Capítulo 8.1 – Pueblo del Mal

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Capítulo 8.1 – Pueblo del Mal

 

Un perro se me quedó mirando en mitad de la calle. Cara de penita llevaba, como la mía. ¿Se sintió identificado conmigo? Partí un trozo del bocadillo de paté que estaba comiendo y se lo ofrecí. Se acercó y lo devoró con hambre perruna. Acaricié su cabecita mientras yo le daba otro mordisco. Cuando lo acabó se me quedó mirando de nuevo con esos ojitos de cordero degollado. Suspiré y le di el resto del bocadillo. Entonces me di cuenta de que era hembra. Ay, perrita, qué bonita eres. Te llamaré…

Miré al cielo. La luna despuntaba, aun siendo de día. Menguante. El ajetreo con los hombres lobo nos había superado. De hecho, si era luna llena significaba que estábamos en enero, y que habíamos pasado las navidades sin celebrarlas siquiera. Y la gente no nos dijo ni un “feliz navidad”. Tampoco es que encontrásemos mucha, siendo unos prófugos. El único contacto que tuvimos fue un clan de hombres lobo que se destrozó entre ellos. Sonreí, por no llorar. Cris alzó el brazo a lo lejos, captando mi atención. Dejé de acariciar a la perra y le dije:

– Te llamaré Luna, aunque nunca nos volveremos a ver.

Adiós, pequeña Jack Russell terrier de lomo blanco con manchas negras y cabeza marrón. Llegué hasta el lado de mi… compañera sentimental y me llevó hasta una tienda de ropa.

– ¿Gabardina negra? ¿En serio? – pregunté con ella puesta. Les había pedido el favor de que me buscasen un abrigo acorde a mi personalidad. Lo que venía a ser una gabardina marrón de toda la vida. No me quedaba mal, y, de hecho, pegaba con mi personalidad un tanto pesimista, pero… me había acostumbrado demasiado a mi gabardina marrón como para querer cambiar de estilo.

Estuve yendo de tienda en tienda e irritándome hasta niveles insospechados. La gente se agobió conmigo y yo me agobié también conmigo mismo. No encontramos absolutamente nada.

– No debería haberle puesto el colgante. – dije sin venir a cuento, refiriéndome a la mujer lobo.

– No podías adivinarlo. Gracias a eso sabemos que a determinados seres los potencia y a otros los destruye. – respondió Akira.

– Sí, pero ahora…

– Venga, te doy mi chupa marrón.

– No sé…

– Era el look que llevabas antes de encontrar la gabardina. De hecho tú me diste alguna de mis chupas. Vamos.

Fuimos al motel y me la probé. Él era ligeramente algo más pequeño que yo, conque me quedó ajustadilla. No me convencía del todo, aunque molaba. Si me la abrochaba se notaba que no era de mi medida, así que la dejé desatada.

– Estás to bueno. – me dijo Cris.

– Ya lo sé. – dije alzando una ceja, haciéndome el chulo y sonriendo.

Entonces contamos la munición de la que disponíamos. Tres cargadores normales, dos de plata, uno de Uzi, y otra de M16. No estaba mal si no fuera porque íbamos directos a una emboscada en toda regla. Estábamos en Berlín, capital de Alemania. No había sido nada fácil el viaje hasta allá, pero en tres días habíamos llegado. Ya sólo faltaba cagarla, como siempre, y que el amuleto nos ayudase a resolver el caso, como había acostumbrado a hacer últimamente.

– Me duele la cabeza… – decía Chorro cada pocos segundos. Le habíamos dado pastillas y dejado que durmiera, pero seguía con fiebre y medio delirando.

– No podemos dejarlo aquí y así. – dijo Cris.

– No, pero tampoco podemos quedarnos. – dije.

– ¿Qué propones? – preguntó mi chica.

– ¿Te quedas tú junto a él? Marc, Akira y yo podemos con lo que vaya a haber. Además, si es una emboscada no quiero que estéis cerca.

