Capítulo 2

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Capítulo II

Me desperté con sorprendente vigor. No recordaba absolutamente nada de la anterior noche. Seguramente hubiera bebido tanto que había desfallecido. Pero desperté en mi habitación de hotel sin nada de resaca, con la sensación de haber tenido la experiencia más asombrosa de mi vida, aunque sin ser capaz de recordarla.

Puse la radio y comencé a bailar música que ni en mis peores pesadillas habría bailado. Me duché con agua helada a pesar de que la lluvia continuara cayendo y el frío se palpase en cada recodo del cuerpo. Pero no el mío, no. Mi sangre me hervía, me quemaba. Estaba feliz y animado. Salí del hotel con una sonrisa en la cara cuando Ignacio me vio.

– ¿A dónde vas tan contento?

– A resolver un caso. ¿A dónde vas tan triste?

– La pista que seguía resultó ser falsa, joder. ¿Qué tal si acepto la proposición de ayer?

Reí, levanté mi puño izquierdo y con el derecho a su lado fui haciendo como si girase una manivela para ir levantándole el dedo medio y mandar a aquel hombre a freír espárragos. Y a tomar por culo, de paso.

– Hijo de puta, dime qué tienes, al menos. – me pidió.

– Haber sido más amigable cuando lo requerí.

– ¡Pues que te JODAN! – gritó, orgulloso, y marchó a su habitación, a encerrarse, a darle mil vueltas al asunto para volver al principio de la investigación y no tener absolutamente nada.

Replanteé lo que había descubierto hasta aquel entonces y me maldije a mí mismo por no haber interrogado a Eustaquio, o por no haberle preguntado por la foto. Confié en él siguiendo mi instinto, que nunca me había fallado. Pero…, ¿y si aquella vez sí? Lo peor de todo fue que Juan, siendo policía, confiara plenamente en mí. Yo era un buen detective, pero no nos conocíamos lo suficiente como para que dejase escapar a un testigo o sospechoso.

Ignacio tenía razón. Mi ilusión por que fuera un vampiro quien provocó esos crímenes me estaba cegando. Mis ansias por la fantasía, por creer en algo más, en algo que nadie creía posible, no me hacían pensar con claridad. Seguramente el alcohol de aquella noche me hubiera dicho alguna teoría esclarecedora, pero el no acordarme de nada no me ayudó. ¿O sí…?

Sabía que cualquier experiencia se quedaba grabada en el cerebro inconscientemente, aunque no la recordases. Quizá viendo alguna cara conocida, escuchando alguna canción que sonase, o repitiendo algo que hiciera, salieran a flote recuerdos. O quizá reforzaron mi instinto que me hacía pensar que todo era obra de un vampiro. ¿Realmente llegué a esa teoría…?

– Eustaquio, ¿eres un vampiro? – le pregunté al aire. Parpadeé y me reí por aquellas absurdeces. Llegué a casa del voyeur y golpeé la puerta. No sabía ni por qué razón había ido hasta allí ni qué iba a decirle, simplemente me dejé llevar.

– ¡Salazar! ¡Hola! ¿Qué te trae por aquí?

– Hola, Eustaquio. Quería hacerte alguna pregunta más. – nos tuteamos.

– Por supuesto, pasa, pasa.

Entramos en su casa y me ofreció algo de beber. Negué con la cabeza.

– Estás muy sonriente hoy. – me dijo. Yo ni me había dado cuenta de que seguía con una sonrisa dibujada en la cara.

– Sí, no sé qué me sucede.

– Yo sí que estoy contento. Tu material es muy bueno.

– Gracias.

– Las fotos son muy oscuras.

– Están hechas de noche la mayoría.

– No, no, no es por eso. Lo digo porque tienen un tono oscuro.

– Ah, será cosa mía.

– Por eso te lo digo, es tu marca de fotógrafo.

– Sí, soy un tanto… – me encogí de hombros. No encontraba el adjetivo para definirme. Ambos reímos.

– Comprendo, comprendo. ¿Cuánto te costó tu cámara?

– Quinientos pavos.

– Buf…

– Sí, y el objetivo otros quinientos. Hay que invertir, es mi trabajo.

– Mil euros… Mi pensión no da para tanto. Los hijos de puta del gobierno me roban cada año un poco más. Así sólo se puede vivir con lo justo, sin permitirse lujos. ¿Para qué coño me quiero jubilar si no puedo disfrutar de la vida?

– A mí también me da mucha rabia. Impuestos por aquí, impuestos por allá…

– Bueno, tal vez me la permito… Quiero irme de este pueblo. Mucha muerte, poco folleteo… Venderé la casa y me compraré una caravana. ¿Qué te parece mi plan?

