Capítulo 2

El estomagó comenzó a dolerme. ¿Eran remordimientos o gases? Miré a mi familia observando sus regalos, sonriéndose y compartiendo momentos felices y preciosos. La verdad es que si no fuera tan estresante sería mi época favorita del año. No pude evitar pensar en un buen cóctel en una playa caribeña con la brisa marina acariciando mi cuerpo bronceándose al sol y mis pies hundiéndose en la arena.

—Sandra —dijo mi suegra, despertándome de mi ensoñación. La brisa que me acariciaba era una leve corriente de viento invernal y mi única bebida un poco de agua para recuperar lo sudado hacía quince minutos. Parpadeé, arrepintiéndome de haberme jugado mi matrimonio por un polvo. Un polvo con el hermano de mi marido. Pero miré a este último y me di cuenta de que nuestro matrimonio se había roto hace tiempo. Tragué saliva. Un divorcio no me parecía apropiado para los niños, pero ya la idea de pensar en dormir en la misma cama que él se me hacía pesada. Sí, a pesar de haber soñado con ello hace tantos años. A pesar de que cuando empezamos a dormir juntos yo lo abrazaba con toda la fuerza de mis brazos y me acurrucaba en su pecho. A pesar de tanto amor, al final yo…

Yo había tirado lo que habíamos construido por la borda. Nuestra historia de amor, nuestra casa pagada a medias, nuestros maravillosos hijos, nuestra comodidad. Y todo por meterme la polla equivocada.

Negué con la cabeza. El adulterio me parecía aberrante, y ahora lo intentaba justificar en mi mente. Que si no había pasión, que tampoco había comunicación, que tampoco había complicidad como la hubo haría tantos años…

—¡Sandra! —me repitió mi suegra, pensando que no le hice caso por no haberla oído. La miré con una sonrisa.

—¿Dime?

—¿Crees que esa talla te valdrá o debería haber cogido una más grande? —me preguntó tras ver que los niños estaban bien lejos. Miré las bragas y vi que eran exageradamente grandes para mí. ¿Me llamas gorda? Me he tirado a tus dos hijos, zorra.

—No creo que me valga, ¿tienes el ticket?

—Claro, querida. —me entregó un ticket regalo. De ésos que no puedes descambiar por dinero. Quise negar con la cabeza, pero no quería darle esa satisfacción. ¿Acaso se piensa que necesito cinco dólares de las bragas?

—Gracias. —le dije falsamente. No me llevaba mal con ella, pero tampoco la tragaba mucho. Era simpática pero de vez en cuando te metía alguna puya. Y sus hijos las pollas.

Reí por lo bajo. Qué tonterías pensaba…

Me retorcí en el sofá intentando encontrar la postura. Por un momento nos quedamos todos en silencio, incluyendo a los niños, y escuchamos al viento afuera rugir con furia. Tuve la certeza de que el escalofrío que sentí lo sintió todo el mundo.

—Voy a asegurarme de que todo esté bien cerrado. —dijo Tommy, mi marido. —Las persianas, incluso. Total, la luz ya está dada.

—Te acompaño. —dijo Jack. Escondí mi cabeza entre mis manos, deseando que no se le fuera la lengua.

Y el mundo se fue apagando. Al menos en la planta de arriba, donde cerraron las persianas y la poca claridad que entraba se desvaneció.

—Espero que la perrita esté bien. —dijo el vecino.

—Sí, le hemos puesto bien de agua y de comida. —dijo su mujer.

Se acurrucaron. Los miré y deseé eso para mí. Pero, bueno, ya era demasiado tarde, ¿no?

Suspiré nostálgica, sintiendo el frío calando en mí. Me levanté para darle la máxima potencia a la estufa. Temí la factura que nos llegase, pero la situación lo pedía. Después, puse un disco de música antigua. “¿Dónde están los villancicos?”, me preguntaron unos cuantos. “Estoy en mi casa y hago lo que me salga del coño”, pensé yo. Por un momento me harté de ellos. Estaba… bipolar. Ahora los amaba, los apreciaba, y ahora los odiaba y rechazaba. Y todo por culpa de lo destrozada que me hallaba por dentro.

—¿Estará bien vuestra perrita? —pregunté casi con una lágrima a los vecinos.

—Sí. —dijo ella. —Ya sabes, lo huskys resisten bien el frío. Y con lo bien entrenada que está y la comida que tiene aguantará estos dos días.

—Sin preocupaciones. —sonrió él.

—¿Os costó entrenarla? —pregunté dándoles la espalda a todos estando de pie, secándome la lágrima que me caía.

