Capítulo 12

Las velas vibraron en aquella habitación. Yo estaba desnuda bajo las mantas de la cama. Él acariciaba mi hombro mirándome fijamente, mordiéndose los labios. Pero no de excitación. Ya habíamos culminado. Se mordía los labios por la felicidad que sentía estando conmigo. Sus ojos brillaban tanto o más que los míos, los cuales no se quedaban atrás. Me quedé embobada mirándolo. La habitación era pequeña. Constaba solamente de una cama y un armario, así como de velas colgadas de las paredes y una ventana en la cual la lluvia rebotaba. Estaba justo detrás de mí, por lo que su ruido se sentía como si me acariciase la espalda mientras enfrente de mí estaba uno de los mejores hombres que jamás había encontrado en toda mi vida.

La cosa es…

¿Realmente lo quería?

¿O era un capricho…?

Cerré los ojos, dejándome llevar por sus caricias. Apoyé la cabeza en su pecho y, con el ruido de la lluvia de fondo, me quedé dormida enseguida.

Por supuesto veinte mil mensajes al día siguiente cuando quité el silencio al móvil. Que dónde estaba, que qué mala por dejarlos tirados, que para eso que no diga nada… Alguno más enfadado que otro. ¿Qué importa, malditos barriobajeros? Vale, me habéis cantado. Y sí, os he dejado tirados, pero no más de lo tirados que os habéis ido dejando los unos a los otros. Siempre con movidas y jaris. Y yo alterándome porque falté a mi promesa. Qué idiota. Acepté toda la culpa, pero que me dejasen en paz. Tonta yo, por no decírselo. Pero si se lo decía sería peor. Cualquiera volvía a casa.

Pero…

¿Y si ya no tenía que volver…?

Eso me pregunté mirando a Eric, que aún dormía. Pensé que iba a hacerme de todo y simplemente hicimos el amor de forma convencional y corriente. Con mi pie acaricié el suyo. Se movió un poco. Reí. El cielo estaba grisáceo. Si llovía toda la semana ya sabía qué invierno esperar. Si no…

Mis tripas rugieron. Hacía unas horas alimentándome de lo lindo y de pronto hambre. El ser humano cambiaba de un minuto para otro. Éramos seres caóticos. Tan pronto uno opina una cosa como opina otra en cuestión de segundos. Por eso no me aferré a los sentimientos de mi corazón. Sabía que eran pasajeros, que no era algo definitivo. Ni siquiera habíamos hablado de lo que teníamos. Era una especie de relación no oficial, no formalizada. Yo…

—Buenos días. —abrió sus, entonces, ojitos tiernos de recién despertado y me sonrió. Se irguió para darme un beso en el hombro y declaró: —Tengo un hambre increíble… Es como si no hubiera cenado nada.

—No es cosa mía solo, entonces. —me llevé una mano a la frente en señal de alivio cuando la manta se resbaló por mi cuerpo, mostrando la parte desnuda de mi torso. Me encantó su cara boquiabierta. Como si hubiera sido un niño virgen que ve por primera vez a una mujer desnuda. Sus ojos brillaron como anoche y se lanzó a por mí, lamiendo mis pechos con lujuria, apretándolos como si se los quisieran quitar. Luego me miró y dijo:

—Tengo tanta hambre que te comería aquí mismo.

—Ha… Hazlo, entonces… —dije entre gemidos.

—No, todavía no puedo. Aún no se han acabado las sorpresas. —me sonrió.

—¿No? ¿Qué más tienes por ofrecerme? —pensé únicamente en sexo. Sí, estuvo bien el de la noche anterior, pero me volvía loca que me cogiera duro. No sé por qué razón. Me espantaba la idea de que en vez de mantener relaciones sexuales hiciéramos el amor. La diferencia está en que en uno te desfogas a más no poder y en el otro las caricias y los sentimientos son lo que más predomina por encima del placer sexual. Y hacer el amor es el preludio de enamorarse. Y por muy especial que él fuera, apenas lo conocía, y no quería ser esclava de…

—Abre ese paquete. —me señaló en un rincón del cuarto. Enarqué las cejas.

