Capítulo 17

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Capítulo XVII

– Es un cabrón. – dije.

– Hala. – exclamó Rubí.

– Es que es verdad. Creo que está tras mi poder. Imagínate que voy, y a lo lejos me doy cuenta de que es una trampa, y decido no ir. Él sabría en qué se basa mi poder. Es así de intuitivo y de… no sé cómo decirlo.

– Que sabe pescarte.

– Sí. Entre que lo odio y lo admiro. Pero bueno, lo usaré, al igual que él a mí, y todos contentos. Sólo quiero pasta.

– Bien. ¿Estás seguro de que quieres hacerlo?

– Sé qué es lo que quiero, pero no estoy seguro del método que estoy eligiendo. Hay muchos más, no tan eficaces, ni tan rápidos. Aun así ya di mi palabra. No me queda más remedio.

– Y más importante, ¿podrás hacerlo?

– Mierda…

Ella estaba en lo cierto. No era lo mismo mirar las cartas de mis adversarios que tenía enfrente, que mirarlas desde abajo. Apenas tenía dos días y medio para practicar. Le pedí ayuda. Vivíamos en un piso, en una urbanización un tanto pobre y marginal. No supe cómo hacerlo, hasta que recordé que el piso de arriba estaba vacío. Subí, forcé la cerradura asegurándome que nadie me viera, y colé a Rubí, quien afirmó estar acojonada.

– Tranquila, si hubiera algo o alguien, lo habría visto.

– ¿Pero si no pudieras verlo todo?

– Este ojo sí que lo ve.

Estaba asustada por la oscuridad y por quedarse sola en un sitio extraño.

– Sólo reparte las cartas, y míralas como si estuvieras jugando. Los profesionales no las tienen en las manos, sino que las levantan un poco para mirarlas, y las dejan contra la mesa. Aun así, sostenlas en tus manos, por si resulta que son idiotas.

– Vale… Eh, ¿y si viene alguien?

– Yo lo vería y subiría corriendo a ayudarte. Por favor, esto es importante. Ten el móvil a mano. Cada vez que te dé un toque, barajea, y déjala de nuevo sobre la mesa.

Nos despedimos con un beso. Odiaba tener que medio obligarla a hacer algo que no quería, pero era realmente necesario. Me senté sobre el sofá, miré hacia arriba y comencé a analizar una a una las cartas de la baraja, llegando hasta la que se situaba encima de todas. Mi ojo comenzó a agitarse inquieto. Tenía que enfocarlo en un punto determinado. Era muy difícil hacerlo. Primero, tenía que atravesar mi parche. Luego, el techo, la mesa, y una a una las cartas. No es lo mismo cambiar el enfoque a largas distancias, que cuando es tan pequeña la separación que debes girar muy poquito a poco el objetivo para ir viéndolas una a una. Las más importantes eran las que se situaban encima de la baraja, contando con alguna que descartaría el crupier. Mi ojo comenzó a dolerme. Era desesperante. Me estresaba y me agobiaba tener que hacerlo de esa forma. Mi cuerpo no tenía la suficiente paciencia ni temple para lograrlo.

Tras una hora interminable, tanto para mí, como para Rubí, la llamé para que bajase. Lo hizo de inmediato, pero todo su susto y toda su rabia por haberle pedido eso desaparecieron en cuanto vio mi estado y mi cara ensangrentada.

Procuró un pequeño grito, abalanzándose sobre mí, desesperándose. Yo también estaba realmente asustado. Todo con lo que había estado engañando a mi amigo para que no codiciase el ojo aún, había resultado verdad. Pedí a Rubí que lo llamase para que viniera. Mientras tanto me miré reflejado en un espejo. ¿Por qué no podía ver a través de una cámara, pero sí los reflejos? Suspiré, inquieto por tanta pregunta. Era como si la visión de mi ojo fuera un rayo que rebotaba contra el espejo y volvía a mí, desnudándome por dentro. Y no vi nada fuera de lo común. Incluso el ojo parecía como siempre. Además, cualquier daño ocasionado parecía estar regenerándose.

