Capítulo 44

Estaba en la cama, con sólo el camisón por encima puesto. Una suave brisa entraba por las rendijas de la persiana. Era un día de finales de otoño. La Navidad estaba cerca. Al menos podría celebrarla con mi hermano. Era lo único que me consolaba.

El aire frío me relajaba junto al sonido de la lluvia. No quería dormirme, sino disfrutar del momento. Debería haber cerrado la ventana, pero yo tenía calor. Era extraño. Como fuera, la brisa sopló con fuerza, helándome por un segundo. Era como si hubiera corrido la corriente. Noté a alguien deslizándose entre mis sábanas y rodeándome con sus brazos. Era… Era…

—Hermanita, ¿estás bien?

Era mi hermano, con su voz acaramelada cuya calidez acariciaba mi cuello, donde me besó, produciéndome un escalofrío. Lo que paralizó mi corazón fue el hecho de que no era un beso dado desde la ternura, sino desde la lascivia, ya que detrás dejó un rastro de saliva. Su lengua fue deslizándose sobre mi cuello hasta que clavó sus dientes en mi hombro. ¿Qué…? ¿Qué estaba pasando? Me giré, por miedo a que no fuera él y yo me hubiera equivocado, pero ahí estaba, brillándole los ojos, con la boca entreabierta. Sus labios también le brillaban. Era iluminado por la poca luz que entraba desde las rendijas de la persiana. Acaricié su mejilla y me dijo:

—Lo siento, Yanira. Cuando me fui me di cuenta de que en verdad era porque estaba enamorado de ti, y eso no estaba bien. Y ahora, teniéndote tan cerca, yo… —se calló, robándome un beso en los labios. En vez de impactarme o asustarme, cerré los ojos, dejándome llevar por el sabor de su boca, de su lengua chocando con la mía y de sus manos acariciándome. Se apartó y nos quedamos mirándonos como si fuéramos dos locos cometiendo el más salvaje de los pecados. —No puedo evitarte. No puedo negar lo obvio. Te amo, Yanira, y te deseo con locura.

Yo estaba incrédula ante lo que mis ojos presenciaban. De su ojo izquierdo cayó una lágrima que chocó en mi mejilla. En ese momento deseé que no fuera mi hermano. Deseé que fuera adoptado, que no compartiéramos sangre y que nuestro amor pudiera ser cierto. Y entonces deseé irme con él a otro país donde no fuéramos conocidos. Donde pudiéramos cambiar nuestros nombres y que nadie nos relacionase. Donde nuestro amor estuviera permitido. Volvimos a unirnos en un beso y la lujuria se apoderó de nosotros. Me subí el camisón, mostrándole mis pechos, los cuales miró como si viera por primera vez desnuda a una mujer. Se acercó a un pezón y con su lengua fue haciendo círculos a su alrededor, para al final darle un pequeño mordisquito y succionarlo. Se me escapó un gemido de placer mientras su saliva caía por todo mi pecho. Se apartó y se retiró la camisa, mostrándome un torso con cicatrices que yo no conocí. Mi mano las rozó con cariño, pensando en todo lo que me perdí de él, y en todo lo que estaba por mostrarme.

Yo estaba completamente expuesta, como si me estuviera quitando la virginidad. Quizá eso era lo que yo sentía por dentro. Toda mi experiencia sexual se fue desvaneciendo. Éramos solamente él y yo. Mi mano entró en su pantalón y agitó su pene, ya erecto. No me extrañó, pues yo me humedecí en el instante en que besó mi cuello. No, incluso antes. Me humedecí tan pronto oí su voz.

Se desnudó después de desnudarme a mí. Sus dedos se deslizaban por todo mi cuerpo como si una pluma fueran, provocándome escalofríos acompañados de un calor intenso. Unas olas cargadas de melancolía y sueños rotos. La punta de su pene rozó mi vagina. Aun notando toda la humedad y calor que ésta desprendía, él se quedó quieto, adentrándose de poco en poco.

