Capítulo 3

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Capítulo III

Desperté en mi hotel, desnudo en la cama, con cinco botellas a mi alrededor. De nuevo vigoroso, pero mi alma desanimada. Aunque tuviera ganas de comerme el mundo, lo que más me comía era el coco. Otra noche que despertaba sin recordar lo sucedido. ¿Tanto había bebido? ¿Tan poco me dolía el cuerpo?

– ¿Qué cojones está pasando? – pregunté al aire mientras me frotaba la cara e intentaba recordar lo que podía. Mis últimos recuerdos eran sobre ir con Ignacio a la granja de Pepe el joputa. Reí por su apodo. Saqué el móvil y miré mi agenda. No tenía el número de mi compañero. Me vestí sin ducharme, poniéndome la última ropa que tenía. ¿Qué coño había hecho con mi gabardina y mi chupa de cuero? Fui a buscarle a su habitación, pero no contestó. Entonces llamé a Juan: – ¿Ha habido algún avance?

– Sí, hemos encontrado un cadáver en la granja de José Francisco, el asesinado hace dos semanas. Y también tu coche…

Mis pelotas se encogieron. Un escalofrío me recorrió.

– No te preocupes, sólo estamos cuatro en la escena del crimen. Ven y explícanoslo.

– ¿Sabes dónde está Ignacio?

– No. Esperaba que tú pudieras decírmelo.

– ¿Yo? ¿Por qué?

– Se os vio juntos.

Recuerdos lejanos me empezaron a llegar. Recuerdos minúsculos y borrosos, que más que algo vivido, parecía un recuerdo. Estábamos Ignacio y yo en el motel, preparando el caso, y nos dispusimos a ir a la granja en la que Juan estaba. Pero…, ¿qué más sucedió?

– Voy para allá. – le dije, colgando y caminando por las calles del lluvioso pueblo sin saber qué rumbo tomar, ni a dónde me dirigían mis pies. Estaba todo tan sumamente complicado…
Nada tenía sentido en mi cabeza. Las ideas estaban desordenadas, amontonándose y acumulándose una encima de otra, provocándome dolores en el cabezón. Ni me duché aquella vez. Estaba ansioso por saber lo que Juan tuviera que mostrarme.
Tras varios minutos andando me di cuenta de que mis pies estaban acercándome hasta la granja de Pepe, sin saber yo la dirección. La lluvia seguía cayendo en mí, calándome tanto que mi ropa empezó a pesarme.
Juan me esperaba en el porche de la casa donde vivía Pepe. Estaba pensativo contemplando la lluvia. Con su brazo extendido y la palma de su mano me instó a correr para que llegase en cuanto antes. Aceleré mi ritmo y me cobijé en ese mismo porche. Mi ropa estaba calada. Iba a coger un buen resfriado, porque encima no podía cambiarme aún, y por culpa del agua me empezaría a picar el cuerpo.

Caminamos adentro de la casa. Había un cadáver en el suelo, y varios flashbacks llegaron a mi cabeza. Yo… ya lo había visto, sí, pero… ¿qué pasó después?
El forense estaba examinándolo. El olor a podredumbre se hacía notar. Miré a Juan, esperando explicaciones.

– Cada vez más cadáveres. Esto no va a acabar nunca. – dijo él.

– ¿Quién es la susodicha? – pregunté.

– Creemos que es la tía de Carlos, el asesinado, por el pelo, y porque sus padres lo denunciaron.

– ¿Qué? ¿Y qué hace aquí?

– No tenemos ni idea.

Varias hipótesis iban formándose en mi mente. El caso iba aclarándose poco a poco. Aquel cadáver fue una pieza que encajó en una de mis teorías. El forense acabó su inspección y dijo:

– Murió de una puñalada, y por cómo está, diría que hace un año.

– Un año… Creo que… – susurré yo. Juan me miró, alzando una ceja y media sonrisa.

– Adelante, García, – le dijo al forense. – dígale lo que descubrió de los demás cadáveres.