– Es mi concepto de futuro perfecto. Somos llaneros solitarios, ¿para qué asentarnos?

– Qué bien me caes. Es bueno poder hablar con alguien que piensa como yo.

– Sí, es liberador… Oye, si no te importa que te haga un par de preguntitas…

– Ah, no, no, no, adelante, adelante.

– ¿Sabes del otro hombre que murió?

– Sí. Pepe, el joputa.

– Jajaja, ¿hijo puta por qué?

– Joputa, joputa, jrojrojro. – se rio atragantándose. – Joputa como él solo. Estaba amargado. Vivía en soledad, como yo, pero amargado. Le gustaban las jovenzuelas, es bien sabido. Como a mí, pero yo no las acosaba.

– ¿Él las acosaba?

– Sí. Una vez pilló cacho, el joputa de él, jajaja. Fue como hace un año. Lo tengo grabado. Si quieres verlo…

No tenía ganas, pero no podía negarme, o él sospecharía.

– Hombre, pues claro. – contesté, y me lo mostró en su ordenador. Mis ojos no daban crédito ante lo que veían. Una chica pelirroja, con pecas, y joven. Era ella… ¡Sandra!

– Es ella.

– ¿Cómo dices?

– Es la chica asesinada.

– ¡¿Qué?!

Mi sonrisa se amplió a unos niveles exagerados. ¡Había acertado! No era motivo para alegrarme, pero lo hice. Me avergoncé por ello, pero no podía evitarlo. Mi hipótesis de que lo habían asesinado debido a algún problema con él se acercaba muchísimo a la realidad.

– Hostias, pues sí que se parecen, sí…

– Oye, una pregunta, si sabías que estuvieron dos en aquella casa, ¿por qué no informaste sobre la otra persona?

– ¿Sobre el chico? No lo sé. Me habrían acusado. Hay rumores sobre mí, pero nada seguro. Sólo tú lo sabes. ¿No se lo habrás contado a…?

– No, a nadie. Tienes la misma discreción conmigo como espero yo de mis fotos.

– Por supuesto.

– Vale, gracias por todo.

Salí de la casa eufórico. Hice el pino en mitad de la calle y recorrí unos metros así mientras me reía como un psicópata. ¡Había acertado de pleno! El hombre la había acosado, se la había llevado, y el novio, celoso, lo asesinó. Entonces alguien asesinó a ambos de la misma forma en venganza por lo hecho. Tenía que ser eso. Pero de pronto resbalé por la lluvia y caí al suelo. No, no fue por la lluvia. Fue por mi instinto. Me decía que algo no iba bien. La dirección no era la correcta, a pesar de haber acertado aquello. Eso…, o que mis expectativas de que fuera un vampiro disminuían.

Anduve meditabundo, dándole vueltas al asunto. Mi ropa no era la común. Llevaba una chupa de cuero negro, y un jersey debajo. Había despertado semidesnudo en el hotel. Rasqué mi cabeza, deseando no haber hecho el ridículo en un pueblo tan pequeño.

Me vino una idea a la mente. ¿Y si la chica se volvió gótica después? Se avergonzó de lo que hizo, y decidió teñirse el pelo. Interrogar a los padres era el paso que necesitaba.

Podía haberle hecho más preguntas a Eustaquio sobre el tema, pero la efusividad que me entró por haber averiguado algo con tan poco me nubló mis pensamientos.

Volví a llamar a la puerta de los padres. Los vi asomándose por la cortina de la ventana y se percataron de que era yo. Sabía que no me iban a abrir, pero les dije:

– Sé quién puede haber sido el asesino de su hija.

Pasaron varios segundos. Una nueva tromba cayó sobre el pueblo. Decidieron abrirme la puerta y dejarme pasar, pero no me invitaron al salón. Se quedaron mirándome conmigo en el pasillo, calándoles el suelo con el agua de mi ropa.

– ¿Conocen a Pepe?

Me miraron enfadados. Aún no me habían hablado ni para decir “hola”.

– Murió hace unas semanas, además, sé que mantuvo relaciones sexuales con su hija.

– ¡¿Qué?! – exclamó la madre, horrorizada.

– No le hagas caso. – dijo el padre.

– No tenéis por qué creerme, sólo os quiero hacer un par de preguntas. Lo siento por los detalles. Si me ayudáis, prometo que la próxima vez que llame a vuestra puerta será con el culpable esposado.

Se abrazaron, pues ella estaba todavía en shock. Pasó un minuto hasta que el padre asintió.

– ¿Qué quieres saber?

– ¿Cuándo se convirtió en gótica?

