Capítulo 14

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Capítulo XIV

 

Había perdido la timba ilegal como advertimiento sobre el torneo en el casino. O así lo vi yo. Empecé a creer en el destino, en Dios, en el karma, y en todo un poco. Quinientos euros a cambio de cien mil. Una mala experiencia a cambio de una fortuna. Pero con aquel ojo debía ser muy estúpido para haber perdido directamente. Tenía que ganar siempre y todo. En los desafíos diarios, mi ojo me salvaría en más de una ocasión para la cual no tendría una segunda oportunidad. Debía entrenarlo. Debía dejar de ultrajarlo en partidas de juegos. Tanto poder usado de forma tan mundana y despreciable…

 

Llegamos al hospital y corrí hacia mi hermana. Cada vez estaba más pálida, sudando, con fiebre, vómitos, y mareos, pero al verme esbozó una sonrisa. No podía dejar que muriese, no. Me acerqué a ella y besé su frente. Mi niña… sufriendo tanto…

Mis padres me replicaron no haber estado allí, pero cuando vieron el cheque me asaltaron con miles de preguntas, incrédulos ellos. Por un momento pensaron que había vendido mi ojo, así de ignorantes eran, a cambio de semejante dinero. Lo cierto es que lo habría hecho, por mi hermanita, y, en cierto modo, fue así. Gracias al ojo conseguí tanto dinero. Entre impuestos y más gaitas podríamos pagarle un buen tratamiento a mi hermana, aunque yo sabía que quizá necesitaba más dinero. Decidimos invertir la mitad en otro torneo. Bueno, decidí yo, mis padres se pensaban que había sido pura suerte. No quise revelarles la verdad. Les pedí que confiasen en mí. No lo hacían, a pesar de haber conseguido tal fortuna, y yo les entendía. Les había pedido tantas veces que confiasen en mí para al final no conseguir lo propuesto que ellos ya ni se fiaban. No podía culparlos. Mi hermana escuchó toda nuestra conversación, y pude ver cómo se inflaba de esperanza dentro de ella. Aun con ésas, su alma seguía estando completamente negra. ¿Por qué estaba así? ¿Qué me había perdido de ella? ¿Qué me ocultaba? ¿Qué le había sucedido?

 

Fruncí el entrecejo. No quise abordarla con preguntas. La dejé descansando, y, poco a poco fueron pasando los días, en los que fui a inscribirme en otro torneo, pero…

El hombre de la corbata morada me encontró. Frenó su limusina delante de mí en una calle por la mañana y me invitó a entrar sin otra opción, pues me vi acosado por sus gorilas. Dentro, me ofreció una botella de champán, la cual rechacé, por miedo a que hubiera algo que me durmiera. Analicé los líquidos. No había ningún compuesto químico sospechoso. Lo rechacé, de todas formas.

 

– Este champán es más caro que el traje que llevaste al casino. Es el sueldo de tres meses de tu padre. – me dijo.

 

– Lo sé. – él estaba intrigado en mí. Sus gorilas llevaban pistolas, que yo había visto a través de sus chaquetas. Me intimidaron mucho. Debía seleccionar muy bien lo que iba a decir en todo momento.

 

– Tuerto, a mí no me engañas. Pagué a ese crupier veinte mil pavos. Era muy bueno, y tú te chivaste. ¿Cómo?

 

– Intuición. – dije, encogiéndome de hombros. No le sentó bien mi respuesta.

 

– Te he dicho que no me engañas. Sé que tienes algo. ¿Una cámara en lugar de ese ojo?

 

Negué con la cabeza. Aparté un poco el parche para que viera mi color. Por su reacción pude ver que era lo que quería, pero que no se sorprendió mucho, por fortuna para mí. Podría haberlo reconocido y haberlo querido…

 

– Entonces, ¿cómo? Sé que ganaste. Un talento como tú, de la noche a la mañana no puede brillar. Dime, ¿qué tienes?

 

Negué con la cabeza, haciéndome el sueco, colocándome el parche.

 

– No tengo mucha paciencia. Verás, tengo micro-comunicadores que se ponen en las orejas y cualquiera puede hablarme. Tú te pones al otro lado del micrófono y me chivas las cartas de los rivales, y yo te pago el setenta por ciento de lo que gane, ¿qué te parece?

 

Por un momento bulló la ambición en mí. De esa forma, yo no sería conocido, y no tendría que preocuparme por mantenerme en el anonimato. Él se llevaría la fama, y yo el dinero. Quise aceptar, pero creí meterme directamente en una trampa de la que podría no salir bien parado.

 

– Piénsatelo, ¿quieres?

 

– ¿Por qué crees que puedo ver las cartas?

 

– Siempre he sido un hombre de ciencia y realista, pero en el fondo he creído en lo esotérico. Necesito creer en algo más. Ya seas vidente, brujo, o lo que quieras, pero tengo la sensación de que no eres como los demás. Toma, mi número. Llámame si aceptas.

 

Sus sentimientos revelaban la verdad. No era algún policía encubierto. Realmente quería ganar ese prestigio, y a cambio me daría sumas muy grandes de dinero.

 

– También sé que tu hermana lo está pasando mal. Mis timbas serían de un par de millones de euros, depende de cómo te portes. Cinco de ésas, y tu hermana sobrevivirá, sin duda.

 

Odiaba que me hubiera investigado, y hubiera sabido eso, como si nada. El dinero lo compraba todo.

 

– Si acepto, ¿cómo declaro el dinero a Hacienda?

 

– Eso déjamelo a mí. ¿Hay trato?

 

Miré la tarjeta con el número, y un nombre con rostro me vino a la mente: “Rubí”. Primero lo consultaría con ella. No quería hacer nada a sus espaldas, como me había dicho yo mismo.

 

– Tengo que pensarlo.

 

– Así que reconoces que tienes un poder.

 

– No reconozco nada, sólo que puedo hacerte ganar.

 

Sonrió, y me dejó al lado del hospital tras varios minutos un tanto incómodos mirándonos a los ojos en silencio. Me bajé y en cuanto pisé el suelo fue como olvidar lo recién sucedido. Iba a adivinar por qué el alma de mi hermana era tan oscura…

 

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