Capítulo 3

Habilitamos una zona para fumadores. Un cuarto pequeño y casi vacío en la segunda planta donde la pompa de humo invadía el pasillo, haciéndose un olor casi insoportable para los que no fumábamos. No podíamos abrir ninguna ventana, no sólo por el colapso de nieve sino por el terrible viento que empujaba las ventanas. Era el tercer día, y la tormenta parecía que no iba a amainar nunca.

Allí se hallaba Jack, echando un cigarro. Me acerqué a él. Era el único en la habitación, así que tuvimos un momento a solas.

—¿Hacia dónde está yendo esto?

—¿El qué?

—Nuestros encuentros.

—Quería ver cómo lo llamabas. —sonrió con el cigarro en la boca, prendiéndolo. Absorbió el humo y lo echó lentamente. Tosí como una descosida. Me estaba mareando, pero necesitaba hablar con él en privado.

—Encuentros sexuales. Follar, vaya. —dije, provocándole una risa más pronunciada.

—¿Hacia dónde va a ir? —me agarró de una nalga y me atrajo hacia sí, juntando su pecho con el mío. —Te dije que eres tú quien siempre me ha puesto cachondo, ¿no? Quiero follarte así cada día de mi vida. —se llevó los dedos al cigarro y lo apartó de sus labios. Sopló el humo hacia otro lado y luego me besó con su boca apestosa pero pasional. Y yo caí derretida ante él.

—Pero… —iba a ponerle excusas cuando bajó su mano hacia mi clítoris, al cual comenzó a toquetear. Cerré los ojos y apoyé mi cabeza en su hombro. —No podemos… Nos vemos sólo en… —se me escapó un gemido junto a un estremecimiento de placer. —vacaciones…

—Mejor. Haremos los encuentros más escasos, pero más especiales. —clavé mis dedos en sus brazos mientras sentía un orgasmo llegar. —Aunque preferiría follarte a cada momento del día. —dijo mordiéndome una oreja y exhalando su aliento en ella. Empecé a correrme y a empaparme de sobremanera, restregándome en su pene tras acabar, queriendo sentir su calor. Estaba tan empalmado que no podía creerlo. Las últimas veces con mi marido no lo había tenido tan duro. Iba a masturbársela cuando entró una persona. Nos separamos sin que se diera cuenta. Era el vecino, que nos sonrió y se encendió él un cigarro. Jack le dio la espalda para esconder lo duro que estaba. Le sonreí y pregunté:

—¿Qué tal?

—Bien. Preocupado, pero bien.

—Ya, esto dura mucho. A ver si nos va a comer la nieve… —reí, aunque él de verdad lo pensaba. Jack dio otra calada a su cigarro y dijo:

—A este paso celebramos año nuevo también.

Se le notaba molesto. Yo tuve un orgasmo bandolero, de ésos rápidos que te dejan a gusto durante unos minutos, y él se había quedado con las ganas por culpa de alguien ajeno. Sin embargo, el ajeno era él. Si hubiera sido mi marido no habría pasado nada si se dan cuenta de que los dos faltamos en el resto del grupo. A pesar de sus padres, sí. Pero siendo su hermano…

Ya había dejado de avergonzarme para pensar en cómo hacerlo. En cómo me vería con él una vez saliéramos de allí. En cómo estaríamos juntos. Porque en apenas dos días me había hecho sentir cosas olvidadas. Me había gustado tanto que lo deseaba todos los días. Sin embargo, pensar en que sólo lo tendría de vez en cuando me excitaba más. Sabía que era algo más limitado, más… restringido, y lo anhelaba mucho, pero mucho más. Quizá de vez en cuando, cuando no fuera vacaciones y estuviéramos los dos lo suficientemente cachondos haríamos algo para vernos. Me emocionaba tener una aventura. Pero pensé que mi marido no se merecía aquello…

—¿Preocupado por la perrina? —pregunté sonriendo.

—Mucho. Mira que nos dio disgustos cuando era cachorra. Y mira que llegamos a cogerle manía. —rio. —Pero sin duda la queríamos. Y ahora pensar que está sola me mata. Necesito verla en cuanto antes.

—No durará mucho más. —dijo Jack. —Parece que llega lo peor, y con las mismas se irá.

—Espero. —dieron varias caladas a los cigarros y yo me marché de allí, excusándome. Me encerré un rato en mi habitación. Abrí uno de los cajones y agarré con fuerza un álbum. Contenía fotos de cuando Tommy y yo éramos jóvenes y divertidos. Cuando estábamos unidos por el vínculo más grande existente: el amor. Ahora no había más que un agujero gigante, separado del todo por mí. Y, quién sabe, quizá él tuviera alguna aventura.

