Capítulo 36

Avanzaba otoño y el frío era invernal. No sólo por el hecho de que el mundo estuviera congelado, sino que, al estar cerca del mar, la humedad se nota más que de costumbre y cala hasta los huesos. Pero tan pronto llegué a su casa todo cambió. Las persianas estaban cerradas. Las luces a un tono bajísimo. Se veía como si estuviera iluminado con velas. Eric me agarró con fuerza y me llevó hasta el baño, donde me había preparado la ropa.

—Hoy nos tomaremos las cosas con calma, para al final hacernos de todo…

Me dejó un tiempo allí. Ya me había dicho cómo me quería, así que me preparé.

Sombra de ojos negra, pintalabios rojo llamativo, pelo revuelto inflado como una leona. Chupa de cuero sin nada debajo, más que un tanga fino, y unas botas con tacón alto.

La verdad es que estaba de portada de revista. Incluso yo misma me excitaba viéndome en el espejo. Era como ver a alguien distinto. Y ese alguien eras tú con todo el potencial que llevas dentro.

Ahora, si me tuvieran tres horas en el photoshop ya sería una diosa que lleva el estereotipo de belleza. Pero, mirándome, me di cuenta de que no me hacía falta nada de eso. Joder, estaba cañón. Eric no iba a tener ninguna piedad follándome. Me lo temía…

Lo primero que hizo nada más salir yo del baño fue ponerme una correa en el cuello y obligarme a ir a cuatro patas por la casa. Por fortuna, el suelo estaba limpio. Por desgracia, hincar las rodillas y los codos me dolía. Estaba nerviosa. Mi corazón se aceleraba. De hecho, lejos de interesarme y humedecerme, mi vagina estaba bastante reticente y apretada, con miedo a lo que me pudiera hacer. Él, con un traje azul y una colonia cara estimulando mi olfato y las sensaciones. Me miraba con soberbia, con poder sobre mí. Yo cada vez estaba más nerviosa. Me movía de un lado para otro de la casa. Al principio mi mente pensaba en mil posibilidades, palpitando más rápido mi corazón. Después, se fue calmando para al final no pensar en nada. Fue en ese momento cuando se sentó en el sofá y me dijo:

—Retírame el pantalón con sólo tu boca.

Obedecí. Me erguí para situarme hasta la altura de su cintura y enganché el extremo de su pantalón con los dientes. Se había puesto uno holgado para facilitarme la tarea. Elevó su trasero para poder permitirme retirárselo mejor. Una vez acabé, mi mirada se posó en su pene, que ya se hallaba erecto. Salivé, como la perra que estaba siendo.

—Cierra los ojos. —me ordenó. Obedecí. Noté que se levantaba, pero mi curiosidad no podía ser satisfecha. Me dijo antes de andar: —Cuenta hasta diez y entonces ve a donde creas que yo estoy. Luego lame con tu lengua hasta que encuentres mi pene.

Era un juego bastante sugerente. Noté unas vendas rodeando mi cabeza para asegurarse de que no abría los ojos. Luego se acercó a mi oído y me susurró: “Cuenta…”

Y conté. Por el sonido de las pisadas intuí que se había posicionado hasta casi llegar a la cocina. Gateando me aproximé. Afiné el oído para escuchar su respiración. Estaba un poco más hacia mi derecha, por la entrada, más o menos. Seguí gateando hasta chocar contra una de sus piernas, o eso creí. La lamí hasta darme cuenta de que era un brazo. Estaba lamiendo ahora su cuello. Aproveché para lamer su torso hasta llegar al calzoncillo, al que fui a retirar cuando tiró de mi pelo hacia atrás:

—No te lo permito. Piensa otra manera.

