Capítulo 53

—Buenos “días”, preciosa. —me dijo despertándome a la una de la tarde con un beso cariñoso en la frente tras una noche de borrachera celebrando la inminente boda. Él estaba sin la parte de arriba puesta, con un pantalón de pijama azul debajo y sosteniendo una tabla en la que estaba el desayuno preparado. Unos huevos, unas tostadas, unas patatas fritas y un zumo de naranja.

—Oye, que estamos en España. Con un bol de leche con cereales me valía. Me voy a poner hecha un…

—Sh, calla y disfruta. Por un día no pasa nada.

Ya pero es que anoche también me puse tita. Pero no quería quejarme. Lo acepté con una de mis mejores sonrisas, o al menos en potencia ya que por la mañana no se podía pedir mucho de mí, y lo devoré con ansias. El alcohol deshidrataba y daba hambre. Dios, me supo divino.

—¿Qué tal allí? ¿Buenos desayunos? —le pregunté refiriéndome al viaje que había hecho. Sí, toda una cita y no le pregunté qué tal. Demasiado emocionados por la boda. O quizá me lo dijo y no me acordaba.

—Pf, sin más. Aburrido. Contando las horas que faltaban para volver a verte. Y aún más nervioso cuando tomé la decisión de… ya sabes. —me sonrió. Me ruboricé. Y me avergoncé por haberme estado acostando con Onai mientras aquel hombre pensaba en mí como su esposa. Toda mi aventura con él había sido una equivocación. Por su culpa estaba hecha un lío. Y ahora…

Ahora…

Si no hubiera sido con él quizá habría sido con otro. La culpa fue mía, no suya. ¿A quién pretendía engañar? Porque engañarse a uno mismo es mayor delito que engañar a los demás. Había sido infiel nada más que por mi culpa.

—Toma, un Ibuprofeno, en caso de que te duela la cabeza.

—No, no bebí tanto. Pero gracias. —le sonreí. —¿Tú no desayunas?

—Ya lo hice hace una hora. Voy a hacer un poco de ejercicio, darme una ducha y prepararme.

—¿Prepararte para qué?

—Para llevarte a un sitio no tan bonito como tú, pero que se le aproxima.

—Calla, bobo, que me pongo roja.

Me sonrió y se fue, dejándome a solas desayunando. Yo también debería haber hecho lo mismo que él, pero me decanté simple y llanamente por la ducha.

En lo que yo acababa de desayunar él hizo flexiones y abdominales. Parecía que estaba limpiando el suelo con una toalla y es que estaba haciendo unas tales “ab wheels”. Ni idea. Sólo sé que cuando me desnudaba para meterme en la ducha él llegó también desnudo. Mierda, si quería sexo no podría habérselo dado. Yo no tenía muchas ganas que dijéramos. Y justo hasta el día anterior me había estado saliendo un poco de semen de Onai. Eso habría sido engañarlo y reírme de él. Me sonreía mientras entrábamos en su ducha. Puso el agua caliente y me sentí en la gloria. El contraste del agua con el ambiente frío era una delicia. Cerré los ojos y me dejé llevar mientras me purificaba el cuerpo. Así hasta que sentí el miembro erecto de Eric amenazándome. Lo miré con una mirada que delató mi alma. Aun así cogí su pene con mi mano derecha y empecé a agitarlo. Él procuró un pequeño gemido pero de inmediato me detuvo y me dijo:

—Te veo cansada. No hace falta que hagas esto.

—Pero yo quiero…

—Tranquila, podemos esperar.

—Tendrás ganas después de tantos días fuera…

—Sí, pero puedo esperar un poco más. Por ti.

Nos sonreímos y nos dimos un abrazo. Fue un poco incómodo al tener su pene impactando contra mi cuerpo, pero también gracioso. Acabamos de ducharnos. Puso la estufa para tener un ambiente más agradable. Calentó en cuestión de cinco minutos. Dios, qué puto placer de piso. Y yo sufriendo a yonkis en mi barrio de mierda.