– Hace un año. – dijo el padre. Pensé en la fecha que había visto en la cámara de vídeo de Eustaquio y la fecha coincidía. Después de aquel suceso seguramente viera todo negro. Pero no parecía que hubiera sido forzada.

– ¿Sabéis por qué razón?

– Desmotivación en los estudios. – dijo la madre, ocultando algo. – Creemos…

– ¿Tenía algún amigo cercano?

– No, sólo un novio, o lo que fueran… – dijo el padre. – Un tal Charlie.

– Antes de eso, ¿tenía amigos?

– Amigas, pero no muy cercanas. No solía relacionarse. Estaba inversa en su mundo. Entonces encontró una cultura…, o sociedad…, o religión…, o lo que sea eso, con la que se sentía identificada. Daba algo de miedo, pero no podíamos hacer nada por evitarlo.

– Está bien. ¿Sabéis de alguien que le tuviera manía, o quisiera asesinarla? Algún detalle, o sospecha.

– No… Usted dijo que tenía al asesino, ¿quién es?

– Necesito seguir hilando todo, pero no puedo decir sospechosos. Estoy a pocos pasos de la meta. ¿Me dejarían ver el cuarto de Sandra?

Mencionar el nombre de su hija los revolvió. Aceptaron, y me condujeron escaleras arriba hasta él. Ya no dejaba rastro de agua tras de mí, así no me sentí incómodo al indagar. 

Un cuarto oscuro. Cortinas negras, persiana medio cerrada. Paredes de negro con pósteres de cantantes famosos, como Marilyn Manson, por mencionar al más conocido. Rasqué mi cabeza. Sus padres estaban vigilándome, y yo lo que quería era abrir su ordenador, pero no estaba.

– La habitación está tal cual la dejó ella. – dijo la madre.

– La policía se llevó su portátil y lo revolvió todo un poco. No creo que haya nada que encontrar.

– La policía no se fija en cómo está la cama posicionada, las pegatinas de sus cuadernos, o el estampado de sus cortinas. – dije acariciando las mantas de la cama, la cual estaba pegada a la pared, como casi todas de adolescentes, justo enfrente de la puerta, aunque la ventana quedaba en el respaldo, mas no exactamente detrás. El escritorio estaba pegado a la pared, con una puerta a un lado y la ventana al otro. El armario también al lado del escritorio. – Colocó el escritorio con miedo a que surgiera algo del armario, a tener la puerta detrás de ella y no ver quién entraba, y la ventana más de lo mismo. Seguramente le gustase asomarse para ver lo que había. – miré a través del cristal pero sólo vi otra casa. – ¿Quién vive allí?

– Nadie con quien se relacionase.

Suspiré. Miré el cielo. Sí, sería aquello. Ver las nubes con lluvia caer. Aun así, su parte daba al jardín. Podría ver a alguien que viniera a visitarla.

– ¿Cuándo redecoró la habitación? ¿Y cuándo cambió los muebles de lugar?

– ¿Cómo sabe que lo hizo?

– Se nota. El armario no está anclado ni al suelo ni a la pared. Todo puede moverse, incluso el escritorio. Y la pared parece ser que se pintó no hace tanto. Aprovecharía el momento de pintar para mover todo, ¿me equivoco?

– Tiene usted razón.

Mi cerebro no dejaba de palpitar, anidando cada vez más pensamientos e hipótesis. Casi siempre yo tenía razón, en general, y era algo malo, porque cada vez me volvía más soberbio y arrogante.

– Vale, conque…

– ¿Sí…? – preguntó el padre, intrigado.

– Insegura, cariñosa, perdida… – lo más probable era que se hubiera entregado a Pepe por dos razones: una, impresionar a alguien, dos, él le dio cariño y comprensión. Pero, por una vez, me equivoqué, aunque no lo sabría hasta pasado un tiempo. – Vale, ya tengo, más o menos, todo. Perdón por el agua que les he dejado. Volveré pronto, se lo prometí.

Pero no tenía nada. Me quedaba investigar a Carlos y a Pepe, y ver qué demonios había sucedido entre ellos tres, mas lo que hice fue volver al bar. Entré, y sólo vi a un par de hombrezuelos en una esquina. El camarero del día anterior estaba allí. Lo saludé y le pedí un vaso de ron.

– ¿Hice anoche mucho el ridículo?

– ¿Qué? ¿Por qué dice eso?

– Recuerdo venir aquí, pero no más. Seguramente mezclase whisky con la botella de ron que me ventilé, y a saber qué coño hice.

– Tendría que preguntarle a Gabrielle.

– ¿Gabriel? ¿Quién es ése?

– Es mi camarera.

