Capítulo 9

La insatisfacción me perseguía en mi casa. Daba vueltas, no sólo por el calor, sino por el ardor que nacía en mi vagina. No quería presionarlo, ni parecer pesada, ni darle un pensamiento equivocado de mí, pero me quedé… con mal sabor de boca. Quería que me poseyera ya. Quería ser sodomizada durante horas y que…

—Buenos días. —dijo mi hermana entrando y subiendo la persiana.

—¿Qué? ¿Qué sucede?

—Es tu cumple, estúpida. Felicidades. —me dijo lanzándose hacia mis brazos, apretándome con fuerza. Parpadeé, incrédula.

—¿Te puedes creer que me había olvidado?

—¿En serio? ¿Quién se olvida de su cumple?

—Alguien que hace semanas que no sabe en qué fecha vive.

Principios de agosto. Una sensación de angustia se apoderó de mí. En mes y poco se acabaría el verano. ¿Cuánto había transcurrido ya? ¿Tan rápido?

“Yanira, ¿qué has hecho?”

Oh, nada, follar y olvidarme de los días. Sí, tuve un pequeño problema porque empecé a encoñarme pero fue follármelo como en la primera vez y todo solucionado. O sea, follármelo una tercera vez que fuera distinta a la segunda, que había parecido más especial.

¿Y en tres polvos has atravesado ya una crisis?

No, porque iba a follármelo una cuarta y me he quedado entre sus brazos viendo una peli.

Ah, perfecto. ¿Y de verdad que te has olvidado del mundo en sólo cuatro citas?

Sí. No sé qué más habré hecho para que pase todo tan deprisa.

Bien, entonces.

Caí contra la almohada. “Conversaciones conmigo misma, volumen ni sé cuántos”. Qué desperdicio. Mi vida avanzaba pero yo me estancaba. La esperanza del día anterior se esfumaba en mi… ¿vigésimo tercer cumpleaños? ¿O era vigésimo cuarto ya?

—¿Qué hora es? —le pregunté a mi hermana, que se echó conmigo en la cama.

—La hora de que te jubiles, vieja.

—Vaya ánimos. —me reí por no darle un guantazo.

—Es broma, sabes que te quiero mucho.

—Sí…

—Las once.

—¿Qué? ¿Las once y ni un ruido en la calle? Qué raro, ¿no?

—Ya, no sé.

Mi teléfono vibró. Un número extraño, muy largo, desconocido. Pensé que sería el típico que querría sacarme los cuartos o alguna estafa estúpida.

—¿Sí? —pregunté.

—Felicidades, delfín. —y colgó. Idiota, idiota. Mil veces idiota…

—¿Quién era? —me preguntó mi hermana.

—No sé, algún anónimo. —le dije, aguantándome las lágrimas. No, no era un antiguo amor, aunque sí parecido. Era mi hermano. El desaparecido. El que sólo me llamaba alguna vez, me decía una frase y me colgaba. Empezó huyendo del barrio y de sí mismo. ¿Pero ahora? ¿Qué estaría haciendo? Suspiré, guardándome las penas.

—Vamos, te hemos preparado una pequeña tartita para desayunar.

—Bien. —le sonreí, pero de la que nos levantábamos le dije: —¿Sabes lo que jode ver que son las dos de la mañana y saber que te van a despertar temprano? Y para un día que nadie hace ruido vas y me despiertas tú.

—Cállate, quejica.

Me reí. Esta niña era demasiado directa para su edad…

—¡Felicidades! —me dijeron mis padres, aplaudiendo con una sonrisa, dándome abrazos y besos. Una pequeña tarta, que en verdad era un bizcocho con chocolate por dentro y cubierto de nata montada, decoraba la mesa. Y una vela encima. Sigo sin recordar mi edad exacta. Me alegró un montón verles así. Cada vez que miraba sus rostros me llenaba de decepción y vergüenza, pensando que ellos creerían lo peor de mí por haber dejado los estudios. Pero nunca fue así. Nunca me reprocharon nada y siempre me habían mirado con orgullo y alegría. Sabían que tarde o temprano brillaría, que era cuestión de tiempo. Y yo esperaba no decepcionarlos al final del camino. Llené de aire mi pulmón y soplé la vela tras oír un “Cumpleaños feliz” y pensar en un deseo. Tras tantos años puedo decirlo: deseé encontrar mi vocación.

Una hora estuvimos celebrando y riendo, contando historias estúpidas y yo conteniendo la tristeza de mis ojos. Habría deseado que mi hermano hubiera estado ahí, con nosotros, en lugar de una llamada desde alguna cabina de otro país. Ya me lo hizo alguna vez. No sabía nada de él. No sabía cuánto habría cambiado, qué había vivido y qué estaría haciendo. Pero, al menos, sabía que estaba vivo, y eso alimentaba mi esperanza de volver a verlo.

Me dieron los regalos. Un abrigo chulísimo para invierno que no me valía y que descambiaría a los dos días por uno más grande y unas botas, también para invierno, resistentes al agua y con pelo por dentro. Mi padre torció la nariz y dijo:

—No sé por qué me da a mí que va a ser un invierno duro.

En ese momento sólo le dije:

—Bah, suposiciones. Cuando llegue, llegó.

Pero más tarde acabaría dándole la razón. Fue uno de los inviernos más duros y fríos de mi vida.

Siguiente