Capítulo 1

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Capítulo I

La lluvia no dejaba de caer. Desde varios kilómetros a lo lejos había observado cómo un grupo de nubes negras y densas rodeaba al pueblo, descargando sobre él toneladas de lluvia. Era como si la lluvia siempre fuera eterna en aquel lugar. Un escalofrío recorrió mi espalda. Resultaba tan tétrico…

Las muertes tampoco ayudaban a calmarme. Había investigado innumerables casos desde que empecé como detective privado, pero nunca uno tal de aquella envergadura. Casi siempre solían ser novios celosos, o ajustes de cuenta entre yonkis por las drogas, hasta que resolví un caso por apuñalamiento en tan sólo tres días, cuando la policía llevaba buscando a aquel asesino durante años. Hice un contacto dentro del cuerpo de policía, y aquél fue quien me llamó. Homicidio múltiple, quizá asesinatos en serie, en un pueblo alejado del cual casi se perdía la jurisdicción. Ni siquiera la prensa sabía de ello. Requería mucha discreción. Yo mantendría la boca cerrada mientras me pagasen bien. Mi modus operandi se basaba en observar todos los detalles del escenario del crimen, accesos incluidos, interrogar a cualquier sospechoso, y enlazar las pistas que consiguiera. Como cualquier detective, ¿verdad? Con la diferencia de que yo me esforzaba en los detalles. Tenía una especie de don para averiguar si alguien me mentía o no, y carecía de escrúpulos a la hora de ser rudo o tierno, irrumpir a la fuerza en algún sitio o hacerlo con sigilo. Era cabezón, y hasta no conseguir lo que me proponía, no paraba.

Pero perseguir a mujeres guapas para tomarles fotos con sus amantes no había desarrollado mis habilidades especiales. Estaba ante la oportunidad de conseguir algo más que aburrirme en casa cobrando lo justo para sobrevivir. Por eso había aceptado aquel caso.

Salí del coche y entré en el edificio abandonado, acordonado por la policía. Era una casa vieja y medio en ruinas, con tablones mojados por los policías que anduvieron por allí, resquebrajándose al pisarla. Pisé con cuidado de no tropezarme o romper algo. Para ello me guie por las partes más mojadas del suelo, donde ya alguien pisó y no le sucedió nada. No me libraba de ello, pero tenía menos posibilidades de sufrir un accidente, o de derrumbar la casa sin quererlo. Subí los escalones, a cada cual más inestable y crujiente. Ya en la planta de arriba me encontré con Juan, mi contacto en la policía. Nos dimos un abrazo precedido de una sonrisa, borrada inmediatamente de mi rostro al ver el cadáver. Por respeto y por espanto. Era una joven muchacha, de unos diecisiete años de edad, con el pelo en melena negro teñido, tez blanca y cara tierna, con varias pecas decorándola. Vestía entera de negro, como si fuera gótica. Mi amigo me informó:

– Sandra, diecisiete años recién cumplidos.

– No me digas más: es gótica y le gusta la oscuridad, y celebró su cumpleaños en una vieja casa encantada con algún amigo del estilo.

– Podría ser, no lo sé. Sabemos, por sus padres, que “tenía gustos raros”, pero no recalcó la palabra gótico. Música del estilo heavy metal, o rock muy hardcore. Tocaba el violín, y le gustaba la soledad. En su cuarto encontramos varios posters de cantantes góticos, Marilyn Manson entre ellos, conque seguramente hayas acertado.

– Pero estaba sola aquí, ningún amigo cerca, ¿verdad?

– Verdad.

– Si interrogamos a algún compañero suyo de clase, o a sus padres, que nos dijesen amigos suyos, podríamos encontrar a alguno de su mismo estilo.

– Pero qué dices, deja de decir cosas obvias. – me interrumpió un hombre gordo, con un bigote ridículo, vistiendo un abrigo marrón parecido a mi gabardina. – ¿A dónde vas con esas pintas? ¿Te crees Colombo?

– ¿Col…? – refunfuñé. – No llevo corbata.

– Ya veo, eso le resta encanto.

– ¿Tú quién eres si puede saberse?

– José Ignacio, detective privado.

Miré a Juan, con una mirada increpante.

– No me digas que voy a tener que compartir caso con este sujeto.

– Yo no lo he llamado. – me dijo mi amigo.

– Me llamó el comisario, así que más respeto. Lo más seguro es que haya sido un novio celoso, o algún loco que la vio sola y vino a violarla. Si no, ¿qué vas a investigar? ¿Fantasmas? – me siguió diciendo con su tono de voz tan crispante.

