Capítulo 4.1 – Sempiterna Sonrisa

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Capítulo 4.1 – Sempiterna Sonrisa

 

Desperté después de haber tenido un sueño rotundo e inamovible. Había dormido tan bien… Llorar antes de dormir ayudaba a desahogarse y a caer rendido ante los encantos de aquel tan cómodo y placentero mueble. Ya había olvidado los sucesos traumáticos que arrastraba durante tantos años, los cuales se iban complicando en esos últimos días cada vez más. Visité a mi amigo Akira, quien estaba en la cama con un bulto sobresaliendo entre las sábanas. Sí, necesitaba una chica pero ya. Roncaba cosa mala. El pobre tendría un esguince, y todo por mi culpa. Bajé las escaleras y Cristina me dijo:

– Un trato es un trato. – y me enseñó la gabardina lavada, cosida, y casi en perfecto estado.

– Vaya, también la cosiste. – le dije yendo a por algo de pintura blanca para resaltar el símbolo algo descolorido atrapa-fantasmas.

– Cuéntame lo sucedido.

Se lo fui explicando poco a poco, hasta que llegué a la parte del aquelarre. Ahí le dije que Akira derribó la puerta, con tan mala suerte de caer por las escaleras, yendo yo detrás de él a salvarlo, acabando con las brujas.

– ¿Todas las brujas son malas?

– No, no. Hay dos tipos de magia. Blanca, y negra. La blanca es para ayudar a la gente. La negra es egoísta y caprichosa. Dicen que tiene consecuencias kármicas, pero yo no creo mucho en eso.

– ¿En qué crees?

– ¿En un Cielo y un Infierno? No sé. – me encogí de hombros. Ella iba tomando nota en todo momento. Aún no me había duchado y llevaba pantalón de pijama y una camiseta de tirantes blanca. Ella estaba vestida, y muy sexy. Me atraía. ¿Intentaría ligar con ella? Pero, ¿para qué? Sería incapaz de vivir mi ritmo de vida. La condenaría a estar pendiente de mí, sufriendo, y la pondría en peligro. No, no podía enamorarme, pero tampoco podía tener una aventura con ella y luego olvidarla. Yo no era así. – También hay muchas que dicen leer la mano o cartas del tarot. Ese tipo de magia suele ser Magia Estafa, como la llamo yo.

– ¿Qué tipos de experiencia has tenido con la magia?

Mi mente se abstrajo, recordando sucesos que hervían mi sangre. Sucesos que me habían conducido a acabar con las brujas. ¿Fue posesión, magia negra, o instinto asesino? ¿Un cóctel de todo, quizá?

– Eso no entraba en el trato.

– Porfi. – me dijo enterneciendo su sonrisa y poniéndome ojitos de cordero.

– No, son otras historias más enrevesadas que no son bonitas de contar. ¿Vas a venir a Francia?

Se encogió de hombros.

– No tengo nada que hacer.

– ¿No te echarán de menos tus padres, o tus amigos?

– Nah.

– ¿Nah? Sé más específica.

– Mis padres quieren que haga algo de provecho con mi vida, y creen que lo estoy haciendo.

– ¿Cómo?

– Investigando cosas para publicar un artículo.

– ¿Y será así, o sólo historias para tu blog?

– Blog. Una cosa es lo que les digo, y otra la realidad.

– Te dije que aunque le mostrases cosas al mundo real no te creerían. Pensarían que los vídeos son falsos, o las grabaciones, o lo que tengas, y delatarías nuestra posición a la policía, la cual debe de estar buscándonos. Nos alejaremos del país un tiempo. Quizá un año, o dos. Eres libre de volver cuando quieras, o de vivir la aventura en el extranjero.

– Optaré por eso último.

– Ah, ¿y tus amigos?

– Cada uno a su rollo. Además, nunca tuve buenos amigos.

– Yo sólo uno en toda mi vida.

– Ahora podrían ser dos… – dijo sonriendo.

