Capítulo 30

—Pero… muchacha, ¿cómo puedez no zaberlo? Ezo ez algo bácico. Debería darte vergüenza. —me decía aquella aberración de la naturaleza, con más papada que cara, con un culo desproporcionadamente gordo respecto a su cuerpo. Tenía ojos pequeños con unas gafas de culo de botella. Ceceaba. Le olía mal el aliento. El pelo estaba revuelto y, para colmo, las orejas le destacaban por el resto de su papad… digo, rostro. Ah, y también era un poco gangoso. Lo tenía todo ese hombre. Y ahí estaba, humillándome en clase delante de mis compañeros porque no sabía hacer lo que me había pedido. Era horrible. No sé cuántas vueltas estuve dando en la cama, espantada, atemorizada creyendo que era real, que yo había vuelto a clase y que tenía que aguantar a profesores como aquéllos que, lejos de resolverte una duda, te lapidan. Por fortuna se oyó música de fondo. Era la primera vez que me alegraba de ser despertado por el subnormal del Javi. Di unas vueltas en la cama para calmar mis sentimientos y entonces me levanté de un salto. Sí, uno de ésos que te marean y te hacen querer vomitar y desmayarte. Pero estaba lejos de la cama, lejos de mis pesadillas.

Me fui corriendo a la ducha, a despejarme un poco con agua fría. Aquel día hacía más calor todavía que de costumbre. Cuarenta grados creo que llegamos. O más, no lo sé. Cuando el verano ya moría, efectivamente. Dejé el agua caer sobre mí y nada más salir de la ducha me fui corriendo a por el móvil, a ver la última conexión de Eric. Hace un día, aproximadamente. No tendría cobertura. O lo habría apagado. Miré hacia el suelo, y después por la ventana. ¿Cómo arrepentirme si seguía repitiendo el error? Tragué saliva, recordando lo que había soñado, lo que había vivido. Yo necesitaba desahogo. El desahogo que no viví con Eric el día anterior. Y, por esa misma razón, me fui a casa de Onai.

—Ye, mi paya, ¿qué haces aquí? —me tiré a sus brazos. Estaba semidesnudo en su casa. Cerré con la pierna la puerta y le dije:

—Cállate. Necesitaba a alguien y tú eres quien más cerca estaba.

—Hm… me vale… —dijo al principio molestado, después contento. —¿Te ha sucedido algo?

—Pesadillas. Con un profesor.

—¿Qué te hacía?

—Más que pesadilla… fue un recuerdo. Me humillaba en clase, criticándome por no saber algo que nadie me había enseñado y que era su deber decirme.

—Qué subnormal de bicicleta. Luego el estado se queja de que hay ausentismo escolar o que dejamos el insti siendo jóvenes y no se dan cuenta de que la culpa la tienen esos mal payos de los profesores. ¿Cómo se llamaba?

—Francisco José, creo.

—Coño, el zeta.

—Sí, ése. ¿De qué lo conoces si es de la universidad?

—Jajaja. De él se han quejado más colegas míos. Es un notas de cuidado.

—¿Sí?

—Sí. Aprueba a los que le caen bien, que suelen ser los más feos. Se debe de sentir identificado con ellos, el mierdas. Ven. —me agarró de la muñeca y tiró de mí, como solía hacer. Se puso una camiseta de tirantes y cogió las llaves del coche. Después me llevó hasta un lugar apartado, con casas rudimentarias de pueblo, a veinte minutos en coche desde el barrio. Pensé que querría follarme brutalmente en una casa alejada para yo poder gemir a gusto. —Ahí es donde vive el cabrón. Ya hemos venido alguna vez a tirarle piedras y esas cosas.

—Jajaja, ¿qué dices?

—Sí. Y ahora que sé que jodió a mi niña le voy a joder más.

—Espera, ¿y si nos pillan?