– Podría ser que el amigo que ella tenga jugasen a algo y se les fuera de las manos, o podrían ser mil cosas. Necesitamos encontrar a alguien que tuviera más contacto con ella. Alguien a quien ella confesase sus secretos. Sus padres no saben ni que era gótica, no les podemos preguntar.

– ¿Y si oímos las causas de la muerte, chavalín?

Gruñí. Mostré mis dientes, como un perro rabioso, pero contuve mi rabia. Me tranquilizaba saber que no tendría que trabajar con él. Me tomé el caso de forma personal, sólo para que cuando lo resolviese presumir de ello delante de aquel infraser.

– Desangramiento. – dijo Juan. – Parece como si fuese obra de algún vampiro.

Mi corazón se paró en aquel momento. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Entre la lluvia, el pueblo alejado de la mano de Dios, y aquello…

– Vampiros…, chs, la única vampiresa que he conocido es mi mujer, que no deja de chuparme la cartera. – dijo Ignacio.

– Sin embargo, – continuó Juan. – el cuello parece haber sido desgarrado. No hay marcas de colmillos.

– A menos que las quisieran ocultar… – dije yo, convencido de la teoría de que fue un vampiro, por absurdo que sonase.

– Qué dices tú, anda, vete a ver Crónicas Vampíricas. – me espetó Ignacio. Lo miré entrecerrando mis ojos negros, con aquella mirada que solía amedrentar a cualquiera. Y por un instante sus ojos temblaron. Rasqué mi barba incipiente de cuatro días y suspiré.

– Tenemos varias teorías: una, el asesino la mató en otro lugar y la trajo aquí, pues no hay ninguna mancha de sangre, sólo un pequeño charco a su lado, y un cuerpo humano tiene varios litros de sangre. Dos: que le extrajesen la sangre. Y tres: que la asesinasen pero por alguna razón viniera aquí a morir, la cual descarto.

– Y cuatro, que la matasen pero limpiaran la sangre. – dijo Ignacio.

– ¿Qué dices tú? ¿Cuándo fue el asesinato? – pregunté a Juan.

– El cuerpo fue hallado hace unas pocas horas, y el médico forense ha determinado que fuera hace unas diez el asesinato.

– No creo que hayan limpiado. La sangre es difícil de limpiar, sobre todo de la madera. Olería a algún tipo de producto, y aquí solo huele a muerte. Podría haber sido con agua, pero habría sido transportada a otra habitación.

– O metida en un caldero con una fregona. – opinó Ignacio. – Lo que te pasa es que estás tan ensimismado en tu teoría fantástica que la teoría más coherente te parece la más inverosímil. La sangre es jodida de limpiar si se seca. Si aún está fresca…

Una gota de sangre cayó sobre mi maravilloso pelo negro. El tacto viscoso me repugnó más que lo que encontraríamos después: otro cadáver en el desván oculto de la casa.

 

– Y ahí tenemos al amigo. – dije yo tras limpiarme y que la policía hubiera descubierto el cadáver. Gótico, igual que ella. Pelo negro, tez blanca, ropa negra con cadenas, y pírsines decorando su cara. Muerto de la misma forma que ella.

– La pregunta es: ¿qué hacía ahí escondido? – preguntó Ignacio.

– Quizá se separaron, y se encontró con su asesino fatal. Tampoco hay sangre a su alrededor, sólo un pequeño charco. Si hubiera limpiado todo, ¿por qué no ese charco?

– Podría haberse hecho tras pasar varias horas de su muerte.

– ¿Cómo? Si debería haberle drenado la sangre…

– Grfr, yo qué sé.

– Yo creo que se escondió, el vampiro asesinó a su amiga, y luego lo asesinó a él.

– Qué raro que no apareciese Superman para salvarlos.

– ¿Quién descubrió el cadáver de la chica?

– Un vecino de al lado. – decía Juan. – Escuchó ruidos por la casa y vino por la mañana a inspeccionarla. Dice que alguna vez llegaban chicos para beber alcohol, o tener sexo.

– ¿Qué hace, colección de vidrios y condones usados? – dijo Ignacio.

Juan se encogió de hombros.

– Hipótesis, mil hipótesis. – dije yo, rascándome la cabeza. – Déjame hablar con ese vecino.

– Voy yo también. – dijo el gordo.

Apreté el puño. No quedaba más remedio que aceptarlo.

Llegamos hasta la casa del vecino, un hombre de unos setenta años, enjuto y en pijama. Tenía ojos de pervertido, así que supe por dónde irían los tiros.

– Hola, buenas, soy Salazar, detective privado.

– ¿Salazar? ¿Y tu nombre? – preguntó Ignacio.

– ¿Acaso importa? Disculpe, señor. – me volví hacia el vecino. – ¿Podría decirnos qué vio anoche?

