Más odio

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Miré a mi alrededor. Analicé cada evidencia. El timbre sonó. Me despertó de mi estado. No podía creerlo. Era… su tío…

Estaba de visita. Había subido las escaleras cuando su cuñada se arrojaba hacia la muerte. Él no sabía aún que ella había muerto, lo que me daba ventaja. Esperé hasta que, tras dos llamadas a esa casa desde el móvil, comenzó a bajar las escaleras. Abrí la puerta y me escondí en una habitación contigua. Se percató del sonido de la puerta y subió a comprobar lo que sucedía, y entonces vio el cadáver de su hermano yaciendo sobre el suelo. Se espantó. Y yo aparecí de la nada, aturdiéndolo por su espalda con un golpe en la cabeza que lo dejó seco. Cayó al suelo, y cerré la puerta. Limpié mis huellas de la escena del crimen, e hice que las huellas del cuchillo fuesen las suyas. Que pareciese una pelea. Me alejé de allí intentando que nadie me viese. En la calle, un grupo de personas se aglomeraron alrededor de la madre muerta de Rubí. Podría haberla salvado, pero su destino estaba sellado. Podría haber evitado que muriese y que le pidiera perdón a su hija y recuperase con ella el tiempo perdido, pero en su corazón también palpitaba la culpa. Aunque la hubiera salvado ese momento, se habría suicidado después, o se la habrían llevado a la cárcel por el asesinato de su marido. La policía y la ambulancia acudieron justo a tiempo. Quince minutos después de que lo aturdiese, el tío despertaba. Lo observé a lo lejos, con temor de que algún vecino me reconociese. La policía lo detuvo y se lo llevó esposado. Parecía que mi plan surtía efecto, aunque el muerto debería haber sido él, y el detenido el padre.

Me alejé de allí con la alegría y la satisfacción de un trabajo bien hecho. Volví a casa y me tumbé, durmiendo, como si nada hubiera sucedido. Mi odio se apaciguaba. Había sido tan… perfecto, otra vez. Llegué, confesó, fue asesinado, y justo recibió la visita del tío. Sin duda el destino estaba de mi lado. ¿Era el destino, o un ángel de la guarda? ¿Venía el ojo con la suerte bajo la retina? Reí yo solo, como si nada hubiera sucedido. Mi odio fue calmándose, aunque aún seguía ahí, diciéndome que no había sido suficiente.

Me puse mis discos en mi vinilo, y al poco mi hermana y mi amada volvieron. Pasamos el día como si fuera un día más, entre risas y tonterías, hasta que a Rubí la llamaron comunicándole la muerte de sus padres y la detención de su tío. Y fue entonces cuando me miró y supe que me preguntaría: “¿has tenido algo que ver?”, y yo respondería: “sí”, incapaz de mentirle.

Nos retiramos hasta el cuarto, y suspiré, mirándola. Al contemplar sus preciosos y tiernos ojos sentí remordimiento por lo acontecido. Debería haber intentado salvar a la madre, al menos. Le conté todo lo sucedido, incluyendo mis sentimientos. Ella escuchó con la misma frialdad con la que yo había mirado a su madre suicidarse, hasta que me dijo:

– No deberías haberte metido.

– Lo sé, lo siento. – dije, aunque no muy sincero. – Yo…

– No deberías haberte metido. – recalcó cada palabra que pronunció.

– … soy puro odio.

Y nos quedamos en silencio, mirándonos. Le conté todo lo que me había ocurrido. Lo de mi ojo, y el ricachón. Se preocupó varios instantes, pero de inmediato el dolor que sentía en el alma tapó sus preocupaciones por mí. Temí haberla perdido para siempre. Fue lo único de lo que me arrepentí: haber dañado sus sentimientos. Pensé que era lo mejor para todos. Me vengaría de gente que hizo sufrir a mi amor, y ella estaría más protegida. Y su madre tampoco fue una santa, aunque hiciera eso antes de morir. Ella tampoco se interesó por mi niña cuando estuvo perdida, no. Todos estaban donde debían estar. Y pensar así tapó con un manto de maldad mi corazón, triunfando el odio que palpitaba dentro de mí.

A la mañana siguiente fuimos al funeral de sus padres. Ella no quiso dirigirme la palabra en todo el día. Pasaron varias semanas en las que el tío quedó en libertad, creyendo que lo habían inculpado, o seguramente tras haber sobornado a varios jueces. Y, por fin, Rubí me habló, y me dijo:

– Fuguémonos.

Y lo volvimos a hacer.

 

 

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