Capítulo 83

Estaba tumbada sobre una toalla de playa, sobre un césped crecido, mirando las estrellas junto a Onai y al lado una canción lenta de amor sonando. Más bien de desamor. The Cure -Pictures of You. Nos entretuvimos observando a los astros velando por nosotros. Parecían estar a dos metros de distancia. Parecía como si se les pudiera tocar. Alcé mi mano y moví los dedos, palpándolos, sintiendo el frescor de su brillo en mi piel. Pero aquello no era nada más que una ilusión.

Él estaba opuesto a mí. Nuestras cabezas casi chocaban.

—No conozco a estos payos. —dijo refiriéndose a la música.

—Ni yo los conocía mucho. Pero cuando huíamos los tenías en la radio.

—Anda, ¿sí?

—Sí. Mi hermano los escuchaba hace años, y por eso me sonaron. Y cuando se fue robé sus vinilos y me puse sus canciones. No las disfruté mucho porque la música de Javi se mezclaba con la mía y era… caótico. Pero entonces…

—¿Entonces?

—Entonces llegamos aquí. Y ahora puedo escucharlo con tranquilidad.

Silencio.

Silencio…

Más silencio.

Má…

—¿Qué tal con Eric?

Directa al corazón.

—¿Tú cómo crees?

—Que mal. Ay, mi princesa de barrio. Oye, pues me gustan éstos. Suena pausada, ligera. —se refería a la canción. —Yo casi todo lo que he escuchado tenía guitarra española y voz flamenca. Está bien abrirse.

—Sí, está bien…

La canción seguía sonando mientras nos quedábamos embobados mirando el cielo. No entendíamos la letra, pero sabíamos que narraba tristeza.

—¿Qué fue de Lana Del Rey? —me preguntó.

—¿Cuando escuchas a Los Chichos sientes que traicionas a Los Chunguitos, o que no vas a escucharlos nunca más?

—No, jajaja. ¿Tan cliché soy?

—Oh, menudo vocabulario tienes.

—Me lo pegas tú.

—Sí, un poco cliché eres. Típico malote de barrio que detrás de toda su fachada hay un cacho de pan.

—Y después tenemos al rico sexy que además será una fiera en la cama. Pegando azotes a lo Cincuenta Sombras de Grey.

—Sí, algo así. Pero yo no soy Ana. Yo lo disfruto más.

Sentí su corazón rompiéndose. No fue mi intención. Pero escuché un pequeño quejido que provenía de su pecho. Me había pasado. Estúpida yo.

—¿Te va el sado? —me preguntó tragando saliva.

—Sabes que cuando me follas fuerte me encanta.

—¿Y cuando te folla él?

Ahí respiré yo con pesadumbre. Hablando de mi cantante favorita, sonó en el reproductor. “Dark Paradise”. Pasó un minuto hasta que me atreví a hablar:

—Esta canción trata sobre que ella sigue esperando a su amado, el cual ha fallecido, y se pregunta si seguirá esperándolo en la otra vida.

—Yo sé que tú no me esperarías. Pero, ¿yo? Quién sabe. Seguramente sí. Creo que soy un poco tonto. Pienso que este cuento de hadas en el que tú eres la protagonista el lobo ganará. Pero es mentira. Siempre gana el cazador.

—¿Y qué si en lugar de huir quiero que el lobo me devore? —pregunté sugiriéndome.

—Que el lobo ya no es solitario y tiene un compromiso con su clan.

—Vaya. Lo había olvidado por un segundo…

—¿Triste? Tú tienes a otro.

—Y tú tenías a tus chonis.

—Para llenar el vacío que tú dejabas. Ahora tendré esposa, dos o tres hijos, y curro en el mercadillo, pues estoy en el punto de mira de mafias y de policía.

—Eres un poeta que rima sin proponérselo. ¿Cómo lo haces?

—Me he tragado más películas plastas contigo que en el resto de mi vida. Se pega todo, cariño.

Mi pie se movió al ritmo de la música. Pasaban las canciones.

—Oye, estoy harto de estos guiris. Páralo un segundo.