– Escuché pasos, y alguna risa, a eso de las dos de la mañana.

– ¿Cuántas personas diría usted que pudo haber?

– No lo sé, ¿dos? A veces vienen parejas a follar.

– Y usted se la casca viéndolos, ¿sí o no? – preguntó Ignacio.

– ¿Qué dice usted, maleducado? – dijo, irritándose.

– Disculpe a mi compañero, es deficiente mental, el estado me paga por tenerlo a mi lado.

Ambos nos reímos, excepto Ignacio, que refunfuñó.

– Además, no hay nada de malo en que usted haya observado alguna vez a esas parejas. Si le soy sincero, yo también lo hago. – dije en voz baja. Me miró con curiosidad. Fui al coche, volviendo con mi cámara réflex, y le enseñé imágenes de mujeres siendo infieles a sus maridos que aún no había borrado. Mi pantomima coló, y el vecino me invitó a entrar, pero a Ignacio no. Apretó los dientes, a lo que yo le dije: – ¿Por qué no investigas a sus padres?

– ¿Por qué no te vas a la mierda?

Esbocé una sonrisa y entré en la casa con aquel hombre.

– Me llamo Eustaquio.

– Es un placer. ¿También tienes imágenes?

Asintió con la cabeza. Me llevó a una habitación que estaba repleta de fotos colgadas por las paredes. Parejas manteniendo relaciones sexuales. Aquel hombre era un auténtico voyeur. Tenía fotos muy buenas.

– ¿Le tomó la policía declaración? – pregunté.

– Claro, les dije que escuché ruidos, y poco más.

– Perfecto, entonces. Este hobby no es algo bien visto, no entiendo por qué.

– Eso mismo pienso yo.

– Lo único que veo como normal que nos puedan recriminar es que las parejas no piden consentimiento para que las observemos, pero si es así, que no lo hagan en lugares públicos. Es a lo que se exponen.

– ¡Ea, ea! – se fue emocionando.

– Aunque alguna vez también he hecho fotos a parcelas privadas. – reí, guiñándole un ojo.

– Yo también. – me correspondió. El pobre hombre parecía inofensivo, sólo era un aficionado a observar. Claramente, yo me estaba haciendo pasar por uno de los suyos. Aquel rollo no me molaba.

– ¿No fue a mirarlos?

– No… Anoche fue distinto. Comenzó esta tediosa lluvia, y algo dentro de mí me impidió hacerlo. Mi instinto… Llevo muchos años ya, sé cuándo acercarme y cuándo no.

– También es usted sigiloso, ¿verdad? Es decir, los maderos crujen fácilmente, hay que ir con mucho cuidado para no delatar la posición.

– Claro, el truco está en apoyar el peso en la parte de atrás del pie, ¿sabe?

– Sí, le entiendo.

– E ir como de cuclillas.

– Entonces ayer no usó la cámara…

– No, ahí la tengo, muerta de risa desde hace un mes. ¿Podría darme sus fotos para…?

– Ah, por supuesto, necesita usted material nuevo, ¿verdad?

– Claro.

– Ahora se lo doy, pero antes contésteme a una pregunta… ¿Cuántos eran? ¿Cuántos vio?

– Estoy seguro de que eran dos.

– ¿No vio a alguien más “unirse” después?

– Nah, me fui a dormir pronto. No me gusta estar despierto sabiendo que al lado… bueno, ya sabe…

Tan tímido para pronunciar palabras pero no para mostrar su hobby.

Le dejé la réflex. Temí que las imágenes acabasen en internet, porque su forma de ser era la de un hombre al que le gusta compartir sus “presas”.

– Oiga, por favor, no cuelgue esas imágenes en la red. – le dije. – Son conocidos míos, y si se enteran vendrán a por mí, que saben que tengo una cámara buena y ya ves que la calidad de la imagen es en alta calidad. Sabrían que fui yo.

– No se preocupe, sólo cuelgo las que hago yo. ¿Ve las fotos? ¿Ve que todas tienen ese mismo filtro, esa misma calidad, ese mismo encuadre?

– Tiene razón, son muy buenas. ¿Puedo ver su cámara?

– Claro.

La cogí e inspeccioné las fotos mientras él traspasaba las mías a su ordenador y las observaba. Fui pasando de foto en foto hasta que los pelos de mi cuerpo se pusieron de punta. Una de ellas era la de aquellos chavales besándose, con ropa aún. Pensé que podría ser de otro día hasta que vi la fecha. Fue justo aquel día, a las tres de la mañana. ¿Me había mentido? ¿Había perdido yo facultades a la hora de reconocer a los mentirosos? No, era imposible. Si así fuese, él se acordaría de que mantenía esa foto y no me habría cedido la cámara. Además, dijo que llevaba un mes sin tocarla, y, de hecho, vi que las fotos anteriores a ésa eran de hacía un mes. ¿No se acordaba de que estuvo allí?

