Capítulo 10

No sé si era producto de la fiebre o producto del agobio que suponía estar en la casa de un demonio, pero mi cuerpo no dejaba de dar vueltas, intentando encontrar una postura imposible de hallar en la que poder dormirme. No, en aquel estado daba igual cómo te colocases. La inquietud de dentro te impedía realizar cualquier movimiento.

Me levanté temblando mareada chocando con las paredes. Miré el pasillo. De nuevo aquel pasillo infernal. No quería tener otra pesadilla. Miré a los cuadros. No se reían de mí. Sólo aumentaban o disminuían de tamaño, seguramente provocado por la fiebre. Lo ignoré, caminando por aquel lugar.

Bajé hasta la fiesta de Lubi. No había nada en absoluto, sólo un montón de vasos tirados y comida barata pisoteada. ¿A dónde habrían ido? La tormenta no sólo no amainaba sino que empeoraba por momentos. En serio… ¿A dónde habrían ido?

¿Y Lubi? ¿Estaría por la mansión?

Caminé buscándola como si fuese un zombi. El dolor y el mareo se apoderaban de mí. La busqué por la biblioteca, por el comedor, la cocina, el invernadero… Nada. Quizá estuviera en aquella caseta en mitad del jardín. Pero de pronto el mayordomo al que Lubi calentaba se asomó:

–Señorita, ¿se encuentra bien?

–Es obvio que no. –le dije brusca. Agité la cabeza y le dije: –Perdona. Estoy….

–Tome… –se apresuró a sacar una pastilla de un mueble de la cocina. Me la dio junto a un poco de agua. Aclaró la voz y dijo: –En media hora debe de hacerle efecto, no se preocupe. Si busca a la señorita Lubi, se encuentra en su tan clamado “santuario”.

–¿Y qué hace allí?

–No lo sé. Tenemos prohibida la entrada. Puede ir usted misma a comprobarlo.

–¿No se enfadará conmigo?

–Yo creo que nunca podría enfadarse con usted aunque lo quisiera, señorita.

–¿Tanto me adora?

–Se pasa la vida hablando sobre usted. Si no la hubiera visto nunca con novio diría que está enamorada de usted.

–Oh… Igual los novios son para disimular. –bromeé, aunque apenas conseguí que riera. Me hizo una reverencia y se marchó. Eran… las tres de la mañana y él aún estaba vestido con su traje de frac. Qué extraño me resultaba…

Tras tomarme la pastilla y descansar cinco minutos allí me puse a buscar a Lubi. El frío se adueñaba de mi cuerpo, obligándolo a tiritar y temblar tanto que se me hacía difícil subir las escaleras.

Llegó el punto en el que entre el dolor y el frío llegué a caer al suelo y arrastrarme. Preferí esperar cinco minutos más a que la pastilla hiciera efecto en lugar de estar arrastrándome como un gusano buscando algo que todavía no había visto.

Sin embargo, todo segundo fuera del cuarto de Lubi estando en aquel maldito pasillo era eterno. La pesadilla que tuve de los cuadros cobrando vida no dejaba de atormentarme. Las paranoias de que saldrían en cualquier momento para devorarme mermaban mi cordura. Tuve que hacer acoplo del valor nulo que tenía, incorporándome como pude y subiendo hasta el piso de más arriba, donde Lubi me dijo que se hallaba el santuario.

Encontré un pasillo cada vez más estrecho, con un suelo de madera vieja crujiente. A los lados unas puertas, pero la más llamativa al fondo. Me acerqué paso a paso, guardándome de no caerme de pronto hacia abajo. Sin embargo llegó un punto en el que el suelo parecía nuevo. A duras penas dos metros antes de llegar a aquella puerta, de la cual pude escuchar… ¿gemidos?

Intenté abrir con cuidado. Costaba girar el pomo. Apreté más, por lo que sin querer el cuidado que le puse desapareció, entrando así por la puerta casi cayéndome sobre ella. Entonces, una vez dentro, pude ver cómo estaba dispuesto aquello y qué era lo que sucedía.

No había nada más que una cama en mitad con únicamente una luz sobre ella iluminando con forma de cono. La cama tenía sábanas blancas, así como un dosel azul que la rodeaba, pero el cual estaba echado hacia un lado. Dentro, Lubi a cuatro siendo penetrada por el chaval rubio mientras devoraba el pene al de rizos. Cuando me vieron los chavales se asustaron, tapando incluso sus vergüenzas. Lubi rio, tranquilizando a los chicos que, según ella, antes de aquello eran vírgenes. Masturbó el pene del chico de rizos mientras me miraba y me preguntó:

–¿Por qué no te unes?

Una sensación de ardor me invadió. No era por estar con los chicos, sino más bien por estar con Lubi. Me atraía como una luz atrae a una polilla. Me acerqué hipnotizada por la belleza de su desnudez en el acto sexual. Me agaché y entre las dos empezamos a besarnos. Poco a poco Lubi me condujo hasta el pene del chico. Nos seguimos besando, sólo que aquella vez con el pene en mitad, sintiendo el chico el mayor placer de su vida.

El rubio, al ver la escena, se excitó más, aumentando la velocidad con la que penetraba a Lubi, siendo ésta rebotada contra los muslos del otro chico. De pronto se separó de él, negando con la cabeza:

–Aún no puedes correrte.

Se acercó hasta nosotros, y entre las dos devoramos sus penes. Primero uno encontraba nuestra boca, luego otro, y al final nos turnábamos para hacerlo con los dos a la misma vez.

Mi vagina se había humedecido tanto que estaba deseando sentir… sentirla. Quería sentir a Lubi más que a aquellos hombres, pero ésta me tumbó a su lado y les hizo un gesto a los chavales para que esperasen. Lubi me desnudó, dejándome al descubierto, y entonces les dijo:

–Comednos ahora vosotros.

Los chavales se arrodillaron enfrente de nosotros para buscar nuestros clítoris. El rubio era torpe, pero cuando nos cambiaron, el de rizos lo encontró a la perfección. Comencé a disfrutarlo, más aún cuando Lubi besó mis labios al tiempo que me hacían un buen cunnilingus.

Ella se levantó. Sin duda, llevaba la iniciativa en todo momento. Gateando, me pidió que hiciera lo mismo. Así, yo estaba enfrente de ella. Los chavales se colocaron detrás de nosotros y nos penetraron mientras nosotras nos seguíamos besando. No sé cuántos orgasmos llegué a tener en aquel momento. Venía uno tras otro. La intensidad cambiaba conforme a la agilidad de la lengua de Lubi aumentaba o descendía. Para mayor placer mío, ella detuvo a su hombre y se dedicó a masturbar mi clítoris al tiempo que el de rizos eyaculaba dentro de mí irrefrenablemente. Lo estábamos haciendo a pelo y echándome todo dentro. Me sentí terriblemente sucia, pero maravillada.

Lubi sacó su falo y lo masturbó, devorando el semen que quedaba en su punta. Luego, le hizo una cubana al rubio hasta que eyaculó en su cara. También le dio besos a su pene, limpiándoselo. Ella… era muy pervertida, y lo peor es que influenciaba en mí. Yo… Yo…

Me mareé por culpa de la fiebre sumado a la intensidad de los mareos. Lo peor… fue despertarme en la cama de Lubi, dudando sobre si había sido un sueño o no…

 

Siguiente