Capítulo 9.2 – Interferencias

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Capítulo 9.2 – Interferencias

 

– Cristina, Cristina, ¿me recibes? – preguntaba Akira por el walkie talkie.

– Sí, aquí estoy, ¿qué pasa?

– Necesito que hables a M. Está de bajón, cambio.

– M, ¿qué te pasa? Cuéntame.

– Te echo de menos. – dije yo, controlando mis instintos homicidas. Entre el colgante de Akira del pentagrama mágico, y su voz angelical, fui calmándome.

– Y yo a ti. Chorro es un aburrido. Se durmió enseguida.

– Estará enfermo, déjalo.

– Tú tampoco suenas bien.

– No. Estamos algo cansados y… bueno, te imaginas. Nos acechan zombis, esperamos al amanecer, y vamos casi a contrarreloj.

– Ya. Jo, no deberías haberme dejado aquí.

– Alguien tenía que cuidar de Chorro, y no quiero que te expongas a peligros. No, tú no. Quizá dices que esta vida te gusta, pero no la quiero para ti. Es demasiado arriesgada.

– No me digas eso.

Es verdad, no tenía derecho a decirle nada de eso. Me estaba acompañando, me quería, y yo a ella, después de tanto tiempo sin amar, de tanto miedo acumulado, de tanto… odio.

Sonreí, acaricié el walkie talkie, como si la acariciase a ella, y dije:

– Tengo que cortar, hermosa. Voy a prepararme para el amanecer. No debe de quedar mucho.

– Dos horas, máximo. Cuídate, ¿vale?

– Sí. Sólo estamos iluminados por linternas.

– Yo oigo a los zombis abajo, y me dan mucho miedo.

– Ahí no subirán. Y si lo hacen, yo iré a rescatarte.

– Jiji, mi héroe.

Volví a sonreír. El odio desaparecía…

– Hasta pronto. – le dije.

– Hasta pronto. – me dijo, con mayor vitalidad.

¿Qué haría el colgante? ¿Retrasar la enfermedad, o curarla?

– Os huele el aliento… – dijo Marc, recuperándose.

Balanceé saliva dentro de mi boca, sintiendo el sabor a ganchitos, a vómito, y a alcohol barato. No sé qué fue mejor, que Cristina estuviera ahí, o que no. La habría matado con un beso. Aunque, bueno, seguramente a ella le olería igual si hubiera venido.

– Vale, entonces el mordisco es letal. – dijo Akira. – Y el colgante debe de eliminarlo.

– Hmm… Quedan dos horas para el amanecer. – dije yo. – La infección parece desaparecer del brazo…

– Qué cojones… – dijo Akira. Buscó alcohol para desinfectar, y luego un poco de algodón. Limpió la herida, vendándosela después. – Estábamos tan ciegos y deprimidos que ni se nos ocurrió.

– Somos idiotas. – dije yo. – Pero lo bueno es que el colgante lo haya salvado.

– Apenas he tenido fiebre diez minutos… – dijo Marc. – Es milagroso.

– Nos ha estado ayudando todo este tiempo. – dije yo. – Creo que gracias a él hemos sobrevivido. Si no… En fin. Además, vuelve a salvarnos. Trae, quiero hacer una comprobación.

Cogí el colgante, y me acerqué al cadáver de zombi que menos signos de putrefacción presentaba. Se lo coloqué, y nos quedamos observándolo. Paulatinamente tomó la forma que un cadáver debería tener, en vez de uno tan masacrado y podrido.

– Sin duda, el colgante cura el virus y lo elimina, incluso a los muertos.

La tierra de pronto tembló. Algo se acercaba. Algo con pisotones fuertes, y mala uva. Flashbacks llegaron a mi mente. Supe lo que era. Cogí un par de paquetes de chicles tirados en el suelo, y le dije al resto:

– Hay que echar patas.

– ¿Qué es? – preguntó Marc.

– Mierda, yo lo sé. – dijo Akira.