– Ah, ¿es una mujer?

– Sí, le hablé ayer de ella.

– Sí, sí, confundí su nombre. – la pronunciación de Gabrielle es parecida a Gabriel. – ¿De dónde es?

– A saber. Habla bien español, y parece de aquí, aunque tenga ese nombre.

– ¿No tiene contrato?

– Nah, pero no se queja. Está de paso, dice. Unos meses y adiós.

– A la noche le preguntaré. Argh, maldición, tengo tanto en la mente… – arrugué la frente y la acaricié con mis dedos. – ¿Me da otra botella?

– ¿Quiere emborracharse para pensar bien?

– No, es que… Me da tantísima pereza hacer todo. Interrogar de nuevo a la familia de Charlie, y… – me ahorré mi frase sobre investigar a Pepe. Suspiré.

– Tome, campeón. Va a cuenta de la casa. – me cedió la botella, aunque estaba a la mitad.

– Gracias, jefe. Traeré al culpable.

– No lo dudo.

Fui al hotel. Quizá si trabajaba con Ignacio todo podría ir mejor. Llegué hasta su habitación y llamé a la puerta. Me abrió, medio borracho, con un ojo abierto y el otro casi cerrado. Alcé mi botella y le dije:

– ¿La compartimos?

Me echó una mirada fulminante, y aceptó.

– Venga, entra.

Todo su cuarto olía a alcohol. Se había triscado unas tres botellas, y seguía en pie. Luego me fijé en que no se las había bebido a pelo, sino mezclándolas con refrescos. Aun así tenía mucho aguante.

– ¿Estás bien?

– ¡NO! – me dijo a la cara, expulsando todo su aliento de dragón sobre mí.

– Tío, lávate los dientes aunque sea.

– Déjame, ¿qué quieres? ¿Has venido a ridiculizarme?

– No, a trabajar contigo. Mira, tenemos nuestros más y nuestros menos, pero podríamos conseguir algo entre los dos.

– Ahora quieres mi ayuda, ¿sí, verdad? Pues toma, pa ti. – me hizo un corte de manga.

– Macho, mírate cómo estás. O trabajas conmigo, o vas a seguir así hasta que yo resuelva el caso.

– Grr… Está bien, ¡está bien! Dime, ¿qué tienes?

– Después de que eches la raba en el baño.

Se fue refunfuñando. Se metió los dedos en la garganta y vomitó. Volvió junto a mí.

– Seguirás estando borracho, pero al menos no te dolerá el estómago.

– Yo quería la botella de ron, y mira lo que me haces.

– No costó mucho convencerte. Estás ansioso por saber lo que tengo que decir, ¿eh?

– Calla, dime, a ver.

Le conté todo lo que había conseguido hasta ese momento. Por sus gestos me di cuenta de que se asombraba por mis avances, aunque se negaría a reconocerlo.

– Bien, pues yo no tengo mucho más que tú. Podemos volver a investigar a casa del Charlie ése de los cojones, luego a por el Pepe, y ver qué surge. ¿Nos separamos?

– Vale… – dije, sin estar muy convencido. Casi siempre conseguía detalles en los que nadie más se fijaba. Quería verlo todo por mí mismo. Rasqué mi cabeza y se me ocurrió una idea. – Te dejaré mi cámara de fotos. Haz unas veinte en el cuarto de Charlie, y hazles preguntas a sus padres de cuándo empezó a ser gótico y vestir así. Y cuáles eran sus hobbies. Yo voy a ir a preguntarle a una conocida suya.

– Ja, ladrón. Tú vas a intentar meterla.

– ¿Qué? ¡No! Si aún no la conozco…

– Pues eso, a intentarlo…

– Bah, venga. Ve a casa de sus padres y tráeme eso. Yo iré al bar éste, y luego nos dirigiremos a casa de Pepe, a ver qué tenemos por allí.

Asintió con la cabeza y me extendió su mano. Se la estreché, mirándolo fijamente a los ojos, y esbozando una media sonrisa.

Tomamos caminos diferentes al salir del hotel. Apenas habíamos bebido dos copas mientras yo le explicaba lo que tenía, pero estuvimos debatiendo mil hipótesis sinsentido. Ya era por la tarde, y no había comido nada en todo el día. Llegué al bar, le pedí al camarero un bocadillo de tortilla, y le pregunté:

– ¿Dónde está Gabrielle?

– Aún no tengo ni idea de dónde se aloja, pero vendrá pronto. A las siete u ocho.

– Ah, bien. Me quedan dos horas, entonces.

