Capítulo 10

—Feliiiiz, feliiiiz en tu díaaaa… —cantaba Onai con la guitarra y sus coleguillas. Uno era el “Chino”. El mítico “Chino” que hay en todos los barrios. Siempre en chándal y el pelo en casco, castaño. Cara chupada, tez muy blanca… Otro era el Johnny. El mítico Johnny que hay en todos los barrios. Pelo en tupé, mirada pícara, ropa de marca, tez blanca pero morena por el sol… Otro el “Higos”. El mítico… no. No, no se suelen ver muchos “Higos” por ahí. Tenía cara tosca, pelo rizoso, como si estuviera enfadado siempre. Al menos vestía normal, parecido a Onai. El “Coscos”, mítico putero de todos los barrios que ha catado cada puticlub y cada trabajadora de ellos nueva. Tez blanca, también. Otro con cara chupada y voz ronca. Y… y un montón más, pero con ésos era con los que más solía estar.

Luego había cuatro o cinco más, todos del estilo. Apenas había dos o tres guapos. Y, finalmente, mis amigas. Sobre todo era Jenny, mítica Jenny que hay en todos los barrios. Nariz prominente, cara chupada también, pelo negro recogido en un moño y siempre conjuntos de ropa o rosas, o amarillos o blancos. Llevaba oros, pírsines y cadenas. Choni a más no poder. Sí, choni, típica barriobajera maleducada a la que le gusta el flamenquito y estudiar lo menos posible. Hay gente que sigue la moda cani y choni y son buenas personas. Bien, éstos no. Éstos son los reales, los que no siguen modas, sino que las inventan. Y otra, la Laura. Mítica Laura que hay en cualquier lugar del mundo. Digo esta frase de coña, porque Laura era… normal, y ya. De las tres era la más normal. Nariz respingona, carita ovalada, ojos verdosos y pelo castaño. Muy mona. Pues, aparte de estas dos, había otras tres más. Ésas a las que saludas y en cuanto giran la cabeza las pones a parir como ellas te ponen a ti. Pero todos allí, cantándome, palmeando y sonriendo. Cuando acabaron su canción y yo estaba rojísima me vinieron a dar dos besos y un abrazo:

—Felicidades, chochoooo. —me dijo la Jenny. —Anda, que en mi cumple no los tuve tan revoloteaos.

—¿Y eso? —pregunté.

—Idea de este soplanucas. —dijo el Chino, el del chándal, agarrando a Onai del cuello.

—A ver, a ver. Yo es que últimamente estoy viendo a Yanira muy estresada y deprimida, y como no baja mucho ya pues toma cumpleaños feliz.

—Gracias. —le sonreí por compromiso, cuando me sentía incómoda estando a su lado. Él se dio cuenta de ello y pareció dolerle. Pero nunca le veré con una lágrima, no. Siempre esbozaba su mejor sonrisa.

—¿Cuándo te animas a salir un día con nosotros? —dijo una voz que ya ni recuerdo de a quién le pertenecía.

—Pf, no sé.

—Va, llevas medio año sin salir y estamos en mitad del verano. No te cuesta nahhhh. —dijo otro de esos yonkis. Me empezaba a sentir presionada, y odiaba eso.

—Venga, me animo. Un día de éstos.

—No, eso no vale. —dijo la Jenny. —Dinos una fecha.

—¡Eso, eso! —gritaban todos de fondo.

—Os la diré, promesa. Ahora tengo que irme, sorry.

—¿No te puedes ni tomar una copa con nosotros? Venga. —dijo otro de los chicos.

—A la tarde vuelvo y nos la tomamos, ¿vale?

—Te tomamos la palabra.

—¡Hasta luego! —les dije yéndome sin mirar atrás, cantándome Onai otra canción de cumpleaños, obligándome a sonreír sinceramente, ahora que nuestras miradas no chocaban. Estúpido…

—¡Felicidades! —me dijo Eric al llegar a su casa.

—¿Qué? ¿Cómo sabías que era mi cumpleaños?