—Tiene cámaras. Fíjate. Las pondría al ver tanto cristal roto. No se da “cuen” de que le podemos romper las cámaras también. —se bajó del coche, sudando, con esos aires de malote que le caracterizaban. Se agachó a coger una piedra y fue rodeando antes de acercarse a la casa. Estaba buscando el ángulo muerto. No era tonto, no. Lanzó la piedra y adiós cámara. Cogió otra piedra. Yo no supe para qué. ¿Rompería otro cristal? No. Rompió otra cámara de éstas que no ves a menos que supieras dónde está o ya tuvieras experiencia asaltando casas. Me abstuve a preguntar. Volvió al coche y me dijo, sonriente: —Ya ’ta. ¿Quieres entrar a su kelly y follar sobre su cama?

—Pf, ¿pa qué? Primero, me da asco, y segundo, él no lo sabría, así que no me reporta ninguna satisfacción.

—’Tonces vamos a joderle algo. —otra vez me agarró de la muñeca y tiró hacia sí, llevándome a la casa y entrando por una ventana rota.

—E-espera… —le pedí. —Creo que he visto a un vecino asomándose.

—Hagámoslo rápido, corre. —se sacó un pañuelo para no dejar huellas y empezó a desordenarle todo el salón. Al principio me parecía una estupidez pero tan pronto comencé a hacerlo yo me reí como una loca, tirándole libros y volcándole los muebles. —Uy, que se cae la tele. —dijo tirándola, partiéndose contra el suelo. Me asustó, pero también se me disparó la adrenalina, lo cual me excitó, riéndome después.

—Más, más. —dije. Fuimos hasta la cocina y se quedó sin microondas y sin horno. Cuanto más rompíamos más cachonda estaba. Subimos a la planta de arriba con unos cuchillos y le rasgamos la cama. Onai aprovechó para mangarle unas cuantas joyas, las cuales se las puso por encima, siendo algunas de mujer. Yo me reí y me excité tanto que me bajé el pantalón hasta por debajo de las nalgas. —Corre, fóllame.

Me miró con una mirada que me dijo que no le hizo falta pensárselo dos veces. Se bajó corriendo el pantalón, se agitó un poco la polla y me la metió instantáneamente, estando por detrás. Me empotró contra el espejo del armario de su cuarto. Mientras mi cara rebotaba contra el espejo se me ocurrió una idea. Abrí la puerta del armario y con el cuchillo le empecé a destrozar la ropa. La polla de Onai entraba y salía de mí al tiempo que yo jodía las cosas de aquel despojo de profesor. Era un doble desahogo. Era un placer distinto a otros.

—Joder, me voy a correr. —le solté de pronto, resbalándose el cuchillo entre mis manos.

—Cómo me pones, hostias. —me dijo metiendo sus manos por debajo de mi blusa y retorciendo mis pezones. Acaricié mi clítoris para ayudar al orgasmo e incrementarlo y gemí como una loca, escuchándoseme en todo el pueblo. El grito que procuré salió directamente de mi alma. Él retiró su polla y, cuando fue a correrse agarré un abrigo del armario que solía ponerse y que dejé sin destrozar y lo puse enfrente de la trayectoria de la corrida de Onai, frotándolo después para esparcirlo y que no pareciera que hubiera esperma sobre él.

—Ahora sí. —le dije sonriendo.

—Corto pero intenso.

Oímos unas sirenas. Nos miramos con los ojos desorbitados, yo más asustada que él, y nos fuimos corriendo riéndonos.

—¡Los cuchillos! —dijo él, dispuesto a subir.

—¡Ya los cojo yo! —le dije. —Tú arranca el coche.

Pegué dos zancadas hasta el piso de arriba y cogí el mío. Pero… ¿y el suyo? Mierda, mierda. Me empecé a estresar. Busqué dentro del armario, debajo de la cama, y… nada. Al final lo vi sobre la mesilla de noche. Estaba tan a la vista que me costó. Lo cogí y salí pitando de allí, metiéndome en el coche de Onai casi en un salto, con el corazón a mil, lanzando los cuchillos a la parte trasera. Tenían nuestras huellas, no podíamos permitir que los encontrasen.

—Menos mal que es un pueblo de viejos y ni habrán visto la matrícula. —dije.

