Capítulo 58

Pero lo evité. La culpa fue de un vecino del primer piso, que estaba en obras, retumbando los martillazos por todo el portal. Estaría cambiando la puerta. Y, bueno, ojalá hubiera sido cosa de solamente un vecino.

Los de arriba correteaban. “Cosas de niños pequeños”. Otro, al lado, tenía raggaeton del malo puesto. Las paredes vibraban por culpa de los bajos. Raro, no era de Javi. Me agobié estando allí, en ese barrio de mierda donde nunca tienes un momento tranquilo. Para una noche que paso y ya quiero irme.

Qué estrés. No aguantaba más aquella situación. Las paredes se me hacían pequeñas. Miré hacia un lado, donde estaba mi hermano durmiendo. Por la ventana caía la nostálgica lluvia. Ojalá el suave ronquido de Abel y el sonido del agua discurrir hubieran sido los únicos sonidos.

Y eran solamente las diez de la mañana. Me fui a la ducha sin despertar a nadie y me arreglé un poquito. Dejé una nota: “Quizás aguantáis el ruido, pero yo no puedo. Nos vemos pronto :D”. Entonces me fui a ver a Eric. No quería seguir estando allí. Pedí un taxi hasta su casa, pero no estaba. El portero, al que tanto ponía, me dejó entrar. Me quedé en el rellano de su piso y me tiré sobre el suelo. Más limpio que mi casa, más tranquilo que mi bloque. Cada piso estaba insonorizado. Un vecino salió, y al abrir la puerta se escuchó música dentro. Pero tan pronto cerró desapareció. Joder, qué placer. ¿Por qué no podía vivir yo en un lugar como ése? O mejor preguntado, ¿por qué las constructoras no se esmeran más al fabricar viviendas?

Me quedé atontada. Aletargada incluso. Aunque afuera hiciera frío, los pasillos poseían calefacción propia. No me habría importado pasar una noche durmiendo sobre el suelo del rellano. Al volver Eric supe que cuando me vio pensó que yo parecía una cucaracha tiesa. Se quedó extrañado. Joder, qué imagen tan anti erótica provoqué. Me levanté casi de un salto y lo abracé:

—Boba, si venías haberme avisado. Estaba intentando cerrar un trato y comprando el pan.

—Eh… ¡sorpresa! —le dije.

—Y muy agradable, por cierto.

—¿Puedo entrar en tu resplandeciente hogar?

—Hmm, no sé, no sé. ¿Qué me das a cambio?

—Hmmmmm, ¡un besito! —le di uno en la mejilla.

—¡Trato hecho! —me sonrió. Pensé que querría más. Era un poco… imprevisible. Abrió y al ver el espacioso hogar donde vivía casi siento un orgasmo. Nunca me acostumbraba a entrar. A pesar de no quererle por el dinero, éste era una grandiosa ventaja.

Me tumbé sin permiso sobre el sofá y encendí la tele.

—Guala, qué comodidad. —me dijo él, quitándose los zapatos y desabrochándose su corbata morada. Cómo no, siempre en su traje. Aquella vez negro. De la nevera descorchó un vino y nos sirvió a ambos una copa. Luego puso un rato la calefacción.

—Es que… Te echaba de menos. —le medio mentí. Por un lado sí, lo echaba de menos. Pero la verdadera razón es que necesitaba silencio. Por un momento me dieron ganas de darle con una sartén en la nuca para que se callase y echarme una plácida siesta.

Se acercó a mí, tendiéndome el vino. Lo saboreé. Dios, así daba gusto, y no los de un euro del hipermercado. Con aquél ni siquiera contraía la cara. Aunque todavía era por la mañana y yo ni había desayunado.

—¿Te apetece pasar el día juntos? Mantas, películas, sexo… —le sonreí.

—¿Y cuándo no? Pero todavía debo preparar la comida. ¿Te quedas a comer?

—Por supuesto. Oye, si pides una pizza y nos acurrucamos todo el día estaría bien, ¿no crees? —le dije pícaramente, sonriendo con cara de lechuza. Esbozó una sonrisa, la cual me atrajo. Por un momento quise tirármelo. Pero… no era momento. Quería provocarlo para que me cogiera con más ganas a la tarde.

Nos acomodamos bajo las mantas y puso la televisión. Concursos mañaneros que ponían a prueba nuestros conocimientos populares. Él podría ser muy listo pero en cultura general no sabía tanto. Tendría gustos muy refinados…

—Concurso para lerdos. —soltó.

