Capítulo 5

Estábamos tomando un refresco en una cafetería cercana. Yo me quedé mirándolo, pensando en formas para cambiar el rumbo en el que iba esa… ¿relación? Él miró mis ojos. Eran de lo más normales. Color marrón claritos. Pero a él pareció encantarles, porque se quedó un buen rato mirándolos, intimidándome. Me sonrió. Me parecía demasiado hombre para mí. Con mi dedo acaricié el vaso, haciéndolo sonar como si un instrumento fuera. No era mi intención, pero me entretuve así pensando en cómo hacerlo, en qué decir.
—Yanira, ¿estás bien?
—¿Eh? Sí… —medio mentí. —Estoy abstraída, ya sabes.
—Será el calor, que atonta. Es cuando menos productividad laboral tengo.
—¿A qué te dedicas?
—Compro terrenos, edifico en ellos o los recalifico, vendo los pisos o revendo el terreno…
—¿Una constructora?
—Más o menos. Lo que hago es venderlo una vez hecho, en lugar de venderlo de uno en uno. De eso se encarga quien me compre.
—Que se sacará un beneficio de cinco veces lo que te pagó, ¿no?
—Sí, pero también es un riesgo. Más de una vez se han arruinado los que me compraron por no saber venderlos.
—¿No saber venderlos, o porque eran de mala calidad?
—Jaja, eso no. No saber, porque cuando se los compraron a ellos sí que los vendieron. Es todo una especie de juego.
—¿Un juego en el que te puedes quedar sin nada?
—Sí. Bueno, tú cuando juegas a un juego sabes que aunque… digamos te maten no mueres realmente. Tu personaje renacerá y a ti, personalmente, no te pasará nada.
—Hay juegos en los que te borran el personaje si muere.
—Pero tú puedes seguir jugando. Ésa es la cuestión. Tomárselo como un juego.
—Entiendo. —esbocé media sonrisilla.
—¿Y tú?
—¿Yo? —¿por dónde empezar? No quería contarle la serie de acontecimientos que me llevaron a dejar mis estudios y que ahora mismo no sabía qué hacer con mi vida, por lo que me tomaría un año sabático.
—Mala pregunta. Puedo verlo en tu mirada.
—Sí, sorry. Es que tengo una mala racha.
—No encuentras tu lugar en el mundo.
—No, no es eso. O sí. Vaya, da igual no encontrarlo, sino hacerlo tú misma. Pero si intentas hacerlo y por culpa de otros no lo logras pues pasa lo que pasa…
—¿Por culpa de quiénes?
Me encogí de hombros.
—Olvídalo. No es gran cosa.
—Va, di.
—Ya sabes, profesores malos, influencias insanas… Cosas así.
—¿Como quién?
—Vivir en un barrio de mierda. Ves a la gente de allí y piensas que vas a acabar siendo como ellos. Y cuando intentas luchar en contra de eso, es como que ellos mismos te lo impiden distrayéndote con su música y sus gritos. Y estudiar en clase no puedes por los imbéciles de los profesores que es que arfghg…
—Tranquila, tranquila.
—Me altero yo sola. —reí para mí misma. Posó sus manos sobre las mías y me sonrió, calmándome. —Gracias. —le correspondí con otra sonrisa.
—Tampoco es para tanto, fijo. ¿Hay puñaladas?
—Hubo una hace tiempo.
—¿Disparos?
Negué con la cabeza.
—Habrá droga, —supuso él. —canis y chonis, alguna pelea y gente cantando. De lo malo malo…
—Ya…
—Suelo volver a los barrios que he construido, a ver cómo vive la gente, y en casi todos es igual. Estresados por el trabajo, sobreviviendo como pueden a fin de mes por una hipoteca para pagar el piso que tienen.
—Y los tontos con la música a todo volumen.
—Sí, de ésos hay muchos… Por eso compré un piso insonorizado. Muy alto tendría que sonar para que se notase. Y, claro, los chavales no quieren currar, prefieren el dinero fácil.
—Ya. No los culpo. Culpo a la vida, por hacerme nacer aquí. Me siento como pez fuera del agua. Quiero ser algo más. Igual hago algún día como mi hermano, que se fue sin mirar atrás.
—¿Y qué tal?
—Bien, imagino. Hace tiempo que no hablo con él. Viaja de país en país, trabajando una temporada en uno y otra en otro.
—Si es feliz eso está bien.
—Sí…
—Por cierto, ¿qué opinas del sexo duro?
