Capítulo 20

El sol cegaba los ojos. Iba a llover a las nueve de la noche, pero hasta entonces el viento sureño y el sol en lo alto te derretían del calor. Me encontraba en la parte de atrás del estadio, donde había un muro derruido y unas vías de tren, el cual pasaba cada media hora. Respiré con dificultad. Me había costado llegar hasta allí. Por el calor, más que nada. Si al menos lloviera me refrescaría el cuerpo y las nubes taparían los rayos que se clavaban como agujas.

Me agarró por la espalda. No me había dado cuenta ni tan siquiera de sus pasos. Apretó con fuerza mis hombros y me empujó hacia la pared. Me giré para verlo de reojo, pero apenas me lo permitió. Mordió mi cuello al mismo tiempo que me dejaba su saliva por encima. Deslizó su lengua por mi piel mientras que con su cálida respiración me provocaba escalofríos. Su pecho se pegaba en mi espalda mientras manoseaba mi cuerpo. Primero mis tetas, después mi cintura, y luego…

—Lo que necesitas… —me retiró los vaqueros. Los bajó hasta la altura de los muslos. Él ya tenía su polla fuera. —…es que te folle como a una perra. —restregó su glande en mis nalgas. Fue bajándolo poco a poco mientras seguía mordiendo y lamiendo mi cuello, respirando con brusquedad y furia. Por un momento rozó mi ano. Lejos de asustarme me humedeció aún más. A escondidas, pero al aire libre. En cualquier momento podría llegar alguien, o vernos desde un edificio alto con prismáticos. Él seguía restregándose, aumentando mi deseo por él. Se me escapaban pequeños gemidos que endurecían su polla. Por fin, su punta comenzó a atravesar mi vagina. La dejó unos segundos sin mover, permitiéndome dilatar para recibir todo su grosor. Me agarró del pelo y tiró hacia atrás, obligándome a mirarlo ladeando mi cabeza. Sacó su lengua y nos enrollamos mientras su pene iba inundándome por dentro. De nuestras bocas caían hilillos de saliva. Nos queríamos comer con tantas ganas que salivábamos en exceso. Al final nuestros labios se juntaron, con nuestras lenguas golpeándose con ganas de devorarse. Nos succionábamos incluso. Al final introdujo toda su polla por completo en mí. Me sentí llena. Contraje la vagina en respuesta, escapándosele ahora a él un gemido. Un ardor incomparable recorrió mi cuerpo, naciendo en la vagina. Me estaba follando en mitad de la calle. Me puso la cara contra la pared y me empujó una vez, dos, tres veces. Me embestía. Sentía sus muslos desnudos y sudorosos chocando con mis nalgas al mismo tiempo que la punta de su pene alcanzaba el fondo de mi vagina. Yo iba a explotar en cualquier instante. Lejos de llegar al orgasmo, detuvo sus embestidas y me masturbó el clítoris. Su pene estaba dentro de mí sin moverse. Yo deseé que siguiera poseyéndome. Moví mi cintura para sentir su polla llenándome y vaciándome. Llenándome, vaciándome. Llenándome…

Aquello era el puto paraíso. Poco a poco me iba llegando el orgasmo. Mis piernas enteras temblaron. Apenas podía sostenerme en pie. Me agarré a una tubería para contener mis temblores. Me… me estaba corriendo. No pude contener el gemido. Grité en mitad de la calle mientras todo mi cuerpo explotaba de placer. Pero entonces me sorprendió penetrándome de nuevo él, embistiéndome. Cuando parecía que mi orgasmo se estaba yendo llegó otro mejor. La intensidad fue subiendo, y subiendo, y subiendo. Grité, sin importarme el alrededor. Sólo me importaba que me follase. Él también comenzó a correrse. Noté mi vagina impregnándose de su semen. Y, en lugar de detenerse, me follaba con mayor dureza. El orgasmo mío parecía no irse. Seguía empotrándome contra la pared, aun habiéndose corrido. Vio en mi rostro que el placer no se iba y por eso no se detuvo. Golpeó mi nalga. Mordí mis labios. Al cabo de dos minutos de orgasmo éste fue yéndose. Había estado temblando como nunca antes. Él estaba tan cansado que reposaba sobre mi cuello, respirándome encima de la saliva seca en mi piel. Retiró la polla, dejándome más vacía que nunca, se subió los pantalones y me dijo:

—Nos veremos pronto.

Me sentí menospreciada en ese instante. Pero el orgasmo había sido tan intenso que no me importó. Acaricié mi clítoris para sentir ese placer sensible que viene después, y acabé subiéndome el pantalón. Dios. Él tenía razón. Yo quería ser follada como una perra.

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