Me acomodé allí, en el cuarto que tanto me costó. Yo también tuve mis vaivenes, mis adversidades cuando éramos pareja. Estuve peleando mucho por salir de casa, por labrarme un futuro, y aquella casa representaba mi esfuerzo y sacrificio hecho realidad. Mi sangre y sudor tomando forma.

—¿Qué sucede ahí afuera? —pregunté yo mirando hacia la pared. Apenas me alumbraba con una linterna. En lugar de ser algo especial estaba convirtiéndose en una pesadilla. Bajé las escaleras y me reuní con el resto de la familia. Jack y el vecino bajaron. Mi marido les dijo:

—Estamos quedándonos sin nada que beber. Los grifos no funcionan. A este paso en un día o dos nos quedaremos sin agua. Así que, por favor, bebed menos.

La gente se preocupó. La situación empezaba a ser alarmante. Cuando antes parecía una aventura, ahora parecía una tarea de supervivencia.

—Y la chimenea se ha bloqueado. No podemos prender nada sin ahogarnos. Así que sacad las mantas y arrejuntaos más.

—Yo tengo la solución a ambas. —dijo Jack. —¡Alcohol!

—No seas idiota, hermano. El alcohol deshidrata.

—¿Y qué? Pero nos mantendrá calentitos.

—Y luego necesitaremos el doble de agua de la cual no disponemos.

—Calla, y descorcha la botella. —le dijo lanzándole una de ron. —Para cuando necesitemos el agua, habremos salido.

—¿Y si no?

—¡Fácil! Dejamos una ventana de un cuarto abierta. La nieve entrará, dejaremos que se caliente y se transforme en agua y nos la bebemos. Venga, no pienses que esto será como un programa de Bear Grylls. Beberemos, y cuando nos queramos dar cuenta ¡pum! Nieve derretida. Asaltamos la casa del vecino y nos bebemos toda su agua. Ya está. Fácilmente.

Mi marido tragó saliva, planteándose aceptar o rechazar la propuesta. Me echó una mirada furtiva, de ésas en las que se preguntaba a sí mismo qué era lo mejor para sorprenderme, a lo que se encogió de hombros y soltó:

—Qué demonios. ¡Bebamos, pues!

Y bebimos. Algunos ancianos se abstuvieron, y obviamente los niños, pero la mayoría nos emborrachamos. El alcohol entró fácilmente. Tan pronto sentimos el calor inundándonos, fue sencillo seguir descorchando botellas y meterlas al sistema. Lo malo y no muy bien pensado fue todas esas veces que tuvimos que ir al baño, llenando cubos y cubos con nuestra orina al no poder tirar de la cadena.

Aparte de eso, estuvimos bien iluminándonos con linternas y bebiendo como si no hubiera un mañana. Nos arrepentiríamos cuando la situación siguiera de la misma forma y para colmo tuviéramos resaca. Pero hasta entonces, la noche y el mundo eran nuestros.

Avanzado el día. O la noche. O la hora que fuese, los adultos ya empezamos a moderarnos. Los ancianos cuerdos prepararon lo poco que hubiera de comida para los niños. Nos desentendimos con ellos completamente. No queríamos ser padres, no queríamos ser adultos, no queríamos ser responsables. Queríamos disfrutar un poco, sacar la luz de la tragedia.

Pero quien más se aprovechó de la situación fue Jack.

Aunque hubiéramos mantenido relaciones sexuales durante un par de días seguidos nunca hubiera imaginado lo que me tenía preparado, o lo que había estado planeando, o que fuera capaz de realizar semejante acción.

Tras varios juegos e historias sinsentido, la mayoría sacadas de la imaginación, Jack pidió un brindis por los anfitriones de la casa:

—¡Por la fiesta más larga, pegajosa pero divertida del mundo! Así sí se celebran unas navidades. ¡Así sí!

Reímos, brindamos y bebimos. Se acercó hasta su hermano, mi marido, lo rodeó con su brazo y se pegó a él. Le dijo un tanto apartado, pero no tanto como para yo no oírlo:

—Menuda ricura de mujer que tienes.

—Lo sé. No la merezco.

—¿Por?

—No… le hago el amor como debería.

—Te entiendo. Toma, una pastillita que te dará el vigor que necesitas.