– Hm, hm, hm. – se aclaró la voz, como si fuese a decir lo más emocionante que jamás había dicho. – Los dos jóvenes presentaban desgarros en el cuello efectuados por el mismo tipo de dentaduras. Los colmillos no eran los dientes más afilados que se clavaron en sus carnes, por si aún ronda la idea de un vampiro. Además, parece que siguió mordiendo una vez muerta la joven, por marcas post mortem Debe de ser algún tipo de perturbado que mata a sus víctimas a mordiscos. La sangre de la chica fue succionada por donde fue desgarrada, al contrario que el chico, que se le fue extrayendo por una jeringuilla muy chapuceramente, a la vez que la sangre brotaba de su herida.

– Es decir, – dije yo. – que podrían haber sido asesinado por dos tipos de personas.

– O el mismo que se hartó de beber sangre. – dijo el forense con casi una sonrisa. No pude comprender qué era lo que tanto le extasiaba.

Abrí los ojos, encontrando casi una respuesta a mis preguntas. Algo bombardeaba mi cabeza. Una extraña sensación.

– Hay… algo más. – dijo Juan.

– ¿Qué? – pregunté, despertándome de mi ensueño.

– Sígueme.

Caminé detrás de él, con el forense y otros dos agentes acompañándonos. Llegamos hasta el granero. La lluvia no me había permitido ver a mi coche aparcado a escasos metros de la granja. Fui acordándome de más sucesos. Había ido con Ignacio, sí, y luego…

Mierda, Ignacio estaba tirado en el suelo, con un brazo y el corazón arrancados, y un charco de sangre recorriendo las pajas.

– Hemos encontrado rastros de semen. – dijo Juan. – Estaban esparcidos cerca de Ignacio.

– ¿Qué? – pregunté yo, abriendo los ojos, asombrándome. Imágenes me llegaban. Era como… una rubia, parecida a la camarera del bar del pueblo, y… ¿yo haciéndole el amor? ¿Con el cadáver de Ignacio al lado? No, debía de ser una pesadilla. Yo… ¿Y si me drogaron y me violaron? ¿Qué estaba sucediendo?

– Creemos que es una pareja. – dijo Juan. – Ambos asesinan, y luego hacen el amor cerca de los cadáveres.

– Es una forma de excitarse. – dijo el forense.

– ¿Qué pareja querría hacer tanto daño? ¿Y por qué a Ignacio? – iba preguntando yo. – ¿Y qué hace mi coche aparcado en el granero?

– ¿Qué hiciste anoche? – me preguntó Juan.

– ¿Yo…? No me acuerdo… Sé que vine aquí con él, pero no recuerdo nada más. Creo que hay alguien drogándome.

Pensándolo bien, la noche anterior también se me había borrado, y mis últimos recuerdos fueron del bar y de la camarera. Y estando en el granero me venían más recuerdos de esa camarera, o alguna parecida. No, era ella, sí, tenía que serlo. Ella me estaba drogando… Me estaba manipulando para inculparme de los crímenes.

– ¿Qué piensas? – me preguntó Juan. Lo miré. Sospechaba de mí. También les eché un vistazo a los policías. Parecían predispuestos a algo… ¿Iban a detenerme? ¿Por eso el forense parecía jactarse de lo que decía? Una forma de expresar que “me ha pillado”.

– Creo que… Creo que la chica, Sandra, tenía problemas económicos, y accedió acostarse con Pepe el joputa.

– ¿Podrías confirmar eso? – preguntó Juan.

– Sí. ¿Quieres oírlo todo?

– Por supuesto. – se giró hacia los agentes y les hizo un gesto con la cabeza. Éstos, dubitativos, se marcharon en el coche, y quedamos solos él y yo. Cogí mi coche y fuimos a un sitio más apropiado. Era la casa de Juan. Al parecer, un familiar lejano suyo vivió en ese pueblo, y estaba quedándose en su casa. Antigua, de dos plantas, entramos, mojados, y me cedió una toalla para secarme. Luego nos acomodamos en su salón. Encendió el fuego de la chimenea. La lluvia seguía cayendo a jarros.

– Te cuento… ¿Recuerdas la sombra de la foto? Tiene que ser el asesino. Y creo que sé quién es.

– ¿Quién crees? – preguntó.