Pero aquello no era lo más impactante. Había una sombra a un lado de la habitación. La foto era oscura y algo borrosa. Si se hacen sin flash y sin luz la cámara necesita más tiempo para hacer la foto, y si los objetivos se mueven, salen borrosos, conque podría ser efecto de la cámara. Pero la sombra parecía una figura más… ¿Sería el vampiro?

Mis ojos se empañaron en lágrimas de la autosugestión. Le pedí el cable de la cámara a aquel hombre con el pretexto de que quería sus fotos. Fui al coche y copié aquélla a mi portátil. Eran ellos, sin duda alguna. ¿Por qué el hombre no se acordaba? ¿Por qué había una sombra? ¿La sombra le habría borrado la memoria?

Un sonido hueco sonó, asustándome. Miré con los ojos desencajados hacia donde había sonado. Era Juan, golpeando la ventanilla.

– ¿Ignacio dónde anda?

– No lo sé, me quedé con el vecino.

– ¿Has descubierto algo?

– Poca cosa…

No se lo quise contar por miedo a que el vampiro fuera él, pero lo había visto a plena luz del día. Descarté esa idea descabellada e infantil de mi cabeza, y lo invité a entrar al coche. Le expliqué lo sucedido, y asintió con la cabeza.

– Vas bien, Salazar. ¿Cómo eres tan grande?

– Calla, no llevo ni la mitad.

– Con suerte solucionaremos esto pronto.

– No creo. Hay para varios días… Hay que interrogar amigos y familiares.

– Cuento contigo. – dijo apoyando su mano en mi hombro. Esbocé una sonrisa, y le devolví la cámara a Eustaquio, habiendo borrado la foto de los muertos. No quise preguntarle por ella. En sus ojos se veía perversión, pero también sinceridad.

Me devolvió mi réflex y continué con mi investigación. Fui a preguntar a los padres, pero estaban tan afectados que no quisieron atenderme. Alegaron haber contado la historia tres veces, incluido otro detective privado. Ignacio había estado allí. Tenía que preguntarle a él qué había descubierto. Y, quizá, si no se ponía tonto, decirle mis descubrimientos.

Fui al instituto donde estudiaba la chica. Pregunté a los profesores, pero no me dijeron nada nuevo. “Era muy solitaria, no se relacionaba con nadie, sus notas variaban de dieces a ceros. Una chica extraña”. Pregunté a su profesora de violín. “Se esforzaba mucho, pero siempre tocaba música melancólica. Incluso cuando le enseñaba la canción más alegre se encargaba de hacer llorar al violín para que sonase como si fuera la canción más oscura y triste del mundo”.

Al final fui a un bar casi saliendo del pueblo, a dar un trago de whisky. Me sirvió un camarero ya mayor, de unos cuarenta años de edad. Me preguntó que quién era yo, y le conté un poco por encima la historia. Justo recibí una llamada. Habían reconocido al chaval, de nombre Carlos, o Charlie. Era hora de investigarlo.

Fui a casa de sus padres. La policía estaba tomándoles declaración. Me apunté con Juan a la tanda de preguntas, pero no sacamos nada en claro, sólo que le obsesionaban los vampiros. La imagen de dos colmillos no se iba de mi mente. Cada vez se hacía más fuerte. Pero no porque la investigación avanzase, sino porque la noche llegaba.

Di vueltas y más vueltas por el pueblo. No había ningún hilo del que tirar. Aquel chico era tres años mayor que ella, y en el instituto dijeron que se había ido haría unos meses. ¿A qué se había dedicado? A ser camarero en un bar. El mismo donde me tomé un trago. Volví y le hice preguntas al jefe, el camarero que me atendió horas antes.

– Era buen chaval. Tímido y rarito… No, rarito no, reservado, muy suyo. Tenía afición por lo oscuro. A veces se maquillaba de blanco, más blanco aún de lo que es…, era.

Miré mi piel morena por el sol. Yo también tuve mi época un tanto gótica. Más que gótica fue una época de no querer salir de casa y quedarme tan blanco como el mármol. Deslicé la mano por mi pelo corto y negro y volvimos a la conversación.

– ¿Sabía algo de él?

– No, sólo que le gustaba el manga. Se gastaba casi todo su sueldo en libros y cómics, y en ahorrar para cuando lo necesitase.

– ¿Tenía problemas en casa?

– Sí, y no. Sus padres lo comprendían, pero les dolió que dejase los estudios, así que algún rifirrafe hubo, pero nada serio.

