Capítulo 52

—Buenas tardes, señorita. —me dijo amablemente César, el chófer, abriéndome la puerta del coche.

—Buenas tardes. —le respondí. —Me abruma tanta cortesía.

—El dinero mueve el mundo, y Eric tiene bastante.

—Jajaja. Quien dijo: “dadme una palanca y moveré el mundo” debería haber sustituido una palabra.

—¿Qué pensarían los primeros? —preguntó una vez nos abrochamos los cinturones y arrancó. —Aquéllos que empezaron a usar el dinero.

—Dirían… ¿este trozo de mierda me dice lo que valen mis cosas?

Reímos.

—¿Ves lo que te dije? —me preguntó César. —Este invierno va a ser frío como él solo.

—Se ve. Es otoño y ya parece invierno.

—Estoy seguro de que el año que viene no habrá ni un rayo en el cielo. Será un invierno cálido. La gente se obsesionará con el cambio climático. Y en verano nos derretiremos.

—Pero ahora estamos en éste. Pronto podré llevar la ropa que mis padres me regalaron. —miré ilusionada la lluvia que caía afuera.

—Algún día de un verano cálido mirarás hacia atrás y recordarás la lluvia como algo lejano. Pero ahora está tan encima y es tan real…

—Y nostálgica. Cuando veo al cielo llorar yo también siento deseos de hacerlo.

—Aaah, amiga. Eso todos, te lo puedo asegurar. Debe de ser el sentimiento de toda la ciudad. Los humanos somos muy intuitivos. Notamos cuándo otros están en silencio y tristes.

—Vaya, o sea que uno se pone triste y contagia a todos. Como una epidemia.

—Exacto. Así que ponte alegre. Cura esa enfermedad.

Sonreí. Pero ahora no sonrío. La lluvia me recuerda a aquellos momentos, que para mí eran unos cuantos más y ahora me parecen únicos e irrepetibles. La lluvia me trae el aroma de los hombres a los que amé. La lluvia me trae el aroma del desamor.

Me bajé del coche y le di dos besos a César. Eric me había llevado a un restaurante. Como siempre. Y yo con lo primero que había cogido. Me sentí un poco avergonzada al entrar. La elegancia era el elemento principal del cual yo carecía.

—Todos me miran, jo. Deberías haberme llevado a un McDonalds.

—Qué poco glamour. ¿No tienes interés por lo que te tengo por mostrar?

—¿Me has preparado algo?

—Más o menos. —dijo con una sonrisa.

—La gente me pone picajosa.

—Ya, lo sé. Esta ciudad apesta. Todos se creen con derechos sobre los demás. Seguramente se piensan que eres mi mantenida, y únicamente por nuestros aspectos.

—¿Y no es así?

—¡Podría no ser así! ¿Y qué si soy yo tu acompañante? Ellos pensarían mal, pero no se lo cuestionan porque miden más lo que les entra por los ojos que lo que les entra por el cerebro.

—Pues si me sacas de aquí te lo agradecería un montón. Llevo un tiempo viviendo con mi hermano y ha sido bastante relajante. Sin aguantar a vecinos molestos, a niños gritando, a… —pensé en Onai, como si me molestase tener que tratar con él… —Y eso que vive en una urbanización normal, ja… ¿Cómo puede haber tanta diferencia? Apenas nos separan… ¿qué? ¿Cinco kilómetros? Y parece un mundo entero. Fijo que de un barrio a otro también hay un mundo nuevo. Y me tocó en el que tenía los vecinos más pesados. Pff…

—Te sacaré de aquí. Y te llevaré a donde quieras. No importa el lugar, tú sólo tendrás que desearlo.

—Calla, anda. Tanta atención me abruma. No me la merezco.

—Te mereces todo el amor y atención del mundo.

—No digas tonterías. Solamente soy una casquivana más. Como yo tienes miles.

—Podría ser cierto, o podría no serlo. Cuando te vi en la bahía vi en tus ojos reflejada una tristeza que únicamente seres como tú y como yo podrían sentir.

—¿Qué tristeza?

—La decepción. Sí, otros seres nos decepcionan, o la vida. Eso la gente no suele apreciarlo. En lugar de entristecerse, se enfadan. O patalean como niños y hacen cosas de las que se arrepienten.

No se daba cuenta de que me estaba describiendo. Dibujaba un cuadro de mí misma con sus palabras. Y brilló en mí esa decepción que lo atrajo.

—Ahí está, esa chispa. ¿De qué te has acordado?

—Nada, de los profesores que me hicieron abandonar el curso. Mi hermano tenía contactos con una profesora que me corrigió un examen que yo misma me puse. Y saqué un siete. Era de todo el curso. Si hubiera seguido estudiando, habría llegado muy lejos. Dime, ¿cómo debo afrontarlo?

—Dime quiénes te han jodido. Me encargaré de que dejen el profesorado y de que puedas volver a examinarte.

—¿Qué? ¿En serio? —pregunté, extrañada. Con Onai obtuve venganza, con Abel obtuve superación y paz, y con Eric obtendría la recuperación de mi hogar. Además de una venganza más terrible.

—En serio.

—Mira, no importa. Me meteré a distancia el año que viene. Dos años sabáticos tendré, je. La cosa es que si consigues que echen al que más me jodió te echaré un polvazo que no podrás levantarte de la cama.

Tragó saliva, medio atragantándose con la comida que habíamos pedido. Sus ojos miraron a nuestro alrededor por si nos había escuchado alguien. Se había sonrojado. De inmediato sacó el móvil cuando le dije:

—Tranqui, que puede esperar.

—O no. —sonrió.

—Sí. —le sostuve el brazo, impidiéndoselo. Ahora fue él quien tuvo el brillo de decepción en los ojos. Pedí más vino, dispuesto a emborracharlo para inhibir sus impulsos. Luego le dije: —Me he masturbado recordando cuando me sometiste como tu esclava.

De nuevo se atragantó.

—Calla, calla… —ruborizado miró de nuevo a su alrededor. Se lo dije para animarlo. No me sentía con muchas ganas de seguir allí. Si seguía era más que nada como agradecimiento y por sentirme en deuda con él por los momentos que me había regalado y habíamos vivido juntos. Pero fue cuando se produjo la magia. Bebió un vino entero, apurándolo, cuando suspiró, sostuvo el aire e hincó una rodilla. Y fue cuando sacó un maldito anillo con un pedrolo gigante incrustado. Mi chichi se hizo agua. “¿Está sucediendo lo que creo que está sucediendo?”, pensé. Y sí, así era. Aquel caballero de brillante armadura me miraba con ojos de cordero degollado mientras me pedía matrimonio. No lo pude evitar. Tan pronto de sus labios preguntó que si me haría ilusión convertirme en su esposa yo me precipité en decir que sí. Había soñado tanto tiempo con ese momento que no lo dudé. Pero de inmediato supe que había hecho mal. En el instante en que salimos del restaurante, ambos con una borrachera digna de mencionar, supe que había cometido un error. Y que no sólo haría que se ilusionase más, sino que el dolor que sentiría lo destrozaría por dentro. Había metido la pata. Y hasta el fondo.

 

Siguiente