– La camarera de un bar de aquí. Creo que me está drogando, haciéndome olvidar fragmentos de mi memoria.

– ¿Cómo es eso? Explícate.

– El viejo, el Eustaquio, les hizo fotos, pero olvidó haber estado ahí. Sólo supo que entraron dos chavales, pero a él no le apetecía en ese momento hacerles fotos. Sin embargo vi en su cámara la foto aquélla que te enseñé. La sombra podría pertenecer a la camarera. Los mató como venganza, drogó a Eustaquio, y se fue.

– ¿Venganza por qué?

– Debe de tener alguna conexión con Pepe el joputa. Tenemos que investigarla.

– Cuéntame todo lo que sepas.

Se sentó en una silla enfrente de mí, estando yo en el sofá.

– Pues… Eustaquio grabó a la misma chica hará un año manteniendo relaciones sexuales con Pepe. Y sé que a partir de entonces se volvió gótica. También coincide con la salida de Charlie del instituto, y el ponerse a trabajar.

– ¿Cómo lo conectas?

– Creo que Sandra necesitaba dinero y accedió a acostarse con Pepe a cambio de unos euros. Es bien sabido que a este último le gustan las pelirrojas jovencitas, y frecuenta un burdel a unos kilómetros del pueblo.

– Luego conoció a Charlie, él la ayudó, y decidieron matarlo en venganza.

– No, así no sucedió, creo. La verdad… pienso que Charlie iba a matar a Pepe cuando se dio cuenta de que se estaba acostando con Sandra.

– A matarlo, ¿por qué?

– Por la tía desaparecida.

– Podría ser.

– El forense lo dijo, debe de llevar un año por lo menos allí. Pepe la mató y la ocultó, porque era un pervertido. Charlie fue a vengarse cuando vio a Sandra. Luego quizá pensó que era una amante suya, y decidió asesinarla para que Pepe sufriera, pero vio que era víctima de las circunstancias. Ella, influenciada por él, se vuelve gótica, y él deja el instituto para ahorrar y darle dinero a Sandra.

– Sus padres tuvieron problemas con el banco. – dijo Juan. – Pero de un día para otro fueron saliendo del paso.

– Sabía que me ocultaban algo… Por eso mismo, con el tiempo, decidieron vengarse de Pepe. Lo mataron, y alguien, en venganza por lo que sucedió, los mató a ellos. Y ese alguien creo que es la camarera. Debe de ser ella.

– Tendremos que investigarla. ¿Cómo se llama?

– No recuerdo bien… Gabrielle, creo. Oye, deberías haberme dicho que tuvieron problemas con el banco, habría facilitado la investigación.

– Sí, debería. – y me sonrió. Entonces me causó un miedo que me dejó inmovilizado. ¿Qué era lo que estaba sucediendo? Aplaudió un par de veces, y Gabrielle surgió de la nada a una velocidad increíble, golpeándome en la cabeza.

Desperté quince minutos después, atado con cuerdas a una silla, en un sótano oscuro, con Juan y Gabrielle enfrente de mí. El primero con los brazos cruzados, y la segunda con una pose sexy que me provocó una erección.

– Jajaja. – rio Juan. – Patético. Todo lo que sabes hacer es caer rendido ante ella.

– Tú no eres distinto. – dijo Gabrielle. Juan se puso serio y la miró como si quisiera maltratarla.

– ¿Qué… qué ha pasado? – pregunté, con la voz temblándome.

– Adivina. – me retó él.

– Gabrielle es un vampiro de verdad.

– ¡Exacto!

– Pero no tuvo relación con las muertes, sino tú.

– Bravísimo.

– Te lo contaré. – dijo ella, como si tuviera más sentimientos por mí que por él. Se rajó el brazo, y con unas gotitas de su sangre recordé todo lo sucedido. Temblé, a la vez que mi erección aumentó, junto a la risa de Juan. – Acertaste en casi todo. Charlie quiso matar a Sandra en venganza por la muerte de su tía, pero se enamoró de ella, y entre ambos lo asesinaron como si fuesen unos vampiros. Eso atrajo mi atención, y llegué hasta el pueblo, donde conocí a Juan, que se enamoró de mí, y se ofreció a ayudarme con alimentos.