Era uno de los gigantes que nos encontramos en el seminario. Estaba acercándose. El walkie talkie sonó desesperadamente. Sería para advertirnos de su presencia. Una mole gigante, hecha de distintos cuerpos, movida por a saber qué, con ansias de matarnos entre terribles sufrimientos, aplastándonos todos los huesos bajo sus terribles manos. Temimos contestar, porque temíamos lo que era. Preferíamos no ver, a pesar de que cada vez estaba más cerca. Tuve miedo incluso de que saltase al campanario en busca de mi niña. Pero contestamos. Contestamos el maldito walkie talkie, y…

– Te voy a follar por la oreja. – dijo una voz ronca, en alemán, como enfadado. – Por la oreja te voy a dar, puta, puta… – de pronto se cortó.

– ¡PUTAS INTERFERENCIAS! – grité yo. Mierda, la cagué. Llamé más la atención del gigante, que empezó a correr hacia nosotros. – Hostias…

Se me encogió el pene. Derrumbó la puerta. Entraron volando varios zombis debido al impulso que había cogido el gigante. Era más grande que el otro. Y más vomitivo. Su cara estaba como derritiéndose, mostrando unos dientes feroces. Sus brazos eran desproporcionados. Pegó un grito inhumano que casi nos deja sordos y entonces gritamos nosotros. Corrimos en la misma dirección por la que había venido Marc. El walkie talkie volvió a sonar.

– Puta, cerda. Te voy a dar por culo. – seguía diciendo un tío en alemán.

– Mierda puta, payaso, joder, coño. – dije yo, huyendo del zombi.

– Eso quiero. – dijo una alemana, con voz de transexual. Me quedé desencajado.

– ¿Pero qué coño dicen? – preguntó Marc.

– Guarradas. Corred…

El zombi gigante iba derrumbando todo a su paso. Pared tras pared caían, mientras nosotros dábamos lo mejor que podíamos. Nuestros músculos comenzaron a cansarse. Nuestra respiración empezó a ser dificultosa. Salimos de la tienda, y nos encontramos en el centro del pueblo, con mil zombis siguiendo nuestros culitos llenos de vitalidad.

El sprint, los nervios, y nuestro mal estado influyeron en nuestro cansancio de forma realmente negativa. No podíamos huir. Cristina intentó ponerse en contacto con nosotros, pero no podíamos permitirnos gastar aire hablando. Vimos un almacén, y entramos sin pensárnoslo dos veces. Subimos unas escaleras de mano. Ahí fabricaban botellas de cristal, o algo por el estilo. ¿Algún refresco? No teníamos tiempo para fijarnos, sino para huir. Una vez en la planta de arriba descansamos un poco. Los zombis se aglomeraban abajo, deseando subir para hincarnos el diente.

– En cuanto llegue el grande nos aplastará. – dije yo. – No podemos permitirlo. Crearé una distracción. Toma. – le lancé el medallón a Akira, quien lo cogió en el aire. Movimiento arriesgado, pues podría haber caído, y a ver quién era el valiente que se atrevía con treinta zombis.

– ¿Qué planeas? – me preguntó.

– Sabes que soy puto amo cuando nada me protege.

– Lo que eres es un cabrón.

– Pues eso, más puto amo. Me enfrentaré al grandullón, y le colocarás el colgante para que lo desintegre.

– ¿Qué hay si probamos a colocarle el medallón a un zombi normal? – preguntó Marc.

– Creo que son cadáveres andantes. Moriría tras ser curado.

– ¿Y al grande por qué lo desintegra?

– Seguramente lo mueven fuerzas demoníacas, y el colgante es implacable contra eso.

– Cristina te espera. – me dijo Akira. – ¿Vas a sacrificarte, cuando podemos encontrar otro método?

– No hay otro método. ¿Huir, huir, y huir? Estoy cansado de huir, de dar la espalda a los peligros. Quiero mirarlos de frente y…

– Nunca has huido. Siempre haces lo que quieres. Siempre vas a lo loco, arriesgándote a que te maten. Y ahora te quitas lo único que te da suerte. ¿En serio quieres esto?