A los pocos minutos subió mi amigo el doctor para mirarme. Se asustó mucho al ver mi cara llena de sangre que procedía de mi ojo. Me retiró el parche con sumo cuidado e inspeccionó el ojo, pero no halló nada, como nunca. Era frustrante para él no saber qué me sucedía. Tanto por todo lo que había estudiado, como porque también ansiaba mi poder. Les sonreí a ambos, diciendo que necesitaba descansar. Doc se fue, quedándose Rubí a mi lado.

– No permitiré que vayas. No permitiré que vuelva a pasar. Imagínate que dura más de lo que pensamos, y tu sufrimiento se duplica.

– No me duele. O sea, el ojo sí. Siento una presión, pero no como si fuera a estallar, sino como si se cansase. Como quien lee muy de cerca y tiene que forzar la vista. Pero… es extraño. A veces noto algún daño, pero me regenero sin quererlo, a mucha velocidad.

– Que me da igual. No vas a ir, y punto.

– Ya di mi palabra. Rubí, si no voy… las consecuencias podrían ser peores.

– Verán que sangras y sabrán de dónde viene tu poder.

– Mierda… Entonces no queda más remedio que entrenarlo…

– No…

– No queda más remedio… – repetí, sabiendo que me iba a doler. Y mucho…

Horas, y horas, esforzándonos los dos juntos. Rubí apoyándome en todo momento, y mis padres en el hospital, llamando para ver dónde estábamos. Les contesté con sinceridad: trabajando por ganar el dinero para pagar el tratamiento de mi hermana.

Rubí pasando miedo e intranquilidad, y yo sobrecargando mi ojo y mis nervios. Mi cuerpo se agitaba cada dos por tres, asqueado por todo lo que tenía aún que perfeccionar, y por la poca paciencia que tenía a la hora de hacer las cosas tan de poco en poco. Como montar un castillo gigantesco con palitos. Hay que tener mucha paciencia, equilibrio, y nervios de acero, porque a un movimiento en falso, o a un suspiro, todo volaría por los aires, deshaciéndose. Esa precisión requerida era la que me volvía loco, provocándome picores por todo el cuerpo, sudores, y ganas de arañar la pared. Y apenas dos días quedaban ya para entrenarlo. Menos, aún. Tenía que preparar todo mi espectáculo, y eso requeriría más tiempo.

Gracias a Dios, o quien fuere, Rubí no veía mis rostros contraídos desde el piso de arriba. Además, después de llamarla me limpiaba yo algo de mi sangre por encima, para que se asustase menos. La cosa es que a veces parecía sangrar más, y otras menos, y yo no acertaba a qué se debía. Menos mal que ella me preguntó que si habría sido capaz de hacerlo, que si no… la habría cagado monumentalmente.

– Siempre estarás ahí para cuidarme y salvarme, ¿verdad?

– Verdad. – me sonrió.

Y, por muy estresante y desesperante que fuera, los días pasaron volando. Había conseguido entrenar mi ojo de una forma en la que no me resultaba tan doloroso realizarlo, ni tan desesperante. Pero seguía siéndolo.

Por la tarde me dediqué a hacer unas compras para la noche con Rubí, y entonces nos separamos en la parada de autobús con un largo y pasional beso. No me ocurriría lo mismo que con mi hermana. Me quedé mirando al autobús irse hasta que desapareció por completo de mi rango de visión. ¿Por completo? Quizá si me hubiera esforzado podría haber llegado más lejos, pero no quise arriesgarme. Debía estar al cien por cien de mis capacidades.

Llegaron las once de la noche. Puntual, como siempre. Otra secretaría, con mejor humor, me condujo hasta donde el jefe. Estaba en la planta inferior al despacho. Aquél me llevó hasta una sala, y me dijo:

– Justo arriba lo celebraremos en una hora. Te dejo tu tiempo para prepararte. Toma, por aquí me dirás las cartas. – me cedió un micrófono.

– Vale.

