Capítulo 102

César llegó a los treinta minutos. Bajé con paraguas en mano. Jenny estaría esperándome. Le dije que apenas estaría dos horas fuera. Subí corriendo al coche y allí el chófer me saludó.

—¿Estás bien, señorita? —me preguntó.

—No, César. Los dioses han hablado. En este día tan terrible se han tomado decisiones importantes.

—Vaya. Parece una despedida.

—Lo es. —le sonreí condescendientemente. Entonces pasé de estar detrás para escurrirme hasta delante, sentándome a su lado. —Ha sido un grandísimo placer conocerte.

—¿Se puede saber por qué dejarás a mi jefe?

—Porque debo ser consecuente con mis actos. He estado demasiado tiempo distraída. Y ahora que me he decidido debo ir con la decisión hasta el final.

—¿Y por qué de esa decisión?

—Porque aunque puedas querer a dos personas a la vez, está mal estar con ambas.

Pareció contenerse una risa. Condujo rápido. No había mucho tráfico. Nadie en su sano juicio saldría. De hecho él vestía elegante pero informal. Parecía haber sido sacado de su casa a la fuerza. Lo que fuera por el dinero…

—Será la última vez que te moleste.

—Para que dejes de molestarme deberás romper cruelmente el corazón del jefe.

—Supongo que será así. Lo siento.

—Sí, siéntelo, que estas salidas me dan cincuenta euros por un par de horas.

—No está mal.

Sonrió. Estuvimos hablando sobre un par de nimiedades hasta que llegué a casa de Eric. Y mis tripas rugieron, nerviosas. Bajé del coche y corrí hasta refugiarme en el portal. César me esperaría allí abajo. Le dije que no tardaría mucho. Subí hasta su piso y recordé todas las veces que había estado yendo allí, refugiándome cuando la mierda me cubría tanto que me ahogaba en ella, pasando momentos mágicos y maravillosos que jamás iban a repetirse. El ascensor abrió sus puertas, al igual que la de la casa de Eric, quien me miraba desde el marco.

—Hola, Yanira. —me dijo.

—Hola, Eric. —le dije. Y caminé adentro. Miré por última vez su casa. El lugar donde había estado tantas veces haciéndole el amor o pasando las horas. Una casa fenomenal. Una casa como la que aspiraba a vivir algún día. Acaricié su rostro y le dije: —Lo siento. Por el daño que te he causado.

Cerró la puerta, pero yo no le vi necesidad. Quise hacerlo lo más rápido posible. Por fin, por primera vez en mi vida, estaba siendo valiente. Besé sus labios y le dije:

—Debemos dejarlo.

—¿Por qué?

Su pregunta me desconcertó. Vestía pantalón negro y camisa blanca. Parecía haber estado bebiendo. Se me quedó mirándome fijamente a los ojos y volvió a repetir:

—¿Por qué? ¿Por haber estado con otro hombre cuando me jurabas amor? ¿Por tirarte a otro cuando te prometiste conmigo? ¿Por amar a otro mientras a mí me mentías?

Estaba dolorido. Lo capté. No quise seguir estando allí, pasando aquel trago amargo. Lo que para mí sería un par de minutos y al poco olvidaría, para él sería permanente y quedaría allí dándole vueltas.

—¿Por haber sido un segundón? ¿Por ser quien te consolaba cuando el otro no estaba?

—Fue al revés. Él me consoló cuando tú me faltaste. Pero…

—¿Y? Ya lo sabía. —rio. —Ya lo sabía antes de que me lo contases. ¿Crees que soy estúpido? Me di cuenta cuando empezaste a tratarme con frialdad sin saber yo por qué. Me di cuenta cuando desaparecías o tus coartadas parecían estúpidas. Puse a un detective y me lo dijo todo. ¿Las Navidades con tu familia? Sí, claro.

—¿Qué? Espera, estuve con él, sí, pero te juro que no pasó nada allí.