– ¡Exacto! – gritó él, eufórico. – Me voy a convertir en vampiro, y pasaré la eternidad junto a ella.

– ¿Habéis…? – pregunté, refiriéndome a si habían mantenido relaciones. Ella negó con la cabeza, y él dijo:

– No, pero no te preocupes, que ahora lo haremos.

Algo se revolvió dentro de mí. Gabrielle continuó:

– Fui a alimentarme de los chicos. Sabía que se iban a suicidar aquel día, en aquella casa, y para que su sangre no se desperdiciase, yo bebería de ellos. Los vi haciendo el amor, pero Eustaquio llegó con su cámara y los pilló en pleno acto. Se alteraron, el viejo huyó, le borré la memoria, y volví a la casa, pero sólo estaba Sandra. Bebí de ella hasta que llegó el día y tuve que esconderme. Y entonces pedí ayuda a Juan.

– Llegué, como su caballero, y desgarré el cuello de Sandra para ocultar la presencia de los colmillos. Lo hice con una mandíbula obtenida del depósito de cadáveres, para así ocultar las marcas y que la policía no supiera por dónde investigar. Luego encontré a Charlie, asustado, en el desván. Me dijo que había visto a un vampiro ir a por el viejo, y se escondió, abandonando a Sandra. Se rindió, debido a que quería morir y había abandonado a su amada, y haciendo fuerza con la mandíbula que llevaba en mi mano desgarré su cuello. La sangre cayó, y se la extraje con una jeringuilla, para que a primera vista pareciera obra de la misma persona. Lo mejor fue que me borraba la mente, para poder mentir y engañaros a todos.

– Hm… – gruñí, zarandeándome en la silla.

– Olvídalo, te ha atado ella, su fuerza es superior a la tuya.

– ¿Y por qué no acabasteis conmigo? ¿Por qué me salvaste de Ignacio? – pregunté.

– Para tener pistas tuyas. – dijo él. – Te ha follado para que dejes pruebas. Vamos a conectar todas las muertes contigo.

– El forense no es idiota. Sabe que ningún ser humano tiene la fuerza suficiente para arrancarle un corazón a un hombre y el brazo.

– A menos que esté drogado. – dijo él. – Su sangre da vigor, y causa el mismo efecto en tu organismo que el de una droga. Vincularán tu fuerza sobrehumana al consumo de drogas. Y yo, ahora que he demostrado mi valía, pienso follarme a Gabrielle enfrente de ti.

– ¿Por qué? – pregunté. – Yo… confiaba en ti.

– ¡No deberías haberlo hecho! ¡Ahora, jódete!

Una lágrima temblaba en mis ojos. Gabrielle la miró, como conmovida. La derramé, y él empezó a besar su cuello, a bajar por su pecho y a manosear sus senos.

– Había esperado tanto tiempo a esto… – dijo, con voz de pervertido. Entonces Gabrielle lo empotró en la pared. Mi pena se convirtió en rabia. Empecé a sentir odio cuando vi que ella le entregaba sus labios a otro que no era yo. Lo besó en el cuello, dándole besitos tiernos. Fue bajando por su cuerpo hasta quedarse a varios centímetros de su pene. La rabia en mí aumentó. Mi corazón se aceleró, mis músculos se tensaron, y fui haciendo fuerza en la cuerda. Ésta iba cediendo. Ella le bajó la bragueta. Iba a sacársela y a comérsela. No, Gabrielle, no, no a él, no delante de mí, no, no…
Saqué más fuerza, toda la posible, pensando incluso que se me iban a romper las muñecas, cuando las cuerdas cedieron, y corrí hasta donde Juan, asestándole un puñetazo en la cara. Su nuca rebotó contra la pared y cayó al suelo. Me puse encima de él y le di una buena tanda de puñetazos. Sus dientes se partieron, junto a su nariz, y la sangre fluyó por mis nudillos y el suelo.

– Sí, la sangre me da mayor fuerza. – dije yo.

