Capítulo 37

Desperté a las pocas horas. Había sido un día estupendo. Por fin obtuve lo que buscaba, lo que anhelaba, aunque me dejase entera dolorida. Y él me miraba con unos ojos brillosos que me asustaban, a la vez que me mostraban un futuro espléndido. ¿A partir de aquel día cómo me resultaría el sexo? ¿Algo monótono y aburrido? Había dejado el listón muy alto. Yo sonreía como una bobalicona, con mis ojeras, mis legañas y mi cara de haber dormido entre bien y mal. Bostecé como un camello y me estiré sobre la cama. Él acarició mi piel y rozó mis labios con la punta de sus dedos.

—¿Quieres repetir?

—Por supuesto. Pero ahora no, que estoy demasiado reventada. Ah, y la próxima vez seré yo quien te esclavice.

—Hm… —alzó una ceja junto a una sonrisa pícara. —Trato.

Por dentro me froté las manos, imaginando mi mente la de cosas que le haría. Pasamos un día genial. Los dos solos en su casa, contando anécdotas absurdas, haciendo tonterías como dos mejores amigos y teniendo algún que otro encuentro sexual rápido y esporádico. Me di una ducha por la mañana y otra ducha antes de irme, a las siete de la tarde.

—¿Estás segura? —me preguntó. —De querer irte.

—No. Me despertarán con alguna música estruendosa o gritos infrahumanos de niñatos. O al caminar por la calle chavales sin pelos en los huevos y con peinados de caballos me soltarán algún piropo poco original y aburrido. Pero tengo que irme.

—En tus ojos brilla… algo. ¿Qué estás pensando? ¿Qué plan tienes?

—Jajaja, cuando te esclavice lo verás. Muy bien analizas a la gente, ¿no?

—Hombre, es parte de mi trabajo. —me sonrió más. ¿Sabría que le había sido infiel? Su presencia imponía demasiado.

—Bueno, nos vemos mañana, ¿no?

—O pasado. Ya veremos. —¡opa! Adquirió distancia. Qué asco. Cuanto más me rechazaba más ganas de follármelo tenía. Lo peor es que yo ya sabía a dónde iba. Y quizá él también. Porque cuando llegué al barrio no llamé a mi puerta, sino a la de Onai.

—¿No se supone que iba a acabar nuestra aventura? —preguntó.

—No, sólo que no sería tan continua.

—¿Le has dejado?

—No. No quiero dejarle. Y a ti tampoco. —lo empujé adentro y cerré la puerta con la pierna. El resto…

El resto ya se intuye.

 

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