Capítulo 65

He de reconocer que estuve muy insoportable. Insoportable de narices, por no decir de cojones. Me picaba todo el cuerpo, tenía mareos y mi plan de Nochebuena y Navidad era pasarlas con un hombre con el que había estado manteniendo relaciones sexuales salvajemente y con el que no quería que pasase nada. Y, aunque hubiera querido, tampoco. Estaba expulsando demasiada sangre. Y beber alcohol con la regla tampoco es recomendable. Pero era lo que había. Me despedí de mi familia tras haberles estado dando el coñazo aquellos días y salí a la calle. Niebla grisácea. Menos mal que la casa de Onai estaba a dos pasos.

Dos pasos mal dados, porque al segundo casi me tuerzo el tobillo. La mierda de tacones que no supe por qué me puse. Me los quité y caminé descalza. Ale, si me resfriaba mala suerte. Así tenía excusa para no hacer el gilipollas en nochevieja.

En cuanto me metí en el portal miré hacia atrás. Del cielo caía nieve que nunca cuajaría. Hacía mucho que no veía nevar. Era un día frío como él solo. Esperaba que al menos no se le hubiera estropeado la calefacción.

Subí las escaleras y me abrió descamisado. Aleluya, no la tenía estropeada.

—Hola, hola. —dijo él sonriendo. —Buenas noticias, no tengo vecinos alrededor. Se han ido casi todos de vacaciones.

—¿Ah, sí?

Me sonrió como con resignación. Como si me hubiera perdido hacía años y ahora nos reencontrásemos, alegrándose de que yo estuviera bien cuando en realidad lo que más deseaba era que yo estuviera bien pero debajo de sus brazos. La verdad es que sentí un ardor en mi interior al ver sus ojos. Entré, descerebrada de mí, al lugar donde tan buenos momentos pasé. Lo había recogido y parecía incluso acogedor. No, lo era. Siempre lo fue. Un lugar al que huir cuando mi mundo se desmoronaba y yo lo necesitaba. Puta nostalgia. Suspiré. Él me señaló una silla en la mesa, donde me senté con cuidado. Miré sus ojos moros hechizantes y me dejé sorprender con una botella de ron del caro. Del de veinte euros.

—¿Qué te parece? —me preguntó sonriéndome.

—Estupendo. —le sonreí, también con melancolía por mi parte. Como cuando acabas de ver una película, el final es triste y te gustó tanto que no puedes dejar de darle vueltas, sintiéndote mal cada vez que piensas en ello. Puso algo de música de fondo y se tumbó sobre la cama.

—Quítate las botas y el abrigo, al menos.

—¿Qué? Ni me has mirado. Vengo descalza.

—¿Eh? —se irguió para mirarme y emitir una carcajada. La luz era tan tenue e íntima que me invitaba a desnudarme y acurrucarme en su pecho. Pero ahora era una mujer prometida.

—Era para confundir a mis padres. Les dije que me iba de cena de gala. Ya ves tú qué glamour entre estas cuatro paredes.

Se tiró un pedo. Pero no un pedo de: “prrr”, no. Era un pedo de los que retumbaban, de los que parecía que se hubiera cagado.

—Eso era para rematar, ¿no?

—Exactamente. Todos reunidos en familia felizmente y tú aquí, ahogándote en la miseria.

—Bueno, eso de felizmente… Hipócritamente, diría yo.

—Pues sí. Pero en todas las familias siempre hay jari. Peores o menos peores, pero los hay. Si yo fuera con la mía… me estarían mirando mal tol rato.

—Pos vaya. —bostecé. Empecé a aburrirme. —¿No hay nada digno que hacer?

—¿Quieres cogerte una buena fumada y borrachera? —preguntó moviendo la botella en su mano y señalando una pipa que había a su derecha. Me encogí de hombros y acepté. ¿Había algo mejor que hacer?

Me senté a su lado y le di unas cuantas caladas a la pipa. Él se alargó a por su guitarra y empezó a entonar villancicos. Versionados a su manera, claro:

—Hacia Belén va una Yanira, ring ring; yo me la remendaba, yo me la remendé, yo le…

—¡Idiota! —le di en el brazo tras darle un trago a la botella. Él reía, fallando los acordes y yéndosele la letra. Cogí yo la guitarra y, como solamente sabía un acorde, “La menor”, lo toqué y empecé a cantar: —Dime feoooo, de quién ereees todo hechoooo puta mierdaaaa. Soy de una cagada en el retreteeee y un apretón de almejaaaaa. —no sabía ni lo que decía pero tampoco era de improvisar. Él se rio y me quitó la guitarra:

—Anda, que como nos oigan los radicales nos crusifican.

