Capítulo 55

La gente hacía planes. Se llamaban los unos a los otros preguntando dónde iban a quedar, qué iban a llevar, cuándo se verían y qué tal les había estado yendo. La Navidad se acercaba. A apenas tres semanas de ella, con una lluvia intensa presente cada vez que uno se asomaba por la ventana. Llegó el punto en el que ya no hacía falta ni asomar el morro. No por el ruido, sino porque te lo esperabas. Eso era una de las cosas que echaba en falta en casa de Eric. Escuchar a la lluvia caer. Por eso volvía a casa de mi hermano, donde pasaba las tardes con él viendo películas y relajándonos con la lluvia de fondo.

—No te conté… —me dijo mi hermano. —Una vez… ya no recuerdo el lugar, estaba en mitad de la calle cuando cayó la peor de las tormentas que jamás he visto. Parecía que el cielo se estuviera partiendo por la mitad y fuera a devorarnos a todos. Y yo en plena calle, sin lugar a donde ir, sin tener ni idea de qué hacer. Me fui corriendo al primer portal que pude y me quedé allí, refugiado, esperando a que pasasen las horas. Y no es que no pasasen, ¡sino que la tormenta no se iba!

—Lo que le ha pasado a todo el mundo alguna vez.

—Sí. Hasta que me vio una mujer que vivía en aquel portal. Así como de treinta años. Era negrita. Y unas berzas que no veas. Joder, unas pedazo de…

—Cof, cof.

—Eh, sí. Y, bueno, ya te imaginas el resto. Dos días atrapados por la tormenta. Y otros dos por nuestro vicio.

—Vicio dice. Antes tu vicio era pasarte las horas en el ordenador.

—Y lo está siendo de nuevo. Entre escribir y echar alguna partida a videojuegos estoy malgastando lo poco que estaré por aquí.

—Pos aprovéchalo más.

—Tus amigas me han llamado. No se lo cogí. No quiero volverlas a ver, aunque no fuera mala noche.

—¿Qué vas a hacer en Navidad? —pregunté así de pronto.

—Debería escribir todo lo que recuerdo, antes de que se me olvide. Sí, debería tener un pequeño diario o algo. —dijo para sí. —En Navidad… Ni idea. ¿Ir con papá y mamá a ver a los tíos y primos?

—Qué aburrimiento.

—Ya, pero ya que estoy aquí aprovecho, ¿no?

—Aprovecha para irte de fiesta y no volver hasta que el cuerpo te lo diga.

—Pf, ya veremos. Tú sólo relájate mirando la película.

—Ya estoy relajada. Estoy que me caigo del sueño.

—Yo también. Y no es aburrida pero…

Le dio al pause. Se estiró en el sofá y se acomodó, recogiéndome en su regazo. Y al minuto los dos dormidos. Y yo sin saber qué hacer en Navidad.

El día se acercaba. Empezaba a agobiarme. Aquella tarde me acercaría por casa, a ver qué se cocía. Casa de mis padres, me refiero. Porque yo ya empecé a vivir en todos los lados y en ninguno en específico. Amanecí a las once de la mañana, casi por la tarde. Daba gusto poder dormir tanto. Me levanté y caminé buscando a Eric por su casa tan blanquecina y pura. Estaba en el salón, enfrente de su portátil, agobiándose.

—¿Estás bien? —le pregunté al verle tan incómodo, aunque era uno de esos momentos en los que es mejor ni acercarse a la persona y dejar que se enfade ahí a solas.

—Sí. No. Vaya, no sé cómo estoy. La verdad que no sé. —dijo cerrándolo, echándose hacia atrás en la cama.

—¿Por qué?

—Mis negocios, que me estresan mucho. Ven, siéntate. —dijo haciéndome hueco. Estaba vestido ya con la camisa blanca y encorbatado. Yo en un simple camisón. Puso un poco de Michael Jackson en su reproductor escondido en la pared y cerró los ojos. Joder, si es que sus gustos eran iguales que los de mi hermano.

Mierda.

Mierda, mierda.

Mi hermano con la ferocidad de Onai. Con su picardía y sus maneras. Con la experiencia de Eric viajando y con una vista puesta en negocios, así como buen gusto musical. La mezcla de ambos era… mi puto hermano.

Otra vez aquel abismo insoportable que me hacía sentir la vida. No puede ser, no puede ser. Mi hermano es así desde que volvió. Es imposible que yo pudiera estar buscándolo inconscientemente. A menos que precisamente fuese porque de forma inconsciente yo sabía cómo era en realidad.

Mindfuck.

—Vaya, ¿estás bien tú ahora? —preguntó, preocupado.

—S… sí. Es que mi mente se ha evadido a tonterías mías.

—Jaja… —rio. —Entiendo. Me pasa constantemente. ¿Y sabes tú esa sensación de… de… de vacío? A ver. Eso que sientes cuando… cuando te ves que hagas lo que hagas, no te realiza. Y aunque te realice, te sientes tan devastado que ni te apetece ponerte a ello.

