Capítulo 95

—Buenos días, dormilonas. —nos despertó mi hermano a las tantas de la mañana. Yo no sabía ni qué hora era.

—Eh… Apaga la luz… —dijo Maya. Abrí los ojos, acumulé saliva en mi boca seca y miré hacia donde mi hermano asomaba.

—¿Qué sucede?

—Son las siete y el pesado éste nos despierta un domingo. —dijo ella.

—Es que hoy me voy ya a Alemania y no vuelvo en un tiempo. Lo he tenido que adelantar. —nos dijo sonriendo. Las lágrimas se empezaron a acumular en mi pecho, deseosas por salir. Yo las retuve. Pero cuanto más recordaba aquella vez que se fue casi sin previo aviso… o cuando estuve tanto tiempo preocupada sin saber de él… las lágrimas se acumularon por litros, y, de tantas, empezaron a caer por mis ojos. Mi hermana se levantó de la cama y lo abrazó, deseándole lo mejor. Pero yo me quedé petrificada, llorando en la penumbra. Una luz débil entraba por la puerta, iluminándome a duras penas. Hasta que al final él se dio cuenta y se acercó a mí, abrazándome y amparándome entre sus brazos.

—¿Y si no te vuelvo a ver? —dije conteniendo el llanto entre jadeos.

—Nos volveremos a ver. Ya me he quedado mucho aquí. Ahora debo irme urgentemente. Los negocios, cuando llaman…

—Lo sé… Te quiero mucho. Por favor, llámame todos los días. O envíame un wassap. O… no sé…

—Nena, te llamaré cuando encuentre hueco en mi agenda.

—… ¡Estúpido! Yo no soy una de las chicas con las que ligas.

—¿Que no? Tú eres la mayor presa. A la que más tengo que impresionar, a la que más tengo que ilusionar, a la que más tengo que hacer feliz, a la que más tengo que proteger, y por la que haría cualquier cosa sin esperar nada a cambio. Sólo una sonrisa.

Llanto. Ahora sí que sí. Lo abracé con muchísima fuerza. Incluso me apeteció besarlo en los labios. Y entonces me di cuenta de algo. De que yo era una chica destrozada por dentro a la que, con un par de frases bonitas, te lo agradece con su cuerpo. Una facilona. Una muñeca rota con la que era fácil jugar. Sólo que aquel hombre me decía las frases más sinceras que yo había escuchado en toda mi vida. Mi hermana carraspeó y dijo:

—¿Y yo…?

Mi hermano le sonrió:

—A ti también, por supuesto. Pero le corresponde más a ella protegerte que a mí. Es el ciclo. Y a ti te corresponderá proteger a mi hijo. Y mi hijo al que tenga Yanira. Y el suyo al tuyo.

—Calla, calla, calla anda. No me hables de hijos… —dijo Maya.

—A mí tampoco. —dije yo.

—Lo que te pasa a ti… —dijo mi hermana. —es que no sabes con quién tenerlo.

—Eh…

Mi hermano sonrió.

—¿Todo bien respecto a eso?

—Bueno. Poco a poco se va arreglando. Anoche les dije la verdad. Fui sincera con ellos.

—Por fin reconociste lo que había.

—Sí. Y siento que he hecho lo correcto. Que por fin puedo tomar una decisión.

—Sabías… En otras culturas se permite la poligamia. Se puede amar a dos personas a la vez. E incluso a más. Biológicamente somos propensos a estar con varias personas a la vez. Nos atraen otros aunque estemos ya con alguien. Y, si además, sientes algo por él, entonces… Yo no veo mal a la poligamia. Lo que me parecería más difícil es que esas dos personas a las que ames también se amen entre ellos. Pero si fuera posible…

—Ya me lo has dicho mil veces. No me metas más ideas a la cabeza.

—Sólo te digo que no es culpa tuya que te sientas atraída por dos hombres a la vez. No te tortures ni te llames niñata inmadura. Es algo natural del ser humano. Siéntete mal por haber mentido o engañado, pero no por lo que sientes.

Sonreí.

—Gracias, idiota. Siempre dando consejos. Te has vuelto demasiado sabio.