—Uno tiene sus contactos. —dijo dándome un besazo en los labios, humedeciéndome en el acto. Sin embargo en ese momento no tenía ningunas ganas de hacer nada. Creo que fue la llamada de mi hermano la que me dejó de bajón durante el resto del día. —¿Quieres irte conmigo?

—¿Irme contigo? ¿A dónde?

—Elige. Podemos irnos de viaje a Venecia, de visita a Moscú, de acampada a algún monte por aquí cercano, o ver los fiordos noruegos. No importa. Corre a mi cuenta.

—Quiero ir a ver el Infierno. —le dije vacilándole. —¿Ahí puedes llevarme?

—No, porque ahí sólo van los malos.

—Pero yo soy muy mala. —le dije mordisqueando su labio inferior. Ni tanto que mala. Sin ganas de sexo pero calentándole.

—No creo. Tienes cara de niña buena.

Sonreí, separándome de él.

—Las niñas buenas no se van con hombres.

—Pero yo no soy un hombre cualquiera.

—Ah, ¿no?

—No. Yo soy un genio de la lámpara maravillosa. Puedo hacer realidad cualquiera de tus deseos.

—Quiero… conocer mi lugar en el mundo.

—Puedo contratar a un coach, si lo necesitas.

—Mimimicoachmimimi. —le dije poniendo cara de garrapata. —Qué sabrán ésos.

—Sirven de ayuda muchas veces. Yo he tenido que consultar a alguno más de una vez. Pero como dijo un maestro mío… hay más gente que vive de enseñar a cómo vivir, que viviendo ellos.

—¿Cómo?

—Sí, como en la bolsa. Hay más gente que vive de ella diciendo cómo invertir que realmente invirtiendo. Vamos, mucho bocas que van de que lo saben todo.

—¿Y si es que lo saben pero no quieren arriesgar?

—Eh… —se quedó descuadrado. —Dime a dónde ir.

—No quiero ir a ninguno de esos sitios, aunque estaría genial visitarlos. Yo quiero perderme entre tus brazos…

Y entonces me acurruqué entre ellos, besando con dulzura su cuello y quitándome la ropa.

—¿Quieres devorarme enterita? ¿Quieres que siga abriendo el arsenal?

Sonreí y comencé a bailar con una canción que acababa de poner con el móvil, de los Arctic Monkeys. “Why’d you only call me when you’re high”. Meneé mi cadera enfrente de él, junto a mi torso y no tan notorio mis piernas. Me giré sensualmente y restregué mis nalgas en su entrepierna, la cual fue poniéndose dura. Me agarró de la cadera, en un arrebato sexual, pero yo di un salto hacia delante, separándome.

—Eh, no seas mala.

—No soy mala. Soy un angelito, según tú. —sonreí, mirando hacia el techo. Se rio, suspirando.

—Nunca me había pasado.

—¿El qué? ¿Que te calienten y te dejen con las ganas?

—Nah, eso es imposible que no le haya pasado a algún hombre. Digo el que te ofrezca el mundo entero y pases de mí.

—Jajaja. Culpa mía, lo sé. Soy la primera en querer alejarme del barrio pero cuando tengo la oportunidad me quedo. No, a ver, es sólo que… no me apetece que me paguen todo. Cuando yo gane, iremos a pachas. De momento me dejo invitar a alguna cena, solamente. Si quieres, claro.

Sonrió.

—Sencilla pero compleja. Acepto. Ve a casa y ponte tus mejores galas.

—No tengo muchas.

—Ve sencilla.

—Pero compleja. —le saqué la lengua guiñándole un ojo.

Chupa de cuero, pantalones apretados, camisa blanca. No sé, me encantaba ese look. Ah, y un sombrero, aparte de sombra de ojos negra y estirar las pestañas un poco. Y pintalabios rojo, claro. Estaba cañón. No podía negarlo. A veces había tenido depresiones de: “qué fea soy”, o complejos estúpidos infundados. No más. Nunca más. Por culpa de la sociedad, solía ser. Sí, porque no vas a la moda, o no eres como otros esperan que seas. Pero un día te das cuenta de que cada uno es como es, y por cada uno al que no le gustas, otro estará dispuesto a dar la vida por ti. Y así es como se sobrevive a esos complejos de inferioridad que te atormentan.

