Capítulo 98

Me quedé pilladísima. No en plan amor, sino en plan dándole vueltas. Jenny me vio y me sacó de allí, donde la gente no abundaba tanto y se podía hablar mejor.

—¿Qué te pasa, tronca?

—Na-nada… Es sólo que no me dijo su nombre.

—¿Y? ¿Qué más te dijo?

—Me preguntó por ruidos raros o sombras.

—¿Era de la secreta?

—Parece. Pero quitando a borrachos hablando no sé a qué ruido extraño podría referirse.

—¿Y qué te pasa? ¿Por qué te quedas tan rallada?

—Porque… Porque me atrajo.

—¿Y? A mí me molan un montón de tíos.

—No… No sé explicarte. Es como si estuviera decidiendo entre Onai y Eric, pero… ¿Pero qué pasa si ninguno de los dos debería ser mi elección definitiva? Es como si yo misma me hubiese dicho que uno de los dos será con quien pase toda la vida, ¿pero y si no lo es ninguno?

—Onai se va a casar, asín que te toca Eric.

—Ya, pero… No sé explicarlo.

—Te entiendo. Estás encoñada, pero sabes que hay más peces ahí afuera.

—Mi hermano tenía razón. Aún soy joven para enamorarme. Debería estar viviendo aventuras, no esto… Ese tío… Ese tío parecía cojonudo. Parecía conocer cosas con las que yo ni soñaría. Ser el típico protagonista del que te enamoras de una serie de misterio. Sí, ése que no deja de fumar y de beber y vive solo, investigando y haciendo lo que quiere. Todo a su manera.

—Tienes al rico, al gitanico de barrio y al detective. Tú siempre los eliges bien, ¿eh?

—Jajajaja, sí.

—¿No te conformarías con un simple chico de barrio, currante y responsable?

—No lo sé. Lo más probable es que sí. Pero… con treinta años. Ahora… Ahora debo conocer más de lo que me rodea.

—Onai sería tu chico. Estoy seguro de que si se lo hubieras pedido habría comprado una caravana y os hubierais ido a recorrer el país.

—Sí, yo también…

—Ahora es tarde. Sarai y él…

—Ya. Da igual. Estaban por aquí, ¿no? —la miré, y parpadeé, incrédula. —¡No! ¿Has hecho toda la escena para que yo no los vea juntos?

Se quedó callada. Eso era un sí. Y comprendí que la que una vez fue mi mejor amiga… seguía siéndolo. La abracé profundamente. Idiota, si hubieras sabido que todo eran un plan… Sufriste a lo bobo. Y lo hiciste por mí.

—Boba… Me da igual, la verdad. Porque sé que yo sigo en su corazón.

—Pero la familia es la familia… y más si son gitanos. Ya ha dado su palabra.

—Lo sé. Pero no me duele. De verdad que no. Joder, te debo mil copas. Hoy te invito a lo que quieras.

—¿Sí? ¿No te arrepentirás de tus palabras?

—No. En un par de días cobraré un cheque. —saqué la lengua. Me preguntó por el cheque, y estuvimos hablando sobre todo lo que nos perdimos la una de la otra mientras buscábamos al grupo y apurábamos las copas.

—¡Yeeeeee! ¿Estás mejor? —se acercó Johnny preguntándole a Jenny. Me fijé en su ropa. Iba con una camisa de manga corta azul y pantalones rojos. En un día de invierno. ¿Qué cojones de piel tenía tan resistente al frío? Los otros iban más abrigados. Unos elegantes, otros con simples abrigos de chándal, pero protegiéndose del frío, no como ese chaval.

—¿Eres inmune al frío o quéeee? —le contestó en lugar de sí o no.

—No, pero hay que ir elegante.

Menudo retrasado. Sería todo lo majo que quisieras, pero hay que ser corto para estar pasándolo mal para estar más mono. Bueno, qué voy a decir yo, si alguna vez me he puesto alguna talla menos, apretándome, o unos tacones, molestos, o… no sé, maquillaje que irrita la piel o te está raspando constantemente. Suspiré y dejé de criticarlo en mis pensamientos. La cosa es que no tiritaba en absoluto. ¿Cómo lo haría?

—¿Cuál es tu secreto? —miré hacia Jenny. “¿Eres telépata?”, pensé. Me daba miedo a veces.