Conversé con aquel hombre sobre temas banales. Era un tipo risueño, que te daba conversación sobre cualquier cosa. Ignacio me llamó transcurrida una hora. Le dije que aún estaba esperando en el bar, y que lo sentía. Me dijo que no pasaba nada, y que se adelantaba a ir a casa de Pepe a explorar. Me pareció bien. Pasó, y pasó el tiempo, y, por fin, Gabrielle llegó. La vi, y de inmediato mi pene se puso erecto. La recordaba de algo, o eso me parecía, pero su mera presencia, su mera imagen, me excitó a unos niveles insospechados. Sonrisa tierna, mirada salvaje, pelo rubio, tez blanca, y senos espectaculares. Quería perderme entre ellos. Los quería comer. Salivé como un perro, mas me contuve. El camarero se despidió de mí, y Gabrielle se acercó a mi mesa.

– Hola, Salazar. – me dijo con voz dulce.

– Ho… hola, ¿me conoces?

– Sí, ayer estuviste aquí.

– Vaya, ¿hice mucho el ridículo?

– Qué va. Bebiste demasiado, pero estabas muy mono. – amplió su sonrisa.

– Ya decía yo que te… recordaba. – mi erección no se iba. – Bueno, ¿te hice alguna pregunta? Sobre Charlie, y tal.

– Nop, ¿tienes alguna?

– Sí…, ¿qué tal chico era?

– Tímido, pero se portó bien conmigo. También me va el rollo gótico, ¿sabes? Vampiros, y esas cosas.

– ¿Eh?, sí, sí… – dije, distraído. – A mí también me molan los vampiros.

– Eso se ve. – dijo, sin darme yo cuenta a qué se refería. Pasó la lengua entre sus dientes. Mi pene tembló, como si estuviera dentro de su boca.

– ¿Qué más puedes contarme de él? – dije secándoseme la garganta. Aquella mujer me imponía demasiado. No entendía por qué me amedrentaba tanto ante la presencia de una mujer. Era bella, sí, pero mi confianza en mí mismo debía superar cualquier miedo. 

– Nah, no mucho, apenas hablaba. Le molaban los cómics y los mangas. Ah, sí, y conoció a esta chica…, ¿Sandra? Estuvo con ella un tiempo, no sé cómo les iría.

– Ella también fue asesinada… – iba hablando, pero mi única obsesión era tirar todo lo que había en la mesa y ponerla encima de ella para comérmela enterita. – junto a Charlie… – me quedé boquiabierto. No podía resistirlo. Su figura, sus gestos, me volvían loco…

– Ah, vaya. Es que no ando muy enterada.

– No pasa nada. Oye, he de irme. Hablamos más tarde, si eso.

– ¡Oki! Un placer. – nos levantamos. Mi erección era tal que no pude disimularla. Ella se acercó a mí y me dio dos besos, mientras mi pene se restregaba por su cadera. Sentía como si fuera a correrme. No había padecido nunca eyaculación precoz, pero aquella mujer… era demasiado para mí. Me alejé del bar en cuanto antes. Necesitaba irme de allí. Llamé a Ignacio y cogí el coche para dirigirme a la granja de Pepe. Una vez allí Ignacio me preguntó:

– ¿Qué tal?

– Bueno… – contesté yo. La granja era pequeñita. Tenía un granero, una pocilga, y una casita pequeña, así como un tractor y varios kilómetros a lo lejos de tierra. La lluvia seguía cayendo, y cada vez con más fuerza. Su fría agua me refrescó y calmó mis ansias sexuales.

– Tierra de secano, y mira la que está cayendo. Le habría jodido la cosecha.

– Ya ves. ¿Encontraste algo?

– Sí, vamos primero a la casa, y te enseño las fotos.

Nos refugiamos dentro de ella. Dimos varios vistazos dentro, pero sólo había desorden. Nada nuevo. Algo típico en un soltero. Luego me enseñó las fotos. Charlie tenía la habitación colocada de la misma forma que Sandra. Se lo conté, y creímos que lo hicieran a posta para sentirse uno más cerca del otro. O no, sentirse uno igual que el otro.

Me tumbé un rato en el sofá, a ver las fotos.

– ¿No te parece raro que la zona no esté acordonada? Es decir, ¿qué coño pasa? ¿Dónde se mete la policía? – pregunté.

– Son paletos de pueblo, a nadie le interesa esto. Prefieren no perder el tiempo y darle carpetazo al tema. ¿Cuántos asesinatos crees que se cometen a diario? ¿Crees que salen todos en las noticias?

– Ya, pero… Juan me da mala espina.

– Chico, él fue quien te pidió que vinieras. Yo estoy aquí por el comisario.

– Pero, joder, es que no actúa como un poli.

– Será otro viva la vida, que pasa de todo.