—Sabes… Toda mi vida he buscado a mujeres como tú. ¿Viste el álbum? Todas eran parecidas a ti. Siempre te busqué de referencia en otras, hasta que me di cuenta de que tú eras única y de que me iba a ser imposible amar… —gemimos en voz alta, ya que su pene se deslizó dentro de mí. —Me sería imposible amar a otra que no fueras tú… —dijo, y nuestros labios se juntaron mientras las lágrimas caían de nuestros rostros. —Te amo, Yanira.

—Te amo, Abel. —le dije desde lo más profundo de mi alma, y entonces comenzó a hacerme el amor. Aquello no podía ser real. No podía estar pasando de verdad. Mi hermano se encontraba encima de mí, echando hacia atrás la cadera, cesando lo que sentía por él, para luego penetrarme hasta el fondo, donde un ardor recorría mi cuerpo desde la vagina hasta mi alma, pasando por todo mi cuerpo, acumulándose el placer en mis ojos y cayendo en forma de lágrimas. Eso… Eso era amor… Un amor que se sellaba con cada beso que nos dábamos, con cada sacudida de placer que nuestros cuerpos sentían.

—No voy a contenerme mucho más. —dijo él. —Estoy… muy excitado.

—Córrete. Córrete dentro de mí. —le pedí mirándolo a los ojos. Contrajo su rostro, esforzándose por aguantarse. Saber que su semen estaría acumulándose para salir a modo de chorro me excitó tanto que empecé a correrme. Todo mi cuello se tensó, junto a mis ojos, en los cuales recibí destellos por el placer incontenible que me asolaba. Y sentí su pene temblando dentro de mí, eyaculando, gimiendo los dos como no habríamos gemido con nadie más, sólo con la persona en la que confías totalmente.

Él se quedó encima de mí, mirándome con los ojos aún brillándole.

—Siento un fuego en mi pecho que no puedo controlar. Es el amor expresado en toda su magnificencia.

—No te separes de mí. Te lo suplico. Quédate dentro para siempre.

El pene fue disminuyendo su tamaño dentro de mí, para de repente volver a ponerse erecto. Pero esa vez no quiso moverlo para sentir placer, sino para manifestar su amor por mí. Siguió encima penetrándome una, y otra, y otra… y otra vez. Y así llegaron el segundo y tercer orgasmos seguidos. Él solía besar mis pezones mientras los acariciaba, a la vez que me besaba en los labios, en las mejillas y en el cuello, acompañado de “Te amo” soltados mutuamente. Ya no necesitaba reprimir mis sentimientos más. Era él a quien tanto había anhelado. Era él a quien tanto había echado de menos. Era él a quien se refería mi hermana, sin duda. Él era en quien confiaba y a quien podía amar sin trabas ni pegas. Él… lo era todo. Y cuando él eyaculó por segunda vez, y yo por cuarta, mi sueño fue evaporándose enfrente de mí, parpadeando incrédula, indignada por ver que sólo era un sueño. Sí, indignada, porque el sueño era tan bonito que me habría gustado que fuese verdad.

