Capítulo 35

A esto era a lo que me refería. Una preciosa estela plateada iluminada sobre el mar ondulante. Como cuando estuvimos en barco por primera vez. Las estrellas en el cielo brillaban más que de costumbre. Eso es porque nos habíamos alejado de la ciudad, donde el mar estaba todavía más quieto, más calmado. El barco apenas se movía, y aquel hombre me miraba con su mirada penetrante, devorándome con ella. Acaricié su mandíbula cuadrada al tiempo que él esbozaba una sonrisita. Apenas un día antes estuve con Onai. Éste ni siquiera me pidió mi cuerpo a cambio de las experiencias vividas. No… quiso nada más. No lo hizo por lo que esperase de mí, sino por pasar un buen rato. Pero Eric me miraba con ganas de tomarme, de poseerme. Y yo no tenía muchas ganas de ello. Aunque no lo culpaba. Comprendí su deseo. Lo peor es que yo no sabía qué era lo que quería. Por una parte dejarlo con él, intentar algo con Eric. Pero todavía estaba la promesa de un encuentro sexual sin precedentes, además de todo el mundo que él abría para mí, lejos de paseos en coche a lugares donde drogarse y entrar a escondidas a bares malos de barrio. Original, pero… no era lo mismo.

Agarré su cadera y bailé al ritmo de la música. Creo que fue la primera vez que bailé bien con alguien en toda mi vida. ¿Era para escaquearme del sexo? Mi cerebro sonrió mientras que mis labios intentaron dibujar una, a lo cual se lo impedí. Tracé un plan para librarme. Era sencillo. Sólo tenía…

Sólo tenía que emborracharlo.

Así, entre bailes y bebidas fui mermando su capacidad para mantenerse en pie. Seguramente se fue frustrando por no metérmela hasta que, finalmente, tuvo que resignarse a ello. Lo conduje hasta el camarote y lo tumbé en la cama cuando me di cuenta de que estábamos en mitad del mar y que deberíamos volver a casa. Entonces me asusté. ¿Y si el barco se iba a pique? ¿Y si nos arrastraba la corriente? ¿Y si no nos venía nadie a rescatar? ¿Y si chocábamos con otro barco? ¿Y si aparecía un calamar gigante y me devoraba?

—Dios, la he cagado. —dije mirando a Eric con la boca abierta, roncando incluso, durmiendo con la mitad de la ropa quitada. Sí que tenía calor, sí. La cosa es… que yo no pegué ojo en toda la noche. Vaya angustia, vaya nervios. En guardia todo el rato, por lo que pudiera pasar. Hasta que entonces respiré el aire a mar y me paseé por la borda como si una ninfa fuese. Nada mal, cuando de pronto recordé que podía caerme y nadie se enteraría. Y me encerré en el camarote a ver películas en la televisión, maldiciendo mi suerte y mirando por la borda cada vez que una ola nos sacudía, a ver si íbamos a volcar…

Vaya cita. Era de ensueño. Lo que cualquier mujer envidiaría. Incluso princesas. Y yo desperdiciándola. Quería que me atase, que me sodomizase, que me poseyera por todos los lados. Quería vivir eso con él. Quería un momento único e inolvidable junto a él. Un momento que fuera un recuerdo de lo que vivimos. Pero él estaba intentando conquistar mi corazón. Y yo en un camarote en el que me sentía como en una jaula, deseando irme. Qué desperdicio de mujer…

Derramé alguna lágrima, no puedo negarlo. El camarote tenía buenas vistas. Eric daba vueltas, intranquilo. El alcohol debería de estar mareándolo, pensé. Junto a las olas… cóctel terrible. Acaricié su frente, la cual se hallaba entera sudorosa. Le di un par de besos en la mejilla y me tumbé en la otra punta de la cama. Uno, no me sentía digna de estar junto a él, y dos, no me habría dejado dormir. O intentarlo. Porque seguía pensando que podríamos ir a pique.

—Eric, ¿qué tienes en mente para conquistarme? —le pregunté.

—Hacerte mía… —respondió. Me extraño. Arrugué el entrecejo, incluso. Estaba en esa fase en la que no sabes si es sueño o realidad. En la que cuando respondes una pregunta lo haces de forma inconsciente. Cuando más sincero eres, en resumen. Lo que me llenó de ideas:

—¿Quieres casarte conmigo?

—Sí… —dijo con una sonrisa bobalicona.

—¿Por qué? —pregunté, triste.

—Porque te quiero.

Dolor. Mucho dolor. Sobre todo por haberlo traicionado.

—No soy buena para ti.

—Lo sé. Pero te quiero.

Me quedé en silencio durante dos minutos largos, hasta que continué con el interrogatorio.

—¿Quieres follarme?

—Mucho.

Emití una risilla.