– No sé, no sé.

– Bueno, ¿qué opinas sobre el caso?

– Opino que no queda mucho de lo que tirar. – anduve sobre el suelo rechinante del salón. – ¿Quién podría haber vengado a este sujeto? No tenía a nadie… Como no investiguemos a todo el pueblo… – y mis pies hallaron otro misterio. El suelo estaba hueco, pero no tenía desván o sótano. – Eh, ¿qué guardará aquí…? – di varios pisotones.

– ¿Pasta?

– Vamos a ver.

Quitamos el tablón y, para nuestro horror, lo que encontramos fue otro cadáver.

– ¿Más? – preguntó Ignacio, antes de que todo el hedor saliera de dentro y nos apestase.

Estaba en descomposición, chupado, succionado. ¿Quién cojones era aquél? O aquélla… Su cadáver ya había borrado sus facciones, aunque por su ropa parecía una mujer. ¿Qué estaba sucediendo?

– Yo… a ésa… la he visto… Es… – comenzó a reírse. – Ya todo coincide, ¡coincide!  

– ¿Quién? – pregunté, emocionado.

– Ven al granero, corre.

Lo acompañé hasta el granero, temblando de los nervios. Íbamos a resolver, por fin, el caso, o eso parecía, aunque yo no era capaz de hilar nada. ¿Qué pista tenía Ignacio? ¿Qué me iba a mostrar?

Entramos. Todo estaba oscuro. Cerró la puerta tras de sí, y prendió una leve lámpara de mano.

– Allí, mira. – me señaló al fondo. Fui caminando hasta que oí el ruido de un revólver amartillándose. Me congelé del susto, y me di media vuelta. ¿Viviría lo suficiente para obtener una explicación?

– ¿Por qué? – le pregunté.

– “¿Por qué?” ¿No me viste en el hotel? Mi vida es una miseria, y necesito resolver este caso para que me paguen. Mi mujer sólo sabe quitarme la pasta, y yo lo único que hago es emborracharme. Fijo que se ha tirado a mil hombres ya, pero me la suda. Estoy con ella por nuestra hija. Quiero que crezca bien y que no le falte de nada.

– ¿Y para eso me vas a matar? Quédate tú el mérito, no me importa.

– No, te acusaré a ti de los crímenes. No sé cómo, pero lo haré. Déjame pensar… Pepe mata a la tía de Charlie, el cadáver de la casa. Ah, me enteré que anda desaparecida desde hace un tiempo. Luego su sobrino se entera. Va a asesinarlo y ve cómo se está acostando con Sandra. Decide acercarse a ella para vengarse, pero se enamoran, y entre ambos se cargan a Pepe.

– ¿Y quién los mata a ellos?

– Tú, con tu obsesión de vampiros. Mira a tu derecha. Tengo un maletín con mierda vampírica y satánica. Diré que éste era tu aquelarre, o lo que sea, y que te reunías con Pepe para adorar a lo oculto. Y, como murió él, decidiste vengarte.

– Eso no tiene sentido.

– Lo tiene. Casi lo sabías todo, y eso significa que eres muy bueno, o ya sabías lo que había sucedido.

– Vamos, no me jodas, ¿quién va a creer esa historia para niños?

– Cualquiera en este pueblo, y en la policía. Te dije que lo único que quieren hacer es cerrar el caso.

– ¿Vivirás bien con una muerte en tu conciencia?

– No, pero es eso, o el futuro de mi hija arruinada.

Cerré los ojos.

– Entiendo… ¿Me dejas rezar, al menos? – pregunté, resignándome a mi muerte, con una lágrima escapándose de mi ojo derecho.

– No. – dijo, y acepté su bala en la cabeza. Sin embargo hubo un sonido desgarrador, de un crujir de huesos, y de la sangre fluir. Cuando volví a abrir los ojos pude ver un brazo traspasándole el pecho, con su corazón en la mano, palpitando aún. Detrás estaba Gabrielle, enseñando sus colmillos. Se aproximó a abrirle el cuello a Ignacio, pero se contuvo. Me miró a mí y dijo con una sonrisa:

– Quiero tu sangre.

