Capítulo 67

Frío. Más frío. No había caído en que mi familia se quedaba también a la comida de Navidad. Claro, cuando entré por la puerta y me vieron era demasiado tarde para poner una excusa. Me tuve que quedar, dando dos besos a todos. Costumbre que me gustaría cambiar por un saludo al aire con la mano, así todos se daban por aludidos. Pero no, ahí, dejando mis babas y dejándome ellos las suyas. Qué horror. Ah, y para más inri tenía que estar forzando a los músculos a contraerse para formar lo mejor que pude y lo más parecido a una sonrisa. Ah, y que no se me olviden los ojos. Que no sólo hay que mover los labios, sino también donde salen esas molestas patas de gallo. Y ale, ya parecía una mujer que se alegraba por ver a esa gentuza que hacía lo mismo que yo, sonreír falsamente. Lo peor es que no pude quitarme el olor a alcohol. Cuando me metí al cuarto estuve segurísima de que habrían estado poniéndome a parir. Quizá hasta me habían visto por la ventana, tirándome por la nieve drogada a más no poder, o haciendo el muñeco. Bah, que les jodan. Mi hermano entró al cuarto y casi me encuentra desnuda. Cerró de inmediato y se disculpó.

—¿No lo habíamos zanjado? —pregunté en un tono sensual y burlesco.

—Calla, estúpida. Qué, ¿qué tal ayer?

—Bien. No nos acostamos. —le dije. Él era el único que sabía la verdad. —Pero al final discutimos. Y en parte tiene razón. —seguí cambiándome mientras él apartaba la mirada.

—¿Por?

—Está enfadado porque elegí al Eric y no a él. Y no lo culpo.

—No lo elegiste. Aún no. Se te nota que quieres volver a juntarte con Onai.

—Lo elegí, e iré hasta el final con esta decisión.

—¿Qué pasó con disfrutar y vivir la vida y equivocarte?

—Ya me voy a equivocar casándome con él.

—¿Por qué equivocarte?

—Porque me lo pidió y no supe decir que no. Me hizo tanta ilusión que me lancé al vacío. Cagada monumental, lo sé. Me gustaría echarme hacia atrás y decirle algo, pedirle tiempo… pero no sé, si es que me ha dicho que hasta dentro de un año, dos o tres incluso nada. Pero ya estoy prometida, lo que nos hace novios oficialmente, y no sólo amantes.

—Eso es lo que te jode, ¿no? Estar amarrada.

—Creo que sí. No que me joda sino que me… me incomoda.

—Te jode.

—Sí. Sí, mucho. Me agobia y me abruma. Pero en el fondo lo quiero. Y a Onai.

—No otra vez esta conversación. ¿Te acuerdas antes de que me fuera? Todas las noches discutía con mi padre de casi lo mismo. Que si los vecinos unos pesados, que si no sé qué no sé cuánto. Y a ti te aburrían y te agobiaban esas conversaciones. Yo me desahogaba, él se desahogaba, pero al final siempre decíamos lo mismo. Eso nos está pasando. Nos estamos metiendo en un bucle sin fin. La misma conversación una y otra vez. Quédate con quien te salga del chuminongo, y ya. No te ralles más.

—Pues mira, iré de locura a lo que surja. ¿Me caso?, pues me caso. Si me equivoco me divorcio y punto.

—Anda, calla. No seas burra. Al final te veo casándote cinco o seis veces.

—¿Cuántas veces están casadas las mujeres del barrio?

—Quitando a mamá y a ocho más… El resto dos o tres veces, sí.

—Ea.

—Pero tú no quieres ser una chica de barrio.

 

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