Y se marchó. Ni nos dijimos hola, ésa fue toda nuestra conversación. Cerré el ojo y con el de Horus miré todo a mi alrededor, encontrando un par de cámaras ocultas. Sonreí por dentro. Entonces saqué de mi mochila varios objetos. Eran piedras preciosas. Lapislázuli, jade, y demás, los cuales coloqué en el suelo una vez que retiré la alfombra y dibujé con una tiza blanca un símbolo. Encendí unas velas, cogí una manta, me coloqué en medio del símbolo, me tapé con ella, y ale, ya había hecho el paripé para que creyera que era magia, y sus cámaras no podían verme. ¿O sí? Quizá eran infrarrojas. Eso me removió. La manta era para taparme y poderme limpiar la sangre que saliera de mi ojo sin que me viera. Recé para que no se diera cuenta, y la función empezó a las doce de la noche, cuando empezó a llegar gente de todo tipo. Esa gente que nunca verás en un periódico.

Peces gordos, capos de la mafia, jueces, y políticos. De todo un poco. La imagen de todos me repugnó.

Cuando se sentaron les asigné a todos un número, y se lo chivé al ricachón. Lo llamo así porque así lo conocí, pero allí todos eran más ricos. Entonces le iba diciendo: “uno tiene pareja de reyes”, “dos un ocho de picas y un siete de corazones”, y de esa manera progresivamente. Eran seis, y yo le decía todas sus cartas, y las que iban a salir en el floop, es decir, las que se ponen encima de la mesa para combinarlas con las que tiene cada uno. Era cansino y muy lento, pero necesario. Tres horas se tiraron, cansándose mi cuerpo y mi ojo, el cual chorreaba sangre. Me iba a ser muy difícil limpiar aquello con una simple manta tapándome. Las cámaras iban a pillarme, pero mi objetivo era que ganase, y así lo hizo. No sé cuánto valía cada ficha suya, pero acabé enterándome de que por lo menos había ganado un millón de euros en aquella timba. Y los demás, en vez de enfadarse, se alegraron, como si dijesen: “por fin ganas una”. Mientras los despedía fui limpiándome, junto al suelo. No debía dejar rastro. Y costó, ¿pero qué más podía hacer yo? Se me ocurrió observarlos la próxima vez a lo lejos, a través de un prismático, así no tendría que meterme en la boca del lobo y jugármela tanto. Me guardé los pañuelos húmedos con los que me limpié y luego recogí todo el hechizo, borrando la tiza del suelo, como si me diera prisa para que no descubrieran mi secreto “mágico”. Mi actuación reforzaría la creencia de que necesitaba un ritual para adivinar las cartas. Sin embargo, ¿cómo lo habría sabido en los torneos del casino? No había pensado eso, y tuve que inventar una excusa en mi mente, por si algún día preguntaba. Pasó otra hora hasta que volvió donde estaba yo.

– Bien jugado. Vete, mañana te daré el dinero. Ahora nos vamos todos de fiesta y de putas.

– Ah, estupendo, entonces. – medio sonreí, devolviéndome él otra media sonrisa.

– Cuídate, eres una joya.

Me largué de allí, temiendo que me pillasen por la espalda. No me sentía nada a gusto en territorio enemigo, por “bien” que nos llevásemos, o llegáramos a llevarnos, o por mucho negocio que tuviéramos juntos. Me daba muy mala espina, y, aunque el ojo no pudiera ver ciertas cosas, el instinto humano sí. Volví a casa, esperándome Rubí preocupada y despierta, abrazándome con muchísimo énfasis.

– Te echaba de menos…

– Y yo a ti. Estoy bien, necesito descansar, y ya.

– ¿Sangraste mucho? Han pasado muchas horas…

– Bastante, pero estoy bien, de verdad. Te lo prometo.

– Te creeré… – dijo, con muchísima preocupación dentro de su alma.

– Te amo, mi vida.

– Te amo… – dijo, con la misma voz triste que ponía cuando nos separábamos al empezar la relación, sabiendo que no nos veríamos hasta pasadas muchas horas. Odiaba esa voz. Me había prometido a mí mismo que no tendría que ponerla de nuevo, pero, como siempre, otra de mis promesas hacia mí volvía a ser quebrantada.

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