Capítulo 7

Es que no callaban. No debería haberme ido de la casa de Eric. Me tendría que haber quedado a dormir aunque fuera en su sofá, más cómodo que mi cama. Ah, y su casa, sin ruido alguno. Sin ruidos, sin ruidos, sin…

—¡Callaos de una puta vez! —grité en voz baja. No quería enfrentarme a nadie. Eran las once de la mañana, sí, pero, joder, me había acostado tarde y quería dormir. No pude conciliar bien el sueño pensando en las cosas que me habría hecho Eric de no ser porque en ese momento estaba cansado. Me tendría que haber quedado con él. Habría amanecido con placeres con los que siempre había soñado pero que no había tenido la oportunidad de hacer.

Y ahí seguían, cantando canciones de Rumba Tres los del banco y otros gritando y riendo. Vaya barrio. Al menos cantaban bien. Si hubieran desafinado…

Me estiré y abrí la ventana.

—¡Esa Yanira! —gritó Onai.

—¿Qué cojoneh quierehhhh? —le dije entre broma y enfadada.

—Yo canto mi rumbiitaaa, de noche y de díaaaaa y veo amanecer a mi niñaaaaaa.

Me hizo reír, por desgracia. Esa última frase se la había inventado. El resto era del grupo mencionado antes.

—Pero me ves desde un banco. —le dije moviendo la cabeza con superioridad.

—Pero qué mala que ereeeehhh. No sé, no sé, no sé, no sé, no sé, no sé qué tienen tus ojitos que me vuelven loco…

—Te has comido un par de “no sé”.

—Me los he comido por no comerte a tiiiii.

Otra risa. Le hice un gesto con la mano y me metí para dentro. Me puso alegre, hasta que oí la música del Javi. Joder, qué pesadilla de barrio. Estaba sola. Era mitad de la semana. Mi padre no curraba ese día. Se habrían ido a tomar algo, como la noche anterior les dije que tenía planes ni me dijeron nada.

Me preparé el desayuno e inspeccioné desde otra ventana a Onai. Llevaba una camisa de tirantes negra. Como casi siempre. De su cuello colgaba un colgante de oro. Sí, del bueno. Del de veinticuatro quilates. No sé qué era, si una cruz, una virgen, o sabe Dios. Me quedé embobada mirando sus gestos, sus sonrisas y su forma de rasgar la guitarra. Por un momento pensé en sustituir la guitarra por mi cuerpo. Y me acordé de la mazmorra de Eric. Quería que me diera con su látigo y me enseñase sus vibradores. Quería que me atase en el potro y que me diera bien duro. Quería que…

—Espera. —me solté a mí misma sacudiendo la cabeza. Miré hacia otro lado de la habitación. Estaba pensando en Onai sin darme cuenta. Claro, me quedo embobada mirándolo…

Yo creo que el gitanillo estaba detrás de mí desde hacía tiempo. No sé, siempre intentaba tontear y yo le daba largas. Nunca me había fijado del todo en él excepto ese último tiempo. Pero, sin duda, nacía de la desesperación de no haber estado con nadie. Y ahora es que estaba demasiado cachonda. Ni yo sé por qué.

Me llevé un dedo al clítoris. Me apetecía masturbarme recordando todo lo que había estado haciendo esos días. No estaba lo suficiente húmeda, así que le di un lametón a mis dedos y luego volví a acariciar mi pirámide del placer.

Cerré los ojos y pensé en las escenas que había tenido con Eric. Pero mi inconsciente, caprichoso y estúpido, le sustituía todo el rato por Onai. Como si estuviera prohibido, dándome más morbo y acercándome al orgasmo cuando la imagen del gitano de piel morena se formaba delante de mí, siendo él quien me poseía. Gemí entrecortadamente.

—Hmmm… —dije cerrando los ojos y alargándome en el suelo, aumentando la velocidad de mi dedo.

Me dio un arrebato en el que retiré el brazo hacia atrás. Mi cuerpo se quedó contorsionándose, deseando un pene dentro de mí. Estaba muy caliente. Miré hacia afuera. ¿Por qué pensaba en él? No es que me pusiera. Es que, al parecerme tan tabú, tan… reprochable… me excitaba más. Soy tonta, lo sé. Mas ¿qué puedo hacer? Yo… Yo…

Mis dedos volvieron al clítoris y remataron la faena. ¿Qué importaba? Era sólo un dedo. Imaginé a Onai estando encima de mí mirándome con sus ojos moros y yo, sin remediarlo, me corrí allí mismo.

Al recuperar el aliento me invadió la vergüenza. Yo había empezado a sentir cosas por Eric. Sin embargo, cuanto más me librase de ese sentimiento y más me alejase de ello sería mejor para todos. La cosa es que me sonrojaba porque ¿cómo iba a mirar a Onai a partir de ahora?

Qué idiota, qué idiota, qué idiota.

Me vestí con lo primero que encontré y salí a pasear un rato. El gitano que acababa de darme un orgasmo mentalmente me dijo unas palabras que ni me molesté en escuchar. Normalmente le respondía, aunque fuera picada, pero en ese momento ni me inmuté. Creo que le dolió. Siempre sonreía, y me dio la sensación de que se le borró la sonrisa. ¿Qué más da? Es mejor eso que soltarle alguna frase incómoda.

Me alejé todo lo que pude del barrio y me senté en un rincón, a pensar qué estaba haciendo con mi vida.

¿Sería lo correcto amar a Eric?

¿Debía tomarme un año sabático realmente como me había propuesto?

¿Tenía que disfrutar todo lo que pudiera de mi sexualidad?

Crecería, marchitaría, no me cogerían con tantas ganas… Era ahora o nunca, pensé. Pero no podría centrarme en sólo un hombre si estaba tan cachonda que me masturbaba pensando en otros.

¿O no? Qué importaba. No, de verdad, ¿qué importaba? No tenía nada serio con nadie. Podía pensar y hacer lo que quisiera con quien quisiera.

Al menos eso creí que sería lo correcto.

No, miento. Sé que en el fondo pensaba que estaba mal tener esa mentalidad.

Y, aun con todo, fue la mentalidad que mantuve. Y la que me acabó condenando…

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