—Oyeeee. Que yo ya he acertado quince preguntas. ¿Me estás llamando lerda?

—No, pero lo sabe todo el mundo.

—Sí, excepto tú.

—Porque… Porque tengo mejores cosas en las que invertir mi tiempo.

—¿En bailar escuchando a Bethoveen?

—En leer. En escribir. En…

—Estirao.

—Sí, un “estirao” que ha “pagao” este piso y que vive de lujo.

—Bueno, bueno. Que algunos también acaban viviendo en chalets al salir del barrio.

—¿Después de vender cientos de kilos de coca? Me lo creo, entonces.

—Payaso.

—Lo… Lo siento. Es que no tuve buen día hoy.

—¿Qué pasó?

—He perdido a un comprador. No supe hacer bien la competencia.

—¿En qué era…?

—Compré un terreno y lo he dejado perfecto para empezar la construcción.

—Un segundo… —algo que no le había preguntado hasta entonces no me cuadraba. —¿Con la crisis?

—Ahora sacamos más. Todo está a lo bajo. Casi todo son compraventas seguras.

—Pero ese “casi” marca la diferencia, ¿no?

—Sí… ¿Sabes el solar ése que está al lado del campo de fútbol abandonado, enfrente de tu casa?

—¿El que está enfrente de mi bloque o al otro lado?

—Al otro lado. —sonrió.

—Vaya, si al final vas a vender terrenos para formar barrios de mierda.

—Sí, sí… Bueno, —dijo ignorando mi comentario para no discutir más. —Pues eso. Que le iba a vender ese terreno a un constructor pero ha decidido construir en otro lugar.

—¿Dónde?

—Al lado de la parada del diecinueve, antes de la rotonda.

—Uh… Mejor zona es, sí, aunque esté a doscientos metros.

—Pues eso. Y yo contaba con la venta para comprar otro terreno.

—Vendámoslo, entonces.

—¿Hm? ¿Cómo piensas hacerlo?

—Tú déjame ayudarte. Trabajo en equipo, ¿te parece? La choni con el ricachón.

—Jajaja, no eres una choni.

—Un poco sí.

—No lo eres.

—Un poquitito. Si vieras mis amigas…

—Dime con quién andas, y te diré lo que pretendes ser.

—Algún día te las presentaré. Te comen con los ojos cada vez que les enseño una foto tuya.

—A ver si me van a comer de verdad.

—Entonces les corto las cabezas.

—Jajaja. —rio a carcajadas.

—¿Y por qué compró donde la parada del diecinueve?

—Tú qué crees.

—¿Porque es un barrio más decente?

—Exacto. Al estar al lado de un campo de fútbol abandonado ya sospecharía la gente antes de comprar. Y luego al ver los barrios por donde vives…

—Pf, ni que hubiera camellos y… Espera, los hay. No tanto en el mío, sino al lado. Ése es el problema, ¿no?

—Ése es el problema.

—Hm, entiendo…

Y fui trazando los planes en mi mente. Iba a ayudar a Eric a sacarse unos dineros. Y fue cuando se me ocurrió:

—Vamos a pachas, ¿no? Es decir, me das algo en plan extra.

—Jajaja, ¿sacando tajada, eh?

—Claro. No voy a ganar nada de dinero hasta que me saque los estudios.

—¿Decidida a volver?

—Sí. Mi hermano me ayudó. Me puso un examen sorpresa y yo, sin estudiarlo, saqué un siete. Un puto siete sin estudiar. Imagínate yendo a clase y siendo responsable…

—Si te gusta, hazlo.

—Lo haré. Y tú me lo pagarás, porque te voy a hacer vender ese terreno.

—¿Cómo?

—¡Aaaah…! Secreto de mujer. —le saqué la lengua y le guiñé un ojo. Él me hizo cosquillas y estuvimos haciendo el chorras lo que quedó de día, viendo la película prometida y después encendiendo la chimenea, quedándonos abrazados mirando la lluvia teniendo la persiana abierta hasta la mitad. Incluso abrimos la ventana para poder escuchar las gotas estampándose, aunque una ráfaga de viento nos estremeció de frío, lo que nos obligó a buscar refugio el uno en el otro, juntándonos más, y más, y más, y…

 

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