Odio

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Cuando ella me lo contó por primera vez mi corazón se paralizó. Su tío había abusado de ella cuando era pequeña. Un hombre mayor, canoso, medio calvo, de estatura baja, con sonrisa falsa, ojos pequeños verdes, dueño de varias fábricas. Era un hombre poderoso e importante, y no se podía hacer nada contra él. Todo lo que mi mente pensaba era en acabar con su patética existencia, en asesinarlo. Urdí miles de planes en mi cabeza las noches siguientes que pasé en vela habiéndomelo contado Rubí. Nunca podría describir el espanto de su cara al decirlo, las lágrimas que caían de sus ojos, y la falta de palabra alguna en mi boca al no poder expresarme debido a la impresión. Un ser inocente y puro profanado a la fuerza por un hombre retorcido y cruel. Y ella había tenido que soportar su hipócrita y falsa sonrisa conforme transcurrían los años. Sucedió sólo una vez, pero calló para siempre. Y su familia sólo le echaba la culpa a Rubí de todas las decisiones que alguna vez tomó. Nunca se pararon a pensar en el porqué de su actitud. Nunca se pararon a observar su sufrimiento, a interesarse por él.

Me lo contó tras un año de estar juntos. Ella quería huir de su familia, de su casa, de su tío…

Estuve muchos días desde que me lo contó costándome hacer el amor con ella. Empecé a sufrir problemas de impotencia y de concentración. No quería hacerle daño. La veía siempre expuesta, vulnerable. ¡Era un ser inocente lleno de vida al cual le fue arrebatada toda su felicidad!

La habían hecho tanto daño que incluso yo me sentí culpable de su dolor. Yo cargué con su angustia, su ira, su odio. Yo soporté todo el sufrimiento. Me costó volver a retomar la confianza en mí mismo meses. Me arruinó también mi vida. Una de las razones por las cuales hui fue por ella y su pasado. Día tras día me devastaba el corazón pensar en las penurias que ella había sufrido. Pero ahí estaba yo, enfrentándome a ellas cara a cara. No iba a retroceder. Me había convertido en un guerrero. El odio me lo pedía. Ansiaba quitármelo de en medio, pero lo cierto es que era un aliado poderoso que me otorgó valor para enfrentarme a fantasmas del pasado.

– ¿Qué estás diciendo? – me preguntó su padre, pero de qué me habría servido explicárselo.

– Por eso huyó. La habéis rechazado y culpado por cada decisión que tomó. En vez de guiarla, la castigasteis, y no sabíais la razón de su comportamiento. Espero que cargue en vuestras conciencias el resto de vuestras vidas. Yo voy a encargarme de destruirle.

– No, no vas a hacer nada. – me agarró del brazo su padre.

– ¿Vas a impedírmelo?

– No puedes conseguir nada yendo a por él.

Miré mejor su alma. Miré, y lo escudriñé. Él… lo sabía.

– Tú… ¡Tú lo sabías! ¡Tú lo permitiste!

– ¿Qué? – preguntaron al unísono. Su madre no lo sabía, pero él sí.

– ¿Qué pasa? ¿Te pagó? ¿Te amenazó? ¡¿Qué hizo?! – entré a la fuerza en su casa y cerré con un portazo.

– ¡De-deja de inventar! – balbuceó.

– Estás sudando. – le replicó su esposa. – ¿Qué pasa? ¡¿Qué pasó?!

– Cariño, estábamos mal de dinero, y…

Su respuesta entró en mi corazón como un cuchillo afilado. No sólo reconocía que lo sabía, sino que había sido cómplice, y todo por dinero. No quise escuchar más. No quería saber más. Apreté el puño y le partí la mandíbula utilizando todas mis fuerzas. Cayó al suelo, sollozando. Su mujer desapareció de la entrada. No supe a dónde iba. Sólo podía ver la maldad en el corazón del padre, y el arrepentimiento atormentándolo. Con una simple frase les había cambiado la vida. El plan del día, de futuro, de vida. Llegué, y con una pregunta confesó. Tan débil y ruin era que la culpa lo había estado atormentando, y en cuanto lo descubrieron confesó sin dudarlo. Aceptó su destino. Pero si su respuesta entró en mi corazón como un cuchillo afilado, el suyo fue perforado por uno real. Su mujer se lo había clavado.

– ¡Bastardo! Mi niña, ¡mi dulce niña! – gritó en un llanto. Soltó el mango y fue corriendo a la habitación, donde abrazó la foto de Rubí cuando era niña con ríos de lágrimas en sus ojos, como yo había hecho cuando ella me lo contó. Su madre, su pobre madre, sólo quería el descanso eterno. Fue tal el impacto que destruyó su alma. Y yo, impasible, no hice nada por detenerla. Vi cómo abría la ventana…, asomaba un pie…, luego otro…, y se precipitaba al vacío con la foto de su niña en brazos, mientras yo la miraba, indiferente. Mi odio me había llenado de frialdad, pues todo lo que supe decir fue:

– Has matado al hombre equivocado…

 

 

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