Capítulo 2

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Capítulo II

Sólo había un gran agujero en mi alma. La oscuridad lo rodeó y me envolvió. Tanto tiempo huyendo… para pagar las consecuencias en ese punto de mi vida. No podía quitarme de mi mente la imagen del alma de mi hermana siendo sesgada por la Muerte. Iba a fallecer, a desvanecerse de este mundo. La llama de su vida se apagaría por siempre, y el humo desaparecería en cuestión de tiempo. Mi hermana, con lo fuerte que era, debilitada y humillada por un poder mayor. Ella no podría luchar contra ello, ni yo tampoco, pero podía acompañarla. Era lo que necesitaba. Aun con todo… tener que volver al hogar ni para Rubí ni para mí era un buen trago. Aquella maldita ciudad, llena de recuerdos amargos y crueles de los cuales nunca podríamos huir ni enfrentar. Miré los ojos de mi amada. Lo había escuchado. Su reacción no fue nada buena. Se bloqueó y se congeló. Para ella, volver allí era una de las cosas que más evitaba en la vida. Le había prometido que nunca vería esa ciudad más, sin embargo… ella sabía que este día llegaría. No por parte de mi hermana, sino de padres. El día en que estuvieran enfermos o moribundos y yo tuviera que acompañarlos. Y ella me dijo que estaría ahí conmigo, aunque no le gustase. Pero en esos momentos en los que se dio cuenta de que tenía que volver el horror la invadió. Y sabía que sería para un tiempo largo. Agaché la mirada, avergonzado de tener que hacerla pasar por ello.

– Lo siento, Rubí, pero tengo que volver. – le dije mientras sostenía su cabeza entre mis manos. Las apartó con cariño, me miró a los ojos y me dijo:

– No lo sientas. Es tu hermana…

– Pero te dije que no volveríamos, y que pasaríamos el verano aquí, y míranos, aún no ha acabado y ya tengo que irme. Todo lo dejo a medias.

– ¡Calla! No digas eso… No es cierto.

– Sí que lo es. Soy un puto estorbo y soy inservible.

– Te amo, ¿de verdad crees que no sirves para nada?

– No, sólo estoy hablando porque me duele. Prometo intentar compensarte.

– Sabes que voy contigo, ¿no?

Esbocé media sonrisa. Éramos igual de cabezones los dos. Por mucho que le dijese, ella vendría conmigo, aun con miedo y a disgusto. La abracé fuertemente y besé su cuello.

– Te amo. – le dije. – Gracias por estar siempre conmigo.

– Gracias a ti, por ser el mejor hombre del mundo.

Derramé una lágrima sin que ella me viera. Agradecía tanto a Dios por tenerla en mi vida… Yo la había rescatado de su oscuridad, pero ella era quien impedía que yo me sumiera en la mía. Sequé con cuidado mi mejilla y luego besé sus labios. Iba a casarme con ella, tarde o temprano, pero de pronto mi mente se nubló. Mi hermana me necesitaba, y yo quería verla en cuanto antes.

– Cogí dos billetes de tren. – dije, pasada una hora. – Lo más barato que había… Sólo tengo trescientos cincuenta euros, ¿tú?

– Quinientos.

– Bueno, algo es algo… Espero que quepas en casa. No sé qué habrán hecho con mi cuarto. Imagínate que lo han convertido en una sala de juegos. Me imagino a mi madre ahí enganchada a las tragaperras y mi padre jugando al póker contra sí mismo. – me reí a carcajadas hasta que recordé mi razón de vuelta: mi hermana… Mi mente se abstraía con facilidad, y me atacaba en el preciso momento en el que yo estaba bien. Era una batalla constante. Cogimos las maletas y nos fuimos del piso sin pagar. Como no teníamos contrato, tampoco obligación. Nos sentíamos fatal siempre que lo hacíamos. Éramos justos, honestos y responsables, pero la necesidad atacaba a nuestra puerta, y, muy a nuestro pesar, nos veíamos obligados a realizar acciones como aquélla. Nos sentíamos mal durante unas horas o días, y acababa pasando. Al fin y al cabo, los caseros no solían ser muy agradables.

