Capítulo 71

Aparcó el coche delante de un motel barato. La lluvia era más intensa que de costumbre. Cuando apagó el motor y la estufa se enfrió palpé el verdadero frío de la noche de invierno.

—Oye… Gracias por acompañarme hasta aquí. —me dijo mirándome.

—Como si hubiera tenido mucha opción.

—… —enmudeció, sintiéndose culpable. No debería haberle atacado, yo misma le dije que le debía una. —Vamos a descansar un poco.

Alquiló el motel con un carnet falso. Nos hicimos pasar por una pareja de jóvenes enamorados deseando soltar nuestras pasiones. Dos plantas, mostrador viejo pero limpio, nos atendió un hombre con calva y cara de pocos amigos. Camisa con flores de color beige. Me miró con mirada lasciva. Onai se impuso hinchando el pecho. Parecíamos una panda de animales más que unos seres humanos. El dependiente asintió con la cabeza y nos dio una llave para la segunda planta. Subimos unas escaleras que crujían a nuestro paso, atravesamos un pasillo con luces que parpadeaban y abrimos la puerta de nuestra habitación.

—Lo bueno de este motel… —decía él.—Es que apenas se ve nada. Mira la farola del parking, está fundida. La lluvia oculta también nuestro rastro. Ningún policía se va a poner a buscar nada hasta mañana como mínimo, si es que pusieran la denuncia ahora.

Nuestra habitación era pequeña, con una cama que no era ni individual ni de matrimonio. Mantas de leopardo, un mini bar enfrente y una ventana por donde Onai se asomaba. En las paredes estampado de leopardo, como la manta, y cortinas moradas. El suelo tenía una moqueta roja con manchas imposibles de limpiar. Me aseguré de no pisar sobre ellas. Me senté en la cama y torcí los labios. La lluvia empañaba el cristal. El sonido relajaba. Onai apagó la lámpara que iluminaba toda la habitación para encender una al lado de la cama, que estaba sobre una mesita de noche. Se tumbó bocarriba sobre la cama con la ropa puesta. Era la primera vez que lo veía tan vulnerable. Pero yo era ajena a él. Ya estaba construyendo algo con Eric. Algo más sólido, algo más real que una fantasía de una noche, que un paseo en un coche robado, que una aventura huyendo de unos mafiosos y policías acabando en un motel barato. Quise derrumbarme a llorar. Onai encendió la tele cuya presencia no me había percatado y nos quedamos embobados mirándola fijamente. Era un concurso de preguntas. Me recosté mejor sobre la cama tras quitarme los tacones. No hablamos de nada. Era un poco incómodo. Pero la tele nos absorbió tanto que nos evadimos del mundo.

—¿Qué pasaría si te encontrasen? —pregunté sabiendo la respuesta.

—Moriría. Y todavía no quiero morir.

—¿Por qué te la juegas tanto?

—No lo sé. Desde que mi madre murió quise independencia, huir de la familia y de las drogas, hasta que me di cuenta de que sólo quería huir de las responsabilidades. Porque si trabajas para el clan asumes mayores responsabilidades. Pero si trabajas por tu cuenta y para ti mismo la cosa cambia. Sin embargo no tengo protección. Soy joven, no contaba con ello. Me creí inmortal. Pero no es así. He estado a punto de morir hoy. Quizá debo irme para siempre, no lo sé.

—¿Por qué no le pides ayuda a tu familia?

—Porque yo me lo guisé, yo me lo como.

—No debemos siempre cargar con todo el peso nosotros.

—Si se lo pido estaré en deuda con ellos para siempre, y yo no quiero ser preso de sus decisiones.

—¿Entonces? ¿Qué harás?

—Son unos chanos. No se van a molestar en buscarme por un insulto. Sólo sé que debo desaparecer del mapa. Mañana robaré otro coche y me iré lejos. Volveré en un par de meses por casa a recoger mis cosas, si es que no me lo han reventado todo o robado.

—Dame las llaves. Yo recogeré las más valiosas.

—¿Segura?

—Segura. Dime, ¿qué es lo más preciado para ti?

—Tengo una cadena de oro de mi bisabuelo; la cachimba verde, la de encima de la balda del cuarto; una caja con cinco mil euros en el parqué, justo en la pata de la cama, y una foto.

—¿Qué foto?

—En el cajón del baño. Es una foto de nosotros dos juntos.

—¿Qué? ¿Cuándo has…?

—De las que nos hicimos con el móvil cuando el muñeco de nieve. La imprimí y le puse un marco.

Directo al corazón.

—Estaré horrorosa.

—No, siempre estás bonita. Eres bella, no puedes estar fea nunca, ni aunque enfermases.

—¿Y si estuviera calva?

—Seguirías siendo bella, estoy seguro.

Le sonreí. Supo hacerme los cumplidos apropiados. Me tumbé sobre su pecho. Él acarició mi pelo.

—Lamento haberte perdido. —me dijo en un cálido susurro.

—Quizá lo nuestro fue un error.

—Quizá. Pero… error es vender coca en el territorio equivocado, porque es un error que no repetirías. Pero estar contigo…. Estar contigo es un error que repetiría una y mil veces.

—Ojalá el tiempo se detuviera y no existiera nada más que tú y yo. —le dije sin pensarlo.

—Ojalá. Pero no lo va a hacer.

—No. Lo siento…

Me separé de él y volví a acomodarme en la almohada. El concurso iba a acabar. Puso una serie de policías. De ésas en las que todo siempre sale bien y detienen al malo. Él me agarró del pelo y me tumbó otra vez encima de su pecho. Me forzó a hacer algo que yo deseaba, pero que me parecía incorrecto. Escuché los latidos de su corazón nervioso. Iba demasiado acelerado. Pero, aun así, me fui quedando dormida. Aunque no le entregué mi cuerpo, volví a entregarle mi alma.

Nos despertó una canción de los Chichos. Era el móvil de Onai.

—¿Qué, dónde te metes? —preguntó una voz ronca al otro lado del teléfono. Onai tembló. Era la primera vez que veía a un chico tan seguro y autoritario temblar así. Le dio a colgar y quitó la tarjeta del teléfono.

—Mierda…

—Supongo que ya no usarás ese número…

—Supones bien. Apúntame el tuyo. Te contactaré en cuanto vuelva para recoger mis cosas, y entonces…

—¿Y entonces?

—Entonces nos separaremos para siempre.

Nos miramos melancólicos. Nuestros ojos chocaron en un eterno instante. Duraría para siempre. Ése en el que sientes que tu corazón se rompe irremediablemente. En el que te gustaría que todo hubiera sido distinto. En el que hubieras preferido montarte en su coche y pedirle que condujera hasta el infinito, pero que en su lugar te sale un:

—Yo…

Y él completa la frase con la típica sonrisa para que no te sientas incómoda.

 

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