Bajé mi lengua hasta donde estaba su pene y, a través del calzoncillo, lo lamí, asegurándome de dejar un montón de saliva que atravesase el tejido. Su miembro se agitaba nervioso, queriendo entrar en mis cavidades bucales. Y así sería si él hubiera querido. Pero me estaba dejando a ver qué ideas se me ocurrían, hasta que recordé que el calzoncillo era de pata ancha. Enganché una de las patas con los dientes y lo subí un poco hacia arriba para tener un mejor acceso. Empecé por lamerle su bolsa escrotal. Me metí un testículo suyo en la boca y lo succioné acariciándolo con la punta de mi lengua. Luego, ésta, juguetona, rodeó su miembro, tirando de él hasta sacárselo por la pata del calzoncillo, para después metérmelo en la boca, chupándolo como si fuera un chupete. Procuré metérmelo tan adentro de mi boca como pude. Tiró de mi pelo hasta sacársela. Creo que estuvo a punto de correrse. Me atizó con ella en ambas mejillas y luego me agarró el pelo y me folló la boca hasta el punto de atragantarme y dejar que mi saliva cayera por mi boca sin importar lo que manchase. Tembló en dos ocasiones en las que paró. Pude haber sido mala y haber rozado su glande con la lengua, pero no quería que se corriera aún. Yo estaba empezándolo a disfrutar. Se detuvo y me tiró hacia atrás con brusquedad. Me retiró la venda y me golpeó en la mejilla mientras me agarraba con la otra mano con fuerza.

—Mírame. —me dijo. —¡Mírame! —repitió, a pesar de estar mirándolo ya. Siguió penetrándome la boca para su goce y disfrute hasta que dio un pequeño salto hacia atrás. Me golpeó otra vez y me puso la venda de nuevo. Tiró de mi correa y yo lo seguí, tropezándome con algún mueble en el camino. Íbamos lentos, así que simplemente era una molestia, y no un daño. De pronto frenó su marcha y me dejó así, a cuatro, expuesta a él. Noté a su figura bajando por detrás de mí hasta que sentí su lengua penetrando mi culo. Mis ojos se cruzaron al sentir el tremendo placer que me dio, a pesar de estar tapados. Se detuvo. Pasó su lengua de arriba a abajo por mi raja, haciéndome sentir un deseo irrefrenable por tenerlo dentro cada vez que rozaba el agujero. Pero cesó su empeño para volver a tirar de la correa. Nos acercábamos a la mazmorra. Lo pude sentir. Escuché cómo la abría y cómo entrábamos. ¿Qué cosas me haría? Me sentí nerviosa… Tener una venda me empezaba a emparanoiar. ¿Y si ahora me compartía con otros? Quise retirármela pero un aparato vibrador se introdujo en mi culo. No sé qué era. ¿Un… anillo? Al mismo tiempo que el aparato se adentraba en mí lo hizo su lengua, pareciendo que fuera ésta la que vibraba, dándole velocidad y vibración a su elástica humedad. La removió dentro de mí, escapándose gemidos. Y entonces un latigazo en mi espalda me hizo gemir de dolor. —¡No gimas! —me exigió. —Harás lo que te diga.

—Sí, amo…

—¡No hables! —otro latigazo. Entonces pasó su lengua por mis músculos heridos, escupiendo en ellos. Los acarició con su mano, como dándome un masaje, mientras el aparato seguía dentro de mi trasero haciéndole vibrar a todo mi cuerpo. Pensé que en cualquier instante me correría, a pesar de no haberme tocado por delante. Se me escapó otro gemido. Aquella vez me mordió en el cuello a la vez que una bofetada en una nalga. Su pene rozó mi vagina, entrando sólo el glande dentro, dejándome probar un anticipo de lo que estaba por llegar.