Miré mi cama. Yo estaba sola. Mi hermano no se encontraba junto a mí. Suspiré un aire cargado de amargura y lloré en silencio. No sé por qué. La falta de sueño es como estar drogado. Bajé mi mano hasta el clítoris y me masturbé pensando en lo que mi mente me había hecho imaginar. Y me corrí en menos de diez segundos. No sé cuánto estuve llorando, deseando que hubiera sido verdad y masturbándome. No lo sé, no lo conté, no sabía ni qué hora era. Sólo sé que cuando me corrí por décima vez me detuve, quedándome destrozada, mirando la vida pasar, escuchando la lluvia caer. Llamaron a la puerta. Ni me inmuté. Mi hermano entró y se dio cuenta de mi rostro. Seguramente pensaría que estaba destrozada por mi romance entre dos mundos. Pero él parecía ser el que estaba en mitad. Se tumbó a mi lado y me abrazó por la espalda, amparándome con su cuerpo. Sin darme cuenta mis nalgas se restregaron en su entrepierna, cuando me avergoncé en el acto. Él pensaría que fue sin querer. Y en parte era cierto, porque yo no quería. Fue un reflejo salido de la pena que yo estaba sintiendo. Por un momento quise que me poseyera, hasta que pensé en que era una estupidez. Me puse roja entera. Estoy confesándolo ahora. Sí, me sentí atraída por mi hermano. Y tuve un sueño erótico con él. Y quise que fuera real en ese instante. Porque no he conocido mejor hombre que él, la verdad. Siempre me quiso a pesar de todo. Pero también sé que el sueño fue una estupidez, que lo soñé porque necesitaba a un hombre como él. Y que, si en realidad hubiera tenido un romance seguramente la habría fastidiado, como todo. Sólo me sentí confusa y estúpida. Pero al menos me quedé dormida entre sus brazos, soñando nada, y despertando, también, entre sus brazos…

No pude mirarle a la cara en todo el día. Seguía sintiendo nostalgia por lo soñado, pero también muchísima vergüenza. Me informé en Google. Era normal tener ese tipo de sueños. El sexo significaba una especie de unión, una conexión íntima. El irme a vivir con él seguramente tuviera algo que ver. Ahora me sentía más cerca de él. Pero es que no podía quitármelo de la cabeza. Joder, en el sueño fui, por unos instantes, la mujer más feliz del mundo. Fui… libre. Me sentí amada, realizada. No entre dos tierras, como con Onai y Eric. Sentí que ya había encontrado a quien de verdad amaba y con quien pasaría el resto de mi vida. No más dudas, no más tonterías de niña. La madurez, la responsabilidad, la fidelidad. Lo encontré todo en sus ojos. En sus preciosos y atractivos ojos.

Sin darme cuenta estaba mirando una foto suya en el ordenador, suspirando. Agité la cabeza, pero no se fue. El sueño seguía repitiéndose una y otra vez, por mucho que me empeñase en querer borrarlo para siempre y que nunca hubiera sucedido. Por una… ¡no, muchas razones! La primera, era mi hermano. Habíamos salido por el mismo coño. A distinto tiempo, pero compartíamos genes.

Aaaaah, qué mal había dormido. Quitando ese sueño había estado dando vueltas, incómoda. Como casi todas las noches de mis últimos meses. Adoraba dormir bien. Se te renovaba todo el cuerpo y te sentías fresca, descansada, con vigor e incluso feliz. Y no yo, que estaba medio grogui. Parecía un zombi, una muerta en vida. Más aún cuando se me fue toda la energía de la mañana las veces que me masturbé pensando en quien no debería haber pensado. Mi dedo olía a mi clítoris. Necesitaba darme una ducha de agua fría y dejar de hacer el tonto.

—¡Buahhhhh! —gritó mi hermano entrando de golpe. Por un momento se me paralizó el corazón, como si me hubiera pillado tocándome o algo. Parpadeé, intentando anclarme al mundo real.

—¿Qué pasa?

—El invieeeernoooo ya lleeeeegaaaa. Mira, mira. —me señaló por fuera de la ventana, donde a lo lejos se veía una tormenta. Rayos y rayos caían, como si fuera el fin del mundo. No se oían, ni tampoco llovía, pero venían en dirección hacia nosotros. —Voy a poner la calefacción, que la temperatura está cayendo. Hoy tarde de pelis y palomitas, como solíamos hacer, mientras cae la lluvia. ¿Te apetece?

Suspiré. Quizá de amor, no lo sé. Lo cierto es que todo lo que quería era que él me abrazase. Borré la tristeza de mis ojos y le dije:

—Yo durmiendo con la ventana abierta y tú poniendo la calefacción.

—Jajaja, es que no veas cómo se nota el cambio. Anoche hacía templado y ahora yo estoy tiritando casi.