– ¿Estemos, o esté yo?

– Tú. Me preocupo por ti.

Nos miramos con ese brillo inusual en los ojos. Cuanto más tiempo pasaba más me preocupaba por ella. Eso no era bueno. Así me volvería sobreprotector y no conseguiría que ella pudiera volar por sí sola. Chorro nos interrumpió diciendo:

– Estoy perfecto. Vámonos.

– No, no lo estás. – le dije.

– Sí, confía en mí, en dos horas estaré mejor. Lo que tarde el viaje.

Suspiré, no muy convencido por sus palabras, pero teniendo que aceptarlas.

– Vale, cogemos un coche, vamos al pueblo, lo inspeccionamos de arriba abajo, encontramos la info necesaria sobre el colgante y nos largamos.

– Como entrar en el seminario, ¿eh? – dijo Akira con esa sonrisa tan ladrona.

– Exacto. Todo fácil, rápido y sencillo. Cris y Chorro os quedaréis en la retaguardia, vigilando. Cris no sabe usar armas de fuego, y Chorro no está en condiciones. Nos avisaremos por estos walkie talkies de lo que ocurra. No insistáis. Si cuando queráis poneros en contacto no se os contesta, esperad. El ruido podría delatar nuestra posición.

Nos preparamos con lo necesario. Akira con su chupa de cuero negro, camisa roja, pantalones vaqueros, y deportivas blancas. Yo chupa marrón, aún no habituado a ella, con una camisa azul oscura, pantalones marrones y zapatos marrones también. Marc camisa de camuflaje, camiseta blanca, pantalones de camuflaje, botas negras. Chorro jersey rojo, pantalones de pana marrones, y deportivas negras. Y mi chica, blusa rosa, escotazo, vaqueros azules, y bambas blancas. Eso éramos nosotros.

Arrancamos el coche. En mitad del viaje pensé en cómo coño iban a estar vigilando el cura y mi chica con esas ropas tan llamativas. Maldije algo en alemán, inspirado por los miles de carteles que me encontraba. Algo sabía, lo suficiente como para mantener una pequeña conversación banal.

– Un aquelarre de brujas pinzadas nos persigue. – dijo Akira a Marc.

– Sí, fijo que nos están esperando. – dije yo.

– Confiad en Dios, decían. – dijo Chorro.

– ¿No crees en Él? – pregunté.

– No mucho, pero ya sabes.

– Sí, supongo. – dije encogiéndome de hombros. Se vio sumergido en una vida que no quería ni en la que tenía mucha fe. Otro más. – Oye, Marc, ¿no te acusarán de desertor o algo por el estilo?

– Me podrían acusar de tanto…

– ¿No decías que querías volver a España?

– Sí, y lo haré, espero. Sin embargo necesito un buen motivo… Algo que me conceda el indulto.

– O sea, que viniste a por nosotros porque sabías que te iban a echar.

– Sí. Era cagada tras cagada en el ejército. Nada de lo que me esperaba.

– ¿Entonces por qué te metiste?

– Al principio era pasión. Defender al pueblo, entrenar, las armas… Siempre quise haber sido policía, pero se necesitaba enchufe para eso, conque me decanté por soldado.

– ¿Detective?

– Sí, ¿por qué no? – estuvo un rato pensando hasta que dijo. – Nah, tanto no. Nunca he tenido mente fría. Soy más de actuar y de dejarme llevar.

– Otro como éste. – dijo Akira, que iba en la parte del copiloto mientras yo conducía, refiriéndose a mí.

– Cierto, aunque yo lo compenso con astucia. – dije. – Diría que me fijo mucho en las cosas, aunque en parte mentiría, porque casi siempre voy atontado por la vida, pero sí que me suelo percatar de lo importante.

– Para eso es un equipo. – dijo Marc. – Para que unos suplan las carencias de los otros. Donde uno falla, otro puede brillar.