Quise pedirle que me follase. Quise pedirle que me dominase hasta la extenuación. Pero todavía quedaba bastante. Me retiró el aparato, dejándome vacía, me agarró de las muñecas y me elevó hasta un potro en el que me sentó y ató de pies y manos. Me quitó la venda y lo vi completamente desnudo con su pene apuntándome. Me agarró del cuello y me la metió hasta el fondo. Se alejó varios metros hacia atrás y volvió a donde mí, a metérmela otra vez todo lo que pudo. Más gemidos se me escaparon. Aquella vez se contentó con abofetearme. Me estuvo haciendo eso durante un minuto o dos, hasta que se paseó por aquel lugar del placer, cogiendo un consolador de unos veinte centímetros de largo y seis de ancho. Me lo metió por la vagina, agachándose él y lamiendo mi culo al tiempo que me penetraba con él. Y fue cuando empezó a meterle velocidades. Primera. Una simple vibración. Segunda, un placer intenso. Tercera, un placer inconmensurable. Cuarta… mi perdición. Gemí como una loca, viendo al orgasmo asomándose. Iba a correrme… Iba a correrme… Era inevitable… Grité, grité y grité, atravesando mi voz aquellas paredes insonorizadas. Dejó que me corriera… ¿Por qué?

Retiró los juguetes y se posicionó enfrente de mí, masturbándose. Me había dado tal orgasmo que me costaba respirar. Y fue cuando me estuvo utilizando durante media hora, esperando a que me recuperase. Fue a la cocina a por agua, echándomela por encima y dándome de beber la cantidad justa. Entre tanto se entretenía metiéndome la puntita en ocasiones o introduciéndome un dedo por el ano, revoltoso y travieso, impidiendo que me relajase hasta tal punto que se me pasase. Y fue cuando de nuevo me excité, deseando su polla recorriéndome. Él vio el brillo en mis ojos, aprovechando para colocar una venda en ellos y desatarme. Volvió a tirar de mi correa hasta otro aparato. No sabía yo bien qué era. No había reparado en él. Me dejó a cuatro y escuché algo girando, rotando sobre sí mismo que se acercaba hacia mí. Era como un… taladro. Un taladro consolador que él habituó a mi vagina y que poco a poco se fue abriendo paso dentro de mí. Giraba con un grosor perfecto para no dañarme y una largura que al principio me hizo daño hasta que mi vagina se acomodó a ello. Volví a gritar como una perra. Y fue cuando empezó a meter bolitas chinas en mi ano. Una… dos… tres… cuatro… y cinco… Y vibraron. También, sí. Estando yo gozando como nunca lo había hecho su pene buscó consuelo en mi boca, la cual gritaba alternando entre “Dios” y “Eric”. Me fue retirando las bolitas. Cada vez que una se quedaba en mi apertura anal vibrando era un pequeño orgasmo. Una vez sacó las cinco sentí otro de los buenos y gordos, de los que me dejaron sin aire y sin habla. Retiró el aparato de mí y siguió penetrándome en la boca. Me estaba quedando sin fuerzas para aguantar. Apenas podía mover la lengua.

De nuevo trajo agua para darme y tirármela por encima, humedeciéndome entera. Golpeó mis nalgas. Llevaba tal relajación que no podía seguir. Pero se las apañó para estimularme de nuevo. Inspeccionó con detenimiento sus juguetes. No tenía pensado qué hacerme. En mi boca sentí que me faltaba algo. Sonreí. No podía moverme. Mis músculos empezaban a agarrotarse. Cogió por fin lo siguiente.