– Ga… ¡Gabrielle! – intentó gritar, pero ella no hizo nada. Se quedó a mi lado, observando cómo lo asesinaba con toda la rabia de mi corazón. Su cabeza, al final, quedó irreconocible. Mis nudillos estaban pelados, al rojo vivo, mostrando incluso algo de hueso. Las lágrimas caían por mis mejillas, llenas de ira y furia. Ella acarició mi hombro, y me calmó.

– No ataste fuerte las cuerdas. – dije yo. – Y me diste sangre. Esperabas que yo lo matase por ti.

– Sí. – dijo ella, con mirada sensual. Me puse de pie, le agarré de la cadera y la atraje hasta mí sin quitarle el ojo de encima. Entonces besé sus labios, y nos fundimos en un pasional beso. Me cogió de los hombros y me llevó hasta una mesa que había en el cuarto. No me había fijado en ella. Ató mis manos, y aquella vez con más fuerza que las cuerdas. Luego ató mis pies, dejándome boca arriba. Se puso encima de la mesa, encima de mí. No me había fijado bien en su ropa. Llevaba un pantalón de pitillo muy ajustado, tacones, y una camiseta roja ceñida al cuerpo, resaltando sus pechos. – Tenías algo… – me dijo. – No sé, me gustaste desde el principio. Me odiabas, aunque me deseabas, y trataste de luchar contra mí, aunque eres un hombre, y al final preferiste hacerme el amor. Me gustó utilizarte.

– Desde el primer momento me cautivaste.

– Lo sé, por eso me encantó. Eras tan tierno e inocente… No como Juan. Era un sádico asqueroso, pura maldad. No me gustaba eso de él. Pero tú… tenías esa dualidad en tu interior. Tus instintos luchaban contra tus principios, y decidiste quedarte con los primeros. Preferiste hacerme el amor, que luchar contra mí. Me encantó corromperte. Quitar esa bondad e inocencia. Me has puesto cachonda al reventar a Juan contra el suelo. Él habría matado sin dudar por mí, pero tú habrías dudado. Eso me gusta.

– ¿Sólo por eso te quedaste conmigo?

– ¿Quién ha dicho que me haya quedado contigo? Sólo digo que me encantas. Y ahora… vas a sufrir.

– ¿Vas a torturarme? – pregunté, asustado. Los nudillos empezaron a doler, una vez la adrenalina se iba.

– Algo así.

Se quitó los pantalones y el tanga. Sus fluidos vaginales caían por sus piernas. Sí que estaba excitada, sí. Mejor dicho, empapada. Puso sus muslos al lado de mi boca, arrodillándose. Todo lo que pude hacer fue intentar saborear su vagina. Mi boca no llegaba, ni mi cuello, también atado contra aquella extraña mesa. Me conformé con beber los fluidos vaginales que caían por los muslos. Dejé saliva donde estaba aquel tan sabroso líquido. Lo bebí como un hombre perdido en desierto bebería agua. Agradecí tenerlo en mi boca. Incluso la mantuve dentro sin tragar, pasándola por toda mi cavidad bucal y mi lengua para degustarlo por completo. Ella se reía mientras yo me humillaba de aquella forma.

– Me gusta tu cara. – dijo ella. – Tienes ojitos tiernos, de niño, a la vez que besas y me amas como un hombre.

Entonces nos sentimos algo incómodos por cómo usó el verbo “amar”. En verdad lo decía con el sentido de desearla y poseerla, pero nos miramos a los ojos, como si de verdad nos hubiéramos enamorado. Pero no, allí no podía haber amor. Era lujuria, lascivia. Era pasión desenfrenada. Era sexo.

Se levantó, y clavó su tacón de aguja en mi hombro, perforándolo, saliéndome un chorro de sangre. Se agachó y la lamió, mientras me miraba a los ojos, con su lengua sobre mi piel.

