Capítulo 64

—Qué… ¿Qué es todo esto? —pregunté al vacío. Estaba en pijama encendiendo el que una vez fuera mi ordenador. Todas las carpetas del escritorio desordenadas. Programas inservibles y molestos instalados. Un fondo de pantalla de… ¿Justin Bieber? No. No sé quién cojones era. Alguna especie de famosillo que imita a otros famosillos producto de la imitación de los estereotipos de discográficas multimillonarias. —¡Hij…! —quise gritar, cuando dije en voz pausada: —Hermaniiiitaaaa…

No venía. Me dio por mirar el historial. Eran páginas de toda índole. Desde clubs de fans del chico aquél hasta… ¡Hasta páginas porno!

—¿Qué pasa? —preguntó entrando por la puerta mascando un chicle. Me había quedado a dormir con ellos porque me apetecía pasar un par de días en familia y ya estaba lamentándolo.

—¿Por qué usas mi ordenador?

—Te largas… pues es lo que hay.

—¿Ya está? ¿Ésa es tu explicación?

—Ajá. —hizo un globo con el chicle que explotó para succionarlo después.

—¿Y las páginas porno?

—Ah, eso es publicidad. Sale todo el rato.

—En el navegador tienes mil barras instaladas. A ver, cuando instalas un programa, ¿lees cuando das a “Acepto las condiciones”?

—No. ¿Quién lo lee?

—No tienes que leer las condiciones, tienes que ver qué coño estás instalando. Los programas gratuitos vienen con tres o cuatro más que si no te das cuenta te los instalan. No puedes darle a “Aceptar” y a “Siguiente” como una loca.

—Bah, pásale uno de los cinco antivirus que tiene el ordenador.

—Quince minutos para encenderse y dos para abrir una página. ¿Tú lo ves normal?

—Chiiicas, chiiicas… —dijo mi hermano apareciendo en escena. —¿Qué sucede aquí?

—Mira la de porquería que tiene el ordenador.

—La madre que… —se disgustó más que asombrarse. —Tienes que tener más cuidado con lo que miras, Maya.

—¡Si es que no carga nada! —me desesperé yo.

—Que os peten. —dijo ella, largándose hacia su cuarto. Me quedé boquiabierta mirándola mientras mi hermano iniciaba una recuperación del sistema.

—Aún recuerdo un par de trucos de cuando viciaba al ordenador. —dijo sonriendo.

—Siempre salvándome el culo.

—En parte ella tiene razón, ¿eh? Te largas un mes o dos y ella quiere un ordenador. No hay pasta, pues a tirar del de la hermana.

—Ya, si eso lo entiendo. Pero me jode que instale tantos programas de mierda que me petan todo.

—Crearé un par de usuarios. Uno para ti y otro para ella. Al tuyo le pondré contraseña. Y te haré una copia de seguridad en un pendrive o disco duro. Yo te lo compro.

—Guau, qué agradable estás.

—Para un par de cosas que sé… —sonrió.

—Todo de internet, sabes.

—Sé que internet es tan bueno como nocivo. Pero peor es la televisión, por ejemplo.

—¿Por?

—El ser humano es mentiroso por naturaleza. En vez de compartir arte y cultura, compartimos información falsa e insultos. Los programas basura son los que más triunfan, junto a los temas políticos en los que se desprecia a la gente que no piensa como ellos.

—Pero eso en España, solo.

—No te creas. En los otros países parecido. Pero, sí, este país tiene crimen. No te dejan compartir tu punto de opinión sin que te critiquen.

—¿Por qué estás así?

—Nah, me he levantado enfadado con España.

—Con lo patriota que tú eras.

—Era. Por eso voy a probar suerte en otro país. Éste está condenado por la propia gente.

—¿Por qué?

—Porque en vez de unirnos, a pesar de nuestras diferencias, nos criticamos y permitimos que nos critiquen.

—Imagínate si legalizasen la compra de armas, como en Estados Unidos.

—La población se reduciría a la mitad en el primer mes. Sobre todo por disputas de tráfico.

Reímos los dos.

—Para bien o para mal, —dijo él. —nacimos aquí y seremos siempre lo que somos.

—¿Somos como nuestros congéneres?

—O peores. Porque les criticamos y luego somos peores.