—Nah, no te ralles, si es falsa. Se la cambié hace tres semanas.

—¡¿Qué?!

—Sí, sí. Encima llevo dos gramos de coca en la guantera. Nos llegan a pillar y se nos cae el pelo.

—Dios, Dios, Dios. Como para haber tardado más recogiendo los cuchillos…

—O follando. Fijo que si nos hubiera costado llegar habríamos seguido allí aun con todo.

—Jajaja. Joder, qué subidón.

—Encima estas cosas nunca se investigan. Y me he sacado como mil pavos en joyas.

—Comparte, ¿no?

—¿No es suficiente recompensa quedarse a gusto puteándolo?

—Sí, pero si se puede más, mejor.

—Ya te invitaré a comer, tonces.

—Te tomo la palabra.

Risa. Silencio. Mis ojos se clavaron en la carretera. Me quedé en una de esas veces en las que no puedes apartar la mirada por mucho que lo intentes. Una de esas veces en la que te entra el sueño y duermes despierta.

—¿Sabías… que los del bar en el que entramos van a cerrar?

—¿Qué dices?

—Sí.

—¿Culpa nuestra?

—No, no. Es… Espera. —estaba concentrado dando la vuelta a una rotonda. Sus labios se pusieron tensos y me dieron más ganas de besárselos. —Es… son los vecinos, que se quejan. Ya sabes, que si nos quedamos hasta las tantas ahí, que si armamos mucho ruido, que si blablablá.

—Siemmmpre culpa vuestra.

—No, no. Si también es cosa de los borrachos del barrio. Digo a nosotros porque yo también lo frecuento.

—Vaya marrón.

—¿Para quién?

—Para todos. Para los del bar por cerrarlo y para los del bloque por aguantaros.

—Es la putada de tener un bar justo debajo de pisos donde vive gente.

—Como casi todos los bares, ¿no?

—Jaaaa… Pues sí. Pero que no es sólo cosa tuya el dormir mal. Es cosa de todo el barrio. Yo también aguanto a los payasos de arriba. Pero son chiquillos, no voy a estar llamándoles la atención todo el día.

—A ti te respetan. De mí se ríen y pasan.

—Bueh, y aunque me respeten hay ruidos que no se pueden evitar.

—¿No se puede evitar la música a todo volumen con unos simples cascos en su lugar?

—Jajaja, nunca te convenceré. Cuando se te mete algo en la cabeza…

—¿Muy cabezona?

Y ahí estábamos, tan tranquilos, discutiendo y riendo por tonterías cuando apenas unos segundos habíamos jodido las cosas del zeta. No, si la gente que cecea no me molesta, me molesta la gente que se mete conmigo por no saber algo que tal gente debería enseñarme. Cuando llegamos al barrio lo miré a los ojos y le di las gracias. Necesitaba más eso que el hablar. Porque quejarse al final te deja un poco desahogado, pero vengarte… ¡Vengarte es una puta delicia!

Se lo agradecí con un beso en los labios. Fue apenas un piquito. Uno de ésos que quieres evitar pero te resulta difícil no dar.

—Oye. —me dijo al salir yo del coche.

—¿Qué?

—Si no nos pillan para mañana… ¿qué te parece si vienes conmigo a un pueblo por aquí al lado?

—¿Hm? ¿A qué? ¿Vas a invitarme a comer?

—Mejor. Puedo invitarte a drogas. ¿Te gustaría tener un viaje?

—¿Qué? ¿Cómo es eso?

—Alucinarás, yo te vigilaré, te lo pasarás de puta madre y vivirás una experiencia de muerte. ¿Te hace?

Joder que si me hacía, pero temí que me drogase y abusase de mí. Pero, ¿qué cojones? Si cuando me quería me tenía. Acepté y me fui a casa con una sonrisa, a pensar en experiencia venidera. No sabía qué era lo que me iba a dar, pero, por alguna razón extraña, confiaba en él más de lo que yo misma pensaba…

 

¡La semana que viene más!