Capítulo 25

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Capítulo XXV

 

“Vive rápido, vive intenso. Vive mirando a tu alrededor, como si no existiera universo. Como si estuvieras en un fugaz sueño. Vive, pues ahora estás vivo, pero mañana… muerto”

Sí que me aburría escribiendo. Vaya poemas tan… poco inspirados. Hice una bola de ellos y los arrojé a la papelera. Respiré, intranquilo. Era imposible deshacerse del odio. Todos esos meses, y en verdad no había hecho absolutamente nada. Entrenar el ojo, sí, ¿pero y qué más? Nada de provecho. En apenas una semana me había sacado el cinturón negro. Debería haberlo dejado ahí. En una semana el esfuerzo de varios años. Era… realizador, sí. De hecho mi sensei solía presumir de mí. Pero toda nuestra relación se basó en el dojo. No quedamos fuera de él, no tomábamos nada. Casi siempre le solía poner excusas, hasta que lo dejé, y empecé a echarlo de menos. Pero es que… no hubo nada emocionante.

Quedar con mi hermana tras recuperarse estuvo bien, sí, y con Rubí, pero… ya. Hacíamos el tonto, pero nada digno de escribir y relatar, o al menos nada que tenga relación con lo que explico.

Y por esa misma razón llevaba yo dentro un vacío inimaginable. Ni mis antiguos sueños de ser escritor me llenaban. De hecho no veía que nada me llenase, salvo ese odio que me atemorizaba día tras día. Me lo pedía a gritos. Me pedía que vengase a Rubí, que utilizase mi ojo para vengar lo que le hicieron. Pedir justicia por un crimen callado. Mi niña, tan bella, tan tierna, y…

No podía aguantarlo. No podía verla tan feliz, sabiendo que su malhechor no pagó su justo castigo. Pero no podía aguantarlo en esos momentos, desde que el odio había entrado en mí. ¿Fue por asesinar? ¿O fue por asesinar de forma que hasta el destino parecía serme propicio? Lo hice de forma tan magistral…, y nadie me había preguntado nada. Para disimular me pasé por los despachos del rico, con los ojos vendados y un bastón, devolviéndole el paraguas a la secretaria y preguntando por el jefe. Me dijo que había fallecido, y yo fingí malestar. También me dijo que no había visto la piedra que le había pedido, y que ya me llamaría si algún día aparecía. Le dije que no hacía falta, que no era importante, y me fui, con una sonrisa en mi interior. Estaba… tan… satisfecho…

Quería regodearme más. Quise saber qué le pasó a su empresa y a sus dominios. Si iban a quiebra y su nombre se perdía en la memoria. Pero no… Aquello no me llenaba, tampoco. Era la venganza de Rubí lo que me urgía. Era ella quien debía sonreír, no yo.

De pronto una llamada interrumpió mis divagares. Rubí y mi hermana querían ir a la playa conmigo. Acepté, qué remedio. Mi futura señora esposa me trajo el kimono, pues quería hacerme fotos sexys en la playa con él puesto. Reí, al verlo, y lo vestí, cediendo a sus peticiones. También trajo el sable, el cual colgué en la espalda sobre mis hombros, mirando hacia el horizonte, con el kimono abierto y mostrando mi pecho, con una sonrisita sensual.

– Estás para comerte. – me dijo Rubí.

– ¿Qué te detiene? – le pregunté sonriendo ampliamente. Me correspondió la sonrisa y comenzó a besarme de forma apasionada. Mi hermana carraspeó.

– Dejad los momentos románticos para casa. – dijo con una sonrisa. Me encogí de hombros.

– Esto surge, no se busca.

Reímos, aunque yo por dentro me podría. Mi alma estaba oscura, rota, y retorcida. Aquel día que lloré recordando todo a medias… había vuelto a mí, pero en forma de odio. La masa era más densa aún, y se apropiaba del resto de mis sentimientos, incluyendo el de felicidad.

Me aproximé hacia la orilla del mar habiéndome quitado todo menos el bañador. Agarré una piedra y la apreté en mi mano. Los meses habían transcurrido como días. Mi poder se volvía algo normal en mí, en lugar de algo nuevo e increíble. Mi satisfacción por ir acabando todo me llenaba de felicidad. Lancé hacia el aire la piedra y la recogí. La lanzaba y la recogía, lanzaba y recogía. La lancé al mar. Tenía aún cosas pendientes que hacer.

Me tumbé a que me diera el sol. En el baúl había encontrado fotos mal hechas, poemas inacabados, y recuerdos que no debía haber permitido que saliesen. Aunque el sol iluminaba todo mi cuerpo, mi corazón estaba eclipsado y oscuro, impregnado de tinieblas. Pues, aunque quisiera acabar otras cosas a medias, había algo más de lo que habíamos huido, y necesitaba un fin. Era la familia de mi novia.

Se rehusaba a visitarla, y me parecía lógico y normal. Había soportado interminables penurias por su parte, y yo poseía un ojo que vería la verdad más allá de todo. Siempre había pensado que Rubí exageraba en alguna ocasión, o que su familia simplemente era bruta pero de buen corazón. Tenía que desentrañar la verdad por mí mismo. Por eso había aceptado ir a la playa aquel día. En unos pocos minutos “me saldría un imprevisto” y dejaría a las chicas a solas, mientras yo iría a hablar con su familia. Odiaba hacer algo a sus espaldas, pero… necesitaba hacerlo. Además, el odio seguía ahí, y no se iría con facilidad.

Miré mi móvil como si alguien me estuviera llamando. Me alejé unos metros e imité una charla. Luego volví con las chicas. Les sonreí y me vestí, diciéndoles que tenía que irme. Por fortuna no me preguntaron a dónde, sólo rieron de algo que estaban hablando. Rubí me preguntó que si todo estaba bien, y yo le dije que sí. No quería más preguntas, no podía mentirle, así que me apresuré a vestirme y a largarme. Cogí un taxi y me dirigí hacia el otro lado de la ciudad. Era un verano caluroso, lejos de la lluvia de invierno. Una metáfora de mi vida, de cómo había llegado en el peor momento y de cómo había solucionado todo conforme cambiaban las estaciones. Pero al igual que cuando tocas fondo sólo puedes alzarte hacia arriba, cuando tocas el cielo sólo puedes caer…

Observé desde fuera. Sus padres estaban dentro. Nada nuevo. Eran como casi todas las personas: con maldad en su interior. Maldad, odio, agobio… Un sinfín de sentimientos negativos. Iba a enfrentarme de una vez por todas a la verdad. Iba… a vengarme.

Llamé a su piso y les dije quién era. Los podía ver a través de las paredes, su reacción inclusive. No parecía que quisieran abrirme, pero cedieron. En cuanto subí las escaleras y me abrieron la puerta, la madre de Rubí me sacudió una bofetada, seguramente por “haberle robado” a su hija. No hice nada para evitarla. Aquello me daba esperanzas de evitar una respuesta afirmativa a la pregunta que iba a hacerles.

– ¿Sabíais que… Rubí fue violada por su tío cuando era pequeña?

Y callaron. No, no lo sabían.

 

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