Le di al stop. Y entonces él comenzó a dar palmas. Sí, ese ritmo que sólo un gitano tiene. Esa sangre misteriosa y lejana. Esa sangre atrayente. Y entonó una canción:

—Yooo… Qué le voy a hacer si te sigo amandooo. Qué le voy a hacer si estoy llorandoooo… Yo… No soporto más esta incertidummmbreee. No soporto verte con otro hommmbreee. Yoooo… Yo…

Se quedó en silencio, petrificado. Mis pelos se habían erizado y escalofríos recorrían mi cuerpo.

—Quise que contase cosas bonitas. —me dijo. —Pero sólo salían frases de dolor y rimas sencillas.

—No es cuestión de lo que dices, sino cómo. Ése es el poder de un cantante, sobre todo de flamenco. Nunca te había escuchado cantando con esa fuerza.

—Pero incertidumbre y hombre no me riman bien…

—Qué va. Le das énfasis a la eme y te queda flaman.

—¿Tú crees?

—Claro.

Sonrió. No lo vi, pero lo sentí. Mi vista no se apartaba de las estrellas.

—La intenté componer para una chica que me vuelve loco.

—¿Sí? ¿Cuánto?

—Mucho. Tanto que no me atrevo a decirle que la quiero.

Frío. Mi corazón se detuvo. Mi boca se secó. No me atrevía a decirle nada, pero saqué fuerza de mi debilidad:

—¿Tienes miedo de que ella también te quiera?

Y él captó la indirecta. Se levantó y se puso encima de mí. Me besó con ternura y me miró a los ojos, casi llorando.

—¿Y tu clan?

—Yo… No puedo evitarlo.

Me besó con pasión. Era una bestia incontrolable. Pero lo cierto es que yo no tenía ganas de que aquello fuera a más. Estaba triste, melancólica, consternada. Él lo entendió. Entonces mis ojos vieron en las estrellas una idea. Una idea perversa, diabólica, malvada, maquiavélica, pero que me daría lo que yo quería. Aunque… ¿Yo lo quería, o me quedaba con él por despecho?

—¿En qué piensas? —me preguntó al verme tan distraída.

—En que si la chica que tú quieres no llega pura al matrimonio, sería repudiada.

—Eh… —se quedó trabado. —¿A dónde quieres llegar?

—Fácil. Ella quizá tampoco te quiere a ti. Sólo tenemos que hacer que alguien la seduzca y la desvirgue. Ella no haría nada que no quisiera.

Miró hacia el cielo con los labios mostrando convencimiento y arqueando las cejas.

—Not bad.

—¿Not bad? ¿Pero tú qué clase de gitano eres? Se dice: “hooostia, la paaaya, mira que es putoooón”.

—Vaya, vaya. ¿Y ese acento exagerado?

—Como si no te saliera solo.

—Pero no taaaanto. Es un buen plan, pero no quiero que Sarai lo pierda todo. Me cae bien. Es buena chica.

—Se quedará con quien ama.

—Está bien. Lo haré con una condición.

—Dispara.

Dibujó una pistola con la palma de su mano y apuntó hacia mi frente, haciendo como si disparase.

—Pum…

—Peliculero.

Me sacó la lengua y me sonrió.

—Con la condición de que seas mía, y de nadie más.

Alcé la ceja.

—Estoy harto de verte con él, o de saber que estás con él. Al principio era un juego. Ahora…

—Ahora el juego es demasiado serio.

—Ya no es un juego. Ahora es real. Entonces, ¿hay trato?

—Sí. —dije tragando saliva. No era consciente de lo que estaba aceptando en ese momento. Había quedado con él dos días después del secuestro. Días en los que había vuelto a casa para verle desde la ventana y tenerlo cerca. Días en los que me atreví a ser la primera en hablarle por WhatsApp para quedar. En absoluto era consciente de mis acciones. Porque en el acto hicimos el amor. Allí, sobre aquella toalla. Fue la primera vez en tiempo en el que hice el amor a la fuerza y no porque lo sentía, ya que mi corazón albergaba preocupación. Aun así no pude resistir correrme. Me lo hacía demasiado bien. Además, el orgasmo se me interrumpió en mitad. Estaba muy intranquila.

Y no era para menos. Al día siguiente, a las once de la mañana, mientras yo aspiraba y escuchaba la música de Javi, sonó mi móvil. Era Eric. Se disculpó conmigo. Y entonces me pidió quedar y aclarar el asunto. Mazazo…

 

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