Capítulo 8.3 – Latas y Linternas

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Capítulo 8.3 – Latas y Linternas

 

¿Iba a morir? Me dolía bastante, sin duda. Había atravesado la cazadora de Akira. Si no moría yo, me mataría él. Aunque habiendo visto el historial de mis gabardinas fijo que se esperaba que me fuera a cargar su cazadora favorita. Me metí dentro de la casa y busqué algún botiquín. No tenían nada, sólo putas pastillas para el dolor de cabeza y alguna mierda más que no entendía. Lancé todo por la casa. Hice ruido, y se aproximaron más zombis donde estaba yo. Me desesperé. ¿Me transformaría en algo como ellos? ¿Tendría cura? ¿Antídoto? ¿Habría algo que pudiera ayudarme, joder?

Me cargué a los zombis en un pestañeo. Entré en un modo berserker que me permitió eliminarlos en un abrir y cerrar de ojos. Miré a mi alrededor. Estaba desesperándome. No podía contarle a nadie lo que me había pasado. Si lo hacía, sentirían lástima por mí, o pensarían que era un imbécil por haberme ido solo. Intenté mantener la calma, mas no pude. Arremetí contra objetos pensando en que la muerte estaba próxima. Llamé la atención de más de ellos, que venían hacia la casa. De pronto llegó Akira y me sacó a la fuerza.

– Joder, M, qué coño haces.

– Nada, que es que… no encuentro nada.

– Mentira. Dios, ¿te han mordido?

– Sí, pero no se lo digas a nadie, por favor.

– Joder, idiota, ¿por qué te fuis…? – estaba enfadado pero cambió el tono de su voz. Sabía que no era momento de reprenderme nada. Estaba a las puertas de la muerte. ¿Para qué estar mal?

– Lo siento, Akira. Lo siento, de verdad. Dile a Cris que la quiero, a Chorro que es un fiera, y Marc… bueno, que me gustaría haberlo conocido mejor.

– A ver, relaja, ¿vale? Relaja…

– Y tú, y yo… Lo siento. He sido impulsivo. No debería haberlo hecho. Perdóname, por favor. Te… Te quiero, amigo. Pero como amigos, obvio.

– Obvio. – sonrió. Me dio una palmada en la mejilla y me dijo: – Yo también te aprecio. Te quiero, vaya.

Le sonreí.

– No digamos nada. Estate a mi lado, y cuando pase, mátame, ¿de acuerdo?

– No tenemos ni idea de lo que va a suceder, sólo por conjeturas de pelis y juegos. No tienes por qué transformarte debido a un mordisco.

– Pero lo mejor sería haberlo evitado. Ya no hay vuelta atrás. Si pasa, hazlo.

Me miró triste. Odiaba verlo triste o preocupado. Significaba que de verdad había un problema, porque casi siempre tenía una sonrisa dibujada en su cara.

– Lo haré. – aceptó a regañadientes. – Ahora trae. Vamos a cambiarnos, para no preocuparlos.

Entramos en la primera casa que invadí yo solo. Akira me colocó una venda de su botiquín y luego me puse algo de ropa que encontramos. Me quedaba holgada, pero mejor eso que ver todo manchado.

– Lo siento por la chupa…

– No pasa nada.

Se estaba mordiendo la lengua. Estaba seguro de que tenía un enfado monumental. Sin embargo se lo callaba porque eran nuestros últimos momentos juntos.

– Tenemos una ventaja. – dije yo. – Si voy a morir, no importa que yo me meta a lo kamikaze en el punto al que debemos ir.

– ¿Y el medallón?

– A la mierda. Deberías dejar esta vida. Ser algo más. Un hombre feliz con esposa y críos.

– ¿Deliras? ¿Por qué no te aplicas el cuento?

– Porque yo ya no tengo mucho más que vivir.

– ¿Y te das cuenta de que la vida es hermosa cuando crees que vas a palmarla?

Me encogí de hombros.

– No, pero sin ti yo no sería el mismo.

– Ni yo sin ti…

– Por eso. ¿Qué importará el medallón? Te lo dejaré en relevo. Lleva al resto a buen cauce. Son buenas personas, se merecen acabar bien, no como yo. Pero, si pierdo el medallón, déjalo. Haced vuestras vidas, y a otra cosa, mariposa.