Sacó la lengua cerrando los ojos. Me dio mucha ternura. Apreté sus mejillas y le di un beso en la frente. Se levantó y se despidió, diciéndome que no tocase el ordenador. Y yo como una estúpida me acerqué hasta la ventana, a ver la casa de Onai iluminada por dentro, saliendo un leve resplandor que me indicaba que él estaba allí, seguramente nervioso por vernos en un día, rasgando la guitarra pensando en mí. Y fue cuando vi su silueta tras la persiana que estaba cerrando. Él también miraba a través de la ventana, pues se quedó un rato allí. Luego la silueta se desvaneció. ¿Estaría mirando hacia mi casa, como yo lo hacía? ¿Le bombearía el corazón nervioso?

Sacudí la cabeza. ¿Cómo se me ocurría quedar con él? Es decir, vale que estuviera desesperada por estar con alguien en Navidad, ¿pero con él? Nunca podía aguantar su encanto, su atractivo. Nunca podía aguantar la distancia, el no besarlo, el no tenerlo entre mis brazos. Era verlo y querer lanzarme a por él. El mero hecho de estar juntos me derretía por completo. Me levanté y me tiré sobre la cama.

—No tengo ganas de hacer naaaaaaaaa. —pasé mi mano por la cabeza y maldije en voz baja. Era uno de esos días en los que te levantas y a cada cosa que haces te agobias y todo te sale mal. En los que quieres esforzarte por realizar una tarea pero ni te apetece, ni te sale del alma, ni… —Aghf. —me desesperé. Me senté sobre el borde de la cama y pensé en mis deberes. En que tenía que arreglarme, desayunar, ir con mi familia a no sé dónde, hacer un par de compras, volver… Tanta pereza, tanta desidia me invadió que veía mis responsabilidades como deberes. Si es que tampoco eran responsabilidades. Era… un día más. Y yo me sentía extremadamente agobiada. No quería hacer nada. ¿Era tan difícil de entender? Tampoco echarme a dormir y que pasasen las horas, no. Es que no quería hacer nada. Quizá ser congelada y que el tiempo transcurriera tan rápido que ni yo me diera cuenta de ello. Y al salir me inyectasen cualquier mierda que me hiciera tener ganas de hacer algo. —Por favorrrrr. —me fui irritando sola. Mi hermano apareció de nuevo:

—¿Problemas de PC?

—No. Problemas de la vida.

—¿Qué pasa?

Es que no tenía ni ganas de hablar. Me parecía tedioso tener que estar contándole mi vida y excusándome. Era… Era…

—La… la puta regla. —dije yo cuando noté todo bajando. Pegué tres saltos hasta llegar al baño, donde me senté y dejé que fuera saliendo. No me acordaba. En plenas Navidades y yo con la vagina chorreando sangre en estado de putrefacción. Perfecto. Todo perfecto. Ni siquiera asocié mi cambio de humor, más que nada porque era algo que comúnmente sentía. Irritación y tedio por hacer nada. Apreté el puño con fuerza mientras cogía un tampón del mueble de debajo del lavamanos. Y fue cuando me dolió como mil puñaladas. No importaba lo “lubricada” que estuviera, que meterme un tampón siempre era doloroso. Di unas cuantas palmadas contra la pared mientras lo hacía y luego me lavé a conciencia las manos. Me miré en el espejo. Estaba que daba asco. Tres días sin ducharme, creo recordar. El pelo alborotado, que me picaba ya. La cara de recién despertada y con ojeras de dormir como el culo. Los ojos rojos. Los hombros caídos, por culpa del sueño y el cansancio. Y todavía un mundo entero por hacer. Grité, desahogándome, quedándome a gusto. Grité un: —¡JAVI, HIJO DE LA GRAN PUTAAAAAA! —y me quedé más a gusto. No me había hecho nada, pero era al que más asco tenía de todo el barrio. Al salir sus miradas estaban clavadas en mí, sin abrir la boca, esperando una explicación por mi parte. Me hice la digna y mi hermano gesticuló para hacerles entender que tenía la regla. —Te he visto de reojo. —le solté entrando en mi cuarto, dando un portazo. Estaba irritada antes de sentir aquel dolor y aquella repugnancia salir de mi cuerpo, no quería imaginarme cuando pasase un día o dos, que era cuando más dolía…

 

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