– ¿Ninguna anécdota en particular? ¿O algún comportamiento extraño?

– No…, más de lo que ya le he contado. Bueno, hay una camarera nueva que se encarga del turno de noche, porque esto se llena de clientes hartos de trabajar en el campo. Una vez estuvieron conversando sobre vampiros, pero eso es todo.

– Hmpf, entiendo… ¿Cuánto por esa botella de ron? – pregunté de pronto.

– ¿Se la va a beber entera?

– ¿Por qué no? El alcohol me ayuda a pensar.

– Se la dejo en veinte euros.

– Cuatro veces su precio, pero que podría sacar mucho más beneficio vendiendo de él, me parece justo.

– Si atrapa al asesino…

– No se ve muy afectado por la muerte del chaval.

– Porque era lo que quería.

– ¿Eh?

– Sí, ya sabe, al ser gótico estaba un tanto obsesionado con la muerte y que era un incomprendido. Mencionó alguna vez el suicido. Pero como fue asesinado no lo vi oportuno decir.

– Esos detalles son los que cambian una investigación de no tener nada a saberlo todo. Le agradezco que me lo haya dicho, y si recuerda algo más del estilo, por insignificante que parezca, se lo agradeceré. Incluso si son sospechas suyas.

– Bueno, está lo del otro asesinato hace dos semanas.

– Oh, sí. – recordé que Juan me dijo que hubo otro asesinado en condiciones parecidas, que por eso se sospechaba de un asesino en serie.

– Era un campesino. Hombre tosco, que trabajaba en el campo. Estaba solo. No sé quién pudo haber sido.

– ¿Puede decirme algo de él?

– Pues si estaba solo se puede imaginar sus aficiones.

– ¿Qué burdel hay más cerca?

– Está en otro pueblo, a cinco kilómetros. Oiga, no es por hablar mal de él, pero… le gustaban las chicas jóvenes.

– Hm, entiendo.

– Por lo de los detalles.

– Sí, sí, se lo agradezco.

Pagué la botella y fui a aquel otro pueblo, al burdel que me dijo. No saqué nada en claro, sólo que le gustaban las pelirrojas, tras gastarme cien pavos allí. Por información, sólo. Volví a la habitación en el motel que había reservado, abatido y desganado. Me crucé con Ignacio en el camino.

– ¿Cómo llevas la investigación? – le pregunté.

– Ya casi tengo al asesino.

– ¿Eh?

– Sí, y el mérito será mío. Hiciste bien entrevistando al viejo pajillero mientras yo hablaba con los padres.

– Tengo información, podríamos compartirla y…

– ¿No eras tú el que no quería trabajar conmigo? ¡Anda y que te jodan!

– ¡Pues que te jodan a ti! – le dije yo ya enfurecido. Salí a casa de los padres, que se negaron a hablar conmigo, aunque se lo suplicase por todos los medios. Estaba de mala hostia, apreté los puños, y volví a la habitación del motel, dispuesto a emborracharme. Saqué la botella de ron y comencé a beber como un cosaco.

Media botella vacié, a pelo. Me subió tras una hora, en la que empecé a delirar.

– ¿Cómo puede el gordo cabrón ése tener más pistas que YO? ¡Subnormal! Si es que apenas puede andar por el peso de su grasa. Joder, hostias.

Me senté en el suelo y me apoyé contra la pared. La lluvia golpeteaba los cristales de la ventana. Relamí mis labios gruesos y se me antojó más ron. Le di otro trago a la botella cuando se me ocurrió una teoría. “Le gustaban niñas, y pelirrojas. La chavala tenía el pelo negro teñido, pero pecas en la cara. Además, su padre era pelirrojo, conque seguramente ella hubiera tenido el pelo rojo. ¿Podría ser que él intentase algo con ella tiempo atrás, pero ella se negase? Entonces, ¿quién sería el asesino?”

Un esquema salió de mi mente con varias hipótesis. La que más me interesó fue la de que el chico, novio de ella, se enterase de que el campesino la acosó, y matase al hombre como si fuera un vampiro, desangrándolo, y desgarrando su cuello. Entonces, alguien, en venganza, los asesinase a ellos. Algún familiar cercano, o algún amigo. Pero aquel hombre estaba solo. ¿Alguna especie de vengador? ¿De justiciero? ¿De asesino que mata tal y como has matado? Pero entonces, ¿dónde estaba la sangre que faltaba junto a los cuerpos? ¿Tan rápido fue de limpiarla? ¿O se la extrajo con algún otro método? Los chavales tuvieron su tiempo en la granja aquélla donde fue encontrado el cuerpo del hombre aquél, pues estaba alejado, pero resultaba más difícil en aquella casa. Eustaquio tomó una foto de ellos, y no se acordaba. ¿No sería él el justiciero? Los vio dirigiéndose a la granja, pensó que iban a fornicar, y entonces los siguió, encontrándose al final con que asesinaban al campesino. Tenía sentido, excepto por la parte en que dejó la foto en la cámara. ¿Descuidándose, tal vez? Además, sus fotos más viejas, amén de aquélla, eran de hacía un mes, y el asesinato había sido hacía dos semanas. Nada encajaba. A menos que tuviera personalidad múltiple…