– … – me quedé en silencio. Se acercó a mí y puso en mi mano el colgante.

– No hagas tonterías. Ahora tienes algo por lo que luchar, no vuelvas a cagarla.

– Si hubiéramos ido al centro…

– ¿Qué? – preguntó enfadado. – No habríamos encontrado a Marc, y podría haber muerto. Vamos a hacer las cosas con calma y bien. Si viene el gigante lo tumbaremos entre los tres. Ahora, evitemos a estos idiotas. Venga.

– Apagad las linternas. – dije. Me coloqué el medallón, apagamos linternas, y cogí una lata de comida rápida. La lancé lejos. Los zombis seguían ensimismados en alcanzarnos, pero poco a poco fueron marchando adonde provenía el ruido. Pero, oh, sorpresa, otra vez el walkie talkie llamándonos. Su sonido, por ligero que fuera, alertó nuestra presencia. Lo cogí y dije en voz baja:

– ¿Qué?

– ¡¿HOLA?! – preguntó con un grito Chorro. Me acordé de toda su familia en ese momento.

Los zombis volvieron a nuestra posición. Avanzamos por encima de la pasarela de metal. Llegamos hasta una oficina y ahí nos encerramos.

– Gilipollas, subnormal, cabrón, hijo de la… – empecé a decir hasta que Akira me quitó el walkie talkie.

– Estamos bien. Tenemos al gordo persiguiéndonos, cambio.

– Lo estamos viendo ahora. – dijo en voz baja Cristina. ¿El grito de Chorro lo habría alertado? – Se está acercando a nosotros. Creo que sabe que estamos aquí…

Reaccioné sacando mi pistola y pegando un tiro a través de la pared.

– No, ¿por qué hiciste eso? – preguntó Cris.

– Te dije que te salvaría.

– Está yendo a por vosotros, largaos, por favor. Salvaos…

– Volvemos al plan original. – dije, quitándome el colgante y lanzándoselo a Akira. Preparé la pistola y previne su embestida. Apareció por la pared, reventándola, yendo cual toro a por mí. Me tiré al suelo, esquivándolo, y disparando a sus piernas. Las balas estaban contadas. Desperdiciarlas habría sido pecado. Pero tampoco logré herirlo. Se giró hacia mí, y vino a aplastarme, cuando el suelo se hundió para nosotros. Caí, doblándome un tobillo, y con un montón de zombis viniendo hacia nosotros. Era el mismo tobillo que me había doblado en el seminario. El bicho se puso encima de mí, y Akira dejó caer el medallón encima de él. Le quemó, se retiró hacia atrás, pero lo agarró con fuerza en su mano, y salió corriendo.

– No, ¡no!

Akira y Marc comenzaron a disparar a todos los zombis que se dirigían a mí. Yo hice lo mismo. Matamos a los treinta, pero me quedé sin cargador, con más pueblerinos llegando hacia nosotros, un tobillo doblado, y el medallón perdido.

Akira se me acercó para ayudarme a levantar. Me posé sobre él y lo miré a los ojos:

– Al centro, ahora, o nunca.

Me cedió su colgante, de nuevo, y nos dirigimos hacia la plaza que debíamos ir. Llamamos a Cristina por walkie talkie.

– No veo mucho… Creo que lo tenéis a dos calles, enfrente de la entrada principal del almacén.

– Gracias, guapa.

Cojeando, y con dificultades, fuimos hasta allí. Los zombis nos vieron y comenzaron a seguirnos, pero Chorro disparó su arma.

– Es hora de que vengan ellos aquí. – dijo desde su walkie talkie.

– No, ¿eres retrasado? – me inquieté yo.

– Aguantaremos, ya les llamaréis la atención vosotros luego. Vamos, id allí, ¡rápido!

Aprovechamos los minutos que nos consiguieron y, tras ventilarnos un par de zombis por el camino, llegamos hasta donde las indicaciones nos dirigieron. El centro de la ciudad, mis instintos homicidas floreciendo, y… un aquelarre de brujas…

 

 

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