Empujó el cuerpo de Ignacio, lanzó su corazón al suelo y se aproximó hacia mí a una velocidad de vértigo. Clavó sus dientes en mi cuello y comenzó a succionar mi sangre. De pronto los retiró con brusquedad, desgarrando mi carne. Toda mi sangre comenzó a caer por mi cuerpo. Ella arrancó mi ropa y me dio de beber de su muñeca. Bebí un poco y entonces recordé todo. El miedo se apoderó de mí. Intenté huir, pero sabía que sería imposible. Caí al suelo, sobre la paja que estaba tirada por todo el granero. Ella se puso encima de mí y se desnudó de cintura para arriba, dejando su pantalón puesto aún. Teníamos los torsos desnudos. La sangre no paraba de manar de mi cuello, hasta que sentí cómo la herida se cerraba. Ella me dijo:

– Adoro tu sangre. Es tan… deliciosa, dulce…

Lamió mi pecho, mis pezones. Me estremeció. Luego, se estiró hasta agarrar el corazón de Ignacio, y lo situó encima de mí. Lo apretó tanto que explotó en su mano, salpicándonos su sangre. No podía creerme todavía lo que estaba viviendo, pero algo dentro de mí me poseía. Era la excitación, las ganas de hacerla mía.

– ¿Por qué…? ¿Por qué actúo así? – pregunté.

– Eres mío. – me dijo ella.

Retrocedió y me quitó los pantalones. Se acercó a mi pene, el cual necesitaba hallar su vagina. Necesitaba sentirme dentro de ella. Quería hacerla mía. Fui a agarrarla, pero me contuvo, empujándome hacia atrás. Se quedó a pocos centímetros de mi pene, sonriéndome, respirando sobre él. Yo me agitaba nervioso, deseando calmar mis pasiones. Le dio un lengüetazo en la punta del glande, y luego clavó su colmillo en él. Me dolió, pero la erección no se pasó. La sangré cayó por todo mi pene, cuya herida se cerró casi al instante. Gabrielle lamió toda la sangre que transcurría hasta el escroto. Volvió a repetir la acción. Dolor, placer, dolor, placer. Después, se metió mi pene en su boca. Noté el roce de sus dientes, de sus colmillos, contra mi miembro. Y no lo pude contener. Empecé a menear mi cadera, como si me estuviera follando su boca. Ella lo que hizo fue mirarme a los ojos y sonreír, mientras yo la penetraba hasta la garganta. No le afectaba la profundidad de mi pene, sino que lo saboreaba y le encantaba. Cuando estuve a punto de correrme retrocedió. Quise rematar la faena tocándome, pero me agarró con fuerza las manos.

– Déjame correrme. – le pedí en casi un gemido.

– No. – dijo ella. – Te toca a ti.

Se quitó el pantalón y, con fuerza, agarró los pelos de mi nuca, aproximó mi cara hacia su vagina, y comenzó a restregarse. Lamí su clítoris, pero ella quería todos mis labios, mi nariz, mi facción, restregándose en él. Se meneó con rapidez y habilidad. Introduje un par de dedos en su vagina, que estaba calada. Sus fluidos en mis dedos me excitaron. Con la otra mano fui a tocarme, pero ella la agarró e hizo que le metiera un dedo por el ano. Con mi mano derecha acaricié su ano, con mi izquierda, penetré su vagina. Estaba tan húmeda que le metí tres dedos, pero ella quería más. Quería mi pene. Penetré los dedos hasta el fondo, y, en vez de sacarlos y moverlos, los fui agitando con suavidad, moviéndolos como si fuesen serpientes en busca del fruto prohibido. Presioné en su fondo, e hice vibrar mis dedos. Ella empezó a gemir cada vez más alto, lo cual no hizo en el bar. Aquí estábamos solos, y ella se desinhibió. Sus gemidos casi consiguieron que me corriera, pero mis manos estaban ocupadas con sus dos agujeros. Me intenté separar y decirle que no podía correrse ella tampoco, pero clavó sus dedos en mi hombro con una mano y con la otra agarró mi nuca, restregándose con agresividad. Yo sacaba los dedos, los metía, los sacaba y los metía, y en un gemido ahogado ella se corrió. Cuando la miré, sus ojos estaban desorbitados, y reía.

– Vamos a por el segundo.

Me lanzó contra la pared. Se dio la vuelta y, a cuatro patas, meneó su trasero, incitándome. Sin más dilaciones me aproximé hacia ella y la penetré, agarrándola del pelo. Tiré de su cabeza hacia atrás mientras ella se acariciaba los senos. Fui penetrándola con suavidad al principio. Sin embargo, la sangre que me había dado me proporcionaba vigorosidad, y mi cuerpo me pedía ir más rápido. Meneé mi cadera, y al final adquirí una velocidad titánica. Ella, de gemir, pasó a contenerse, porque era tal mi velocidad que todo su cuerpo temblaba. Aproximé mis dientes a mis brazos y lo mordí con tanta fuerza que me hice sangrar. Parecía un animal enrabietado. Dejé caer mi sangre por su espalda. Ella se giró, sin ser capaz de contener sus emociones. Con ella en el suelo, dejé caer mi sangre sobre sus tetas. Ella, con su uña, se rajó el cuello, y me dijo:

– Ven, bebe de mí.