Sonreí. No parecía haberme equivocado con él.

– A ver, concentración. – pedí. – Ahora viene lo jodido.

Un montón de tramos y de carreteras vinieron. Cambios de rasante, curvas con poca visibilidad, subidas a montes, bajadas infernales. Qué puto mareo.

– Chorro, ¿cómo vas? – preguntó Akira.

– Mejor, mejor… – dijo, todavía con las defensas bajas.

– No ha sido buena idea traerlo. – dije en casi un susurro.

– Como dije antes, nosotros seremos fuertes por él. – dijo Marc.

– No sabemos a lo que nos enfrentamos. Podría ser una trampa de tres pares de cojones. – dije yo. – Todo lleno de brujas asquerosas.

– O demonios malvados. – dijo Cris.

– O fantasmas locos. – dijo Chorro.

– U hombres lobo con ametralladoras. – dijo Marc.

– O una bacanal de gente con sida. – rio Akira.

El clima iba volviéndose más oscuro conforme nos acercábamos. El frío podía palparse en el ambiente. Respiré y de mi boca salió vaho. Según el GPS que robamos, el pueblo estaba a cinco kilómetros desde nuestra posición. No había ni un alma en las inmediaciones. Sólo bosque alrededor, y nubes gruesas en el cielo.

– ¿Recordáis lo que pasó por meternos de noche en el seminario? – preguntó Chorro con los ojos entrecerrados debido al dolor.

– Pero este clima… – decía yo. – No parece natural. Lo han debido de provocar.

– Estamos adentrándonos en la boca del lobo. – dijo el cura. – Auuu…

– Déjate de lobos, bastantes tuvimos.

– Aún no hablamos sobre lo que pasó. – dijo Akira.

– ¿Qué decir? Todos vimos cómo… Lili moría.

– Por nuestra culpa.

– No es momento de echarse culpas. Recordad que Gerard no estaba solo, y, aunque nos hubiéramos ido, la chica ésa habría estado masacrándolos después junto a su padre.

El viento empujó el coche. Me costaba mantenerlo en la misma dirección todo el rato. Nos movíamos mucho. Iba a apenas veinte kilómetros por hora. Necesitaba inspeccionar el perímetro. Tomando el tema como zanjado, dije:

– Esto me da muy mal rollo.

Me arrepentí de decirlo. No quería arruinar su moral. Los necesitaba al cien por cien, pues no sabíamos a qué nos enfrentábamos. De pronto un cartel surgió en el horizonte. Era muy grande, de unos cinco metros de alto y seis de largo. En él, con pintura roja estaba escrita la frase:

“¿Quieres respuestas? Llega hasta aquí”, y una flecha que indicaba algo. Nos acercamos, aparqué, nos bajamos y miramos las indicaciones. Era un mapa del pueblo. El viento se levantó furioso, llevándoseme casi de las manos el mapa. Lo sujeté con fuerza y volvimos al coche balanceante.

– ¿Por qué está eso escrito ahí? – preguntó Chorro. Miré a Akira. Por primera vez desde hacía mucho tiempo reflejé miedo antes de ver peligro alguno.

– ¿Tienes mal presentimiento? – pregunté.

– Mal rollito, pero no tanto como mal presentimiento. – respondió Akira.

Respiré algo más tranquilo. Miré a mis compañeros temiendo que fuera el último día que los viera con vida. Ya era tarde para volver. Los había llevado hasta el coño del mundo para una misión un tanto suicida. Cris me miraba muy, muy asustada. Su mirada me ablandó. Debíamos plantear una estrategia.

– No sabemos qué hay dentro. – dije. –  Echemos un vistazo.

Nos asomamos a pie, sí, y el horror llegó hasta lo más profundo de nuestras almas. Era un pueblo solitario y abandonado. ¿Abandonado? No, qué va. Estaba jodidamente plagado de zombis…

 

 

 

 

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