—Fóllame. Duro. Hazme tuya una y otra vez. Dame tu polla hasta conquistarme. —le dije. Ahora mismo pienso que fui una guarra total. O eso es lo que diría alguien políticamente correcto. Estaba cachonda y deseando vivir experiencias que me marcasen. Por aburrimiento y porque sabía que nunca llegaría otra ocasión igual. Tempus fugit. Carpe diem.

Vi una erección en su pantalón. Esas palabras quedarían grabadas en su inconsciente y me desearía hasta tal punto que me sometería como yo deseaba.

¿Ya me había olvidado de lo vivido con Onai? No. Pero tampoco quería enamorarme. ¿Y es que acaso lo mejor era que cada vez que sintiera algo por uno jugar con el otro? Para mí… sí. Para ellos no. Lo peor era ser consciente de ello y ver cómo no podías evitarlo.

¿César tendría razón? ¿Los dioses ponían pruebas ante mí? Yo en verdad pensaba que los dioses jugaban conmigo, porque solía tomar decisiones que nunca habría tomado, y cambiaba tanto de parecer que debían de ser designios divinos.

U hormonas tardías.

Como una adolescente que llena su carpeta de fotos de su cantante favorito.

Como una niña que se cree mujer.

Eso era yo. Inteligente, pero inmadura.

Más lágrimas fueron derramadas por mi mejilla. No era por miedo a equivocarme, o por sufrir, sino por hacerles sufrir a los dos. No había hecho nada de forma definitiva. No era novia de ninguno de los dos, no me había prometido, ni les había dicho las palabras mágicas que Eric me había dicho hacía unos minutos. No éramos nada. ¿Pero qué clase de sociedad vivía yo en la que un beso quizá no significa más que un: “quiero pasármelo bien”?

Eso era lo triste de la historia. Lo triste era la realidad en sí misma.

Y yo ahí, flotando sobre el mar, con un tío bueno borracho al lado y el miedo en mi corazón. Tres horas estuve despierta. Sí, al final me dormí.

—Buenos días, preciosa. —me dijo besando mi mejilla con dulzura. Abrí los ojos con muchísimo sueño y pereza. Tragué saliva. Era lo malo de haber estado despierta hasta las tantas y dando vueltas creyendo que el yate iría a pique. Pero estábamos en un día de ésos en los que hay llovizna a una hora y sol a la siguiente.

También es que era realmente pronto. Se lo perdoné porque fue un auténtico placer ver el sol asomándose en el horizonte.

—Perdona que me emborrachase tanto. Ha sido una semana estresante y quería desinhibirme. —horror. ¿Y si quería sexo ahora? Me hice la resacosa. Así, interpretando, como que yo también había bebido mucho y no tenía el cuerpo para nada.

—Es… increíble.

—Sí, ¿verdad?

Nos quedamos callados un rato, abrazados mirando el amanecer. Pronto nos iríamos a casa y dormiríamos lo que nos faltaba de sueño sobre una cama gigante y cómoda. Pero hasta entonces… disfrutábamos del ahora.

—Agradezco mucho tener esto. —dijo.

—Eso te honra. La mayoría no lo saben apreciar.

—La mayoría no lo trabajaron. Aunque podría haberlo tenido si hubiera querido. Ya sabes, papi y mami.

—Sí… En parte gracias a ellos estás aquí. La estabilidad económica que te dieron te abrió puertas que a otros no.

—Ya… Pero no fue sólo eso.

—¿Qué fue?

—Yo… Una vez, yendo a clase en el instituto vi a un gato tirado en la acera. Le costaba mucho respirar, pero lo hacía. También movía las patas. Al principio pensé que estaba echando una siesta. Pero estaba demasiado en medio de la acera como para ser un simple sueño, así que cogí un pañuelo, por miedo a que tuviera una enfermedad o pulgas, y lo toqué. Temí que se despertase y me diera un zarpazo. Pero… no se movía. No hacía nada. Estaba inmóvil, retorciéndose de dolor. Me fijé bien en que en su lomo había un bulto como de atropello. Lo habrían arrollado en la carretera y él se habría arrastrado.

Su historia captó mi atención. ¿A dónde quería llegar con ello?

—Bien, ahí no supe qué hacer. Le dije al amigo que me acompañaba que fuera yendo al instituto, que yo me quedaba con el gato. Y el gato seguía retorciéndose. Yo llamé a la policía, al Seprona, al servicio de emergencias… y nada, no venía nadie. Un señor mayor, de unos sesenta años y tez muy morena se preocupó también por el gato, pero se marchó al verme con él. Fue el único que lo hizo, porque el resto o lo bordeaban, o lo miraban con asco, o soltaban un “puaj”. Ah, o también querían tirarlo a un contenedor de basura que había a diez metros. Pero ninguno… ninguno quiso ayudarlo. Ninguno, te digo. Pasaron como treinta personas, cuarenta, cincuenta, o más, no sé, y ninguna hizo ni siquiera amago de ayudarlo. Y el servicio de recogida de animales sin venir. Los volví a llamar y me dijeron que habían tenido una emergencia en otro lugar, que se habían escapado unos animales y que tardarían. Dos horas estuve allí plantado, mirando al pobre gato, mirando a la carretera a ver si venían a ayudarlo. Una de dos, o lo curaban, o lo sacrificaban y le ahorraban sufrimiento. Y no vino nadie.

