Capítulo 11.1 – La Vieja

Descargas:

ePub         PDF – PC

Capítulo 11.1 – La Vieja

 

No hubo rastro de la niña, ni del fantasma que la siguió. La poca seguridad del crucero fue nefasta. Nadie vio nada, algo extraño. No sé a qué pollas le atribuyeron los rasguños del barco que tenía al haberse rozado con el pirata. Ni tampoco supimos cómo unos fantasmas podían materializarse. Desaparecieron, la maldición inclusive, pero el medallón siguió en mi pecho. Ahí estaba esa calavera tallada en oro. Temí que la niña me hubiese mentido, pero ya era tarde para pedir explicaciones. El alba se dibujó en el horizonte, iluminando el paisaje, y a mí me entró un ataque de tristeza.

No podía soportar la presión de saber que Cristina me iba a abandonar tarde o temprano. Se tendría que marchar. Aquélla no era su vida. Habíamos hecho el amor, y realmente nos queríamos, pero… por esa misma razón no quise que tuviera que cargar con la vida que yo cargaba.

Lloré en silencio, apoyado en una barra, a medida que el barco se acercaba al puerto. Lloré, aguantando el llanto. Algo poco saludable, pero que necesitaba hacer. Todos habíamos triunfado. Habíamos completado un caso, Marc y Akira durmieron largo y tendido, Chorro había mojado, y Cris y yo hicimos el amor. Parecía todo perfecto, pero no lo era. Era un maldito sueño del que tendría que despertar tarde o temprano. Y no quería. No quería que Cristina se fuera. No quería solamente recordarla. Quería vivir con ella, y compartir mil emociones y aventuras más. Pero en una de ésas ella o yo moriríamos, y todo se perdería. No podía permitirlo, muy a mi pesar. ¿Y si cuando resolviera el caso del medallón y del ángel caído lo dejaba? ¿Y si cesaba mi empeño en vengarme? El amor sustituiría el odio de mi alma. Pero es que estaba tan arraigado que me resultaría imposible.

Pasaron dos horas más hasta que el barco atracó. Bajamos, con cara adormecida casi todos. Chorro se despidió de su amante con un beso, y nos dirigimos con nuestras maletas a vagar por la ciudad hasta un lugar donde pudiese mirar qué había sido del GPS del medallón.  

Nos sentamos en una cafetería y comencé a investigar. Nada, había perdido la señal al entrar en la isla. Sentí una rabia impresionante, y por otro lado esperanza. Con lo raros que éramos, podría ser que lo encontrásemos de casualidad.

– ¿Qué haremos? – preguntó Cris.

– Mmm, tengo una ligera idea. – sugirió Chorro. Lo miramos, intrigados. Tenía una cara de felicidad que ni él podía aguantarla. – Qué tal si acudimos a otra bruja para encontrarlo.

– Oh, claro, cómo no se me ha ocurrido. – dije, enfadado. No iba a permitir el uso de magia en mi grupo, no.

– Piénsalo. – sugirió Akira. – ¿Realmente hay otro remedio?

Suspiré, abstrayéndome. Mirando a través del espejo de la cafetería mis ojos se iluminaron. En el escaparate de una tienda se vendía una gabardina marrón que parecía encajar perfectamente en mi talla. Dejé todo atrás saliendo disparado a esa tienda. Al principio se preocuparon por mí, pero al ver a dónde me dirigí me esperaron en el mismo lugar que los dejé. Volví a los quince minutos con mi nueva adquisición. Me quedaba más prieta y me hacía más delgado que la anterior, pero pude hacerme el chulo delante de ellos, sonriendo, con sombrero inclusive.

– Lo conseguiste. – dijo Chorro.

– Me gusta ese look. – me elogió Marc.

– Grrr. – rugió Cris.

– Puto amo. – sentenció Akira.

Sonreí, y me ajusté el sombrero.

– Viva Inglaterra. No esperaba encontrar una así aquí. Encima marrón, como me gusta. Ahora que mi autoestima ha sido recuperada, aceptaré en contactar con brujas. ¿Alguna idea de cómo buscarlas?

– Las wiccanas. – dijo Chorro. – Las estudiamos. Hay un pueblo, al sur de Inglaterra. No recuerdo el nombre. Predomina la Wicca. ¿Vamos?

Me encogí de hombros, junto al resto del grupo. Sí, me encantaba esa expresión.

Esta vez fuimos más legales. Esperamos a un autobús que hacía escala allí. El conductor nos dijo que no era un destino muy común, que la gente de esa zona era muy cerrada.