—Hermanita. —le dije, siendo las nueve de la tarde. Digo tarde porque aún había sol, aunque ya se iba. —Tuve un año en el que me miraba horas y horas en el espejo buscándome defectos. Cuando, finalmente, superaba uno… al poco tenía otro.

—¿Y a mí qué me cuentas?

Me encantaba esa niña.

—Algún día quizá lo haces tú. No te ralles mucho, ¿vale? Lo mío se convirtió en enfermedad. Me grababa con una cámara para luego mirarme desde otras perspectivas. Veía mi reflejo en cada espejo que hallaba.

—¿Y al final qué pasó?

—Me di cuenta de que la luz te cambia más que nada, y de que cada espejo refleja una imagen distinta. Como los ojos humanos. Cada uno te ve con una mirada distinta. Me quedo con la frase de una canción que le oía a mi hermano: “No hay otros mundos pero sí hay otros ojos”.

—Los ojos que me miren mal con sacárselos bastará.

Me provocó una carcajada de ésas que te rascan toda la boca hasta que la sueltas, pegando una voz que alertó a medio barrio. Mi hermanita se rio, mostrando su dentadura aún imperfecta. Le faltaba un colmillo. Pronto le crecería. Yo creo que le vendría la regla antes de que se le cayeran los dientes de leche.

—Estás muy guapa. Y lo eres. —me dijo. Cruel y tierna. La abracé, estrujándola, y le di las gracias.

—Gracias. Cuando acabe de cenar lo vomito y te dejo probarlo, ¿vale?

—Puagh, asquerosa.

Reímos, cómplices. Quería irme de allí, pero no quería alejarme de ella. No como hizo mi hermano conmigo. No, así no…

Me fui al cuarto y abracé una foto que tenía de él, la cual guardaba en un cajón olvidado. Le di un beso y le dije:

—Si tú estuvieras aquí sabrías aconsejarme, aunque luego fueras el primero en tener mil problemas. Estúpido.

El timbre sonó. Era un tal… César. Sí, un chófer que venía a buscarme. No podía creérmelo. ¿Cómo supo dónde vivía? Ah… “Uno, que tiene sus recursos”. Ni me molestaría en preguntarle. Bajé tras despedirme y vi al chófer. Era un hombre mayor, discreto y parecía poco hablador. Perilla, ojos castaños y traje azul oscuro. Su mandíbula se prolongaba, destacando en su rostro, el cual se mantenía serio. Me llevó hasta una limusina negra. No era muy larga pero cantaba demasiado en un barrio como aquél. Menos mal que no estaban en el banco. Habrían salido de fiesta.

—Mierda, ya sabía yo que se me olvidaba algo.

Miré el móvil. Efectivamente, veinte mensajes preguntándome dónde me había metido y que cuándo iba a tomarme esa copa con ellos.

A ver, han salido de fiesta, ¿no? Pues ceno y me voy con ellos un rato. Plan perfecto. Así cumpliría mi promesa. Tarde, pero la cumpliría. Se lo dije y, tras unos cuantos insultos amistosos y vaciladas, dejaron de acosarme. Y mientras tanto yo en el asiento trasero de un coche lujoso.

El que no habló fue Heredia. Onai Heredia. ¿Qué estaría haciendo? ¿Seguiría rallado por cómo le había tratado? Obviamente se sabría que tenía pareja. Aunque viviera a las afueras de la ciudad, ésta era pequeña. De ésas en las que todos se enteran de todo. Me habrían visto a lo lejos con alguien y se lo habrían contado. Y, como yo creo que estaba detrás de mí, se habría puesto celoso.

—Mala suerte. —dije al principio soberbia, con una sonrisa cínica, cuando se me cambió el semblante, sin saber por qué, y repetí con amargura en mis palabras: —Mala suerte…

—¿Decía algo, señorita? —preguntó la voz atacada y ronca del chófer.

