Capítulo 91

—Ésa. Esa ropa es perfecta. —le dije tras media hora probándonos looks. Era una americana negra, camisa azul, corbata mezclando ambos colores. Vaqueros negros formales, como sus zapatos. Combinado con sus oros, le quedaba soberbio, más aún cuando parecía estar hecho a medida. Aplaudí de la emoción. Pero en total costaba más de cuatrocientos euros.

—Ay, paya. Todo esto es mu caro.

—Pero estás fenomenal. Mira, pruébate esta camisa de Calvin Klein. O ésa de Armani. O…

—Sshh, tranquila. Todo cuesta mucho y no puedo permitírmelo.

Un rayo se escuchó a lo lejos. Nos abrazamos del susto. Nos reímos y nos separamos, con melancolía por tener que hacerlo. Me habría quedado todo el día entre sus brazos. No tendríamos que haber ido de compras, sino quedarnos en casa y ver el agua caer. O ir a la casa rural de su primo. Lo que fuera, estando los dos a solas.

—Tengo una idea. —dijo él.

—¿Cuál?

—Camisas ya tengo muchas. Del Calvo Clon este ninguna.

—Ni que fuera el protagonista de Hitman…

—¿Eh?

—El videojuego. El asesino ése… Da igual. —yo lo sabía de ver a mi hermano viciar horas y horas. Y, bueno, me enganché yo un poquillo a los videojuegos cuando él nos dejó. Resulta que el protagonista era precisamente un clon calvo, aunque mi gitano se refería al Calvin Klein (gracias, Capitán Obvia). En fin…

—Ni idea de lo que me dices. Zapatos también tengo. Del traje, sí. La americana me mola. A ver. —empezó a contar. —Bien, trescientos cuarenta euros. Por debajo del límite legal.

—¿Qué?

Me miró. Alzó una ceja y me sonrió. Entonces echó a correr de la tienda, con la ropa puesta y la que él llevaba antes en la mano. Corrió. La alarma pitó. La tienda entera llena de pijos nos miró, increpándonos. Primero me pillan teniendo relaciones y ahora robando. Sentí un subidón tremendo. Se me cortó la respiración. El corazón se pausó. Yo era el centro de atención de cientos de miradas. Me giré de súbito, persiguiendo a Onai, cuando un guardia de seguridad apareció en escena. Persiguió a Onai, y a éste no le quedó más remedio que adelantarse, dejándome atrás. Se giró, derrumbándolo.

—Vamos, paya. ¡Vamos!

Reí, como una psicópata, saliendo del centro comercial con la lluvia en el cielo, la adrenalina a tope y mis nervios atacándome. Él corrió hacia el coche, al cual le costó arrancar. Lo hizo justo cuando abrí la puerta. Los guardias nos perseguían. Echó hacia atrás, estampando la parte trasera contra otro coche, y aceleró hacia delante como si no hubiera un mañana.

—Dios, ¡Dios!, ¡¡DIOOOOS!! —grité yo, emocionadísima, en lugar de enfadada. Mis piernas me temblaban. Él estaba concentrado en salir del parking para luego incorporarse a la carretera. Adoptó pose tranquila y suspiró:

—Ale. Nadie en su sano juicio nos va a buscar con esta lluvia, y menos por cuatrocientos cincuenta euros.

—¿Qué? ¿No eran…?

—¿No te dije que metí más camisas en tu bolso?

—La madre que te… Joooder. Jajaja. Dios, y a mí que me encantaban cosas que veía, a ver cómo vuelvo… Nos pillan follando y ahora hemos robado descaradamente.

—Las chicas lo tenéis sencillo. Gafas hipster, gorro de lana, abrigo que tape, tinte y parecéis otra. Además, cambian mucho a las dependientas, conque ni te reconocerían.

—A ver. Espera. —procesé ahora lo de las camisas. —¿Qué coj…? ¿Cómo es posible? ¿En qué momento? —miré el bolso, con dos camisas nuevas enteras arrugadas y mal metidas. Ni me di cuenta de que la alarma también sonó cuando yo salí de allí.

—Gangstah life.

Otro rayo iluminó el cielo. Aquella vez parecía estar encima de nosotros. Nos acojonamos. Me agarré a él. Me dijo:

—Sé que me necesitas, pero ponte el cinturón.

—Ah, sí. Jejeje… Con tanto ajetreo, yo… Bueno, sí… —me puse el cinto. Me temblaba todo el cuerpo. Estaba empapada. Él tomó una ruta que yo desconocía. Puso música flamenquita y se entretuvo cantando con su voz celestial. De pronto frenó en un aparcamiento. Me fijé en un letrero de luces de neón medio fundido. Mo… tel…

—Paya, ¿qué te parece pasar la noche aquí?