Justo estaba dándole un trago al vaso y casi se me atraganta. Carraspeé, tosiendo un poco. Él sonrió, adoptando una posición que le daba ventaja sobre mí. Se relajó inclinando hacia atrás el cuerpo en la silla y cruzando una pierna sobre otra.
—No te me pongas chulo. —le dije adivinando su estrategia. Pareció desarmarlo. —Pero, la verdad es que —me incliné hacia delante en la mesa, apoyándome en ella —me encanta… —le sonreí. Se mordió los labios y me dijo:
—Entonces te prepararé una sorpresilla para la próxima vez.
—Hmm, sugerente. —alcé una ceja, aunque para aclararlo le pregunté: —¿Y la última vez que lo hemos hecho?
—¿A qué te refieres?
Negué con la cabeza sin encontrar la respuesta mirando hacia todos los lados, mirando hacia ninguno en concreto. Como él veía que me había trabado intentó responderse él solo.
—Está muy bien, pero creo que deberíamos guardarlo para el invierno.
—Jaja, ¿crees que duraremos tanto?
—Eso espero.
Los dos parpadeamos en ese instante, interiorizando lo que acababa de decir.
—Ahora tengo una reunión. En… una hora exactamente. Así que tengo que ir a casa a ducharme y vestirme.
—Voy contigo.
Lo acompañé hasta su casa, hablando de tonterías y anécdotas graciosas. Una vez arriba me dijo que me acomodase mientras se duchaba. Entonces sonreí ante mi plan perverso. Dejé el móvil sobre la cama, como si se me hubiera olvidado. Me asomé por el cuarto de baño, el cual era más grande que mi propia habitación, y le vi duchándose. El agua caía desde su cabeza por su cuerpo desnudo tonificado. Era realmente sexy. Cuando yo me duchaba solía contraer la cara para que no se me colase champú en los ojos y me sacudía como un perro mojado. Pero él… Parecía un anuncio viviente. Quise entrar con él y lamerlo entero, desde sus glúteos definidos hasta sus pectorales, pero tenía un plan mejor. Cuando cerró el grifo y salió, secándose con la toalla, yo me fui al salón a hacerme la loca. Salió del baño y le dije:
—Oye, me voy, así te dejo tiempo, que si no te distraigo. —le saqué la lengua y le enseñé medio pecho, excitándolo. —Hasta luego. —sonreí pícaramente. Él se rio. No me dijo nada, sólo sonreía mientras yo me iba.
La cosa…
La cosa es que me había olvidado el móvil accidentalmente.
Diez minutos esperé dos pisos debajo del suyo, cuando subí y llamé como la loca hambrienta de sexo que era. Pensaría que sería el móvil lo que buscaba, cuando en realidad era…
—Oh, ¿vienes en busca de…? —no le dejé hablar. Lo empujé, obligándolo a entrar en su casa y cerrando con el pie la puerta. Besé sus labios con fuerza y lascivia. Su saliva empapaba mi vagina como si estuviese lamiéndola. Seguí besándolo, trabándolo de la corbata y tirando de su cabeza hacia mí. Al final logró zafarse: —La… la reunión. Voy a llegar tarde…
—¿Y…? —pregunté quitándome la blusa y mostrándole mis pechos. Los masajeé con mis manos mientras me mordía el labio inferior, sugiriéndole que me devorase. Sentí un bulto creciendo entre sus piernas. Mi muslo rozó su pene. Con el roce fue creciendo poco a poco. Me besó en los labios, después el cuello hasta que bajó a las tetas. Prácticamente me arrancó el sujetador, acabando su lengua en mis pezones, endureciéndolos. Se metió el derecho en la boca. Su saliva, húmeda y cálida, se deslizaba desde mi pecho hasta mi torso, acariciándome con un suave cosquilleo. Jugó con el otro también, dándole pequeños mordiscos.
—Joder, cómo me pones. —dijo en una especie de jadeo gemido. Mi respiración estaba acelerada. Mi vagina desesperada por encontrar su pene. Pero entonces se quitó la corbata.
—¿Qué haces? ¿Me vas a atar? —sonreí rememorando la escena de una película.
—No seré tan clemente. —aseguró, enroscando la corbata en mi cuello y apretándola. Por un momento me asusté, pero el susto no hizo más que aumentar la excitación y la morbosidad. Me giró y me empotró contra la pared. Bajó mis bragas y sacó su pene de su traje caro. Sentí su punta chocando contra mis nalgas. Iba a girarme para mirar, pero él tiró hacia atrás de la corbata, estrangulando mi cuello. El pene por fin encontró el agujero de mi vagina, y pude sentir su grosor abriéndose paso dentro de mí. Al principio rozaba mi punto G. Su glande, blandito pero duro, se deslizaba impregnándose de mis fluidos. Yo estaba muy húmeda.