– Calla, vamos con ellos. Ahora sí que no podemos descansar. Tenemos las horas contadas.

– No encontré absolutamente nada, es lo que más me jode. He salido para nada. Mi muerte será en vano.

– Relaja ya de una puta vez. Si pasa, pasó, ¿vale? Si no, pues mejor. No te estés ahora rallando con eso porque sólo te va a servir para acelerar el proceso. Vamos a centrarnos.

– Sí. Primero llegaremos al campanario. Luego…

– Iremos a algún hospital, o centro comercial, para renovar tus vendajes, y nos iremos al punto aquél.

– No, el tiempo apremia, mejor será ir directos.

– No me hiciste caso y mira lo que pasó. Ahora me vas a obedecer, y punto.

Sonreí. No me quedó más remedio que aceptar. Tenía razón. Él no solía proponer muchos planes, pero cuando lo hacía resultaban bien. Debería haberlo escuchado mejor. Ya era tarde, aunque no tan tarde. Le seguiría a donde me dijera.

– Los zombis andan medio revolucionados. – dijo Akira como media verdad.

– ¿Estarán evolucionando? Igual crecen en fases. – dijo Chorro.

– Y qué, vámonos. Haremos el plan de M. Iremos hasta el campanario y buscaremos provisiones en el camino.

– ¿Ya? ¿De noche? – preguntó Cristina. La miré como quien mira algo inalcanzable. Moriría sin saber lo que podría haber sido.

– Vamos. – dije con seriedad. Se impresionaron por el tono de mi voz. Me hicieron caso de inmediato y comenzamos a caminar rumbo a la iglesia.

Marc encontró un bate, Chorro un crucifijo enorme que le venía que ni pintado, y Cris un cuchillo pequeño. Akira y yo llevábamos cuchillos jamoneros bastante intimidantes, y una mochila cada uno que habíamos encontrado. Fuimos por la parte opuesta en la que yo me había aventurado. Llegamos hasta la primera casa, la limpiamos de tres zombis que había, y registramos el interior. Cris se me acercó y dijo:

– ¿Y esa ropa?

– La otra la llené de sangre. – dije, un tanto frío, aunque por dentro aterrado por tener que perderla.

– Antes me dijiste…

– Sí, que te quiero, y lo mantengo. Pero ahora… ocupémonos de esto, por favor. Es muy importante.

Asintió con la cabeza, preocupada por mí. No estaba acostumbrada a verme tan distante.

Encontramos un par de botellas de agua, otra de coca cola, un whisky, y más latas de usar en el momento. No podíamos permitirnos parar a cocinar. Además de eso, mil y pocos euros. Nuestra fortuna iba aumentando. Siguiente casa.

Nos desplazábamos con sumo cuidado. Íbamos agazapados, en fila, primero yo, seguido de Akira, Cris, Chorro y Marc. Los zombis estaban por doquier, con sus asquerosos rugidos, como quien se levanta de una resaca terrible. A veces me parecían risas debido al mordisco que me habían dado. Se reían de mí y de mi muerte inminente. El viento seguía soplando. Mi cuerpo se congelaba de frío. La ropa que me había puesto abrigaba menos. Entramos en otra casa, y yo empecé a marearme. Akira me apartó a un lado y me dio unos analgésicos para aguantar el dolor. No era dolor lo que me pasaba, sino aprensión, por morirme y desvanecerme de la existencia. Sabía que había algo más allá, pero aun así… aterraba. Nunca había tenido miedo a la muerte, hasta que me di cuenta que de verdad estaba llegando…

Cris apareció para preguntar qué tal estábamos. Le dije yo que algo indispuesto. La situación empezaba a superarme. Marc encontró una escopeta. Akira se la colgó al hombro. Estupendo. Varias pistolas, una escopeta con dos balas, y una M16 con dos cartuchos. Se me pasó por la mente asomarnos por la ventana e ir reduciéndolos poco a poco. Sin embargo era de noche, las nubes tapaban la poca luz que podría llegar a nosotros, y apenas unos pocos faroles iluminaban las calles, conque no se veía el verdadero número de zombis que hubiera.