– También me encanta tu sangre. No sé qué tiene…

– Pereza, whisky, y deseo por ti…

Me sonrió. Tenía una sonrisa bonita. Entonces se puso seria, y sacó un látigo de debajo de la mesa. Propinó un par de latigazos al aire, y el ambiente fue endureciéndose. Rozó con sus puntas mi torso, hasta toparse con un botón dado. Extendió su mano y destrozó mi camisa. Era de mis favoritas. Recordé que fue por ella que perdí mi chupa y mi gabardina. No me importó en absoluto. Sólo pensaba en que me destrozase y me hiciera suyo. Alzó el látigo, pero no quiso darme con él. Sonrió, y volvió a clavar otro de sus tacones de aguja, aquella vez en mi otro hombro. Me encantaba la visión de su pierna desnuda y de su vagina. Aún seguía vestida de cintura para arriba. Era una de las imágenes más atractivas que jamás había visto. Dejó su tacón clavado en mí, y metió su pie desnudo en mi boca. Lo lamí con suavidad. Mi lengua ocupó toda la planta de su pie, y luego serpenteó entre sus dedos, relamiéndolo una y otra vez. Sabía a gloria bendita. Metió la mitad de su pie, llegando hasta mi campanilla. No me produjo arcada alguna, sino ganas de comérselo con más ímpetu y frenesí. Ella me miraba con un semblante de superioridad, retándome. Me tenía a su entera merced. Cerré los ojos para centrarme en el sabor de su pie, cuando sentí el latigazo en el pecho. Me dolió tanto que le mordí un poco sin querer. Lo retiró, y volvió a atizarme con el látigo. Sangre salió de mi carne desgarrada. Una sensación de mareo me llegó. Ella se agachó, agarró mi cabeza con su mano y me negó el derecho a desmayarme. Retiró el tacón clavado, y luego lamió mis heridas, sintiendo escozor a la vez que placer. Seguía mirándome con cara de viciosa sacando su lengua y deslizándola por mi piel. Mi pene golpeaba, por debajo del pantalón, su tripa. Fue bajando hasta quedarse en el hueso de la cadera. Dio mordisquitos, y volvió a separarse.

– ¿Me deseas? – me preguntó.

– Por-por supuesto… – balbuceé yo. Emitió una carcajada, y volvió a colocarse encima de mí, quitándose lentamente la ropa. Primero su camiseta, luego su top, y, finalmente, su sujetador, cayendo sus tan apretujadas tetas sobre mi torso y mi sangre, mojándose de ella, excitándome el triple. Las restregó por mi torso desnudo. Succionó mis pezones, transportándome hasta el paraíso. Quería… arrancarme mis ataduras y agarrarla. Poseerla con fuerza y crueldad. Quería estar dentro de ella. ¡Lo necesitaba, joder!
Besó mi cuello, acariciándolo con sus dientes. Dio un pequeño mordisquito. Luego me miró, aún con su preciosa sonrisa. Llevó uno de sus senos hasta mi boca y lo comí como si no hubiera un mañana. Como si tuviera hambre y quisiera devorarla. Luego frené mis impulsos y fui más dulce con ella. Escuché algún gemido de placer por su parte. Volvió a ponerse de pie, dejándome ver su cuerpazo desnudo y la sangre cayendo por él. Me quitó los pantalones, dejando mi pene al aire. Sopló encima de él. Se me contrajo el rostro, deseando metérselo. Quería hacerlo ya. Habría cogido su nuca y la habría empujado a comérmelo, pero mis manos estaban atadas. Intenté moverme con la cintura, pero también estaba bien sujeta. Yo… no valía nada, sólo podía dejarme llevar por ella.

Sacó la lengua, acariciando de una forma tan sutil el glande que me impacientó. Luego volvió a levantarse, y con un pie acarició mi pene y mi escroto. Bajó mi piel, y con sus dedos masajeó mi glande. Joder, era un placer indescriptible. Sentí tanto que me obligó a cerrar los ojos y dejarme llevar por las emociones. Y en ese momento me soltó:

– ¿Recuerdas que dije que no te volverías a correr?

Su frase me atormentó. Lo miré como quien mira a un dios, implorándole algo que desea. Se sintió poderosa, lo noté en su mirada. Se mordió el labio inferior y luego acarició su clítoris, excitándome. Mientras me masturbaba con un pie, ella se masturbaba a sí misma. Bajó su vagina hasta el pene y dejó escapar unos líquidos que lo lubricaron aún más.
Anhelaba sentir el calor de su interior. Necesitaba fundirme a ella y ser entre ambos uno solo, pero ella se hacía de rogar. ¿Y si no me permitía probarla? ¿Iba a torturarme tanto? Llevó sus uñas hasta mi abdomen, y las clavó, introduciéndolas. Dejé escapar un ligero grito de dolor. Entonces apretó más, con algo de saña.