– No creo en esas tonterías de la magia, pero dan muy mal rollo. – me venía diciendo. Era regordete. El autobús tenía dos plantas. Pasaba por varios pueblos de Inglaterra. – Es uno de los destinos menos concurridos. A la gente no le gusta venir. Más bien son ellos quienes se van fuera a hacer compras de movidas mágicas. Lo peor es que son gente normal, como tú, como yo, y no te esperas que estén en una secta satánica.

Vaya opinión tenía. Yo no era partidario de la magia ni de los brujos y magos, pero sabía que había excepciones de magia blanca. La Wicca era una de las pocas religiones que tenía un poco de mi respeto, aunque también albergase magos oscuros. Sin embargo, la gente parecía tener otras opiniones sobre ellos. Gente rara, inadaptados, o satánicos. El conductor aparcó, dijo que no sabía qué asuntos se nos podrían haber perdido allí, pero nos deseó toda la suerte del mundo. Turistas, dijimos que éramos. Nada interesante que ver, dijo. Y era verdad. El pueblo era de lo más normal. Rodeado de un bosque frondoso, tenía una arquitectura estilo victoriana, muy bonita y elegante, pero no parecía encerrar el halo misterioso que nos esperábamos. Ni bruma oscura, ni tenebrismo, ni nubes negras, sólo algo nublado, típico clima de Inglaterra.

Caminamos por el pueblo, calándonos la humedad. El ambiente era muy frío, las calles estrechas, y las casas y los locales abundaban. La gente parecía gente normal, con típicos problemas cotidianos, mas no aparentaban el aspecto que nos había relatado el conductor. De hecho pensamos que nos habríamos equivocado de parada.

Marc se sacó un paquete de cigarros de su pantalón vaquero. Seguía con su chaqueta militar, debajo una camiseta blanca, y zapatillas blancas. Cris llevaba una blusa blanca, vaqueros azules, y bambas blancas y anchas. Chorro un jersey verde oscuro, pantalones de pana marrones, y zapatos del mismo color. Akira una chupa de cuero negra, una camiseta debajo, y sus características botas negras gigantescas. Y yo pues mi gabardina marrón, una camiseta blanca, vaqueros azules, y zapatos negros. Todos llevábamos colgadas nuestras maletas al hombro, con armas inclusive. Sentí que la aventura iba a llegar a un fin próximo. Respiré el aire frío. Miré a mis compañeros y les sonreí:

– Pase lo que pase, sois los putos amos. – dije.

– Nosotros también te queremos. – dijo Akira, recuperando su amplia sonrisa. Me alegró vernos así, pero supe que a partir de lo que sucediera en ese pueblo, nada volvería a ser lo mismo.

Me giré, con una lágrima temblando en mi ojo. No quería perderlos. No iba a permitir perderlos.
Sentí como si el medallón que llevaba temblase. ¿Era el odio que intentaba retener, el cual quería escapar?

– Don’t cry, not yet. – dijo una mujer pelirroja de unos treinta años, mirándome a los ojos. Ni me había fijado en ella. “No llores, aún no”, quiso decir. Negué con la cabeza mientras el odio iba apoderándose de mí. El odio quería ser quien protegiera a mis seres queridos.

– Dime, ¿quién eres? – le pregunté en inglés.

– Venid, seguidme.

Caminamos detrás de ella hasta un edificio con una fachada impoluta, como si el tiempo nunca pasase ahí, aunque tuviera, seguramente, doscientos años de edad. Caminamos dentro y un grupo de personas nos esperaba en torno a una mesa, en una habitación oscura y escueta. Tres hombres, cuatro mujeres, cinco con la que acababa de entrar. Sus edades variaban. Un hombre mayor, dos jóvenes, una mujer mayor aún que el hombre, y tres chicas de la edad de los chavales.

– Os estábamos esperando. – dijo la más vieja de todas. Nosotros estábamos alerta, con nuestras armas y las pocas balas que nos quedaban preparadas, rozando nuestra piel con la culata. No íbamos a tolerar más emboscadas, no.

– ¿Qué esperáis de nosotros? – pregunté.

– ¿Y vosotros de nosotros?

– Necesitamos que nos ayudéis a encontrar un medallón.

– El medallón de Rymadi’el, sí. Lo conocemos.

Su frase me dejó helado. Alguno del grupo no entendía inglés, y estaban expectantes, pero Akira traducía por encima lo que hablábamos.

– ¿Qué sabéis de él?

– Es muy antiguo. – dijo el hombre mayor. – Más que el propio mundo.