Jack le sonrió entregándole un peligroso fármaco. No supe identificarlo, más que nada porque estaban en la penumbra. Mi marido no dudó en tomarlo, siendo aquello su sentencia.

Nuestra estancia allí se iba a alargar más de lo esperado, pero sin yo preverlo, mi propio marido se apuntó a la fiesta. Descorchó la botella y bebió junto a su hermano, impresionándome. Los que quisieron, se apuntaron también. Los niños empezaron a quedarse embobados viendo cómo sus padres dejaban de ser figuras autoritarias para pasar a ser también unos niños que reían por cosas que no alcanzaban a comprender y actuaban peor que ellos, dando tumbos y jugando como locos. Hubo un momento en el que nos importaba que nuestros mayores estuvieran mirando. De una copa para otra, dejó de importar.

Todos los adultos entre treinta y cincuenta estábamos haciendo el idiota, contando chistes absurdos y realizando pruebas por toda la casa. Incluso llegamos a retarnos a ir desnudos, ya sin pensar en quién teníamos al lado hasta que una voz envejecida nos nombraba para calmarnos.

Sin embargo aquella tarde, que parecía sólo una más, aun divertida, en verdad entraba en unos planes retorcidos que habían nacido en la perversa mente de Jack. Lo que estaba por llegar no lo habría imaginado en mi vida, aunque sí que lo había fantaseado alguna que otra vez.

Mi marido parecía ponerse cariñoso. Se juntaba mucho conmigo, llegando a restregarse. Yo me sentía incómoda, mayormente porque Jack no nos quitaba el ojo de encima a cada momento. Y no parecía dolerle verme con otro. Al fin y al cabo, era mi marido, y el “otro” era él.

Se nos acercó y ofreció a mi marido más alcohol, más ron. Era del fuerte, del que te tumba a la quinta copa. Mi marido llegó a tomarse tres antes de empezar a sentirse mal. ¿Era ése tu plan, Jack? ¿Tumbar a mi marido para poder follarme?

No, era todavía más retorcido.

Cuando ya la fiesta alcanzó su punto álgido, comenzamos todos a sudar a chorros.

Extendí ligeramente mi blusa dejando al aire mi escote, aireándome con la manga que me quedaba larga, mirando profundamente los ojos a mi marido, que se mordía los labios, devorándome con la mirada.

Jack le dio una palmada en el hombro, señalándome con la cabeza. No entendí muy bien por qué hizo eso pero me resultó tentador. Mi marido, instado por su hermano, llegó hasta mí, cogiéndome del brazo y arrastrándome hacia la planta superior. Nos metimos en nuestro cuarto y me lanzó hacia la cama sin molestarse siquiera en cerrar la puerta. No lo entendí bien. ¿Por qué estaba tan así? ¿Tan brusco? Él no había bebido tanto. ¿Será todo lo que llevaba reprimido?

Yo no le quitaba el ojo a la puerta, a pesar de que mi marido se lanzó sobre mí, besando mi cuello, acariciando mi cuerpo con ganas de poseerme.

Por fin me alivié cuando vi a Jack entrando y cerrando la puerta tras de sí. Me alivié hasta que sacudí la cabeza. ¿Qué hacía él yendo ahí? ¿Estaba celoso y le iba a reclamar a Tommy? ¿O…?

—Aparta. – le dijo con brusquedad tras trancar la puerta y apartarlo, tirándolo de la cama. Me sintió fatal que lo tratase así. Fui a levantarme cuando él agarró a mi marido y lo colocó en una silla. Ató sus manos. Tommy parecía ido. Comprendí lo que sucedía.

—Hijo de… ¡Lo has drogado!

—Si me llamas hijo de puta lo estás insultando a él también. – rio. Bajó sus pantalones. Mi marido se hallaba empalmado, al igual que él.

—Lo drogas y encima le das viagra. ¿Quieres matarlo?

—Claro que no. Sólo quiero que te montes un trío con tu marido y con su hermano.

Agarró mi muñeca y tiró hacia sí, aplastando mi cuerpo con el suyo. Besó mis labios con su aliento alcohólico. Nuestras bocas se mezclaron en un cóctel mortal. Nuestras lenguas empezaron a tocarse, tímidas, para luego mezclarse en un torbellino pasional. Apretó mis nalgas.

—Tenemos algo pendiente tú y yo. – me dijo muy convencido. Suspiró, sintiendo nervios. Lo primero que hizo fue manosear mis senos y metérselos a la boca mientras introducía su dedo en mi ano.

—Ya… Ya está bien… —le dije.