Comenzamos a impacientarnos. En esa nueva casa encontramos hasta diez mil euros. Deberíamos seguir buscando y aprovisionándonos, pero no sabíamos si mi mordida tardaría en asesinarme o no. Miramos el campanario y trazamos un plan para llegar. Estaba a tres calles de la casa en la que nos situábamos. Unos cuarenta zombis nos separaban. Los conté. ¿Cómo un pueblo tan pequeño podía albergar tanto zombi?

Cogimos latas y botellas por la casa. ¿El plan? Hacer ruido y distraerlos visualmente con la linterna mientras avanzábamos poco a poco. Marc era el más fortachón de nosotros, así que fue el encargado de lanzar los objetos con el fin de hacer ruido. Los zombis se movían hacia la posición que Marc señalaba. Estaba aún en la casa, en la planta de arriba, y utilizó la linterna para desviarlos de nuestra posición. Temí que nos pudiera traicionar en cualquier momento. Era en quien menos confiaba, aunque, sin duda, talento tenía. Salimos de la casa y caminamos paso a paso hasta la iglesia, procurando no hacer ruido, equilibrando el peso del cuerpo para no dejarlo todo en los pies. Avanzamos entre el frío viento de la oscura noche. Estábamos moviéndonos casi a ciegas. No podíamos encender las linternas o delataríamos nuestra posición. Nos metimos en estrechas callejuelas. Vimos a un grupo de zombis enfrente de nosotros. La botella que Marc había lanzado no cayó del todo bien y no se movieron gran cosa de allí. Volvió a lanzar otra, así hasta que nos los fue quitando de encima, encendiendo y apagando la linterna para distraerlos por la vista. Sin embargo dejó de hacerlo. Miré hacia la casa. No vi nada, pero imaginé lo sucedido: se había quedado sin batería. Estábamos parados, en mitad de una calle estrecha, rodeados de zombis rugiendo, a oscuras. No sabíamos de dónde procedían los ruidos. No sabíamos si estaban delante de nosotros, detrás, o al lado. Estuvimos en silencio varios minutos en los que incluso el latido del corazón causaba ruido. De un momento para otro vi a un zombi pasar justo a mi lado. El corazón me dejó de palpitar. Mi respiración se entrecortó y mi piel se erizó a medida que su ropa acariciaba mis manos desnudas. Su pie casi choca con el mío, debido a que lo movía como si lo tuviera desencajado. Me entraron ganas de actuar yo primero, y, a pesar de creer que la mordida me iba a matar de todos modos, me asusté demasiado para lo que estaba sucediendo. ¿Sería miedo a delatar la posición de todo el grupo?

Por un instante creí ver su rostro. Era una calavera, chupada, con la piel succionada por los huesos. Estaba podrido. Tanto, que incluso sus ojos también lo estaban y no pudo verme. Se me alivió el alma y casi emito un suspiro. Una lata cayendo cerca de nosotros nos asustó, pero a la vez resultó ser una salvación. De nuevo, Marc iluminando con su linterna. Nos abrimos paso hasta la iglesia y nos atrincheramos dentro poniendo bancos en la entrada. Miramos más puertas que tuvieran acceso a la iglesia. Había otra más, que tapamos con más bancos. Benditos bancos. Subimos hasta el campanario. No había ni un alma. Les dejamos linternas y pilas a Cristina y a Chorro y nos fuimos.

– Custodiadnos, ¿vale? – dije yo a mi chica. – Y habladnos por los walkie talkies.

– Claro.

Entonces en un arrebato de pasión la agarré por la cintura y le planté un ardiente beso que derritió sus labios y su corazón, encendiendo su cuerpo. Nos acariciamos, y, al separarnos le dije:

– Te quiero.

– Te quiero. – me correspondió. Le sonreí, le di un abrazo a Chorro, y nos largamos de allí. Entonces Akira me preguntó:

– ¿No podríamos hacer la misma estrategia para llegar hasta el centro?

– Sí, y no. Os necesito a cubierto y a salvo.

– ¿Por?

– Por si yo no vuelvo así saber que vosotros tendréis una oportunidad…

 

 

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