—¿Eh? La última vez que estuvimos en un motel te separaste al día siguiente de mí.

—Pero ahora es distinto.

—¿Qué cambia?

—Que te amo.

El mundo se congeló. Sólo éramos los rayos, la lluvia, la música, él y yo. Pero todo fue desapareciendo hasta quedar solamente sus ojos mirándome, los cuales penetraban hasta mi alma, tiñéndola de un matiz diferente. Acarició mi mejilla y me besó. Entonces, sin saber cómo, o por qué, yo también le dije:

—Te amo…

Y nos quedamos un rato mirándonos. Apagó la música y nos besamos con pasión. Un trueno gigante nos interrumpió.

—Sólo podemos estar hasta las siete de la mañana. Entonces conduciremos hasta casa. ¿Te camela?

—Me camela. Madrugón, pero valdrá la pena.

Me sonrió. Era la tercera vez que íbamos a un motel. Adoraba hacer ese tipo de locuras con él.

El trayecto del coche a la puerta nos empapó. Pero no importaba. Sólo importaba él. Con sus aires gitanos y su salero pidió con chulería una habitación. Era casi igual a la que estuvimos hacía unos meses. Nos dimos una ducha y, medio desnudos, con sólo unas toallas por encima, nos emborrachamos, bailando y cantando en silencio por respeto a los vecinos pasajeros. Estuvo muy bien. Hasta que le pregunté:

—¿Estuviste con otras cuando te alejaste de mí?

—… —calló. Se pensó lo que iba a decir. Le dio otro trago a la botella de… no recuerdo qué alcohol era, y me dijo: —Yo… —otro rayo nos interrumpió. La lluvia no dejaba de caer. Era un torrente continuo. Los canalones parecían ríos. Mirar por la ventana era como mirar a través de una cascada. —Yo supe que volverías con él. Y al principio… —ahora el trueno. Estruendoso trueno. —Al principio yo no estaba para nada. Pero enseguida por despecho… ya sabes… —otro rayo. Eran más intensos. Me asusté. Además, al no estar en ciudad, la tormenta parecía más fuerte, más rabiosa. Temblé.

—Lo siento… —le dije. —Él me pidió matrimonio.

—Lo sé.

—Aún no lo he cancelado.

Se quedó en silencio unos segundos.

—¿Volviste con él?

—¿Hm?

—Sí… No sé… —otro trago a la botella. Aquél más profundo. —¿Qué será, Yanira? —sonó muy serio oír mi nombre en su boca cuando sólo se refería a mí como su paya o su niña. Sonó muy frío… —¿Él, o yo?

—¿El príncipe… o la bestia?

Creo que le dolió que me refiriera a Eric como príncipe y a él como bestia. Suspiré:

—Te hice una promesa, ¿no?

—¿Y la cumpliste?

Un rayo.

—Sí. —mentí. Se relajó más al oírme decir eso. Me sentí fatal. Pero si ya había mentido miles de veces, ¿por qué no unas más…?

Sí, yo era una mujer deplorable. Una zorra. Con todas sus letras. Y en mayúsculas si hiciera falta. Me intento justificar diciendo que tenía dudas, que no sabía qué hacer, que estaba confusa. Que otras personas son peores, y ni siquiera lo reconocen. Pero yo… Yo tenía la oportunidad de decir la verdad. Y la desaproveché.

Se puso encima de mí. Apestaba a alcohol.

—Voy a cancelar mi matrimonio por ti. Porque te amo. Y quiero estar contigo. Y…

—No lo vamos a cancelar, sino arruinar.

—Sí, eso. Eso mismo. Yo… Mira qué ropa me he comprado por ti. Porque sé que te gusta ese toque de elegancia y… distinguicisión. Distingón. Distin…

—Distinción.

—Exacto… Porque yo… —se fue quitando la toalla. —Voy a hacerte el amor…

Pero yo no quería. Estaba demasiado incómoda por haber mentido a alguien que me quería y al que yo quería. Y, como si Dios escuchase mis plegarias, él se cayó dormido encima de mí. Me reí y lo aparté. ¿En serio fue Dios? ¿Cómo Él iba a perder el tiempo en una ramera como yo? Lloré un rato mientras lo contemplaba durmiendo con ronquidos. Me asomé a la terraza. La lluvia cayó sobre mí. Mis lágrimas se camuflaron. Estaba destrozada por dentro. Y me aferraba al primero que me ofrecía cariño y atención. Yo no era más que una niñata que no sabía qué era lo que quería. Y lo que al principio era una aventura y un juego, ahora era una indecisión, una red de mentiras, un problema, una telenovela. Era una telaraña de la cual yo no podía escapar. Y yo misma la había tejido. Era mi problema. Sólo mío. De ninguno más…

 

Siguiente