Frunció el ceño.

—Explícate.

—Empecé con él cuando tú y yo éramos amigos con derechos. Yo no quería enamorarme de ti. Pero lo hice. Y quería alejarme de ese sentimiento. Y estuve con él, sí, pero sólo hasta que nos prometimos. Entonces dejé de acostarme con él. Pero entonces volviste de las Navidades y me trataste como basura. Pensé que tus padres te habrían comido el coco, pero por lo visto es porque pensaste que te puse los cuernos. Cuando nos hicimos oficialmente novios te fui fiel, estúpido. Y eso me arrojó de nuevo a sus brazos.

Miró hacia la habitación como si la hubiera cagado. Pero entonces se acercó hasta la barra de la cocina, donde había una copa cargada hasta la mitad, y le dio un trago profundo. Me miró y me dijo:

—No importa, Yanira. Estoy dispuesto a aguantar una relación así, abierta.

—¿Eh? Lo siento, pero yo ya no. Venía para no seguir con esta misma situación toda la vida.

—¿Qué? Pero si estuvo funcionando.

—Pero quiero que funcione con él.

—Lássstima. Cuando me enviaste el mensaje pensé en eso, en que podríamos tener una relación abierta y me sentí alegre de que por fin me fueses sincera. Bueno, al menos no me arrepiento de haberte sido infiel yo también.

—Q… ¿Qué?

—Claro. ¿Te pensabas que eras la única que podía jugar a dos bandas? Quitando el hecho de que no me lo contases, no me importaba. De hecho estoy emborrachándome porque estaba cerrando un trato con una clienta. ¡Cariño, saluda! —gritó. De su cuarto se asomó una chica espectacular. Tendría treinta y pocos, llegando a los cuarenta, pero se conservaba perfectamente. Estaba desnuda, con sólo una camisa negra de Eric por encima y un tanga. Nos saludó con una sonrisa:

—Y el trato se ha cerrado, pero aún tengo un par de cláusulas en duda. ¿Te nos unes? —me preguntó. Mi corazón pareció partirse en ese momento. ¿Por qué motivo debía enfadarme? La puta había sido yo, no él. Me sentí como creí que él iba a sentirse. Traicionada, engañada, humillada y como si se hubieran reído en mi puta cara. Miré a Eric.

—¿Qué? ¿Soy un cerdo? —preguntó mofándose de mí.

—Eres un hijo de puta. ¿Desde cuándo te tiras a otras?

—También al principio, pero paré porque me gustaste. Contigo el sexo pasó a ser “hacer el amor”. Pero desde lo de Navidades… volví a la caza. Por eso te digo, que si quieres podemos estar juntos. Hasta casarnos, lo mantengo. Me sigues gustando. Eres inteligente, fuerte, con carácter. Además, estás muy buena. Aunque, claro, yo con mis aventuras y tú con las tuyas. Así variamos, ¿no?

—Eres… Eres…

—¿Qué? No soy nada que tú no seas. De hecho hasta más decente que tú, porque paré antes. Aunque tuve más amantes. —sonrió.

—Hijo de puta.

—Jajajaja. —se carcajeó. —Me gustabas de verdad. Te amé de verdad. Te sigo queriendo, de hecho, pero si te enfadas por recibir del mismo plato que serviste entonces lárgate a tomar por culo, cariño. —me guiñó tras soltarme unas palabras tan rudas que ennegrecieron a mi corazón. Apreté los puños, enfureciéndome.

—¿Cómo…?

—Y sí, me enfada que me engañases y me tratases mal, pero ya está, no pasa nada. Te has confesado. Te perdono. Pero como veo que eres bastante niñata, te aconsejo que te vayas. En cinco o seis cláusulas que cierre te habré olvidado.

—¿Eso soy para ti? ¿Una tía a la que follarse y olvidar?

—No. Eras una tía de la que enamorarse hasta darse cuenta de que eras sólo una ilusión idealizada y que era mejor olvidar.