—¿Crusí? ¿Crusó? ¿Qué crusó Robinson Crusoe? ¿Qué cruasán crujió el que crusó?

—Un cursi constante quitanovias.

—El quitanovias eres tú. —le saqué la lengua. Él sacó la suya, yendo a lamerla. Le hice la cobra cuando le recordé: —Ah, ah, nanain. Recuerda tu promesa.

—Vale, vale. —sonrió, tocando ahora un villancico de verdad. Le acompañé en la letra, pero mi voz cesó su empeño al escuchar la suya. Sonaba tan bien que eclipsaba a la mía. Me quedé embobada mirándolo cuando se percató de mis ojos mirando los suyos y dejó de cantar para volver a sonreír. Una sonrisa que derretía el alma. Con sus cejas me señaló una revista en el suelo. No era una revista normal, sino de crucigramas y pasatiempos. Dejó la guitarra a un lado y cogió un bolígrafo. —Ale, ayúdame. Me he quedao trabao en éste. —me señaló el primero. No tenía ni uno hecho. Lo miré increpante y empezamos. “Vasto continente”, con cuatro letras. Pues Asia, obviamente. “Ciudad Feudal”. Esto era… Burgo. “Tirano romano”… Estuvo gracioso mientras duró. Hice el ochenta por cierto yo, pero él no dejaba de decir idioteces que dibujaban sonrisas en mis labios. En una de ésas nos dio por asomar el hocico por la ventana. Nieve, mucha nieve cayendo, pero era nieve rancia. Parecía hielo mal partido en el suelo. Si se juntaba tenías una bola de hielo grande. Me apeteció salir y jugar con Onai, pero prefería esperar un poco más.

—Dos locos. —dije.

—Dos locos solitarios celebrando Nochebuena juntos.

—No está tan mal como me esperaba. —le dije mirándolo.

—¿Y si yo fuera un vampiro y te hiciera mía por la eternidad? Te llevaría por todo el mundo y haríamos de la noche nuestro escenario.

—Oye, oye, oye, ¿de dónde sacas esa vena?

—Yo que sé, lo vi en una peli. Como me dejaste chof me descargué pila de pelis.

—¿Y no te metieron virus? Tienes pinta de ser el típico que le da al botón de “Descargar” falso. El que te descarga un virus como una casa.

—Jajaja, eso al principio. Luego instalé el… ¿Adblock?

—Puto amo tú.

—Pos eso.

—¿Y qué pelis de vampiros viste?

—Entrevista con el vampiro… Drácula… Underworld… Lincoln cazavampiros…

—Jajaja.

—Poco más.

—¿Crepúsculo?

Enrojeció.

—¡Has visto Crepúsculo!

—Sólo un poquito.

—¡Viste Crepúsculooooo!

—Sí, pero bah, me esperaba más sangre. La historia de amor y eso pos estaba bien. El tío brillaba. Acho, ¿qué vampiro brilla? Al menos no le resucitaban todo el rato como en “Vampire Diaries”.

—¿También ves esa serie?

Enrojeció otra vez.

—Sh, tú calla. Si se enteran en el barrio me pegan.

—En invierno poco más se puede hacer.

—El invierno acaba de empezar. Dirás el otoño. Y no te haces una idea de si estás solo… —otra vez esa mirada melancólica de perro desvalido que necesita cariño y mimos extra. Besé su mejilla y pensé en formas para que me olvidase. Un clavo sacaba a otro clavo.

Hora de la comida. Sacó una pizza congelada y la puso al horno. Ya echaba en falta devorar comida basura. Lo malo es que llevábamos media botella de ron cada uno. Y era mediodía aún. Ah, y un par de gramos de marihuana. Digo un par de gramos porque no tengo ni idea de la cantidad que puso. Estaba empezando a subir y a pegar fuerte en la cabeza. Nos reíamos por todo y nos quedábamos atontados. Encima el alcohol nos activaba cuando la maría nos dormía. Era un doble efecto que nos atacaba de una forma distinta cada cinco minutos. Pusimos una película de risas y nos centramos en fumar, y fumar, y… quedarnos sopas tan pronto acabó la película. Él estaba encima de la cama y yo justo debajo. Caí al suelo sin percatarme hasta que ya estaba soñando con una fiesta idéntica a la de la película que había visto. Y a mi lado Onai y Eric, sonriéndome y besándome, primero uno, luego otro, aceptándome con mis virtudes y defectos. Aceptándose el uno al otro. Aceptando el hecho de compartirme. Y me sentí feliz. Qué pena que despertase al poco con dolor de cabeza y desorientación hasta que yo misma me resigné a que hubiera sido un mero sueño. Onai seguía durmiendo. Ya era de noche, pero la nieve insistía en caer. No había cuajado, pero había bastante en el suelo como para una pequeña guerra de bolazos. Lo desperté arrojándole un poco de ron en la cara. Abrió los ojos enfadado y me persiguió por la casa. Al ser enana no le costó cogerme. Pegué un grito riéndome y le dije:

—¡Vamos abajo! ¡Va! —le puse cara de corderito degollado. No pudo negarse. Me dejó unas zapatillas que me quedaban grandes y unos guantes cálidos. Una vez en la calle me lanzó un bolazo sin avisarme. Íbamos bien abrigados, lo que amortiguaba el golpe, excepto cuando era en la nuca como me había atacado él. Lo miré con odio inyectado en mis ojos y agarré decenas de bolas mientras se las lanzaba. Las creaba en un instante y con mi swing iban directos hacia su cabeza. Parecía una máquina. Y era sólo la tercera vez que jugaba con nieve. Hasta que se hartó y corrió en mi dirección, derribándome hacia el suelo y quedándose encima de mí. Nos quedamos mirándonos fijamente hasta que agarró un montón de nieve y me la estampó en la cara. Fría. ¡Fríiiiiiaaaaaaa! ¡Helada! Me revolví tanto que lo derribé yo ahora a él, que comió mi nieve, escupiéndomela incluso en la cara. Nos reímos como bobalicones haciendo el idiota durante media hora hasta que quise hacer un muñeco de nieve. Él fue haciendo una bola gigante arrastrándola mientras cogía más y más nieve ella sola. Yo… subí a su casa a por zanahorias. Pero no tenía ninguna, así que bajé un rotulador. Y al bajar lo vi apurándose por hacer otra bola encima de la primera bola. Y así hicimos tres. Aplastamos la última para que pareciera que tenía dos ojos. Le clavé el rotulador a forma de nariz y dibujé con el dedo una sonrisa. Él colocó dos bolitas pequeñas a los lados como orejas y le puso su gorro. Entonces tomamos unas cuantas fotos, incluso posando con él, dejando el móvil en un montículo de nieve poco fiable, el cual desestabilizó al móvil un par de veces y quedaron unas fotos un tanto… fantasmagóricas.

Y cuando el frío se hizo ya insoportable le dimos cuatro puñetazos y diez patadas al muñeco, destrozándolo y subiendo a casa, donde el calor acogedor de la estufa nos recibió con los brazos abiertos. Empecé a quitarme ropa hasta que recordé que estaba delante de él. Había recuperado la confianza de tal forma que olvidé el mundo. Si él hubiera querido podría haberme besado durante varios segundos hasta que volviera en mí la lucidez. La lucidez de una mujer prometida. Volví a temer el compromiso. Miré a Onai, que sonreía quitándose él también la ropa, dándole el trago que acabó con la botella. Y sacó otra.

—Feliz Navidad, Yanira.

—Feliz Navidad, Onai. —le dije quitándosela y dando un trago. La nieve se había convertido en granizo. Eran gordos, rebotaban contra la ventana causando tanto ruido que incluso dificultaba hablar. Me tiré sobre la cama y los observé caer. —Te va a reventar el cristal. —le dije sonriendo.

—Cierra la persiana, entonces. —dijo haciéndolo él de forma bruta. Ahora el sonido era distinto. Me relajaba. Como escuchar un teclado, como escuchar el fuego crispando la madera. Me habría gustado hacerle el amor en ese instante. Pero él cumplió su palabra, y yo me mantuve ante la promesa de matrimonio. Nos miramos a los ojos, ilusionados. Quién nos diría que aguantaríamos el uno cerca del otro sin rozar nuestra piel, sin rozar nuestros labios, sin rozarse nuestras almas…

Ahora sólo fue música y alcohol. Un par de programas de gala en la televisión y bailes idiotas e insultos a famosetes de turno. Porque llevarían peinados raros o cantaban con autotune que le quitaban la gracia al mundo del arte, no recuerdo. La cosa era desfogarse con insultos. Me tocó una borrachera agresiva. Acabé desfalleciendo sobre la cama de Onai. Al día siguiente sabría que me arropó y me dejó durmiendo. Me respetó. Cumplió su palabra. Y eso le honró mucho. Al final no fue una Navidad tan mierda…

 

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