Intenté tragar saliva, pero la corbata me estaba apretando. El pene llegó hasta el fondo de la vagina. Mis ojos tornaron blancos. Nunca habría imaginado tener la vagina tan flexible para que le cupiera toda la polla sin dolor. Sentía que hallaba el fondo con la punta. Sus muslos chocaban con mis nalgas. Me encantaba esa sensación. La de ser poseída. Y encima violentamente, porque empezó a pillar el ritmo. Me penetraba con velocidad mientras que con una mano sostenía la corbata y la otra le daba bofetadas a mis nalgas, poniéndolas rojas. Besó mi espalda, tirando de la prenda que oprimía mi cuello. Me estaba empezando a faltar el aire. Apretó, y apretó, y apretó. Me estaba estrangulando. Pero a mí me encantaba. Cuanto más me faltaba el aire, más me tensaba. Y cuanto más tensa, más le estrujaba la polla mi vagina. Y cuanto más estrujaba… más gorda y dura la sentía.
Pensé que el orgasmo estaba a punto de llegar, pero prácticamente estuve corriéndome desde que lo vi. Mi vagina temblaba junto a sus sacudidas. Todo mi cuerpo entró en estado de shock. Una sensación enorme, que te arrebataba el aliento, se asomaba desde el centro de mi pecho, desde mi cabeza, desde mis extremidades… y todas acababan en mi vagina, donde el placer y la sensación saturaban mi alma. Él sintió que me iba a llegar el orgasmo, por eso me estuvo observando hasta que mis piernas empezaron a temblar. Quise gritar, pero no pude. La corbata me lo impedía. El orgasmo estaba incrementando, hasta que él me liberó, pudiendo yo gritar y desahogar mis pulmones mientras el orgasmo seguía haciendo vibrar todo mi cuerpo.
No sé ni cuánto tiempo pasó. El orgasmo no se iba. Seguía temblando y gritando enloquecida. Cuando pasaron… dos minutos en un orgasmo inacabable, me quedé quietecita recuperando el aire que me faltaba. El orgasmo ya no aumentaba, sino que se mantenía en una constante junto a sus veloces penetradas. Me apoyé contra la pared, cayéndome lágrimas por todo el placer que había sentido. El orgasmo comenzó a desaparecer. Pero su polla seguía dentro de mí. Estuvo un minuto entero hasta que se la retiró y eyaculó sobre mis nalgas desnudas. Se me había corrido el maquillaje por el lagrimeo. Él me miró, todavía excitado. Agarró mi cuerpo y lo llevó a la cama, tumbándome salvajemente y desnudándose. Yo estaba recuperando el aire todavía. Fue tan explosivo que me costaba respirar. Me ahogaba.
—E… E… Estoy muerta… —le dije. Sin embargo… Sin embargo mi vagina seguía emocionada. Quería más, más, y más sexo. Era mi cuerpo el que se había reventado, hiperventilado.
—Entonces me sentaré aquí y me masturbaré mirándote hasta que te recuperes. —se sentó en el sillón enfrente de la cama, desnudo entero. Al ver su rabo me entraban ganas de comérmelo. Pero era demasiado pronto. Tenía que esperar un poco. Pero, joder. Estaba tan bueno… Sudoroso, con los músculos marcados y tensos, con cara de querer follarme hasta acabarse el mundo. Su móvil sonó. Lo cogió y dijo: —Estoy muy ocupado, no podré ir. —y colgó, lanzándolo al otro extremo de la habitación. Agarraba su polla con una mano, masturbándose. Me gustaba verla bajando y subiendo, estrujándose en sus manos. Sí, porque de pronto se la agarró con las dos. Joder. Parecía tan flexible, tan húmeda, tan esponjosa, tan… tan dura y larga. La quería dentro ya. Me acomodé tumbada sobre la cama, estirándome al mismo tiempo que provocándole con un gemido de gata en celo. Él no pudo resistir eso. Su cara se contrajo, como un depredador a punto de saltar sobre su presa. Acaricié mi clítoris delante de él. Vi algo de lefa brotando de su glande. Estaba lubricando. Acercó su rostro a mi cuello. Sentí su respiración cálida sobre mi piel. —Quiero… —me decía en susurros al oído —hacerte mía… —el pene volvía a su lugar: dentro de mí. Otra vez escalofríos y estremecimientos. Otra vez sentir cómo me llenaba con cada sacudida. Cuando lo retiraba me sentía vacía un momento en el que deseaba que volviera a mí. Cuando lo introducía más, me hacía volar. El placer venía a picos en grados de intensidad. Pero entonces le respondí:
—¿No me ibas a follar duro?