—El alcohol, ¡y bailaaar! —gritó mientras su cuerpo se movía con la música de la verbena. Miré detrás de él, más allá del grupo, donde estaban Onai y Sarai bailando. Habían hecho carpas para prevenir a las gotas de la lluvia. Era un poco agobiante. De hecho si me hubieran dicho de quedar sin tener el plan habría dicho que tralarí que te vi. Pero había demasiado en juego.

Onai me vio de reojo, mas decidió seguir prestándole atención a la que sería su mujer. La verdad es que me daba celos, por dos razones. Una, con ella parecía feliz. No sé si la sonrisa era falsa o no, pero brillaba más que cualquiera que yo le hubiera dibujado. Y dos, porque ella vestiría el blanco con él. Y, a pesar del tiempo, y a pesar de seguir sin ser capaz de imaginarme a mí misma siendo su mujer, me parecía demasiado bonito como para estropearlo, por lo que debería aceptar su boda y hacerme a un lado. Él no la quería, me había dicho. Pero el baile me decía que podría aprender a quererla. Jenny leyó mi rostro y me susurró:

—¿Ves? Mala idea venir.

—No, no, no. Está bien. Sigamos hacia delante, ¿vale?

—¿Eh? ¿Pa’ la otra carpa?

—No, que sigamos a nuestro rollo. Ven. —la agarré del cuello de su chaqueta y bailé con ella. Lo cierto es que me divertí bastante, llegándome incluso a olvidar del plan. La música estruendosa tampoco te dejaba mucho cuartel. Retumbaba demasiado, entrando al oído como el zumbido de una avispa. Mi cabeza empezaba a dolerme. No me gustaba salir de fiesta, y a la vez lo disfrutaba. ¿Paradójico? No, estaba bien hacerlo una o dos veces cada cierto tiempo. Me era difícil de entender a la gente que no dejaba de hacerlo constantemente. Fiesta sí y fiesta también. Era dañino para la salud y la cartera. Y de pronto se escucharon dos petardazos que parecían más bien disparos. Asustada, giré mi rostro hacia la derecha cuando vi a un chaval en una acera, con la cabeza hundida entre sus piernas y su pecho convulsionando. Jenny siguió la trayectoria de mi mirada y me dijo:

—Le ha dejao la novia fijo.

Sí… “Le han dejado”, pensé. Para lo que nosotros era una frase o un hecho, para él era todo un mundo desmoronándose. Un mundo lleno de ilusiones rotas y sueños apagados. Y me aterró verme en su lugar. Me aterró verme a mí en una acera con la cabeza hundida, cayéndome la lluvia mientras me retorcía de dolor por dentro. Perdería a Onai. Y perdería a Eric. Me entró una congoja irremediable, a lo que le envié un mensaje a mi gitanito preguntando cómo iba la cosa, a lo que me respondió:

“Bn, ya la e emborraxao bstnt, stoi a vr si pasa algo”

“Cm no le digas a jony que no kieres na con ella no movera fixa”

“Uy, k mal scribe mi princesa”

“Stoy nerviosa”

“Y el autocorrector??”

“Desactivado. Y el tuyo?”

“Tmb” “Mjor k scribas bn k m das miedo cuando lo aces mal”

Guardé el teléfono. Onai le pidió un momento a Sarai y se fue a hablar con Johnny. Luego, vino donde mí.

—Hey, chicas, ¿qué tal estáis?

—Bien. —dijimos al unísono.

—Yanira, sabes que mi matrimonio con Sarai está muerto, ¿no? Que yo te quiero a ti.

Alcé el rostro hacia atrás, desafiante. No sé qué clase de plan estaba inventándose pero debía seguirle el juego.

—¿Y por qué sus casáis? —preguntó Jenny.

—Por conveniencia. Pero ella también está deseando estar con otro.

—¿Y cómo lo haréis?

Onai se encogió de hombros.

—El tiempo nos dirá. O nos enamoramos, o tendremos nuestras amantes.

—Yo no pienso ser tu amante. —le dije.

—Tú siempre serás la primera, mi paya. —me sonrió y se fue donde el Chino mientras dejaba que Johnny se la camelase. Pero la cosa no avanzaba. Y no avanzaba. Y… Johnny volvió donde el grupo junto a Sarai. ¿Qué le diría Onai? ¿Por qué hablaron tanto y no pasó nada? Quería saber. Quería saberlo todo. Pero mi móvil vibró.

“Plan B”

Mierda. Era hora de drogarlos…

 

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