Cogimos el tren y ella echó una larga siesta dormida en mi hombro. El vagón no dejaba de moverse, y me pregunté cómo pudo conciliar el sueño. Entonces me di cuenta de que yo también estaba baldado, pero mi angustia me causaba insomnio.
A medio viaje se despertó:

– Otra vez a casa… – dijo con la mirada perdida en el paisaje. Nuestra antigua ciudad le traía dolor y recuerdos tormentosos, los cuales una vez compartió conmigo, y me robó en ese momento un suspiro cargado de sufrimiento.

– Otra vez a casa… ¿Cómo te sientes?

– Bien.

– ¿Quieres visitar a tus padres?

– No… No, no. – negó, pensándoselo y convenciéndose a sí misma. Volví a suspirar. – ¿Cómo te sientes tú?

– Nervioso. Sé que están decepcionados conmigo. No es para menos… Tenían muchas expectativas puestas en mí, y mira… No fui capaz de acabar ninguna de las carreras que empecé.

– Pero por aburrimiento, no porque no pudieras.

– Aburrimiento, o vagancia, ya no sabría decirte. No quiero aguantar sus miradas con el brillo de sus ojos apagados. Y ahora que mi hermana está enferma… no sé cómo estarán las cosas.

– Se curará, sé positivo.

– No sé yo.

– Que sí, ya verás. – bostezó. Se llevó las manos la boca mientras hablaba. – Todo irá bien.

– Duerme.

– No… Tu hermana enferma y yo así, durmiéndome…

– Duerme…

La miré, reprendiéndola cualquier cosa que fuera a decirme. Cerró sus ojitos y volvió a dormirse. Yo me enfrasqué en el paisaje a través de la ventana. Los bosques iban pasando. Y los ríos, y las tierras de secano, y las montañas, y las tierras húmedas, y los pueblos deshabitados, y las nubes por el cielo. Pasaron las horas y desperté a mi amada con besos en la frente. Salimos del tren, esperándome que hubiera alguien para recibirme. Ni un alma. Tampoco les había avisado. Se me iba la cabeza con facilidad. Acaricié el pelo rubio de mi amada y en sus ojos marrones vi reflejado a un ser desamparado. Le aparté mi mirada, con vergüenza. Tenía que acabar algo por una vez en mi vida.

Estábamos de vuelta en aquel maldito clima, húmedo, que calaba en los huesos entumeciéndolos. Taponaba la nariz, y dificultaba la respiración de los pulmones. Tan perjudicial para la salud… Quizá los malos no eran los habitantes de la ciudad, sino el clima, que los volvía así. Miré mi alrededor. Por un momento creí ver una sombra en la estación. Había tenido la sensación de que me habían estado siguiendo en el tren. Al pasar por los vagones me había sentido observado, y en esos momentos en los que íbamos a coger un taxi sentí una mirada clavada en mí, que no me quitaba el ojo de encima, y que seguía mis pasos… Paranoias, pensé, aunque no fueron así…

Cogimos un taxi hasta mi casa. No hicimos un sinpa porque tampoco cobró tanto. Llamé al timbre de mi antiguo hogar, nervioso. Mi padre abrió. Sus ojos se inundaron de ilusión. Me abrazó con fuerza, seguido de mi madre. Me sorprendieron; al fin y al cabo, no me odiaban ni me rechazaban, como me había sentido yo. Abrazaron también a Rubí. La consideraban una hija, aunque les costó cogerle cariño. Luego fui donde mi hermanita, que yacía en la cama, durmiendo. No quise despertarla. Me senté en el sofá y hablé con mis padres de mis odiseas por ahí. Mil y una anécdotas me pedían, y lo cierto es que no había pasado nada emocionante, a pesar de irme a la aventura a temprana edad. Noté cómo mi hermana abría la habitación de su cuarto y se acercaba al salón. Nos miramos, como si lo que más hubiéramos echado de menos el tiempo que permanecí lejos fuese el uno al otro, y la abracé con ímpetu. Luego me aparté y miré su cara, pero su sonrisa no duró mucho tiempo. Aún no me había dicho cuánto tiempo le quedaba. Y lo mejor fue saberlo en ese momento, pues sentí como si me desmayase. Apenas viviría unos pocos meses…

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