– O tres. – contestó Cristian, que tenía el oído puesto. Entonces respondí:

– Prefiero que sean dos. El cazador y el cura.

– ¿Y yo? – preguntó con voz dolida.

Me encogí de hombros con sonrisa picaresca.

– ¿Algo más?

Y me fui, dejándola pensando. No quise que respondiera ni ver su reacción, sólo soltárselo e irme. Aún recordaba tácticas de ligoteo. Así la dejaría reflexionando, y, si no se había dado cuenta, ya le quedaría claro que yo estaba interesado en ella, pero tendría la duda sobre si lo decía en serio, o en broma.

Escuché ruidos que provenían del cuarto de Akira. Era algo rebotando con velocidad. Se la… ¡¿Se la estaba cascando?! No quise ni asomarme. Me di una ducha y al salir lo vi con cara entre drogado y agotado. Sí, se la había cascado.

– ¿A salud de quién? – le pregunté.

Negó con la cabeza, sonriendo. No me lo iba a decir. ¿Cristina? ¿Irene? ¿O quizá la bruja a la que había asesinado…? Varios escalofríos me recorrieron. No lo sabía, ni lo quería saber.

Fui empacando las cosas más imprescindibles. Armas, sobre todo. Entraríamos de forma ilegal a Francia, evitando llamar la atención y que nos cacheasen. Cristina me interrumpió:

– ¿Qué tipo de magia usaban las brujas?

Una pregunta que me perturbó. Me giré hacia ella.

– No vale encogerse de hombros. – me dijo cuando yo ya estaba enviándoles estímulos a mis músculos desde mi cerebro.

– Negra, creo. No lo sé, la verdad. No parecía nada bueno. Yo nos defendí, y ya. No lo pensé.

– ¿Tienes algún código?

– ¿Código?

– Sí, algo por lo que te rijas.

– Mata, y sobrevive. Pa qué más. Si algo te va a hacer daño, o va a hacer daño a un inocente, acaba con ello. Matar no es bueno, pero ser matado tampoco. La maldad y la bondad son relativas, y cada uno tiene que saber por lo que lucha.

– ¿Y tú? ¿Por qué luchas?

Mi mirada se perdió en el infinito, trasportándome a recuerdos traumáticos de mi infancia. Creo que el medallón brilló algo. A veces creía que era mi imaginación, pero al ver la reacción de Cristina pude darme cuenta de que el medallón reaccionaba ante mis sentimientos, seguramente, negativos.

– Por venganza. – dije. No había más. No iba a estar rechazando algo que no era. Sí, un hombre cargado de rencor y odio, con sed de venganza.

– Eso no llevará a nada bueno.

– Salvo a gente por el camino, y evito que sufran lo que yo sufrí. Eso es bueno, sí. Pero malo para mí, porque me acabará transformando en un demonio. – recordé las palabras de Akira, quien apareció con el cuerpo mojado y una toalla rodeándolo.

– Estoy mejor, gracias. – dijo aún con su sonrisa.

– Ah, ¿qué tal estás?

– Límpiate la cera de los oídos.

– ¿Pero puedes andar?

– Sí.

Ya nos tratábamos como siempre. Parecía que el suceso del día anterior nunca hubiera ocurrido. Se me asemejó extraño, pero lo agradecí. No era la primera vez que se me iba la pinza, y Akira tampoco había sido un santo.

– Aunque conduces tú. Te jodes, por encerrarme.

Ah, mierda, su frase rompió los esquemas de Cristina, quien sospechó de que le mintiese. Akira lo captó al vuelo y disimuló:

– Tanto tiempo en esta casa me agobia. Venga, llévame a sitios bonitos. Ya no me quieres, cari.

Reí forzadamente. Metí en la maleta unas mudas, tres pantalones, cuatro camisas, cuatro camisetas, y dos pares de zapatos. Pa qué más. Amén de otra gabardina, por supuesto.