—¿En qué momento ha entrado alguien aquí y lo ha dejado ahí? —pregunté, temiendo que me hubieran visto.

—Lo tenía guardado debajo de la cama y lo puse ahí en mitad de la noche. Corre, ábrelo.

Sonreí y pegué dos saltos. Era… Era un anorak azul. Me hacía parecer más gorda, pero era muy mono y abrigaba. Sonreí como una niña idiota pensando en la nieve. Entonces me giré para mirarlo. Escondía algo más. Yo lo podía sentir. Esbozó una sonrisa y me dijo:

—Hoy vamos a la nieve.

No podía creerlo. ¡A la nieve después de dieciocho años sin pisarla! Pegué saltos de alegría. Tras desayunar vino César a recogernos y condujo durante media hora. Recordé las fotos de un amigo que subió a Facebook de él estando con el torso desnudo junto a su primo en mitad de la nieve. ¡Y en invierno! Al parecer, al hacer sol la nieve refleja los rayos, haciendo incluso más calor que en cualquier otro lado. Pero a la que íbamos no por la sencilla razón de que incluso siendo verano había nieve, además de que aquél era un día gris y un tanto frío.

Al bajarnos mi mirada se deleitó con la nieve, que medía medio metro de altura. Hasta ese momento me había sentido un tanto extraña al lado de Eric, pues él era más inteligente, tenía posición social, era más culto e imponía más. No obstante en aquellos momentos me enseñó lo que era por dentro, porque nada más bajarnos del coche me lanzó una bola, sonriéndome debajo de su braga del cuello. Por un momento me quedé paralizada, para de inmediato coserle a él a bolazos. Correteamos como dos locos por aquellas dunas blancas, cayendo y rodando por ellas. Me pidió que tuviera cuidado, porque en algunas zonas estaba más honda. Yo le saqué la lengua como una niña pequeña y él se lanzó a por mí, rodando los dos ladera abajo, rebozándonos con la nieve, riendo.

No sólo me regaló un anorak, sino todo el set de botas, pantalón y gorro. Lo cierto es que me lo pasé tan bien correteando con él de arriba abajo que empecé a tener hasta calor. ¿Y si me hacía el amor en la nieve? Sacudí la cabeza. No, ¡no! Hacer el amor no, ¡malo! ¡Maaalo! Que me cogiera con fuerza y me penetrase violentamente. Eso sí, bien, good. En esa especie de descuido me dio un bolazo en toda la cara, pidiéndome perdón de inmediato y acariciándome el rostro. Lo empujé para tirarlo a la nieve y me coloqué encima de él, moviendo la cintura para calentarlo. Pero me hizo un gesto hacia el coche limusina aquél, indicándome que César nos podría ver. Me encogí de hombros, y fue cuando él me sacó la lengua y me tumbó para ponerse encima de mí. Di un salto hacia atrás y dijo:

—Hazme un muñeco de nieeeveeee…

Reí. Pero yo ahora estaba más en modo “Suéltalo” que de hacer nada. Salté también para ponerme de pie y entre los dos fuimos montando un pequeño y desfigurado muñeco de nieve. Reímos. Nos hicimos un par de fotos a su lado y después volvimos al coche.

—Corta pero intensa, ¿no? —le dije.

—¿El qué?

—La cita.

—Ah, sí. Podemos ir a esquiar, si te hace ilusión.

—Nah, ya estoy cansada. Ha estado bien. Podemos quedar en un par de días. —le sonreí. Entonces en voz baja le dije: —O ir a tu casa a hacerlo como animales.

Su sonrisa se amplió. Y yo supe interpretarla. No le hizo falta decirme nada. Aun así, lo hizo:

—Tengo que currar. En un par de días, ¿vale?

—Vale… —dije contenta por la cita que habíamos tenido, y decepcionada porque mis expectativas se rompían. Estaba hambrienta y sedienta de sexo, no podía seguir así. No tenía que haberme ido con él. Hasta que lo conocí apenas me masturbaba una o dos veces a la semana. Desde que nos unimos… no pude dejar de desearlo. Lo que comúnmente se conoce como “desde que la dieron rabo no para”. Así mismo. Con su laísmo inclusive.

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