—Debo prepararlo. – aseguró. No sabía bien cuáles eran sus intenciones, pues mi mente se apagó de inmediato para recibir el placer. Entonces me puso a cuatro, colocando mi cabeza enfrente de la silla de mi marido. Lamió mi apertura anal de arriba abajo, penetrándome con su lengua al tiempo que masturbaba mi clítoris. Yo estaba sucia, pero parecía no importarle.

Por el contrario, parecía tener más sabor, ya que me devoraba con mayor ahínco.

—Cómele la polla. – me pidió.

—¿Q…? ¿Qué…?

No me lo repitió. Miré a mi marido y su polla bien dura y erecta. Me encantaba su longitud. Me metí cuanto pude a la boca, hasta tocar su glande mi garganta. Tenía la sensación de que él no lo iba a recordar, así que me porté de la forma más guarra y sucia que podía. Masturbé su pene al tiempo que le daba lengüetazos en mi boca. Me metí tanto que me provocaba arcadas que no me importaban. Entonces sentí a Jack penetrando mi vagina, inundándome con su polla bien gorda.

Me giré un momento para mirarlo a los ojos, suplicante. Él me la metió tanto como pudo, y yo seguía sin soltar el pene de mi marido, cuya cabeza iba de un lado hacia otro, riendo como un estúpido.

Jack me agarró del pelo y empujó mi cabeza, a la vez que decía:

—Mámasela. Chúpasela bien entera.

Mis gemidos contenidos provocaron esputos abundantes que cayeron hasta su escroto, al que absorbí cuando Jack soltó mi pelo. Me metí sus dos huevos en mi boca y los masajeé con delicadeza. Jack siguió penetrándome hasta que se cansó y me puso de pie:

—Móntalo. – me mandó con un tono de voz autoritario. Me subí sobre mi marido, dejándole paso la vagina que acababa de tener la polla de su hermano dentro. Cuando llegó hasta el final de mis cavidades sentí el rabo de Jack entrar por mi ano. Ambos falos chocaban en mi interior, separados simplemente por una pared que se iba amoldando al tamaño de cada uno.

Miré a mi marido, que disfrutaba sin ser consciente de ello. Ponía una cara de placer indescriptible. Jack, desde mi espalda, agarró mis senos, chocándolos en el rostro de Tommy, cuya boca instintivamente iba a chuparlos. En una de ésas Jack apretó con suavidad mi pecho al tiempo que Tommy succionaba con delicadeza el pezón. Sentí el primer orgasmo llegarme de aquella manera.

Luego, Jack se echó hacia atrás, alcanzando como pudo mi clítoris, masturbándolo sin mover su cintura pero con su pene aún en mi interior. Me quedé paralizada, dejando que llegase mi segundo orgasmo.

Se separó de mí en ese instante, apartándome de la silla, girándome violentamente para obligarme a sentarme de nuevo sobre el pene de mi marido, pero esta vez mirando hacia él, que se masturbó delante de mí eyaculando sobre mi cuerpo, agarrando mi nuca y dejando los restos en mi boca. De nuevo, me levantó, y aquella vez me obligó besar a Tommy. Allí llegó mi tercer y último orgasmo.

Di un par de pasos hacia atrás y masturbé a mi marido, pero no se corría. Dejé de intentarlo debido a la intensidad de los orgasmos y todo lo que me habían cansado. Mayormente por haber contenido los gemidos.

Caí hacia atrás, recuperando el aliento. Me costaba respirar. Miré a Jack, el artífice de aquella experiencia, de aquellos días tan movidos.

Lo gracioso es que los tres nos quedamos dormidos allí. Al despertar, el sol entraba por las ventanas. La nieve ya se derretía. Sonreí. Sonreímos. Tommy seguía dormido.

—Le di buena mierda. – dijo Jack encendiéndose allí un cigarro, obligándome a toser. Pero entonces succionó mis senos y lamió mi pecho hasta el cuello, para finalmente acabar besando mis labios. Cuando acabó, le dio una calada al cigarro y se echó sobre la cama mirando hacia el techo. – Te echaré de menos.

—Y yo a ti. – le dije, vistiéndome. – Pero, oye, repetiremos en Pascua, ¿no?

—Sí… —rio. – Repetiremos en Pascua.

—Y, quién sabe, algún que otro puente espontáneo. – finalicé dándole una calada a su cigarro y apagándolo en la pared.

—¿Me echarás de menos?

—Sólo lo justo para desearte de nuevo con mi fiera interna.

—Ja… Feliz navidad, cuñada.

—Feliz navidad, Jack.