Comencé a succionar su sangre besándole la herida con mis labios. Me puse a un lado, penetrándola aún. Con mi mano izquierda arañé su torso, y con mi derecha su espalda. Mi saliva en su cuello, mis labios sobre su piel, y mi boca succionando su sangre la excitaron tanto que no pudo contener su segundo orgasmo. Yo quería correrme también, pero ella se separó de mí.

– Me quiero correr. – le pedí. Ella negó con la cabeza.

– No, hoy no.

– Por favor…

Miró el cuerpo muerto de Ignacio. Me agarró a mí y me empujó contra él. Mi espalda quedó apoyada en la tripa del muerto, y, ahí, Gabrielle se montó sobre mí, cabalgándome.

– Me encanta tu polla dentro de mí. Quiero que me folles. Quiero que te corras dentro. Quiero que me hagas tuya.

Lamí sus tetas, con sangre aún por ellas. Elevó sus brazos, revolviéndose el pelo, con sus ojos cerrados. Yo me di cuenta de mi situación. No podía huir de aquello. Me devoraría, tarde o temprano. Sería mi perdición. Ya era mi tentación, ya no tenía dónde huir. Agarré el revólver de Ignacio y le disparé en la tripa. No la empujé hacia atrás, sólo conseguí enfurecerla. Disparé, entonces, en el pecho. Ella contrajo aún más su cara.

– ¡Dispárame en la cabeza! – gritó. Hice caso, y le di en su frente. Y todo eso sin dejar de follarla. Empezó a reír como una psicópata. – ¡Me encanta!, ¡me encanta!

Quería asesinarla, pero no podía dejar de follármela. No podía evitarlo. Vacié todo el cargador mientras ella aún reía más, sobre todo cuando veía su propia sangre salpicándome, y los dos movíamos las caderas. No podía evitarlo. Lancé el revólver lejos de mí. Ella se recostó, clavó sus uñas en mi trasero, y con su propia fuerza se encargó de que la penetrase aún más rápido. Ya no pude controlarme. Mordí sus tetas con ferocidad. Yo era una bestia descontrolada. Comencé a rugir a la vez que gemía. Arañé su cuerpo con ganas de hacerla daño, no de excitarla. Arranqué trocitos de su carne, que quedaron guardados en mis uñas. Le pegué un puñetazo en la cara, mientras ella se reía. Las heridas de bala desaparecieron. Las balas se desintegraron dentro de ella. Le di más puñetazos. Golpe derecho, golpe izquierdo. No le dolían. La excitaban más y más.

– Puta, zorra… – le decía con una voz endemoniada. La di la vuelta y la puse a cuatro patas. Penetré su trasero. No se lo esperó, pero gimió de placer. Le propiné más puñetazos en su culo. Lo máximo que había hecho era dar algún cachete. En ese momento estaba pegándole. Pero a ella le encantaba. Arañé sus glúteos hasta que quedó la marca de como si una bestia hubiera estado allí. Luego ella se apartó de súbito y se acercó a mí. Me pegó ella un puñetazo. A mí sí que me dolió. Después, otro. Y otro, y otro. Me lanzó contra la pared, y me golpeó en el costillar. Me doblegó del dolor. Ella se agarró a un tablón encima de mi cabeza y se elevó para que yo pudiera penetrarla. Entonces me aferré a su cuerpo, me di la vuelta y la empotré contra la pared. Volvió a empujarme, al suelo.

– YO tengo el control. – me dijo. Gruñí, me fui a acercar a ella, pero apoyó su pie en mi hombro. No fui capaz de vencerla. – Eres MÍO.

Acerqué una mano a mi pene. Me empujó contra el suelo y se montó encima de mí. Volvió a cabalgarme. Mientras la penetraba le arrancó el brazo a Ignacio. Lejos de causarme repulsión, me excitó.

– ¿Te gusta este escena? – me preguntó con vicio.

– Me encanta. – le respondí.

Lanzó el brazo, y con su mano acarició mi escroto.

– Córrete. – me pidió. Manoseé sus tetas mientras contraía la cara, corriéndome dentro de ella, gimiendo. Un orgasmo como jamás había tenido. Esperma como nunca antes había salido. Ella se movió hasta correrse también, por tercera vez consecutiva.

Me quedé demasiado a gusto. Cerré los ojos, sonriendo. Ella se acercó a mí y me dijo, con su cálido aliento:

– Disfrútalo, pues será la última vez que te corras conmigo.

Y, de repente, mi cuerpo se desmayó.

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