Akira se puso una chaqueta de negro que yo le había regalado hacía tiempo. Era mía, hasta que encontré la gabardina. Él también llevaba camisa negra, botas negras, pantalón vaquero azul, y pendiente de diamante. Yo, en esa ocasión, me puse un aro. Mi gabardina marrón, una camisa por dentro verde oscura, con una camiseta verde oscura, vaqueros azules, y zapatos. Cristian vestía un jersey de cuello alto, pantalones de pana, y zapatos. Y Cristina su jersey rosa. No había traído muda consigo. Habría que comprarle algo.

Cogimos cuatro dagas de plata, cinco cartuchos de balas de plata, y tres de normales. Estacas, crucifijos, agua bendita, y poco más. Símbolos mágicos, e incluso satánicos. De todo valía.

Nos subimos al coche, cerramos la casa a cal y canto, y nos marchamos de nuestra ciudad, rumbo a Francia.

– ¿Y si nos detienen? – preguntó Cristian.

– Intentaremos eludir a la policía. Vamos a ir a Cataluña, al noreste, y a partir de ahí entraremos a Francia en barco. – dije.

– ¿Y de quién es el barco?

– Contactos nuestros. En este mundo se hacen muchos amigos, los cuales acaban falleciendo al poco, pero bueno.

– ¿Por qué mueren? – preguntó Cristina. Esbocé una sonrisa:

– Porque se dedican a cazar, y les sale mal.

– ¿Por qué?

– Joder, tanta pregunta. Pues porque no tendrán experiencia.

– No, que por qué empiezan a cazar.

– Ah, por venganza. – por eso sonreía yo, porque ella buscaba esa frase.

– ¿Acaban completándola?

– Algunos sí, otros no.

– ¿Qué les sucede a los que sí?

– Que quieren más, y más, y se vuelven locos.

– ¿Así te pasará a ti?

– Sí, seguramente. Pero mientras salve a gente por el camino, mi vida no habrá resultado ser un desperdicio del todo.

Por un momento me heló pensar en mi muerte. Sufriría, sin duda alguna, y luego el descanso eterno. ¿En el Cielo o en el Infierno? Tenía más papeletas para ir a este último lugar, y varios escalofríos me asaltaron. Akira se dio cuenta de lo que me estaba sucediendo.

– ¿Quieres que conduzca yo?

– No, no, estás pocho.

– Tampoco es para tanto.

– Yo sé conducir. – dijo Cristina.

– Y yo. – dijo el cura.

– Me imagino, pero no sabéis la ruta, y no me apetece estar indicándoosla.

Introduje el primer DVD que encontré y canciones de flamenco comenzaron a sonar. “Ole, ole” decíamos mientras dábamos palmas y nos reíamos. Incluso el cura se vio animado a bailar un poco.

– ¿Cómo te apellidas? – le pregunté.

– Sánchez.

– Bien. Cristina se llamará Cris, y tú serás Sánchez. O mejor, Sancho. Te bautizo como Sancho.

– ¿Como Sancho Panza? ¡Si estoy delgado!

– Jajaja, me da igual, me resulta más fácil pronunciarlo. Es lo que hay. Soy vago hasta para hablar.

Se encogió de hombros y esbozó una sonrisa.

– Aun así, Cris, te vendría bien un pseudónimo. – le dije.

– Llámame C.

– Ja, qué graciosa.

– Lo digo en serio.

No supe qué decir. También me encogí de hombros. Todos nos encogimos de hombros. Era como nuestra marca personal.

– Los hombros encogidos nos llamaremos. El equipo que va en lucha del mal. – bromeé. Akira se descojonaba de risa. Parecía que se hubiera fumado un porro.

Tras unas horas conduciendo y hablando sobre tonterías llegamos a Cataluña. Me entraron ganas de visitar Barcelona, pero debíamos separar los negocios del placer. Conducimos, y conducimos, y a lo lejos vimos a un furgón militar, con un soldado vestido de camuflaje como la camiseta de Akira y con un M16 colgado al hombro. Alzó la mano y nos obligó a detenernos. Alto, joven, piel blanca, pelo castaño corto, mirada de tigre enfurecido, y mandíbula pronunciada.

