Capítulo 7

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Capítulo VII 

¿Qué hacer con ellos? No venían con instrucciones, ni obligaciones, ni indicaciones. Sólo me fueron entregados, y ya. Una frase me dijo lo que eran, ¿pero qué hacer? Estaba perdido. ¿Si hubiera rezado por la vida de mi hermana la habría salvado? ¿Fue Dios quien me escuchó, o esos ojos serían el instrumento del mal? ¿Y si al ponérmelos era poseído por algo, o moría? Y, claro, para ponérmelos necesitaba antes arrancarme los míos… Tenía que documentarme sobre ellos. ¿Qué eran?

Me maravillé contemplándolos. Había estado soñando que todo era oscuro, que tropezaba con objetos invisibles, y que yo no era nadie. Una de mis grandes preocupaciones en la vida: no ver nada. Pero ellos me ayudarían a ver, estaba seguro. La sombra me había inducido visiones, y me había llevado hasta allí. Aun así podría ser una trampa mortal. Asustado, a la vez que emocionado, volví a casa. No había nadie. ¿Se habrían enterado sobre mi hermana? No me importó. Me avergoncé de que me interesasen más los ojos que la vida de mi hermana, pero es que estaba demasiado sobresaltado. Sin embargo… ¿por qué yo? ¿Cuánta gente habría rezado lo mismo? ¿Cuánta gente lo habría obtenido? ¿Era yo único? ¿Era aquél mi destino, o lo había conseguido por otra razón? Innumerables dudas me atormentaron.

Decidido a calmarlas encendí el PC y navegué por Internet. Me salía información de todo tipo, pero ninguna esclarecedora. Entonces hallé una historia. “El ojo de Horus”. Horus, un dios egipcio, se enfrentó a su tío Seth por el trono, donde Horus perdió un ojo, el cual tenía la capacidad de verlo todo, pero fue restituido. En algunas versiones decían el derecho, en otras el izquierdo. El izquierdo representaba la Luna, el derecho el Sol. También investigué sobre el “ojo que todo lo ve”, y el “ojo de la providencia”. Muchísima mitología e historias almacenadas en páginas desconcertantes. Me agobié y apagué todo. Abrí la caja y los contemplé de nuevo. Tenían una raíz, como si tuviera que sacarme los ojos y ponerme aquéllos. ¿Pero cómo iba a ser capaz de semejante acto? No sabía qué hacer, y habría esperado más tiempo si no fuese porque mi hermana estaba a punto de morir y yo necesitaba dinero para pagar su tratamiento. 

Alboroté mi pelo frustrándome por no saber qué hacer. ¿Y si me ponía esos ojos y luego no veía nada? ¿Cómo podía arriesgarme? Es que, ¿qué sabía de ellos? Soñé con ellos, los encontré, y escuché el susurro de una voz, pero nada más. ¿Necesitaba algo más? Los tenía. Joder, los tenía ahí, conmigo. ¿Por qué dudaba? ¿Podría haber sido la broma de algún cabrón? Pero… ¿cómo? ¿Y por qué?

 Entonces retrocedí varios pasos hasta chocar mi espalda contra la pared y caerme al suelo. Por un momento creí que aquellos ojos me miraron, como si tuvieran vida propia. Pero no, no era así, era mi autosugestión.

Qué hacer, qué hacer… Los había obtenido así, tan de súbito. Una sombra me condujo hasta ellos, pero, ¿qué hacer? ¿Sería aquella sombra buena o malvada? Parecían estar rodeados de oscuridad. Temí lo que me pudiera pasar con ellos puestos, pero yo sabía que toda mi esperanza, que todos mis sueños residían en su poder. Donde hubo miedo brilló la ambición. Necesitaba ponérmelos, tenía que ver cómo.

Pensé en Rubí. No quise que ella sufriera por mi culpa. Me arriesgaría con uno, por si acaso. Sí, era la mejor decisión. Y si acababa muerto… bueno, la vida era insípida. Tenía que aceptar lo que me había llegado. Esperé que no me poseyese, y le hiciera daño a mi amada. Porque sólo de pensar que ella podría sufrir por mi culpa hervía mi sangre…

Pero, aparte de eso, ¿por qué no? Tenía mucho que ganar, aunque mucho más que perder. Sin embargo las apuestas no pueden realizarse siempre sobre seguro. Un amigo me dijo una vez: “Apuesta lo que puedas perder”. Tenía razón, mas en esos momentos ignoré su frase.

Busqué en mi agenda de teléfonos un contacto. Otro antiguo y viejo amigo. Marqué el número. Esperé a que contestase. Era muy tarde, por la madrugada. Insistí dos, tres, cuatro veces, y, finalmente, lo cogió, con voz de zombi. 

– ¿Diga? 

– Doc, te necesito. Sé que es tarde y lo que te voy a pedir es demasiado, pero necesito tu ayuda… 

– ¿Qué? ¿Quién eres? 

– ¿No te acuerdas de mi voz, o qué? 

– Anda, coño. Perdón, se me borraron los contactos al cambiar de teléfono. Tío, ¿qué sucede? 

– ¿Qué tal doctor eres?

 – Eso habría que preguntarles a mis pacientes.

 – Necesito que me hagas un implante de ojos. Que me quites uno, y lo sustituyas por otro…

Iba a hacerlo. Sin saber cómo, o por qué. Sin estar seguro de ello, sin haberme informado, iba a hacerlo. Iba a sacrificar uno de mis ojos marrones por uno de esos ojos rojos con negra oscuridad.

 

 

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