—El miedo, —dijo él. —más que nada. Era quitar el miedo lo que nos costó. Miedo a ver cómo crecería, qué sería de su vida, qué sería de la nuestra… Una vez quitamos el miedo, todo fue sobre ruedas.

—Miedo al cambio, ¿no? —pregunté yo, consternada. —Miedo a que aquella nueva vida que adoptabais en vuestra casa no fuera a encajar. Miedo a que cambiase vuestro ritmo diario y rompiera vuestros esquemas.

—Sí, mucho miedo. —dijo el hombre perdiéndose su mirada para luego volverla a enfocar en mí. Lo vi en un espejo. Sin duda, sabría que no hablaba de su perra.

—La próxima vez traedla, por si vuelve a pasar esto.

—Oh, gracias. —dijeron casi a la vez. El marido continuó: —Aunque la próxima vez esperamos planear el viaje antes.

—Tonterías. —le dije yo. —Aunque no seáis sangre, sois como de la familia.

Lo dicho. Ahora los odiaba, ahora los amaba. Pude ver lágrimas de emoción en sus ojos. Me giré y vinieron a darme un abrazo. Por poco no me derrumbo allí al posar mi cabeza en ellos.

—La magia de la Navidad. —dijo mi madre. La miré y le sonreí. Entonces se fue produciendo más magia. Todos nos fuimos abrazando. Incluso los niños llegaron y se unieron al círculo que hicimos, donde yo quedaba en mitad. Sonreí. ¿Cómo entristecerse en esa situación? Pero entonces aparecieron Jack y Tommy, y se sumaron al abrazo.

—¡Familia! —gritó Jack. —Qué grande sois.

“Cabrón”, pensé por un momento. Y entonces las luces se fueron. Apagón. Nos separamos consternados y encendimos las linternas de los móviles. Tommy se acercó a los plomos y no los vio bajados, por lo que entendió que no era un problema de sobrecarga, sino de alguna torre.

—Lo que faltaba. Atrapados y sin luz. —dijo una voz masculina que no supe identificar. Tommy bajó al sótano, donde teníamos un generador. Lo encendió y volvió, diciendo:

—No tengáis muchas cosas consumiendo. Las luces éstas de decoración y la chimenea servirán para alumbrarnos. No sabemos cuánto estaremos así. Usaremos el microondas para recalentar las sobras de ayer y poco más, ¿vale?

Me ponía bastante verlo actuar de líder. Siendo el macho con el que me casé. Pero también veía a un hombre con el que compartí la etapa más feliz de mi vida. Una etapa que ya había acabado.

—¡La estufa! —caí en la cuenta. —Vamos a helarnos.

—No, yo traigo más leña. —me dijo él. —Tenemos bastante. Eh… —se quedó pensativo. —traeré mantas, también, por si al final no es suficiente. A los niños no les digo nada porque estarán jugueteando y entran en calor rápido. —rieron unos cuantos, estando acojonados otros tantos.

Ahora, mi vecino sí que se revolvía.

—Le dejamos una lucecita dada. —dijo él. —Se moverá bien por el olfato pero no me gusta pensar que podría haberse quedado a oscuras.

—No, yo también le dejé la lámpara con pilas. —dijo ella. Entonces él le dijo:

—Oh, ¡cuánto te amo! —y la besó. Y no un piquín, sino de esos besos que, aunque sean cortos, se nota que hay pasión en ellos. Suspiré. Ojalá mi matrimonio se hubiera mantenido así. Ojalá…

Entonces mi mirada se perdió en Jack, que me guiñó un ojo y se relamió los labios, haciéndome sentir un pequeño subidón por tirarme encima de él como una fiera. Tenía treinta y seis años, pero él me hacía sentir como si tuviera diecisiete otra vez.

Reunimos pilas, baterías, mantas y batas viejas. Comimos y después nos reunimos frente a la chimenea. Las temperaturas comenzaban a decaer, así que nos obligaron a juntarnos para darnos calor.

Se produjo un momento de incomodidad. No sabíamos de qué hablar y no teníamos energía para encender la televisión. Bueno, sí, teníamos, pero no sabíamos cuánto duraría la situación.

De vez en cuando alguien tenía que ir al baño. Era lo único para lo que nos movíamos. Tiritábamos, a pesar de estar la llama de la chimenea al máximo, a pesar de juntarnos los unos con los otros. Afuera el viento parecía soplar más fuerte. Incluso los niños se habían hecho un hueco entre nosotros.

—Caaampana soooobre campaaaaana. —cantó Jack.

—¡Y sobre caaampana uuuuna! —continuaron por ahí.

—Ásomate a la ventaaaana. —cantaron más otras voces.

—¡Veeerás al niiiño en la cuuuna! —ya cantamos unos cuantos y yo.