Estaba detrás de mí, conque no pude verlo. Vendó mis ojos y me movió al siguiente aparato. Era un potro que dejaba a mi culo de forma más respingona. Con la punta de su pene sugestionó mi entrada anal. Era más grueso que cualquier cosa que me hubiera introducido hasta ahora, pero lo tenía lo suficientemente dilatado como para permitir que su puntita se introdujera en mí. Además, él se había lubricado, así que la entrada le fue facilitada. Y no sólo eso, sino que se había puesto una especie de cinturón al cual se le unía un dildo vibratorio que se introdujo por mi vagina. Lo mejor es que se dividía en dos, quedando un saliente en mi punto G y el otro en el fondo. Me folló el culo al tiempo que me follaba la vagina. Era como tener dos penes dentro de mí. Encima uno de ellos vibraba. Enseguida volvió a despertar mi bestia lujuriosa. Gemí su nombre mientras me embestía con fuerza. Mi culo ya estaba expuesto a su merced. No me dolía en absoluto. Su verga cabía entera dentro de mí. En mitad se paró para dejar el dildo sujeto y así aplicar la presión y la vibración en los puntos concretos mientras seguía cebándose con mi culo. Me golpeó. Le encantaba golpearme. Pero esta vez fue distinto. Porque tras cinco bofetadas en las nalgas utilizó un instrumento que no pude ver para darme con mayor fuerza.

Al principio se me antojó doloroso. Realmente doloroso. Creí que incluso la sangre manaba de mi piel. Era duro en un extremo además de tener ligeros cabellos afilados que se asemejaban a un látigo y que desgarraban la piel. Un flagelo. La primera vez que me golpeó vi las estrellas. Cerré los ojos con fuerza y maldije su nombre en susurros. Pero siguió penetrándome violentamente por el culo. Y, de nuevo, me golpeó, aquella vez dejándome un dolor que me excitaba. Me lo esperaba y en vez de gemir de dolor, gemí de placer. Lamió las heridas abiertas, saboreando mi sangre, sin sacar su polla. Y me golpeó una tercera vez. Y una cuarta. Y una quinta, y sexta, y séptima. Sentía cómo mis nalgas y mi espalda eran desgarradas, procurándome un morbazo que hizo que me mordiera los labios con fuerza. Pero entonces se pasó, dándome un golpe que me dolió tanto que incluso él se dio cuenta. Mas no rectificó. Ahora se dedicó a lamer mi piel sin dejar de penetrarme. Aunque yo sintiera un placer enorme, el orgasmo no llegaba. Le costaba. Él lo notó. A los cinco minutos dejó de penetrarme para volverme a vendar y retirar el consolador. Se fue unos instantes y al volver me colocó algo en los pezones. Una especie de pinzas. Al tirar de ellos con suavidad me daba un cosquilleo que subía desde la cintura correteando por mi espalda y llegando hasta ellos. Era una especie de circuito que me recorría por dentro. Después, cambió las tornas. Lo que me penetró fue mi vagina. En mi ano introdujo un consolador vibratorio. Mi interior estaba tan húmedo que su pene se movió por dentro sin dificultades. Y entonces sentí un ardor en mi espalda que nunca había sentido. Me… me estaba quemando con algo. Me había tirado cera ardiendo, y de inmediato con un cubito de hielo lo recorrió para que el contraste me dejase temblando. Mi vagina se relajó hasta el punto en el que orgasmo me llegó solo. Pero cuando lo sintió toqueteó mi clítoris, mientras repasaba con el cubo de hielo las zonas en las que me había dejado heridas.

Gemí. Gemí. Gemí mucho. Gemí demasiado. Gemí hasta que no pude más. Estuve corriéndome durante tres minutos enteros, en un orgasmo incansable e incesante. Una vez el orgasmo se fue, quedó la mayor relajación posible. No podía recuperarme ya de ésa. Eric era consciente de ello. Se apartó de mí y se masturbó cerca de mi cara. De forma instintiva mi boca buscó su pene, lamiéndolo para facilitarle el orgasmo, que le llegó sin yo poder verlo. Se corrió, cayendo un poco de semen en mi mejilla y en mi boca. Tragué lo que pude hasta que ni un músculo más me respondió. Estaba desvaneciéndome en una especie de vacío debido al placer que sentí. Era un abismo enorme que me devoraba. Me había dejado tan satisfecha que pensé que nunca más volvería a tener sexo. Que había llegado a la cima y que sería imposible bajar de ella. Pero no, no sería así. Aún quedaba mucho, mucho por devorar…

 

Siguiente