Capítulo 88

—No nos pueden ver juntos. —me decía Onai a través del teléfono.

—Jooo. Yo quería ir de compras contigo.

—¿Por qué?

—Quiero que vistas elegante. Quiero verte con una ropa que tengo ahí en mente.

—¿Qué pasa? ¿Extrañas la elegancia de Eric? Yo no soy tan culto, ¿eh?

—Jaja, se dice cultivado.

—Pues eso, cultivado.

—Que no, estúpido. Que culto está bien dicho.

—No me líes, princesa.

—Que no te lío, mi príncipe gitano. Vamos a otra comunidad, a otra provincia, a otra ciudad. No me importa. Quiero salir de aquí y estar contigo.

—Jaja. Me gusta la idea pero no puedo. Tengo que ir con mi familia a hacer los preparativos.

—¿Ya? Pero si quedan…

—Es una boda gitana. ¿Tú cómo crees que está la familia? Emocionada y con ganas de festejar.

Entonces me sentí fatal por querer quitarle la ilusión a tanta gente. Pero aquel hombre debía ser mío. Hipócritamente, claro, ya que se podría decir que le había puesto los cuernos justo al día siguiente de decirle que quería ser suya. Y ahora pasaba de Eric y quería estar con Onai. ¿Fue por el sexo? ¿O porque con él siempre era especial? Al día anterior nos habíamos quedado viendo pelis, drogándonos y durmiendo, hasta que despejó un poco y volví a casa. La nieve volvió a cuajar. Raro era. Todo estaba entre nevado y derretido. Y yo miraba desde mi casa a la suya, deseando irme con él por ahí. Lo que nunca hice cuando nuestra relación podría haber sido más pública y aceptada.

—Vale, pues. Entonces me colaré en tu casa de noche para hacerte el amor.

—¿Y si me cuelo yo en la tuya, con tus padres a una pared de distancia?

—Uh… Suena interesante.

—Hasta la noche, sea.

Pasé el día bailando canciones en casa, en mi cuarto. Incluso cuando Javi puso la música yo bailé. Era un pesado y su música apestaba, pero necesitaba enfocarme en otras cosas. Empecé a reírme a la fuerza, alto y claro, para evadirme de lo que sucedía. Me imaginé miles de situaciones absurdas y estúpidas. Si hubiera apuntado todas esas ideas ahora estaría escribiendo un libro de aventuras, en lugar de una historia de amores y desamores. Porque casi toda esta época estuvo marcada por la lluvia. Y cada vez que veo a la lluvia caer, o al sol ponerse, recuerdos de aquel entonces me vienen a la memoria. Porque aquella noche llovió. Mitad del invierno. Pronto se iría y el sol volvería a brillar. Fue uno de los años más lluviosos de mi vida. De hecho, después de aquél hubo sequía. Y ahora llueve otra vez…

Eran las tres de la mañana y yo estaba en la cama esperando a Onai. Me envió un mensaje al móvil y salté de la alegría. Fui a hurtadillas hasta el pasillo y abrí con sumo cuidado la puerta. Entonces lo agarré de la mano y volvimos a mi cuarto, donde cerré con pestillo y me entregué a él. En cuerpo y en alma. Más cosas por las cuales arrepentirme, sin duda. Pero que en ese momento se me antojaban como correctas y que durarían eternamente.

—Shh, espera. —le dije. Él ya estaba quitándose los pantalones y enseñándome su miembro erecto. Tragué saliva al verlo. Pero resulta que mis padres estaban intranquilos en la cama. Escuché los pies pesados de mi padre golpeando el suelo. Oculté a Onai debajo de la cama y abrí el pestillo. Él apareció de pronto.

—Eh, ¿has oído la puerta? —me preguntó. Entrecerré los ojos lo mejor que pude y con morros de pato le pregunté:

—¿Qqquéeee? —me hice la zombi-dormida.

—Olvídalo.

Caminé hasta el baño para fingir, pero al volver mi hermana salió de su cuarto.

—He-hermana… —me dijo. —Tengo miedo… ¿Puedo dormir contigo?

—¿Qué? ¿Qué sucede?

—He oído la puerta, y tengo miedo de que me rapten…

Mierda de paredes de papel, hijas de… Pero, oh…, ¡era tan mona! Aún necesitaba a su hermana mayor. La abracé, espachurrándola contra mí, y fuimos hasta mi cuarto. Nos echamos encima de la cama y me asomé para ver a Onai. Alcé las cejas y puse cara de: “sorry!”. Él me miró increpante, y aún empalmado. Casi se me escapa una carcajada. Abracé a mi hermana y la mecí hasta que se quedó dormida. Onai fue asomándose poco a poco. Su mano bajó hasta mi vagina, a la que empezó a tocar sutilmente.

—¿Pero qué haces? —decía yo en casi un susurro. —Podríamos crearle un trauma.