—Belén, ¡campanas de Belén…! —cantamos ya todos al unísono. —Que los ángeles tooocan que nuevas nos traéis.

Reímos. De nuevo Jack entonó otro villancico, siendo continuado por los demás. Y así pasamos media hora, cantando, entrando en calor, medio deshidratándonos, dejando un olor a alientos mezclados en la habitación. Sí, estaban siendo unas navidades entretenidas. Habrían sido unas navidades completas si en lugar de haberme follado a Jack me hubiera follado a mi marido.

El viento siguió soplando. Hicimos un caldo de sopa gigante para todos. Una cena ligera. Y a las once ya estábamos en la “cama”. No nos fuimos a nuestras habitaciones, sino que nos quedamos todos en el salón para darnos calor, ya que las temperaturas caían. Había sido un día entre aburrido y especial. Nos unimos mucho. Nos unimos como una familia no podría haberse unido nunca. De una desgracia se sacaba toda una experiencia. Los niños la recordarían con cariño, los mayores hablaríamos de ella con gracia, y los ancianos se sentirían rejuvenecidos.

Unidos en una noche oscura y fría…

—Voy a encender un poco la calefacción. —dijo Tommy. Se marchó, y al volver se tumbó a mi izquierda. Momentos después Jack se tumbó a mi derecha.

—Hola, cuñada. —me sonrió.

Negué con la cabeza, como si quisiera que se fuera. Por cortesía le dije:

—Hola, cuñado. —me iba a hacer la dormida cuando me dijo:

—No has podido ducharte, ¿a que no? No me gusta pasar un día sin ducharme. —me decía exhalando su alcohólico aliento en mi cara.

—Ni sin beber, por lo que veo.

—Ni sin pensar en ti. —me dijo en un susurro. Su mujer y sus hijos ya se habían dormido. Tommy daba pequeños cabezazos en un límite entre el sueño y la realidad. Al final su cabeza sucumbió hacia atrás, quedándose sopa. Entre el calor de la chimenea, nosotros juntos y un poquito la estufa se estaba en una temperatura agradable. Pero si con todo ese esfuerzo apenas sentíamos calor, afuera debía de ser un frío realmente intenso.

Jack se acercó más a mí. Nuestros brazos se rozaban. Apoyó su cabeza en mi hombro y me dijo:

—No me hace falta moverme mucho para darte placer.

Extendiendo su mano derecha acarició mis senos. Cerré los ojos, dejando a mis sentidos aflorar. Mis piernas se alargaron enfrente de mí, chocando con las de alguien a quien no vi hasta que las luces que nos iluminaban parpadearon. Su cara se dibujó en azul. Era mi suegra. Sonreí. Entonces Jack besó mi cuello y siguió bajando la mano. Giré mi cara, negándole. No, no le negaba su mano, le negaba su beso. Nos podrían ver. Pero no debajo de la manta. Abrí bien mis piernas y dejé que su dedo atravesase mis bragas, empapadas.

Posó su cabeza en mi hombro, como si estuviera dormido, y entonces su dedo encontró mi clítoris. Lo tenía entero humedecido. Intentó juguetear con él, pero estaba tan húmedo que se le escapaba con facilidad. Por ello es que cada vez que se le escurría sentía un subidón y deseaba que volviera a encontrarlo.

Finalmente halló la forma de que no se le escapase. Empezó con movimientos ligeros circulares, consiguiendo que mis piernas se revolvieran. Su suegra hizo un par de gestos en sueños, como si sintiera una molestia. Siente las piernas de tu nuera siendo masturbada por tu hijo.

De pronto, un sobresalto. La cabeza de Tommy cayó sobre mi otro hombro. Contuve el aliento. Jack seguía masturbándome con ganas. Con cada sacudida, contraía mi vagina. En ese preciso instante me habría encantado que me penetrase. Y, como leyendo mi mente, alargó su otra mano para meterla en mi vagina. Cerré los ojos con fuerza un segundo. Pero sólo uno, pues estaba alerta vigilando que no se despertase. Una cosa era hacerlo en el marco de la puerta, y otra delante de todos.

La adrenalina se disparaba a cada segundo que transcurría. Segundos que me acercaban al orgasmo. Jack introdujo sus dedos índice y corazón todo lo que le alcanzaron y los removió con ansias. Me mordí la lengua y contuve el aire mientras sentía al orgasmo llegar. Mi mano instintivamente alcanzó su polla, ya erecta, y la apretó mientras me corría.

Solté el aire guardado y respiré lo más lento que pude en una respiración rápida y entrecortada. Él aprovechó aquella pausa para sacársela del pantalón. El fuego crispó, la estufa seguía calentando, la gente roncaba y se aplastaba la una con la otra. Se me hizo difícil de creer que pudieran dormir, a pesar del frío.