Desnudo, empezó a vestirse con sus trajes Armani y Hugo Boss, y sabe Cristo qué más. Yo no tenía ni idea de ropa. La compré toda mi vida en el hipermercado. Él me dijo:

—Mira qué modelito te cogí.

Me enseñó un vestido blanco que me llegaba hasta los tobillos junto a unos zapatos con tacones que aumentaban mi tamaño diez centímetros y unos guantes negros que llegaban hasta el codo. Parpadeé incrédula:

—Eso fijo que cuesta más que todo lo que tengo en mi armario junto.

—Nimiedades.

—En cristiano.

—Tonterías, insignificancias. No pienses en el dinero. A ver si te crees que los calcetines que yo llevo me han costado más de diez euros.

—¿Llevas un traje de dos mil pero calcetines de cinco euros?

—Básicamente.

Reímos.

—Sólo cojo lo que me gusta. Me lo he currado y ahora vivo bien. Tengo derecho, ¿no?

—¿Y el vestido?

—El vestido es para que lo lleve la chica que me gusta.

Le sonreí, encantada. Fui a probármelo de inmediato. Parecía una princesa Disney con él puesto. Eric metió un CD de Depeche Mode en su reproductor mientras nos preparábamos. Aquella música me recordó a mi hermano:

—¿Sabías que Abel ha viajado por todo el mundo sin apenas un duro? —le comenté algo de él por la noche.

—¿Qué? ¿Y eso?

—La gente que sabe moverse y buscarse la vida lo lleva innato, y eso que parecía un poco paradito.

—Pues o lo desarrolló o lo adquirió por necesidad. Tuvo cojones para irse él solo.

—Algo parecido a ti, ¿no?

—Sí, bueno. Monté mi primer negocio con diecisiete años, pero me lo financió mi abuelo.

—Abel también quiere montar un negocio en Alemania. Aún no sé de qué puede ser.

—¿Quieres que se lo financie yo?

—¿Eh? No, ¡no! Ni siquiera él ha pedido dinero a nadie. Ya lo debe de tener. Lo que siempre odió fue tener deudas. Nunca aceptaba propina ni regalos de nadie, aunque cuando se fue robó quinientos euros. Pero más ahorró mi padre al no tenerlo en casa. —me reí, rota por dentro al yo haber preferido que se hubiera quedado. Pero lo mejor para él fue irse, sin duda.

—Es interesante. Me lo tienes que presentar algún día.

—¿Hm…? —me quedé pensativa. Pensativa hasta que… —¡C-claro!

Si mi hermano conocía a los dos me ayudaría a decidirme. O no, espera. Yo lo había dejado definitivamente con Onai, ¿no?

Pf, no supe. Me dijo que disfrutase, pero era difícil disfrutar siendo una zorra mentirosa.

Ya con el vestido, Eric me agarró de la cadera, alzándome, sonriéndome. Besé sus labios y se lo agradecí. Entonces me llevó a la ópera. A nada más ni nada menos que la ópera.

—Sabes que esta ciudad, al ser tan pequeña, apenas tiene funciones así. Sólo hay cinco al año. Ésta es una de ellas.

—¿Y el precio?

—Que no te preocupes, dije. Tú sólo disfruta.

Para colmo era un palco. No era junto a la gente corriente. Y eso me hacía sentir un poco mal, ya que estaba siendo invitada a sitios con los que nunca habría pensado soñar. Yo, una simple y corriente mundana, viviendo esos cuentos de hadas que sólo pasan en las películas. Sí, típica película que nadie se cree. Que la ves y dices: “pss, vaya gilipollez, no hay quien se crea esto”. Si es que ni yo me lo creía en ese momento en el que lo estaba viviendo. Las luces se fueron apagando y el telón se abrió, dando paso a una de las obras más bonitas del mundo. Turandot, para ser más exactos. De donde salía la famosa “Nessun dorma”. Bueno, que hasta entonces no sabía nada de ella así que no me las voy a dar de sabionda. Cada cambio de escena me asombraba y emocionaba más que el anterior. En más de una ocasión me robaban las lágrimas. Eric se percataba al mirarme de reojo. Y cada vez que una de aquéllas caía por mi rostro él la secaba con delicadeza con una mano al tiempo que con la otra apretaba las mías, sonriéndome con elegancia. Aquello era soberbio. Me sentí única, flotando en otro planeta que no se situaba ni en aquella galaxia ni en ninguna otra. Me sentí llena y completa. Sólo aquellas escenas las podría tener con él, y eso lo sabía en el fondo de mi corazón. Sólo aquél me enseñaría lo que yo conocía pero nunca tendría. Y aún en mi cabeza seguía comparándolo, por culpa del maldito Onai, quien me enseñaba lo que yo ya sabía pero con un matiz distinto. Ojalá hubieran sido los dos la misma persona. Ojalá mi cabeza no fuera un completo lío y un completo desastre. Cerré los ojos y maldije por dentro. Pero un aumento de volumen por parte de un tenor me devolvió a aquel mágico mundo en el que sólo la historia importaba, y mi mente enmudeció.