– ¡¡Quiero FOLLARTEEE!! – grité como una bestia, contrayendo el rostro.

– Sí, yo quiero eso, quiero que dejes atrás al niño que veo en tus ojos, y seas la bestia que eres.

Dándome la espalda, se colocó encima de mi pene. Sentí un escupitajo cayendo hasta él, y luego el roce de su vagina con la punta de mi falo. Lo moví, deseando penetrarla. Giró su cuello para mirarme con esa sonrisa tan soberbia. Entonces bajó su cintura, y el glande fue introducido. La mayor sacudida de placer que jamás he sentido en mi vida recorrió toda mi alma. Fue como si tuviera un mini orgasmo en ese momento. Quise correrme e impregnarla con lo que llevaba guardado. A ella también pareció encantarle. Sangre caía por mi torso y de mi abdomen hacia la mesa y luego al suelo, pero todo lo que me importaba era que ella me cabalgase. Poco a poco fue introduciendo todo mi pene hasta metérselo entero. Estuvimos un rato así, ella detenida, sintiendo yo su calor, y ella cómo yo la llenaba. Luego se alzó, y descendió. Ambos no éramos capaces de soportarlo. Estábamos tan excitados que el orgasmo llamaba a nuestras puertas. Volvió a alzarse, y a caer, y otra vez, y otra, y otra. Y otra, y más, y más, y ella no lo soportó y se giró hacia mí. Vi sus piernas divinas, sus excelsos senos, su maravilloso rostro y su excitante y pasional expresión. Abrió la boca, mostrándome sus colmillos y algo de sangre que había bebido de mí. Siguió cabalgándome. Ver sus pechos rebotando y su tan arrebatador cuerpo encima del mío me excitó tanto que mi pene creció dentro de ella, y lo sintió, agrandando sus ojos, y mordiéndose tanto el labio que se lo desgarró. Estaba teniendo un orgasmo. Empezó a gritar como una loca, lo que me preparó para correrme, pero apretó mis heridas, y el dolor suplió al placer. Ella siguió corriéndose, gritando extasiada, y yo grité dolorido. Me miró, sonriendo, complacida por lo que acababa de hacerme. Consiguió que yo no me corriese. Se separó de mí. Mis ojos la miraron suplicantes. Se acercó hasta mis labios y me besó, pasándome su sangre. Luego me dejó un lametón por la mejilla.

– Por favor. – le supliqué.

– No. No quiero esos ojos. Te dije que no iba a dejar que te corrieses.

– ¿Qué? ¿Vas a dejarme aquí atado? ¿Vas a dejarme así?