—Ah, no, hablaba sola, perdone que lo haya molestado.

Las nubes fueron juntándose en el cielo. La luz del sol ya se estaba apagando. Una pequeña llovizna ensució el cristal por el que estaba mirando la calle.

—Vaya, ¿ya llega el invierno? —pregunté con una sonrisita.

—Vaticino un mal invierno. —dijo el chófer.

—Anda, otro como mis padres, que me han regalado abrigos para el frío. ¿Y eso del cambio climático?

—No entiendo de esos temas. Yo relaciono sucesos. Hace cuarenta años hizo el mejor verano que podías esperar. —se me hizo raro que hablase tanto, cuando parecía más antipático. —Un sol abrasador, como en el sur, casi un sol africano. No llovió ni un día, excepto una semana en mitad de agosto. Luego el invierno fue pasado entero por lluvia. Casi todos los días llovía.

—De ésos de encerrarse en casa a ver películas.

—Exacto, sólo que yo tenía que trabajar. Y mi instinto me dice que éste será igual.

Me imaginé a mí con Eric en el sofá bajo una manta, la chimenea encendida y dejando pasar las horas. Relajados y sin preocupaciones. Así quería pasar el invierno. Por lo que me decía César me alegré de haberme tomado el año sabático. Ojalá fuera así. Desde lo más profundo de mi corazón deseé que fuera así.

—Suele suceder cada década. Yo lo he vivido dos veces, porque otros inviernos estuve fuera.

—¿Y eso? ¿Es como una especie de maldición?

—No lo sé. —un rayo iluminó el cielo, seguido de un trueno furioso. —¿Cree usted en los dioses?

La pregunta sonó tétrica, como el ambiente.

—No sé a veces qué creer.

—Crea en sí misma. Eso es lo más valioso.

—Gracias por su consejo. Oiga, ¿a dónde estamos yendo?

—Es un pueblo alejado. —por un momento me asusté. ¿Y si era una trampa y me iba a…? Se rio. —Esos ojos son de susto. Lo siento, suelo dar mala impresión. Es un restaurante precioso, no se preocupe.

—Perdone usted que dude. Es que me siento abrumada con tanta atención.

—Es normal. A mí me deja buenas propinas. Eric es un buen hombre, no lo deje escapar.

—No. Oiga, usted que es su chófer… ¿A cuántas ha llevado?

—Vamos a tutearnos, ¿te parece? Ahorraremos energía.

—Sí. —sonreí.

—No muchas. Dos, o tres.

—No te pagan por ser discreto, ¿eh?

—Jajaja. —no pensé que vería a ese hombre reír jamás, con lo siniestro que parecía a primera vista. —Eric me pidió que atendiera todas sus necesidades, y así se hará.

—“Tus necesidades”.

—Eso. La costumbre.

—Las costumbres so-… —otro rayo iluminó el cielo. Me asustó muchísimo aquél. Fue tal la impresión que se me olvidó lo que iba a decir.

—No te preocupes. Es bueno que llueva. Renueva la tierra.

—Pero la ahogará si llega como dijiste que llegará.

—Eso es cierto. Pero se recuperará, como siempre hace.

—¿Sí? ¿Todos nos recuperamos de nuestras desgracias?

—No. Suelen dejar cicatrices o abismos imposibles de sanar. Pero, tarde o temprano, sale algo o alguien que nos indica el camino y nos ayuda a recorrerlo.

—¿Como quién?

—Ya hemos llegado. —aparcó enfrente de lo que parecía una posada. Era una especie de pueblo medieval, con piedra en la carretera en lugar de alquitrán. Se bajó con un paraguas para abrirme la puerta y me acompañó hasta la entrada. No pude ver mucho porque la lluvia lo impedía. De una llovizna a un chaparrón en cuestión de minutos. César se acercó hasta mi oído y dijo: —Como los dioses, señorita. Como los dioses…

 

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