—Créele, niña. —dijo la pava desde la puerta. —No se está haciendo el duro ni el macho. De verdad piensa así. Lo que lloró por ti ya lo ha llorado. No hay más lágrimas con tu nombre.

—¿Quién cojones eres tú para meterte? —le solté, empañándose mis ojos con lágrimas que iban a salir a borbotones.

—No te deseo ningún mal. —me dijo Eric tocándome un hombro, a lo que me aparté con brusquedad y le grité:

—¡No me toques! —cayendo ya las lágrimas por mi rostro.

—No te deseo ningún mal. —me repitió. —Sé que eres una niñata con las ideas confundidas. Espero que te aclares y algún día cambies para mejor. Por tu bien lo deseo. Que madures y aprendas de los errores. Pero no será conmigo. Espero que ese chico te trate bien. Era el gitano, ¿no? El del supermercado.

—¡Déjame! —me enfadó más que me tratase así, tan amablemente, que si me hubiera insultado. ¡Era yo quien iba a dejarlo, no él a mí! Me retorcí por dentro y salí corriendo de allí lo más rápido que pude. Salí en plena lluvia, en pleno vendaval, empapándome hasta las trancas, llorando a pleno pulmón, confundiéndose mi llanto con el sonido de la lluvia caer, tambaleándome por la calle hasta que sentí unas manos rodeándome por atrás y empujándome a un coche cuyo techo me cobijó. Era César.

—Estarás dolida, pero no seas insensata.

Si algo me caracterizaba era ser consciente de cómo estaba siendo, incluso enfadada. Me tranquilicé y agaché la mirada, agradeciéndole la ayuda a César.

—Te llevo a casa, ¿vale? No está en mi contrato pero por la amistad que nos une.

Y entonces fui consciente de verdad de que no volvería a verle ni a él ni a Eric. Ni a volver a su casa. Ni a volver a ser llevada a los lugares tan maravillosos que me había prometido y con los que cualquiera podría pasarse vidas soñando. Y seguí llorando. No paré en todo el trayecto hasta casa. Y una vez estacionó el coche me recompuse para decirle:

—Gracias. Por todo. Eres un buen hombre.

—Y tú una buena mujer. Yo lo sé. Todos hemos estado confundidos alguna vez en nuestras vidas, cometiendo errores de los cuales nunca podríamos recuperarnos. Pero acabamos haciéndolo. Porque son lecciones que nos sirven para no volverla a cagar con alguien igual de o más importante.

Parecía como si supiese lo que había pasado.

—¿Eras tú el detective?

Negó con la cabeza.

—No, pero yo era quien conducía.

Suspiré:

—Nunca albergué maldad en mi corazón.

—La inocencia, la ignorancia y la indecisión se confunden con la malicia. Sé que no la tuviste. Intenta forjar tu propio camino y ser feliz, ¿vale?

Besé su mejilla y lo abracé con fuerza. Sentí una sonrisa por su parte y sus brazos rodeándome.

—Gracias.

—¿No me odias por no llamarte cuando el detective?

—No, para nada. Era lo que me buscaba. Y tu lealtad está con quien te da de comer. No quiero que se acabe eso, y menos cuando mantienes a tanta gente.

Me sonrió, llorando él también de la emoción. Nos abrazamos por última vez y nos dimos el adiós. Salí del coche y me quedé mirando cómo arrancaba y se alejaba de mí para no volverlo a ver nunca más en la vida. Y me sentí peor que cuando me fui de casa de Eric. La única fortuna que me sonrió aquel día era la de tener a Jenny para consolarme y escuchar mis problemas. Se comportó como toda una amiga cuando yo había sido una puta con ella. Y entonces pensé en Onai.

“Por favor, no me decepciones tú también”.

Pero no. No todo iba a ser de rosas. El príncipe no sería. Di por seguro que sería la bestia. Pero aún no había llegado el desenlace final…

 

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