—Dime que no te mola. —me dijo con una sonrisa de pícaro de oreja a oreja. Mis ojos se desorbitaron. Por supuesto que me molaba, ¡joder! ¡Me encantaba! Pero estaba mi hermana al lado. Mi vagina se humedeció. Aproximó su pene hasta mi boca. No lo pensé dos veces en aquella ocasión. Simplemente me lo metí en la boca, sin importarme mi hermana. El morbo de que se pudiera despertar y verlo todo aumentaba la excitación. Jugué con mi lengua enrollándome su glande y apretándolo, hasta que un ataque de moralidad me interrumpió. Me aparté bruscamente y negué con la cabeza. Onai cogió un peluche y me lo dio. No entendí bien hasta pasados diez segundos. Quería que el peluche fuera mi sustituto. Poco a poco fui zafándome de los brazos de mi hermana y le colé al peluche en mi lugar. Salimos a hurtadillas de la habitación.

—No paro de cometer errores. —me dije. —¿Y si se hubiera despertado? ¿Y si nos hubiera vist…?

Me calló cogiéndome de la cintura y atrayéndome hasta el cuarto de mis padres. Abrió la puerta poco a poco. Yo negué. Mi padre no tiene sueño muy profundo. Mi padre no tiene sueño muy profundo. Mi pa… ¡ah! ¡Mierda!

Me tiró sobre el suelo. Hice milagros para que el golpe no sonase. Y, allí mismo, me puso a cuatro, apartó el tanga y me penetró enfrente de mis padres. El placer venía solo, sin forzarlo. Mi corazón estaba nervioso. Mi respiración acelerada. Todos mis poros sudaban. El peligro era real. Dormir al lado de mi hermana era menos arriesgado que aquello, porque mi padre se levantaba con el pedo de una mosca. Y allí estábamos, haciendo el menor ruido posible. Pero haciendo ruido, de todas formas. Su polla chapoteaba en mi húmeda vagina. Se oía ese sonido viscoso, esa salpicadura. Los fluidos caían por mis pantorrillas. Mis ojos se cerraron sin quererlo. Lo peor fue sentir sus manos elevándome.

Me puso de pie, estando todavía detrás de mí, y mientras observábamos a mis padres iluminados por la tele encendida para conciliar el sueño él siguió penetrándome. Sentía sus muslos chocando con los míos. Su piel rozándome. Su pene llegando hasta el fondo de mi vagina. El orgasmo iba llegando, pero los nervios eran mayores. Mi respiración no iba de acuerdo al placer que estaba sintiendo. Si seguía así acabaría ahogándome y atragantándome. Apreté los puños y mordí mi lengua para no soltar ningún gemido. Fue imposible. Uno pequeño se me escapó conforme el orgasmo aumentaba su intensidad. Y llegó el momento en el que dejó de importarme en absoluto que me pillasen. Ese típico momento en el que todo no te importa nada y tu mente queda completamente en blanco. Y ahí es cuando se me escapó ese tímido pero revelador gemido. Mi padre agitó la cabeza y miró en nuestra dirección. Mierda, trabada. Nos separamos rápidamente. No sé hacia dónde fue Onai. En ese momento de pánico me fui corriendo a mi cuarto y me eché junto a mi hermana, a hacerme la loca. Menos mal que no me había quitado el tanga. Pero, joder, yo olía a sexo, y mis piernas estaban empapadas. Me tapé con las sábanas lo que pude y me hice la dormida. Puse el peor careto que puedes tener estando dormido. Ése en el que sabes que esa persona está realmente en sueños porque no puede estar más feo. Y al dar él la luz mi hermana abrió los ojos perezosamente.

—Papá… ¿qué pasa?

Abrí yo los ojos parpadeando pesadamente.

—¿Estás bien? —le pregunté masticando saliva.

—S… Sí… Oye, Yanira, ¿has salido en algún momento?

—No, ¿por?

—Ha estado aquí todo el rato conmigo. —dijo mi hermana.

—Ah. Vaya. Nada, habré tenido una alucinación.

Y se fue cerrando la puerta. ¿A dónde coño habría ido Onai? Mi hermana se acurrucó entre mis brazos y me dijo:

—Me debes una.

—¿Eh?

—¿Crees que soy boba? Te vi saliendo con Onai del cuarto. No quiero saber qué habéis hecho. Pero me debes una por cubrirte el culo.

—Joder, la coño cría. Cómo aprende… —medité hasta que dije de súbito: —Pero no habrás visto algo de lo que pasó antes, ¡¿no?!

—¿Qué pasó antes? —dijo, aunque yo no supe si en serio o callaba más de lo que sabía. Un whatsapp me llegó. “Esty bn. Ay k repetir ;)”

“Cuida tu ortografía, paleto”, le contesté. No supe cómo habría salido de allí, pero eso me calmó más. No obstante mi corazón seguía acelerado. ¿Qué habría visto mi hermana? Bueno, con internet en el móvil fijo que ya habría visto demasiadas cosas. Sí, sí… Con excusas bobas fui calmando mi mente cuando en verdad estaba pensando que yo era la peor hermana del mundo. Joder, ¿cómo puedo dejarme seducir de esa forma por ese cuerpo tan moreno, tan terso, tan varonil, y esos ojos moros de infarto?

A la mierda. Acabé quedándome dormida por el orgasmo que me acababan de dar. Sí, que si seguía pensando, ahí me quedo hasta el día siguiente.

 

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