– ¡Quietos! – gritó de repente con una voz imponente, desenfundando el arma y apuntándonos.

Aparqué el coche, asustado. “La hemos cagado”, pensé. Cris temblaba, Sancho tragaba saliva, y Akira… Dios, Akira, seguías con tu maldita sonrisa impoluta de siempre. ¿Por qué siempre así?

– Bajaos del coche.

– ¿Sucede algo? – pregunté.

– ¡Que os bajéis! – alzó la voz. Asustados, abrimos las puertas y nos quedamos de pie, con las manos en alto. Por unos momentos pensé que nos asesinaría, y todo acabaría allí. Descubriría las armas. Tenía que noquearlo antes de que lo hiciera. Lo había conseguido con miles de infraseres, ¿por qué no contra él? – Tú, el de la sonrisa, ¿qué te hace tanta gracia?

– ¿A mí? Nada, nada. – seguía diciendo con esa sonrisa como si fuese a empezar a descojonarse.

– ¡Pues quítala! ¿O es que vas drogado?

– ¿Yo? Qué va. Pero tranqui, tío, que somos del mismo batallón.

– Encima graciosillo. ¡Al cuartelillo que te llevo!

– Pero tío, no te pongas así que sólo era una broma. – seguía diciendo con esa sonrisa imborrable. El soldado se le acercó y, en cuestión de milésimas de segundo, Akira lo había desarmado y lo apuntaba con su arma. Le atizó con la culata en la frente, tirándolo al suelo. Volvió a darle, y se quedó inconsciente.

– Vámonos cagando hostias. – dije. Sin previo aviso montamos todos y pisé a fondo, sin mirar atrás. No iba con ningún compañero, no sabíamos qué quería, sólo quisimos irnos de una vez.

– Estuvo cerca… – dijo Cris.

– Buah, estuviste soberbio. ¿Cómo lo…? ¡AHH! – grité al ver que Akira había cogido el M16 y, al llevarlo sobre las piernas, la mirilla apuntaba hacia mí. El coche deslizó un poco hasta que recuperé el control. – ¡¿Por qué coño lo has cogido?!

– Por las huellas. Que no piensas.

Lo miré. Por unos momentos todo el mundo desapareció. El motor dejó de sonar, los baches dejaron de molestar, el sol desapareció, mi propia existencia fue desvaneciéndose hasta quedar casi nada. Sólo éramos él, yo, y… sí, su sonrisa.

– ¿Cómo coño lo haces? ¿Cómo haces para sonreír siempre?

– ¿Quién sabe?

Volví al mundo real. En serio, ¿cómo coño lo hacía? Suspiré, resignado. Nos adentramos en el primer pueblo en los montes que encontramos. Escondimos el coche entre los árboles y anduvimos el recorrido hasta la posada, donde nos recibió la gente hablando única y exclusivamente en catalán. Yo no entendía ni papa, pero Sancho sí. Al parecer era de Barcelona, con padres andaluces, y un catalán mezclado, pero supo defenderse. Nos alquiló una habitación y cenamos algo.

– El viaje está previsto para mañana a las ocho de la tarde. – dije. – Tendremos que quedarnos por aquí hasta pocas horas antes. No me atrevo a salir con un soldado loco buscándonos. Esta noche Akira y yo volveremos a por las armas disimuladamente, y cerraremos bien bien el coche, aunque seguramente no lo volvamos a ver después de ir a Francia.

– Lástima, me gustaba mucho.

– Sí… Recuérdame coger algo.

Era la cinta de casete. No podía olvidárseme. Acabamos la cena cuando un gritó retumbó por todo el pueblo. Era el de una mujer, y salimos corriendo a ver qué sucedía. Estaba al lado de otra muchacha, joven y guapa. Tenía el cuello desgarrado, como si una bestia se lo hubiera arrancado. Era…, sí, sin duda era obra de un vampiro…

– Chavales, – dije. – los hombros encogidos tienen una misión.

 

 

 

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