienes por la fiesta?

—¿Fiesta? Qué va. Simplemente es casualidad.

—¿Y por qué te metiste al bar?

—Para preguntar a la gente si había visto algo extraño.

—¿Eres detective?

Alzó una ceja con media sonrisa perfilada en su boca.

—Algo así. Dime, ¿has visto algo? Algún ruido raro… Alguna sombra extraña…

—N… no. —me intrigó. ¿Qué estaría buscando? Rascó su cuello. Un medallón que llevaba le había dejado la piel roja.

—Bueno, no importa. Perdona. —sus ojos fueron a parar a la entrada, donde parecía haber otro chico de su edad. Parecía más guapo, mas no le presté mucha atención. Aquel extraño le asintió con la cabeza y me miró, sonriéndome. —Hermosa, he de irme. Un placer haber hablado contigo.

—Mi… Mi nombre es Yanira…

Sacó un sombrero que llevaba en la mano, del cual no me percaté, y se lo colocó en la cabeza, moviéndolo despidiéndose.

—Un placer, Yanira. —y caminó hacia atrás.

Dime, extraño, dime…

¿Cuál era tu nombre…?

 

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