Capítulo 54

Nos quedamos dormidos veinte minutos después. Nos limpiamos, cenamos dos chorraditas y nos fuimos a dormir. Y lo bien que dormí no puedo relatarlo. Llevaba tiempo tensa. Aquel polvazo calmó mis nervios y me sumergió en las profundidades de los sueños. Exactamente a la nada. Donde no se sueña nada, sólo se descansa. Ni siquiera la mente está trabajando. Alguna vez había soñado tanto que me había levantado con dolor de cabeza. No aquella vez, que me parecieron apenas unos minutos cuando Eric se revolvía en la cama, despertándome su actividad. Me miró alzando una ceja y ampliando una espléndida sonrisa.

—Creo que deberíamos ir a la ópera más a menudo.

—Jajaja… —reí yo, despierta. Sí, despierta realmente. No en estado vegetativo o zombi, como se suele estar recién abiertos los ojos. ¡Estaba despierta, vigorosa, activa, enérgica! Pegué un salto que bajé de la cama y me aproximé hacia las ventanas.

—No se puede ver nada desde fuera. ¿Qué te parece?

—Te tomas muy en serio tu intimidad.

—Mucho. Insonorizado e imposible de ver.

—Pareces un preso recluido.

—No mientas, no me digas que no te encanta.

Desnudo de torso, con sólo un pantalón de pijama y yo con uno que me había dejado allí en aquellas noches que pasé con él. Me abrazó por la espalda y levantó la persiana, mostrándome un mundo congelado, nublado y sombrío. La lluvia era el plato principal.

—¿Qué vas a hacer en Navidad? —me preguntó.

—¡Aún queda bastante! Malditas Navidades.

—¿Qué te pasa?

—Nada. Que las últimas que he celebrado han sido con la… “familia”. Esos típicos familiares hipócritas que sólo te quieren por interés y a los que tienes que poner buena cara. ¡Puagh…!

—Es un buen momento para cambiar el hábito.

—Lo es.

—Tienes que celebrarlo con la gente que realmente importa. Yo iré a Suiza, donde están mis padres. Pasaré un par de días con ellos. ¿Quieres venirte? Clase business.

—Lejos de la plebe, a ver si nos van a pegar alguna enfermedad.

—Jajaja, deja la sorna. No, soy muy mío. No me gusta sentarme al lado de gente que te está contando su vida, o roncando, o… ¡pf! —se separó de mí y puso canciones de The Smiths.

—¿Por qué eres tan tuyo? Toda esta intimidad, esa cerradura que encierra a la mazmorra del placer, la insonorización, los cristales tintados, los cajones tan metódicamente ordenados…

—Te fijaste, ¿no? Apenas he decorado la casa con un par de cuadros y floreros. Pero no hay recuerdos ni florituras. Me gusta ser así. Pienso que un hogar está para uno mismo, no para el resto de mundo.

—Ojalá todos los hogares fueran así. Yo tengo que aguantar a vecinos pesados que hablan muy alto, que tienen la radio a todo volumen o la mini cadena, o que dan balonazos. O que se ponen a cantar como si nada importase… —temblé de nostalgia. Hacía tiempo que no los sufría, y por extraño que pareciera por un instante los eché de menos. —¿Qué coño le pasa al cantante? Parece que se ha atragantado con el hueso de una aceituna.

—Es parte de su encanto.

—A mi hermano también le gustaban. Joder, a mi hermano le gusta toda la música de los ochentas.

—A ver cuándo me lo presentas. Suena encantador.

—Pues sí, y os vais a un concierto de The Cure, The Smiths, Pet Shop Boys y Depeche Mode.

—Calla, ¿te imaginas todos juntos? Qué placer.

—Jajajaja

—Y tú a ver a los Chichos y a los Chunguitos.

—Nah, calla. No soy de esa música. Me gusta toda y ninguna en concreto.

—Chayanne.

—Chayanne es que está bueno y baila bien.

Entre risas y tonterías fuimos a la cocina, a prepararnos el desayuno y a seguir hablando sobre música. Estar cerca de él era estar lejos del mundo. Imaginarme el matrimonio a su lado era como imaginarse viviendo en paz y tranquilidad. Tener una vida imperturbable, calmada, con algún capricho de vez en cuando… Dios, sólo de imaginármelo quería tenerlo ya. Y yo, estúpida, le dije:

—¿Cuándo nos casamos?

—Jaja, ¿ansiosa?

—No sabes tú bien.

—Jajaja. —reía. —No sé. Déjame contárselo a mis padres. Querrán conocerte, fijo. ¿Qué te parece en un año? Antes del próximo invierno.

—Está bien. Ir preparándolo todo… ¿Cuándo lo hacemos oficial?

—Primavera. Tan pronto llegue finales de marzo. ¿Bien?

—Perfecto.

Aunque por mí habría sido ya.

—Puedes quedarte conmigo, ¿eh? Aunque no estemos casados hacemos vida en convivencia, a ver qué tal.

—¿Y si no congeniamos?

—¡Haremos que sí!

Sonreí. Se estaba bien a su lado. Se estaba tan bien a su lado…

 

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