– Sí. – dijo, riéndose, y vistiéndose. No, no podía hacerlo. No…

Temblé de rabia, como había temblado al ver a Juan. No, ella no se iba a ir así, no. Mi pene, robusto, erecto, con las venas hinchadas, estando en un estado de tensión extrema, y en un tamaño mayor incluso que la primera vez que estuve con Gabrielle, me pedía que fuera hasta ella y me corriese dentro, o por su cuerpo, no importaba. No, no me lo pedía, ¡me lo estaba ordenando!
Su sangre me dio la fuerza que me faltaba para ir destrozando las ataduras. No, las ataduras no fue lo que se rompió, sino la mesa. Primero fue por los brazos, y, con las manos libres, me desaté, quitándome también las ataduras de los pies. Ella me contemplaba, atónita, sin esperarse lo que estaba sucediendo. Borré toda bondad de mi interior, y agarré su nuca, llevando su rostro hasta mi pene. Se lo puse en los labios, cerrados, pero sujetándomelo con una mano y con lo tieso que estaba conseguí atravesar sus defensas para dar con su lengua. Me follé su boca como un animal, sujetándole la nuca sin darle oportunidad a defenderse. Penetré hasta la campanilla y la sentí rebotando contra el glande. Me entraron ganas de correrme, así que se la saqué, la tumbé en el suelo con el pie, y me coloqué en su torso, poniendo mi rabo entre sus tetas, apretándolo con ambas, y follándomelas, mientras ella empezaba a esbozar una sonrisa. Mientras yo sostenía sus pechos con mis manos acaricié sus pezones. Luego bajé hasta su vagina y comí su clítoris, succionándolo y jugando con él dentro de mi boca, impregnándolo de saliva. Luego la penetré con violencia. Al principio gritó de dolor, pero acabó encantándole. Yo no quería que le gustase. Le pegué una bofetada que retumbó en todo el sótano en el que nos hallábamos. Incluso le dejé marca, y ella era la vampiresa. Luego mordí mi muñeca, y restregué mi sangre en su mejilla. Le puse el brazo a un palmo de su boca, y fue a beber de ella cuando se la retiré. Agarró mi brazo con fuerza y me obligó a cedérselo para que bebiera, pero cuando bebió un poco, con mi otra mano la aparté, y me sacó los colmillos, furiosa. Apreté su cuello, entorpeciéndole la respiración, y seguí con mis bestiales embestidas. Llevó sus manos hasta mis heridas, y cuando iba a apretarlas acabó arañándome la espalda. Sentí su vagina estremeciéndose. Estaba teniendo otro orgasmo, y yo le evitaba gemir al apretarle el cuello. Sonreí.
Con su fuerza me apartó las manos, y me escupió en la cara. Se apartó de mí, y me tumbó en el suelo. Pero yo, lejos de amedrentarme o de sucumbir ante ella, me levanté, y la puse de espaldas, con su cara contra la pared. La penetré a cuatro, mientras agarraba sus pechos y bufaba en su cuello. Apreté tanto sus pechos que se retiró, se giró, y me pegó una bofetada con la parte dura de la mano. Algo de sangre cayó de mi boca, y se la escupí yo. Entonces me miró, orgullosa:

– ¡Esa mirada quería!

La agarré con mi fuerza, elevándola, y penetrándola chocando su espalda contra la pared. Sus tetas se aplastaban contra mi pecho, y mi pene entraba hasta el fondo, con fuertes sacudidas. Utilicé un dedo para metérselo por el ano, y ella acarició su clítoris. Con la otra mano masajeó mi escroto, y nuestras respiraciones se sincronizaron. Ahí estaba llegando, el tan esperado orgasmo. Empecé a correrme dentro de ella como nunca me he corrido. Todo mi cuerpo temblaba mientras ella gritaba mi nombre. Me mostró sus dientes mientras cerraba los ojos y gritaba mi nombre a pleno pulmón, y besé sus labios en ese instante. Mi pene seguía moviéndose en su vagina, y ella me pedía que no parase. Yo temblaba tanto que no creí ser capaz de soportarlo. Iba a caer al suelo cuando ella cayó encima de mí. Mi espalda se llevó un buen golpe, pero ella movió su cadera. Seguía corriéndose. Tuvo tal orgasmo y sintió tanto placer que una lágrima cayó por su ojo.

– No sé qué me pasa. – dijo con voz trémula y el cuerpo dando espasmos. Tras cinco minutos así se detuvo. Cayó a mi lado, abrazándome, y nos miramos a los ojos. ¿Estábamos enamorándonos? Sentir amor el uno por el otro resultaba incómodo. Nos quedamos en silencio, y acabé rompiéndolo:

– ¿Y ahora?

– ¿Qué esperas?

– Tengo que huir. Encontraron semen mío en el granero. Me vincularan con los crímenes. Además, fui el último visto con Juan, y éste quedará desaparecido, o lo encontrarán muerto. A todo esto le podemos añadir que quizá me haces olvidarte.

– No, no esta vez. Quiero que te quedes conmigo, y seas mi esclavo.

No supe cómo sentirme. De nuevo recuperé el brillo en mis ojos, y eso pareció encantarle. Mi dualidad era la que la tenía encandilada.

– ¿Eso quiere decir… que me convertirás en vampiro?

Rio, se encogió de hombros, se acomodó entre mis brazos y me dijo:

– Quién sabe…

 

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