La música, los coros, la escenografía… fueron perfectas. Transcurrió la obra entera cuando nos íbamos. Acercándonos al coche de Eric me dijo:

—¿Te ha gustado? Ha tenido varios fallos minúsculos pero…

Tapé su boca con un beso profundo. Errores, decía, como si yo fuera a darme cuenta de ello, el muy… detallista y atento y cariñoso y preocupado. Mientras lo besaba sonreí. Fuimos a casa, y le hice el amor. Bueno, más bien sexo salvaje. Fui desnudándome lentamente para él tras lanzarlo hacia el sofá. Sonrió. Todas las persianas bajadas, protegiéndonos de la lluvia. Cogió un mando e hizo encender la chimenea, protegiéndonos del frío. Me encantaba aquello. Dio dos palmas y se apagaron las luces. Ahora todo era más íntimo. Ya sólo el ambiente me excitaba. Me quité el vestido y me quedé en tanga para él. Me incliné hacia delante dándole la espalda, destacando mi ano. Me giré sonriendo pícaramente y mordiéndome el labio mientras él se sacaba el pene de su pantalón y retorcía su piel. Hmm, me encantó verlo así.

Yo seguía estando en tacones, entera maquillada, con sombra de ojos negra y pintalabios rojo. Me acerqué hasta él y me incliné hacia delante, al igual que hice cuando me quité el tanga, y masturbé su pene con mis guantes aún puestos. Al poco lo introduje en mi boca lentamente. Su falo iba eyaculando de poco en poco en mi boca. Lubricaba de una forma que pensé que ya estaría corriéndose. Su glande chocó contra mi garganta. Con mi lengua acaricié sus testículos. Gimió entrecortadamente. Me retiré y le di la espalda. Entonces él me agarró de la cadera y me sentó encima de él, llegando su pene hasta el interior de mi vagina en el acto. Me dolió un poco, aunque estuviera cachonda aún no lo estaba del todo. Esbocé una mueca de dolor. No le importó. Me embistió como un caballo montaba a una yegua. Me gustaba que me follaran fuertemente, pero no tanto. Apreté los dientes, conteniéndome los gemidos de dolor. Pero él se daba cuenta de que no me complacía. Mi cuerpo estaba tenso. Mi vagina se tensaba más, lo que hacía que me doliera el doble, pero seguramente él disfrutase más al disfrutar de un coño prieto. Me agarró del pelo y tiró hacia sí. ¿Por qué me estaba haciendo eso? Me lanzó contra el sofá y pegó un salto. ¿A dónde iba? Me retiré el pelo de la cara para intentar verlo, pero antes de hacer nada él estaba introduciéndome un vibrador por el ano.

