Explosión

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La amaba por encima de todo. Ella sabía que yo no tenía la culpa, que yo sólo me había encargado de transmitirles el mensaje, y del resto se encargaron ellos mismos. Había sido un mensajero, pero ella necesitaba alejarse de todo. Y por un momento pensé que también de mí mismo, sin embargo ella también me amaba con la misma pasión e intensidad que yo a ella, y yo era su felicidad, su libertad, su gran amor. Pude verlo en su alma, a pesar de los crímenes cometidos. Por eso decidí irme con ella sin pensármelo dos veces. Sabía que yo le había causado tanto sufrimiento, y que necesitaba tiempo. Yo se lo debía. Volví a dejar a mi familia atrás, pero aquella vez se despidieron de mí con una sonrisa, menos mi hermana.

– No, otra vez no, por favor. Pensé que te había recuperado.

– Nunca me perdiste. Me perdí a mí mismo. Pero ahora no, ya nunca más. Volveré pronto, ¿vale?

– No, no te vayas, me niego. Hay un verano precioso que vivir. Por favor, hermano, tras todo lo que he pasado, no quiero que…

– Estamos rodeados de mierda, ¿eh? La familia de Rubí, que siempre había sido un caos, ahora está… ya sabes. Y tú…, eres una heroína. Luchaste, y sobreviviste a un cáncer. Eres una superviviente. Ahora toca luchar sola. Yo hice todo lo que pude, y quizá debería haber hecho más.

Miré su alma. Estaba oscura, sí, y el cáncer diluido. Le habían destruido todas las células, pero, no sé por qué, me dio la sensación de que aún seguía ahí. Me empeñé en mirarla. Me empeñé tanto que mi ojo sangró. Se preocupó, y yo le dije que no pasaba nada, y que me repitiese todo lo que me había dicho, que no me había enterado.

– Hiciste cuanto pudiste. ¿De verdad que estás bien?

– ¡Pues claro! No te agobies, ¿vale?

– Es imposible no agobiarse. Ahora no te tendré para apoyarme. Sola, de nuevo.

– No estarás sola. Encontrarás a un chico que te cuide y…

– ¡Tú me cuidas! Para qué quiero inútiles que no saben ni ir al baño solos.

– Jajaja. – reí. – Así era yo, pero supongo que las cosas cambian, ¿no?

– Sí, es verdad. Te vino bien irte con Rubí. Trabajaste, y te ganaste el pan tú solo. Maduraste.

– Eres joven, normal que sólo encuentres a inmaduros. Es que eres demasiado precoz. Creciste muy rápido.

– Y nadie me enseñó a ser adulta, cuando es el trabajo de un hermano mayor.

– Lo sé. Prometo volver, ¿vale? Nos veremos de nuevo. Tú sobrevive este año. Necesitamos un tiempo Rubí y yo, alejado de todo. Iremos a una sierra perdida.

– Encima no podré hablar contigo, estupendo.

– Que sí, nos enviaremos cartas, como antiguamente.

Nos reímos, y luego nos entraron ganas de llorar. Era otro “hasta luego”. Nadie sabía cuándo volveríamos a vernos. Nos dimos un abrazo como si no hubiera un mañana y nos despedimos. La quería, sí, y me rompía el alma dejarla sola, otra vez, pero se lo debía a Rubí. Yo había sido el causante del asesinato de su familia, y ella temía por mí, al haber matado al rico. Pero no podía irme todavía. Tenía un asunto pendiente.

Me pasé directamente por la clínica de mi amigo doctor. Eran las doce de la noche, y debería haber cerrado hacía dos horas, pero ahí estaba, contemplando el ojo que guardaba con tanto recelo. Estaba realmente obsesionado con él. No lo había llamado por teléfono, porque sabía que si estaba en el despacho, es que la noche sólo podía acabar de una manera…

Entré con sigilo, escalando un canalón muy resistente que daba hasta su ventana. Me colé, pues estaba abierta. Mi amigo tenía un aspecto deplorable, y un muy mal estado de salud.

Faltaban apenas nueve horas para irme con Rubí, y yo quise recuperar el ojo, pero supe que no me lo iba a entregar por las buenas.

– Hace días que como fatal, semanas. – me dijo desde la tenue luz de su lámpara cuando me vio, sin apenas impresionarse. – Mírame, apesto, mi barba está muy crecida, ni puedo dormir. El ojo me obsesiona.

– Déjalo ir, no vale la pena.

– Has venido para llevártelo, ¿hm?

– Sí.

– ¿Por qué?

– Me voy de la ciudad.

– Dime sus poderes. – dentro de él reinaban la envidia, los celos, la soberbia, el ansia de poder. Todo sentimiento vil.

– Lo ves todo, absolutamente todo, pero a cambio… vendes tu alma. – mentí.

– No me importa mi alma ya. Lo quiero. Por favor, dámelo.

– Pensé en dártelo, sí, pero yo ya condené la mía. ¿Crees que una eternidad de sufrimiento vale la pena por errores cometidos en procesos mentales que duran segundos durante la vida?

– Calla, no sé ni lo que dices. No pienso bien. Me han quitado el certificado médico, y me van a echar del edificio en tres días. Es el ojo, o es nada.

– Te prometí un millón de euros si me ayudabas a implantármelo. Te los puedo dar. Tengo un par de ellos, aunque es en dinero B.

– ¿Negro? Nah, ni aunque estuviera limpio, no me importa. No lo quiero. Yo… sólo… quiero ser algo más, ver el sentido de la vida, verlo todo, y tú no me lo vas a impedir.