Quizá ninguno de aquéllos fuera el asesino, sino el tenebroso vampiro que acechaba la ciudad. Le di más tragos a la botella hasta que descubrí que estaba vacía, y yo apenas borracho. Necesitaba más alcohol. Necesitaba adentrarme en el consciente colectivo para acceder a los recuerdos de otros seres humanos y hallar al asesino. Pero, ¿y si el asesino era un muerto? ¿Tendría también acceso a ese colectivo?

Sólo era una teoría mía, lo del consciente colectivo, de cuando estudiaba mucho esforzándome para ser un buen detective. Descarté todas las ideas. No quise ni volver donde Eustaquio a preguntarle, aunque tuviera muchas papeletas. Me dirigí al bar, que estaba desértico. Entré, esperándome ver clientela, pero no había nadie.

– Está vacío porque nadie se atreve a salir con un asesino ahí afuera. Dicen que es un vampiro. – me dijo la camarera con una voz sensual. Era realmente atractiva, con unos ojos marrones hipnotizadores, atrayentes. Llevaba ferocidad en ellos, contrarrestando a su tierna y preciosa sonrisa. Llevaba el pelo liso y rubio en melena hasta los hombros, cayéndole por la cara, de tez blanca, haciéndola más atractiva aún. Tenía unos pechos suculentos que captaron mi mirada por varios segundos. Parpadeé, no queriendo ser grosero con ella, pero su escote sobresalía en el uniforme de camarera que llevaba: una camiseta blanca y una falda hasta las rodillas. Era raro que yo me excitase estando bebido, pero en aquella ocasión sucedió. Tragué saliva, sintiéndome como un niño. Hacía tiempo que una mujer no me intimidaba tanto con su belleza.

Me acerqué a la barra y pedí whisky.

– ¿Crees en los vampiros? – le pregunté, sentándome en un taburete y mirándola a los ojos. Sirvió mi copa y se apoyó en la barra, doblando su cuerpo, proporcionándome una mayor vista de sus pechos. Mi boca se secó en aquellos instantes. Esbozó una sonrisa picaresca, se relamió los dientes y me dijo:

– Por supuesto. – seguido de una risita que me cautivó. Le di un trago a mi copa, refrescándome. – El whisky es como una novia celosa, es malo mezclarlo con otras bebidas…

– ¿Sabes lo de la botella de ron?

– Hueles a ello.

– Oh, pensé que tu jefe te había hablado de mí.

– Algo, sí. Me dijo que un detective estuvo aquí, el único cliente del día. No me dijo que fuera tan atractivo.

Mi corazón se aceleró. Hacía tiempo que no me tiraban de esa forma los tejos. Desabroché un botón de mi camisa, mostrando algo más el pecho, pero sólo para sentirme aireado. Era como si me faltara el aire.

La camarera recorrió el bar hasta la puerta, cerrándola.

– ¿Por qué no apagamos ya las luces? – preguntó presionando el interruptor, quedando solamente unas flojas que le daban un toque íntimo al bar. Bebí el resto de la copa, dispuesto a todo. ¿Cómo me cautivó tanto aquella mujer? ¿Cómo, habiéndonos conocido apenas hacía unos minutos? ¿Era aquélla la vampiresa asesina? ¿Cautivaba a sus víctimas y después las asesinaba? ¿Iba a ser yo uno más en su lista?

No me importó en absoluto, simplemente poseerla, sentirme dentro de ella en esos instantes. Un embrujo, o una droga en la bebida, fuera lo que fuera, me excitó por completo. Ella se acercó a mí y me agarró de la gabardina. En un abrir y cerrar de ojos me había empotrado contra la pared. Me pareció algo extraño, como si hubiera habido un lapso de tiempo por la velocidad en que lo hizo. Se quedó sonriéndome, acariciando mi torso con un dedo suyo, desabrochándose los botones de su camisa, mostrándome un sujetador blanco y sus grandiosos senos. Mi pene ya estaba erecto, pero a un tamaño que yo no consideraba normal. Estaba realmente excitado. La chica aproximó sus labios hacia los míos. No me besó, simplemente me rozó, humedeciéndonos ambos. Exhaló su cálida respiración por la nariz, sintiéndolo yo en mi boca. Lamió mi cuello. Cerré los ojos, y me dejé llevar por aquellas sensaciones. Mi cuello cada vez estaba más empapado por su saliva. Me encantaba aquella sensación. Ella respiraba, después, sobre la saliva en mi cuello, y el calor junto a la humedad me excitaba. Pero yo apenas podía moverme. No sabía cómo actuar. Me sentía nuevo.