—¿Q…? ¿Qué más sucedió? —pregunté, ya embelesada por la historia.

—El gato de pronto se levantó. Pensé que se iría tras una siesta profunda y yo me quedaría con cara de tonto, riéndome. Pero nada de eso. Se levantó y cayó de nuevo. No podía abrir los ojos, siquiera. Estaba reventado por dentro y había estado agonizando, y al final de su vida sacó fuerza de flaqueza para seguir luchando por vivir. Pero no lo logró. Se fue para un lado y en el suelo se quedó. Se retorció un poco más y… murió. Yo… intenté salvarlo. No lo suficiente, pero sí lo mejor que pude. Cuando conté la anécdota me dijeron que tendría que haberlo llevado a una veterinaria que había cerca. Pero ¿qué iba a saber yo en ese momento? Qué estúpido fui, joder. Dos horas de mi vida acompañándolo, al menos. Espero que se fuera en paz. Dejó de respirar, y ya desistí. Me fui a casa, a llorar un rato. La policía no vino cuando les pedí ayuda, y nadie de alrededor que me vio necesitado me tendió una mano. Saqué la mejor moraleja de la vida. Sabes cuál, ¿cierto?

—Sí. No pidas ayuda y no esperes que nadie te ayude.

—Exacto. Sé que “sólo” era un gato. Que habría mataderos llevando a miles de animales a ser descuartizados para luego comer. Que perros estarían devorando a otros tantos gatos. O gente comiéndose a conejos, también adorables y domésticos en Asia. Pero… ninguno se paró a ver cómo estaba el gato. Ni siquiera a ver si seguía vivo. Y yo podía haber seguido hacia delante, ¿pero cómo hacer eso? Es decir, ¿cómo ignorar el hecho de que un organismo con sentimientos me necesita? No sé explicarlo. Es sólo que me dije a mí mismo: si yo no ayudo, nadie lo hará. Si yo no realizo algo, no puedo esperar a que otro lo haga. Así que también saqué la moraleja de que nadie hará las cosas que tú tienes que hacer.

—Lo peor no es una equivocación, sino la inacción.

—¡Premio! Es mejor arrepentirse por equivocarse que por no haberlo intentado. En fin, lo siento. He visto el amanecer y me he acordado. Ya sabes, como era pronto vi al sol saliendo. Y no suelo ver amaneceres.

—¿Que lo sientes? Pero si me ha entretenido mucho. Me encanta que abras tus sentimientos.

Me miró con una sonrisa de agradecimiento. Luego me abrazó con cariño y ternura.

 – Me he despertado hoy con ganas de hacerte mía. —me soltó de sopetón.

– Vaya, de sensible a excitado.

– No sabes tú bien. He tenido sueños de lo más inspiradores.

– ¿Qué soñabas?

– ¿Quieres que te lo demuestre? —por un lado sonó tentador, por otro no tenía yo bien el cuerpo. Y, además, estando ahí no podría ser follada como lo quería. No había juguetes, ni potros, ni vibradores, ni…

– Lo siento, ahora no tengo cuerpo. No, espera, no lo siento. Vas a tener que ser original y creativo si deseas acercarte a mí.

– Uhh… ¿A qué te refieres?

– No quiero ir de poco en poco. Quiero que me lo hagas todo. Y quiero que me lo hagas ya.

– Hmmm… Interesante. ¿Qué te parecería si te hago mi esclava sexual un día entero?

– ¿Hm? —ahora la interesada era yo.

– Sí. Como cuando me clavaste los tacones en los huevos y me sometiste tú. Ahora me tocaría a mí someterte durante un día entero, con sus veinticuatro horas correspondientes.

– Hala. ¿Y comer y dormir?

– Jajaja, lo haremos, pero seguirás siendo mi esclava. Y si te pido que me comas la polla junto a la comida tendrás que hacerlo.

Desde fuera sonaba una conversación ruda, grotesca, malhablada. Pero siendo la protagonista de la conversación todo cambia. Sonaba bien. Muy bien. Demasiado bien. Más aún cuando lo que quería era exactamente eso, y cuando sus palabras sonaron en mí de una forma que me humedecieron en el acto.

Pero… ¿qué pasaba con Onai? Me había regalado sus sonrisas más sinceras y su cariño más profundo. Y yo lo conocía bien como para saber que no le resultaba fácil. Sin embargo a mí tampoco me resultaba fácil enamorarme. Y no quería ni a uno ni a otro. O eso me decía, porque en realidad los quería a los dos…

 

Siguiente