—¿Q-q…? —no pude ni hablar. Mis ojos tornaron en blanco. Sentí algo circular entrando en mi vagina. No sabía qué era. Quise mirar, mas el placer no me lo permitió. Joder, estaba yendo a la gloria. Me esforcé para hacerlo cuando de pronto su pene con sabor a mí entró en mi boca. Me folló las cavidades bucales. Otra bolita circular entró en mí. ¿E… eran las bolitas chinas? Joder. Entraron dos, entraron tres, entraron cuatro, cinco… ¡entraron seis! Empezaba a resultarme doloroso, pero la vibración que sentía en el ano no cesaba. ¡No! ¡Sí qué cesó! ¿Qué…? —¡Dios! ¡Joder…! —no pude evitar gritar, casi atragantándome, cuando sentí la lengua de Eric en mi ano. Dio un lametón circular, me penetró con la lengua y la sustituyó por el vibrador. Todo eso mientras su polla seguía en mi boca. Se estiraba bien. Con cada embestida que me propinaba me dejaba un poco de su semen. Retiró el vibrador, me lamió el ano, volvió a poner el vibrador cuando echó hacia atrás una de las bolitas chinas. Tanto placer no podía ser legal. Aquello era el más puro pecado. Golpeó una de mis nalgas. Me picó, pero me encantaba que me estuviera haciendo aquello. Le dio un mordisco duro donde acababa de golpearme mientras retiraba otra bola y aumentaba la velocidad del vibrador. Un irremediable orgasmo me llegó. Gemí con su polla atravesándome la garganta. No supe cómo pude lograrlo. Retiró el vibrador para introducirme sus dedos y su lengua otra vez. Se corrió en mi boca. Estaba tan excitado que no pudo resistirlo. Me entró una arcada que casi me hace vomitar, pero él no cesaba de descargar su semen dentro de mí. Sacó el rabo y se centró en mi disfrute.

Escupí un poco de semen en su sofá de tres mil euros. No pude tragarlo. Miento, la mitad de él sí que llegó hasta mi estómago. Otra vez el vibrador y otra bolita china saliendo de mí. El orgasmo mío se prolongaba. Joder, pensé que se había ido pero volvió. Me dejó el vibrador en mi ano cuando caminó dos pasos hacia atrás. ¿Qué iba a…? Dios, un latigazo en toda mi espalda. El dolor… lejos de repugnarme, me causó mayor excitación. Me retorcí con el vibrador causándome espasmos. Otro latigazo, esa vez sacando otra bolita. Retiró las que quedaban de golpe y su pene las sustituyó. Estaba más duro que de costumbre, incluso para haberse corrido ya. Me penetró con rabia mientras me daba latigazos en la espalda. No sé qué le sucedía. Agarró mi pelo y tiró hacia atrás, como antes, con la diferencia de que ahora yo lo disfrutaba como una perra. Tiró tanto que sentí que me lo arrancaba. Era una especie de humillación. Pero yo, al sentir que la merecía, me excitaba por ello.

Me quitó el vibrador y metió en mi ano las bolas chinas. Dos, tres, cuatro; no más. Retiró una. Otro orgasmo me volvió. Empecé a gemir a gritos mientras las iba retirando de poco en poco. Sacó la última, me dio un latigazo, tiró de mi pelo hacia atrás y me embistió hasta el fondo. Tuve uno de los mayores orgasmos de toda mi vida. Él lo estaba sintiendo al contraerse mi vagina. Gemí. Gemí como una perra. Grité. No importaba lo insonorizado que estuviera el piso, me tuvo que oír toda la ciudad. Acabé exhausta, tirada sobre el sofá, recibiendo espasmos espontáneos. Él se corrió dentro de mí. Su cuerpo tembló mientras lo hacía. Yo reí. Estaba como drogada. Se separó de mí y me miró con superioridad. Estaba enfrente, sonriéndome, con el pene todavía erecto. Lo aproximó hasta mi boca y se lo chupé. No me importaba en absoluto la imagen que yo estuviera dando en ese momento. Se lo chupé, dándole mordisquitos en la punta, hasta que se corrió en mi cara, sobre mi maquillaje e incluso sobre mi pelo. Tensó la mandíbula mientras lo hacía. Yo le sonreía. Yo daba la sensación de estar flotando en un mundo completamente distinto a aquél. Agité su pene dos veces y dejé caer la mano. Él me agarró de la mandíbula, besó mis labios y después me dio un lengüetazo a través de mi cara. Quizá comió parte de su semen, no sé. Sólo sé que habíamos sido unos guarros, y me había encantado. Y que había sido uno de los mejores orgasmos de mi vida.

 

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