La chica fue subiendo con sus besos por mi cuello hasta detrás de mi oreja. La mordisqueó un poco, y volvió al cuello, pasando por mi torso, para llegar al otro lado de mi cuello. No podía aguantarlo más. La agarré de los brazos y la giré, empotrándola yo contra la pared. Imité lo mismo que ella, pero con mucha más pasión, más ferocidad. Deslicé mi lengua por todo su cuello, comencé a besárselo y a succionarlo, para darle un mordisco después. Aquella mujer despertaba mis instintos más primarios. Emitió un gemido que me enfureció y activó aún más. Acaricié su torso con mis dedos hasta llegar a sus senos. Saqué sus pezones por encima de su sujetador. Lamí todo su seno, hasta acabar en el pezón, el cual metí en mi boca jugueteando con él. Mientras lamía uno, acariciaba el otro con mis dedos hasta ponérselo duro, para luego manosearlo con la palma de mi mano. Tras unos minutos con uno me concentré en el otro. Tenía unos pechos grandes y deliciosos. No podía pensar en nada más que en perderme entre ellos.

Bajé mi mano hasta hallar su falda. Traspasándole el tanga introduje mis dedos en su húmeda vagina. Los moví con dulzura, como si estuviera tocando una sutil melodía con la guitarra, y luego penetré más aún, hasta metérselos por completo. Pegó un grito ahogado y apretó el pelo de mi nuca con fuerza, estrujando mi cabeza entre sus pechos. Saqué los dedos y los metí en mi boca, saboreando su dulce fruto. Tenía un sabor salvaje y prohibido que me alteró mucho más. Lamí todo su cuerpo, desde su ombligo hasta su barbilla, y entonces fui a besarla, pero me di cuenta de algo: había sacado los colmillos.

En ese momento me quedé sin aire, mi corazón se paralizó, y mis ojos se desorbitaron. Pero mi mente pudo decirme una cosa: “¡HUYE!”

Me giré e intenté salir corriendo de allí. Era una vampiresa… ¡Los vampiros existían! Pero, de pronto, ella se puso en medio con una asombrosa velocidad, interceptando mi huida. Me agarró con fuerza y volvió a empotrarme contra la pared. Bajó sus colmillos hasta mi cuello, desgarrando mi carne. Sentí la sangre saliendo por el hueco que me había hecho. Pero no la bebió, no la succionó. Dejó que cayesen un par de chorros por mi cuerpo. Destrozó mi ropa y dejó mi parte de arriba desnuda. Vi la sangre cayendo por el lado derecho de mi torso, pasando por el pezón. Ella se encargó de lamerlo. Entonces me dirigió una mirada pícara, y una sonrisa. Se acercó a mis labios y los besó. Aquel beso, una mezcla entre saliva, sangre y alcohol. Una mezcla que me volvió a excitar aún más, y le dije, simplemente:

– Quiero perderme en ti.

Ella acarició mi cuello con sus colmillos, sin desgarrar la carne. El peligro de morir aumentaba el morbo considerablemente. Bajé mis manos hasta sus glúteos, agarrándolos con fuerza. Bebió un poco de mi sangre, y la escupió por su cuerpo. Un río de mi sangre caía por su torso desnudo, derivando en afluentes que se dirigieron hacia sus pechos, para acabar desembocando el río principal en su apetitoso mar.

Se quitó el sujetador, dejando en todo su esplendor a sus senos. Tenía la piel entera blanca, con sangre por ella, que bajaba hasta su falda, la cual sujetaba para que la sangre pudiera bajar hasta su vagina. Entonces ella se agachó y desabrochó el cinturón de mis vaqueros, quitándomelos. Mi pene estaba demasiado erecto, hasta un tamaño que nunca había visto. Diecisiete centímetros comúnmente, unos diecinueve o veinte aquella vez. Y grueso, muy grueso. Demasiado.