—Bueno. Me he vuelto más experimentado. Tienes que ver el mundo para comprenderlo.

—No. Sólo sentirlo.

—Sí… Tienes razón. Tengo muchas ganas de ir a Islandia. Hielo y fuego a la vez. Volcanes conviviendo con icebergs. ¿Os gustaría ir conmigo cuando vaya?

—No tienes ni que preguntarlo. —le dije.

—Estaría guay. —dijo Maya.

—Bien. —nos sonrió. —Entonces… Hasta pronto, ¿no?

—Sí. —dije. —Pronto, por favor. Más pronto que tarde. Aunque te olvides rápido de las personas y de tus compromisos. Por favor, por favor… no te olvides de mí.

—Nunca. Sé que soy distraído pero mantendré la atención por ti, y por vosotros, mi familia. —se dirigió a mis padres, los cuales se habían asomado por el marco de la puerta. Entre besos y abrazos nos fuimos diciendo adiós cuando de pronto me vestí a todo correr.

—Te acompaño al aeropuerto.

—Preferiría ir solo. Es más doloroso allí.

Me encogí de hombros.

—Me da igual.

Me llegó un wassap de Onai. Me decía de quedar. Le dije que por la tarde. Tenía que acompañar a mi hermano. La lluvia caía. Pedimos un taxi. Al llegar nos bajamos y caminamos adentro, resguardándonos de las lágrimas de los dioses.

—Mal día para irte. Espera más. —le dije. —Espera un mes, o dos. O un año…

—O dos. —acabó él la frase con una sonrisa. Me estrechó entre sus brazos y me dijo: —Te quiero, hermana.

—Te echaré mucho de menos.

—Toma, las llaves del piso. Tengo hasta final de mes pagado. Luego llamas a un número que hay apuntado en la cocina y se las das. Ya está todo hablado.

—Gracias. Aunque estar allí sin ti es una tontería…

—Será tu refugio. El lugar donde evadirte.

—Donde no pensar en nadie. Espero aclararme.

—Ya estás aclarada. Lo que te falta es exteriorizarlo. Hay unas enseñanzas… —lo miré con cara de: “ahí vuelves”. Él me sonrió y dijo: —Ya sé que soy un pesado, pero hay unas enseñanzas filosóficas que dicen: “Como es arriba, es abajo”. Como está tu espíritu, está tu físico. Tu espíritu ya eligió. Ahora deja que la vida se amolde a lo que tú sientes.

—Pesao. Jajaja.

—Jajaja, dices que me echarás de menos y ahora me echas de más.

Le saqué la lengua y le sonreí con cara de pícara.

—Bueno. Parto ya. Ése es mi vuelo. —dijo refiriéndose a una voz con megafonía nombrando uno que mi mente borró. —Ya me gustaría a mí quedarme en España. Pero donde no surgen oportunidades, debes buscarlas.

—Entonces créalas tú mismo con la filosofía ésa tuya.

—Ya lo hice. Mi alma ya está en Alemania.

—Ahora se estrella el avión y me río de ti.

—Y luego llorarás. —me sonrió él.

—Idiota. —lo abracé con fuerza, reteniendo las lágrimas.

—Me quedo con una frase. —dijo al separarse de mí. —“Me siento hoy como un halcón llamado a las filas de la insurrección”.

—El Último de la Fila.

—Sí. Escribió esa canción porque lo pasaba mal por la discográfica que no les avalaba bien. Yo me voy de un país que no me avala, aunque lo adore. Hasta luego, hermanita.

—Hasta pronto. ¡PRON-TO!

—Sí, sí… —me guiñó un ojo y se fue sin mirar atrás. Yo supe que estaría llorando, al igual que empecé a hacerlo yo. Y cuando salí a la calle para que la lluvia camuflase mis lágrimas había dejado de llover. Y entonces sonreí y dejé de llorar yo. Porque al ver al sol saliendo de entre las nubes supe que ese momento se olvidaría porque volvería a verle. Y, en ese mismo instante supe que los momentos de lluvia me indicaban los momentos que siempre quedarían en mente… y que se borrarían porque nunca más volverían…

 

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