Masturbé su polla con giros sutiles en espiral. Estaba entera lubricada, por lo que a veces se me resbalaba.

—Le di un pequeño agua. —me dijo. —Para que me la pudieras chupar con facilidad.

—¿Eh? —pregunté aturdida. No tenía intención de chupársela, pero cuando me lo pidió salivé. No, no me espanté, sino que salivé como una boba. Aparté un poco la manta y me tumbé sobre su regazo, masturbando con cuidado y acercándome el glande a los labios. Le di varios besitos tiernos para luego metérmelo en la boca, donde le di varios toques con la lengua.

Lo succioné y seguí dándole lametones. Él se echó hacia delante para poder acercarse mejor a mi clítoris, al cual siguió masturbando mientras yo se la comía. Aquella vez no se reprimió. Besó mi cuello con ternura y sutileza, para si alguien abría los ojos que confundiera la situación. Me besó sin hacer ruido, dejándome su saliva por el cuello. Pero dejó de masturbar mi clítoris. Me sentí vacía. Aquella vez lo que hizo fue… meterme un dedo por el ano.

Contraje mis glúteos, aferrándome a su dedo. Moví mi cadera, con la mala suerte de chocar contra mi marido, cuyo cuerpo cayó sobre el mío. Sus brazos me rodearon instintivamente, mientras su hermano seguía masturbando mi culo. Masturbé mi clítoris al tiempo que seguí chupando su polla. Apreté sus huevos con la única mano libre y eyaculó en mi garganta, tragándomelo sin remedio. Incrementó la velocidad del dedo, aumentando la intensidad de mi orgasmo.

Paramos. Nos separamos con cuidado. Tuve que tragar el resto de su semen por no escupirlo allí mismo. Él se llevó el dedo a la boca y lo lamió:

—Mañana pienso comerte el culo.

—¿Por qué hacerlo mañana pudiéndolo hacer ahora? —le pregunté, pícara. Me levanté poco a poco sin hacer ruido y sin estorbar y me fui hasta la cocina, donde me agaché detrás de una encimera, poniéndome a cuatro. Él se acercó a los dos minutos, agachándose detrás de mí, aproximando su lengua hasta mi trasero. Atacó con su boca como una fiera, deslizando sus labios por mis glúteos, lamiendo con su lengua mi piel. Metió la puntita de la lengua en mi ano, dilatándolo. Lo tensé, como si quisiera aferrarme a aquel músculo húmedo. Meneé mi cadera, adorando restregarme en su cara.

Agarró con fuerza mis glúteos y empezó a follarme el culo con la lengua. La metió, la sacó, la metió, la sacó, así hasta veinte veces. Entonces me tiró contra el suelo, quedando mi cuerpo a ras, y él empezó a meterme su polla por el culo.

—Te encanta hacerlo por el culo, ¿verdad? —me preguntó. Me giré y le asentí con la cabeza, como la guarra que era en esos momentos. Fue introduciéndome más su miembro. Estábamos a oscuras, con la familia a escasos centímetros. Y cuando finalmente sentí todos sus centímetros dentro de mí, yo misma me moví de delante hacia atrás. Sentirla tan dentro me hacía sentir como si me impactase también en la vagina. Era un placer poco común. Masturbé mi clítoris al ritmo que me lo follaba, hasta que empezó a follarme él. Se aferró a mi cadera, embistiéndome de forma que me obligó a gemir, aunque contuviera el sonido lo mejor que pudiera.

Pequeños gemidos brotaban de mi boca, a la vez que un hilillo de saliva. Joder, me encantaba ser poseída así. Incluso él tuvo un par de gemidos que casi nos delatan. Escuché sonidos que venían del salón. Escuché a la gente agitándose en sueños, quizá levantándose. Y eso me puso más. Me puso tanto que me corrí allí, apretando los dientes lo máximo posible por no dejar escapar el orgasmo que sentía. Al tensar mi cuerpo, su polla se estremeció, corriéndose dentro de mí. Y siguió penetrándome un buen rato hasta que al final se cansó y se separó.

—Te estaría follando toda la noche. —me dijo. Noté el semen brotando de mí, goteando. Reí, negando con la cabeza.

—Quizá alguna noche puedas hacerlo. —le sonreí.

—¿Qué tal todo un día?

—Céntrate en el ahora. Límpiate y vuelve a dormir.

—¿Y tú?

—Yo me voy al baño. —le sonreí. Marché a donde le dije y estuve un rato aseándome con agua helada. El calentador estaba apagado. Y entonces, cuando salí y me reuní con mi marido, volví a sentirme como una mierda…