Ella estiró la piel hacia atrás, dejando el glande descubierto. Exhaló su respiración en él. Estaba tan caliente que casi hizo que me corriera. Pasó la lengua desde el escroto hasta la punta, mojándolo por completo. Le dio varios lengüetazos que hicieron que mi pene se moviera, desesperado por encontrar su boca. Y lo hizo. Lo metió dentro de su boca. Sentí su lengua golpeando a mi glande, y a sus colmillos sobre mi piel. Le dio un mordisquito que me provocó un escalofrío. Necesitaba entrar ya en ella. Necesitaba poseerla. Necesitaba hacerla mía. Siguió lamiendo mi pene, como si hubiera encontrado un sabor desconocido que le encantase, como cuando yo saboreé su vagina en mis dedos.

– Es tan gruesa… – dijo, concentrada en lamerme por completo. Estaba conteniendo mis ganas de venirme, pero no pude. Eyaculé en su boca. Ella no se mostró disgustada, sino encantada. Dejó que mi semen entrase por ella. Incluso introdujo todo mi pene hasta su garganta. Un tacto que jamás había sentido y que me pareció demasiado excitante. Se lo sacó y acarició mi escroto. Mi pene seguía estando empalmado, pero cada vez que lo lamía se sentía distinto. Se mordió en un brazo y me dio a beber su sangre. Pero yo estaba demasiado excitado. Pasé mi mano por su sangre y la ensucié a ella, mezclándose con la mía que tenía. Entonces le di semejante mordisco en el cuello que le abrí una herida. Gritó de dolor y de excitación. Bebí de su sangre, sintiendo cómo entraba sola por mí, casi atragantándome. Tenía poderes vigorosos, porque me noté con más vitalidad y excitación que antes, si cabe.

Entonces la tumbé sobre una mesa y me arrodillé. Por debajo de su falda lamí sus muslos a la par que les daba besos. Llegué hasta su vagina y me perdí en ella. Lamí, introduje algo mi lengua, besé, acaricié con mis dedos, con mi respiración, con, incluso, mi cara. Quería poseerla, la quería ya, y ella notó mi rabia. Me levanté para penetrarla, pero ella me tiró al suelo y me puso su vagina en mi boca. Comenzó a moverse con rapidez y movimientos bruscos. Y yo… y a mí… me encantaba. No pude resistir más. Llevé mi mano a mi pene y comencé a masturbarme. Ella se giró e hicimos un sesenta y nueve. Jugó con mi pene con brusquedad, mientras yo lo hice con suavidad en su vagina, a pesar de quererla poseer con furia.

Finalmente llegó el momento. Ella se puso encima de mí y mi pene fue penetrando su vagina. Me sentí dentro de ella. Sentí ese fuego, ese ardor, ese calor, en mi sexo. La sangre me hirvió y quemó cada recodo de mi cuerpo, de mi alma. Un borbotón salió despedido de las heridas abiertas que tenía. Ensucié más su cuerpo y el mío. Estábamos repletos de nuestra sangre. Su herida cicatrizó rápido, pero también la había llenado de rojo. Ella comenzó a botar encima de mí, mientras yo arañaba su espalda. Me entretuve comiendo sus senos mientras ella aumentaba el ritmo. Me cansé de aquella posición y la puse a cuatro patas, aún penetrándola por la vagina dentro de su falda. No me fijé en qué momento se quitó el tanga, pero lo vi a un lado, lo cogí, y lo olisqueé. Era un olor divino…

Estábamos ambos gimiendo. Adquirí la mayor velocidad que pude. Sabía que ella podía ser más veloz que yo, debido a su condición, pero vi su rostro. Lo contraía, enseñando sus dientes. Sentía sumo placer. Entonces, con una mano acaricié su clítoris, y con un dedo de la otra lo introduje en su ano. Fui dilatándolo hasta poder introducir dos, y acabando con tres. Noté cómo se corría al despedir fluidos vaginales que pasaron por mi pene llegando hasta mis piernas. Entonces cambié de su vagina a su ano. La penetré por allí. Pareció sentir dolor al principio, pero un enorme placer después. Acariciaba sus senos mientras la penetraba por el ano.

– Fóllame…, fóllame… – me dijo. Incrementé la velocidad hasta casi correrme en ella, pero me contuve. La saqué y eyaculé en su rostro. Algo de semen entró por su boca. Pareció como si lo guardara, y entonces me volvió a posar en el suelo y a menear su vagina sobre mi boca. Ella también alcanzó el clímax, y echó más fluido vaginal. Lo bebí y almacené algo en mi boca. Entonces se aproximó a mí y me besó. Una combinación mortal. Nuestra sangre, semen, fluidos, saliva y alcohol, todo ello en la boca. No quería que aquel momento acabase nunca. Permanecí abrazado a ella, besándola, con aquel extraño sabor que, lejos de asquearme, me excitó más. Entonces, pasados unos diez minutos sin hacer nada más que besarnos, me dijo, con voz suave:

– ¿Vas a delatarme?

Y recordé que era una vampiresa…

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