—Me voy a dar una ducha. ¿Desayunamos después y empezamos maratón de peli?

—Ahí lo tienes. —alzó el dedo pulgar, sonriendo. Me hacía sentir tan bien… Mis pies se habían enrollado y se acariciaban mutuamente. Todo lo que quería era que me acurrucase. Y olvidar el sueño. No estaba bien, no…

No estaba nada bien…

El frío se palpó tan pronto me desnudé. Me metí en la ducha y me encogí en mí misma, dejando caer el chorro de agua caliente sobre mí, pensando en cosas que es mejor olvidar. Pasó media hora cuando mi hermano se preocupó. No quise abusar de su hospitalidad, así que salí en cuanto antes. Húmeda, chorreando, con sólo una bata. La calefacción ya había calentado el hogar y no se habría estado mal ni aun desnudándose. Mi hermano estaba sentado en el ordenador del salón. Me recordó a cómo era antes de irse de aquí. Introvertido, metido en sus mundos, con delirios de grandeza… Lo mejor es que esos delirios pronto serían realidades. Estaba haciendo no sé qué facturas en un idioma que no entendí. Me miró de reojo e hizo un gesto con la mano de que esperase un momento, cuando de pronto se giró y se quedó mirándome. Esa mirada era de todo menos fraternal. ¿Le estaba provocando a posta? ¿Lo hacía consciente o inconscientemente? Me dieron ganas de quitarme la toalla enfrente de él, de incitarle más, de que fuera él quien diera el primer paso y así yo no sentirme avergonzada por…

Pegué un salto hacia la habitación. No quería seguir con aquellos pensamientos, por muy esperanzadores que me resultasen en ese momento. Parecía una estúpida. Me cambié de ropa y miré a través de la ventana la lluvia. Todo estaba oscuro y de vez en cuando se escuchaban truenos. Yo estaba en pijama. Sabía que no iría a ningún lado, así que ¿qué mejor que un pijama para estar cómoda?

Fui al salón y me acomodé en el sofá, esperándolo. Esperando a que él pusiera una peli y bajo las mantas la viéramos. Escuché el sonido del microondas encendiéndose y girando, junto a palomitas explotando y su aroma embriagando toda la casa. Al poco llegó él, sonriéndome. Posó las palomitas y las bebidas en la mesa y me agarró en brazos. Me estaba sosteniendo como un recién casado sostiene a su mujer. Mi cabeza se acercó a su cuello. Cerré los ojos. No sé qué me pasó en ese instante. Pero mis pies pisaron el suelo, entristeciéndome. Abrió el sofá para que pudiéramos estirarnos a gusto y volvió a cogerme y posarme en él. Siempre con una sonrisa. Entonces él también se echó y dijo:

—Mierda, no he metido el pendrive en la tele.

—Aprovecha y ponte el pijama, como yo. —le dije. Por dentro yo estaba dolida. Dolida a la vez que encantada. Me gustaba esos días de encerrarse en casa y pasar el tiempo refugiados del exterior. A los tres minutos vino y ya nos acurrucamos. Me abrazó como si yo fuese su niña pequeña y empezamos a ver películas pirateadas que fueron estrenadas ese mismo año y que él ya las había conseguido en Blu-ray. Y la tarde sucedió de la misma forma que él dijo. Al menos la película me distrajo tanto que mi mente se olvidó de los sueños que había tenido. Y, poco a poco, se me fue quitando ese capricho pasajero de niña estúpida. Éramos hermanos. Si no lo fuéramos, no habríamos llegado a estar así. Y si algún día sucediera algo más… cagaríamos lo que teníamos. Me convencí a mí misma de olvidar las tonterías que me llegaron por la mañana. Y, así, nos divertimos, reímos y se nos pasó el día, con la lluvia de fondo. Una lluvia que me recordaba en cierta forma a Onai. Precisamente el hombre al que, con más necesidad, tenía que olvidar…

 

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