—¿Por qué crees que dejé el curso?

—Pues eso es lo que me está pasando. Siento que nunca es suficiente. Ya tengo bastante pasta para hacer lo que siempre había soñado, lo de cocinar, pero necesito más. Es como que me pongo metas yo mismo, ¿sabes? No puedo parar. Y cuando me pongo, me desmotivo y no me apetece, pero tengo una inquietud que me pide acabar lo empezado. Soy…

—¿Qué me vas a decir a mí? Paradojas y entresijos del destino. Olé, qué palabra más maja me ha salido.

—Jajajaja. —rio a carcajadas, mirándome con su sexy sonrisa y sus congelantes ojos.

—Yo a ver qué hago en Navidad. Ahora es mi máxima preocupación. Buah, suena bien, ¿no? Es una tontería y es lo que más me perturba en estos momentos.

—Sí, suena bien. Espero que sea la mía también dentro de no mucho. O la de elegir el sabor de los yogures. ¿O qué más?

—Mmm, ¡los cereales!

—¡Eso! Y la compañía de internet. Y el color de la camiseta nueva.

—Sí… Nada de facturas, o de vecinos, o de enfermar, o de qué hacer con la vida.

—Sólo gilipolleces. Preocuparse sólo de gilipolleces…

Reímos soñando con aquella utopía, cuando le sonó la alarma del móvil. Recordé cuando logré que cancelase una reunión a cambio de quedarse conmigo pasándolo bien. Pero no aquella vez. Se levantó y me guiñó un ojo.

—Me acabo el café y me voy. Cierra bien al salir. Te cedo las llaves. ¡A las nueve en casa!

—Oh, vaya. Me siento honrada.

—Así te doy tiempo a ducharte y relajarte antes de ir a casa de tus padres.

Asentí con la cabeza. Se bebió la taza de un trago y me dio un piquito que yo transformé en un beso con lengua. Se fue animado cuando un mensaje me llegó. Era Onai preocupándose por mí. Le contesté con un: “No me acoses, se acabó” y lo di por zanjado. Tonta de mí. Me duché a todo correr y me hice una simple tortilla francesa de desayuno-comida. Llamé a mi hermano y ambos fuimos a casa, donde nos recibieron con los brazos abiertos.

—Qué envidia. —dijo mi hermanita. —Tú por ahí y yo ahora soy quien aguanta a los vecinos. Cuando estás tú se hace más ameno. Se comparte el sufrimiento y no duele tanto.

—Oh… —me dio ternura. Me agaché a darle un abrazo cuando anduvo hacia otro lado de la casa, pasando de mí. Nuestros padres sonreían desde el salón. Ya era de noche. La lluvia caía afuera. Estábamos bastante empapados para haber estado un mero minuto en la calle y con paraguas. Pero enseguida nos cambiamos con cosas que había por la casa y nos relajamos junto a ellos, contando historias y riendo absurdamente. Lo mejor fue ver a nuestra hermanita trayendo un juego de mesa que colocó enfrente de nosotros. Perfecto, justo para cinco.

Mezclaba dados con preguntas. Era un juego bastante completo. Ella hacía de árbitro. Se excusó diciendo que la dificultad estaba por encima de sus conocimientos. Aunque pareciera absurdo o infantil, nos lo pasamos de lujo. Mi hermano y yo arrasamos a nuestros padres hasta que hicimos pareja con ellos. Yo con papá y él con mamá. Ganaron ellos. Lo que me faltaba. Verle como un vencedor superior a mí capaz de superar cualquier obstáculo. Sin darnos cuenta pasamos dos horas jugando. Luego mamá y yo hicimos un chocolate caliente, bajando papá a por unos churros. Habré tenido una vida de mierda, un entorno de mierda, unos amigos de mierda, unos vecinos de mierda, unos profesores de mierda y unas experiencias que no he relatado de mierda, pero lo que nunca he despreciado y siempre he agradecido han sido mis padres. Siempre juntos y dispuestos a escucharte y a apoyarte. Era una familia. Y supe apreciarlos, más aún conociendo los casos a mi alrededor de familias desestructuradas o por conveniencia. No mis padres. Se querían, y nos querían. Y ahí estaba mi padre, mojado, con una sonrisa bobalicona y unos ojos tiernos ofreciéndonos los churros que acababa de comprar con lo justo que le llegaba para pasar el mes. Era un capricho en toda regla. Un capricho que apreciamos.

Joder.

No puedo evitar derramar una lágrima recordando aquellos tiempos. Tiempos felices que sabes que cuando menos te lo esperas van a desaparecer, dejando en ti solamente un recuerdo que perdurará para siempre y que desearías que hubiera sido eterno. Momentos a los que te aferras cuando recuerdas a aquellas personas o a aquellos años. Momentos que se graban en ti por encima de los malos. Recuerdos…

 

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