En sus ojos brilló la ambición. Su cadera aumentó la velocidad de las penetraciones. Adoptó una postura en la que le fuera más propicio llegar hasta el fondo de la vagina, pero pareció no convencerle. Me agarró de las piernas y me elevó. Me giró prácticamente en el aire y me puso a cuatro sobre la cama. Metió sin tacto ni cuidado su pene y me agarró del pelo, tirándolo hacia atrás. Entonces empezó a penetrarme con más dureza que hacía unos minutos. Sus muslos estaban sudorosos, así como su cuerpo. Se echó hacia delante hasta encontrar mi cara. Lamió mis mejillas mientras apretaba mis tetas. Me estaba follando como si una perra fuese. Su cuerpo caliente rebotaba contra el mío cada vez que me penetraba. En una de ésas se le resbaló el pene. Me dejó vacía por completo. Vacía y adicta:
—Corre, métemela… —le rogué. Sentí que sonreía cuando volvía a meterme su pene sin ninguna consideración. Me estuvo follando durante no sé ni cuánto. Los minutos transcurrían. Él no parecía cansarse, y mucho menos yo. Estaba recibiendo sobredosis de placer. Me masturbé con mi clítoris al mismo tiempo que me hacía suya. En una de ésas me soltó:
—¿Sabías que puedo estar así durante horas?
—No… —incrédula y sonriente, me complació escuchar esas palabras. Quería que estuviera sobre mí haciéndomelo durante todo un día entero. Pero mi vagina no podía aguantar tanto placer seguido, y menos cuando yo no llevaba el ritmo. Desde que me llegó el segundo orgasmo, me iba corriendo cada cinco minutos hasta llegar a los seis orgasmos. A partir de entonces lo tenía demasiado sensible como para seguir. Me separé de él y se lo masturbé. Cerró los ojos, incapaz de controlar tanto placer. Fue corriéndose a montones sobre mi torso. El semen salía disparado de su polla, agarrada por mi mano en la parte del glande. La tenía muy húmeda. No me costó nada hacer que se corriera. Me salpicó entera con su semen, el cual caía por mi pecho. Parte de él recorrió mi seno izquierdo, haciéndome cosquillas. Me masajeé la teta lubricada con su semen, mirándole con cara de guarra. Retorcí mi pezón mientras él se quedaba embobado mirándome, todavía con la polla dura.
—Me encantaría volver a hacértelo.
—Tenemos todo el día, ¿no? —le pregunté sonriendo. Aquello seguía duro. Quise metérmela en la boca, ¿pero dónde me dejaría eso a mí? No, espera, ¿por qué estaba teniendo tantos prejuicios? Yo…
Se arrodilló sobre la cama. Yo estaba tumbada. Siguió masturbándose, corriéndose otra vez, aquélla sobre mi barriga. Reí.
—Me has dejado empapada.
—Sí, lo siento… —decía entero sudoroso. —Dúchate, si quieres.
—Jaja, gracias. Lo aprecio mucho.
Me quise levantar, pero estaba tan reventada que no pude, y eso que yo apenas hice esfuerzo. Se tumbó a mi lado, pasando su brazo por mi cuello, abrazándome. El semen seguía encima de mí, incomodándome. Se percató. Entonces inspiró aire y, manteniéndolo, me cogió en brazos, llevándome hasta la ducha. Estaba haciendo un sobreesfuerzo por mi bien. Le dio al grifo y nos tumbamos, dejando que el agua templada cayera sobre nuestros cuerpos desnudos. Quise dormirme allí mismo. Estaba… demasiado bien, sí.
—¿Sabes esa sensación de que algo te gusta tanto que crees que no lo mereces? —le pregunté cuando solamente quería pensarlo.
—Sí. ¿Crees que no mereces esto?
—No sé qué creo. Es decir, lo sabía, pero justo antes de conocerte creo que me sumí en una depresión de la… —me quedé sin aire. Joder. Jajaja, ahora me río, pero en ese momento tuve que pararme a coger aire. —de la que me estoy recuperando ahora.
—No llores más, cielo. Yo estaré aquí contigo.
Y me sonrió. No, no me sonrías. Una cosa es dejarte entrar en mi cuerpo, y otra muy distinta es dejarte entrar en mi corazón…

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