Sus sentimientos cambiaron hacia unos hostiles. Nunca los había visto cambiar tan rápido, ni siquiera en las peleas. ¿Se habría vuelto loco? Sacó la pistola que guardaba en su cajón y me apuntó con ella. Por un momento pensé que me iba a disparar. Deseé que mi ojo pudiera enfrentarse a una bala, debido a que cada vez mis heridas regeneraban más rápido y mi piel era más resistente. Pero no aguantaría, no. ¿O sí…?

– Déjame. Voy a ponérmelo, y no me lo vas a impedir.

– Está bien, póntelo. Yo te enseñaré lo que necesitas saber.

– ¡Mentira! ¡Querías llevártelo!

– Pero no conocía tus sentimientos. Ahora sé que de verdad lo anhelas. Si lo haces, déjame ayudarte, al menos.

– ¡NO! ¡ALÉJATE!

Estuvo a punto de dispararme, pero retrocedí varios pasos hasta casi caer por la ventana al topármela. Se arrancó su ojo derecho enfrente de mí. En ese momento pensé, ¿de verdad importa dónde fuera cada ojo de Horus? ¿Podría habérselo puesto en el izquierdo, también? Sí, en vez de asquearme por sus gritos de dolor y la sangre brotando por todo el despacho, me entró la curiosidad. Y por eso estuve esperando. Se puso el ojo enfrente de mí, adhiriéndoselo de inmediato al cerebro. Cayó por el dolor al suelo, escurriéndosele la pistola entre las manos. Me acerqué, pero volvió a encañonarme.

– No, quieto… Oh, sí, puedo verlo todo, sí… Jajaja, me encanta, lo adoro. La sangre ha dejado de salir, como te pasó a ti. Cuando fui a operarte estaba convencido de que morirías. Estaba pensando en excusas para justificar tu muerte. Pero insististe tanto que… Oh, ¿qué es eso? ¿Es tu alma? Me lo habías ocultado. ¿Puedes ver los sentimientos de las personas? ¿Pero cuál es… el que tienes? No lo reconozco. ¿Por qué tu alma está tan negra?

– Amigo, no importa. Déjame ayudarte, eso es todo.

Me acerqué a él.

– ¡QUIETO! – alzó la pistola, y en un arrebato apretó el gatillo. De la pistola no salieron balas. Saqué el cargador de mi bolsillo.

– ¿Lo buscas? ¿Crees que en todo el día he estado en casa? Sé que tú aquí sí, pero también que fuiste al baño. No pudiste evitarlo, y yo aproveché para colarme. Sabía que querrías acabar conmigo.

– No, no… – se retorció en el suelo. Se levantó, pero se resbaló con su sangre, cayéndose de morros contra una encimera, partiéndose un par de dientes y alejándose la pistola. Luego se giró hacia mí, temblando. – Por favor, vete, te lo suplico. Este poder… es… Por favor, déjamelo, lo quiero, lo necesito. – me suplicaba mientras se atragantaba por la sangre que fluía en su boca.

– Sí, te lo dejaré, por supuesto. Te dije que no quería hacerte daño. Yo seré tu maestro.

– ¿De verdad?

– Claro.

Me acerqué a él y me agaché, ofreciéndole una mano. Dibujó una sonrisa rota en su rostro, lleno de felicidad. Daba lástima verlo.

– Muchas gracias, amigo. Ayúdame, por favor. ¿Por qué dentro de ti fluyen tanto los colores?

– Oh, fijo que no sabes reconocerlos. Intento actuar. Es que simplemente estoy actuando. – le sonreí. Su desesperanza se mostró en sus ojos que estaban ilusionados. Me alimenté de su sentimiento de estar siendo cazado. Fortaleció mi odio. Me dio asco que MI ojo estuviera en su cuenca. Lo inmovilicé con una llave de aikido poniéndome encima de su espalda, e intenté sacárselo, pero… no podía. Era imposible. Intenté introducirle un bisturí y hacer palanca, pero el ojo permanecía inamovible. Gritaba, y se retorcía, pero hice más fuerza, la suficiente para que estuviera quieto sin romperle nada. No quise clavar el bisturí en el ojo, por si lo destrozaba, pero en una de ésas movió su cabeza, clavándoselo sin querer. No, no hendí el bisturí. Por el contrario, rebotó. Reí como un psicópata. – ¡Bobo! ¡Estaba jugando! – le dije, pero en verdad me estaba riendo por otra cosa. Si los matones hubieran intentado quitarme el ojo correcto, no habrían tenido suerte. Se quedaba anclado, y poseía una resistencia sobrenatural.

– ¡MENTIRA! Lo dices porque no puedes arrebatármelo. – se puso en pie y comenzó a reír. – Ja… ja ja… ¡¡JAJAJA!! ¡SOY UN DIOS, SÍ! ¡¡¡SÍIII!!!

– No, en verdad lo decía para que te pusieras de pie, así me sería más fácil…

– ¿Eh?

Le di una patada suave en su muslo, arrodillándolo, poniendo la pistola en su sien tras haberla cargado. Entonces apreté del gatillo, derramando sus sesos por todo el despacho. Ahí sí que probé a arrancarle el ojo. Estuvo duro varios instantes, hasta que vi cómo su alma se marchaba de su cuerpo. Entonces se aflojó, cayendo él solo. Lo guardé en la caja, incriminé sus huellas como que había sido un suicidio, y bajé al sótano, donde tenía la nevera. Cogí el frasco que contenía el ojo que me arrancó, el cual se hallaba en un estado de putrefacción, y me marché de allí. Mi segundo asesinato. Había sido en defensa propia, y también tenía un ojo físico mío en un tarro. Reí, por ironías de la vida. ¿Destino, que aún me guiaba? Me marché sonriendo, como si no acabara de matar al mejor amigo que alguna vez tuve en vida…

 

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