– Va a ser usado para resucitar a su dueño. – dijo la anciana. – Vemos el futuro. Podéis cambiar el destino, pero necesitáis nuestra ayuda.

– Entonces dádnosla, por favor. – pedí. – A menos que apoyéis la resurrección de un ángel caído.

– Tenemos a los mejores brujos localizando el medallón. – dijo ella. – Podéis acomodaros en nuestras estancias mientras lo conseguimos.

– ¿Tardará mucho? – pregunté sin ánimo de ser el huésped de una bruja.

– No, pero podéis ayudarnos mientras tanto.

– ¿Cómo?

– Han raptado a tres de los nuestros. – dijo el hombre. – Una de ellas es mi hija.

– ¿Quiénes? – pregunté.

– Son de una secta. – dijo la anciana. – Las Alas de Ordari’el. Otro ángel caído, aliado de Rymadi’el.

– También brujos, supongo.

– Supones bien. – dijo el hombre.

– Aguardarán nuestra llegada. No tenemos el factor sorpresa.

– Lo tenéis. – dijo ella. – Os conocemos desde que os robaron, y pusimos un hechizo sobre vosotros para que no pudierais ser rastreados. Así, las que os robaron no sabrán cuándo llegáis.

– O sí. Tan fácil como hacer una llamada. – dije. – ¿Y no tiene consecuencias kármicas el poner hechizos sobre gente sin su aprobación?

– Viviremos con ello. – dijo la pelirroja.

Me encogí de hombros.

– Yo soy M. Ella Cris, él Chorro, él Marc, y Akira.

Los wiccanos asintieron con la cabeza. No se presentaron. Eso complicó la situación, volviéndola más incómoda.

– ¿Cuál es el plan? – pregunté.

– Matarlos, y salvar a los nuestros. – dijo la anciana.

– Eh, eh, esperad, hay un paso entre matar demonios y matar humanos.

– ¿Realmente estás diciendo eso? Tienes las manos manchadas de sangre, no serían los primeros.

– A mi favor digo que no tenía el medallón conmigo, y mi odio me poseyó.

– Vemos tus maldiciones. – dijo el hombre. – Te las quitaremos cuando nos ayudes. No podemos esparcir nuestra magia en rastrear y en purificarte a la vez, y menos en luna nueva.

– Hmpf.

– Y ten cuidado. El medallón que ahora tienes no aguantará mucho.

Tenía razón. El odio iba a apoderarse de mi cuerpo de un momento a otro.

– La culpa es de brujos como vosotros que me la quisieron jugar en el pasado. Pero ya no.

– No te preocupes, no pasará. – dijo él. – El pueblo que habitan está a cien kilómetros de aquí. Os entregaremos dos coches, y armas.

– ¿Qué armas?

– Acompañadme.

Se levantó de su silla y caminó por los pasillos de piedra de aquel lugar hasta que, tras cinco minutos andando, bajamos al sótano, donde abrió una puerta, mostrando un extenso abanico de innumerables armas de todo tipo.

Rifles, escopetas, lanzagranadas, pistolas, e incluso un bazoka.

– Esto es la guerra. – dijo, cuando nos brillaron los ojos, sobre todo a Marc.

– Una ruger, un dragunov, una kalashnikov, un… – iba diciendo mi amigo militar mientras se abalanzaba a acariciarlos, dejando sus huellas dactilares esparcidas sobre ellos.

– Si lo sé no me molesto tanto en traer las armas. – dije yo.

– Bien, ¿aceptáis? – preguntó él.

Negué con la cabeza.

– Tanta arma implica una masacre. No somos vuestros sicarios.

– Han raptado a mi hija, ¡MI HIJA! – gritó, sorprendiéndonos a todos. Creíamos que serían más pacíficos, aunque lo cierto es que la situación requería mucha ira.

– ¿Y por qué no llamáis a la policía?

– Están comprados por ellos. Todo en este país funciona por ellos. Necesitamos que les pongáis fin, por favor. Son asesinos, ladrones, secuestradores, y Dios sabe qué más.

– ¿Y por qué deberíamos fiarnos de vosotros?

– Hm… Mi nombre es Gary Oldfield. No revelamos los nombres porque es un dato importante a la hora de realizar rituales. Mirad mi DNI, y demás. – nos mostró datos suyos que llevaba en la cartera, mas yo seguí mostrándome reticente. Suspiró, cogió un frasco de cristal, y se abrió una raja en la mano, derramando su sangre en él. Luego se quitó pelos de su cabellera y los depositó en una bolsa. Nos lo entregó. – Tenéis mi nombre, mi fecha de nacimiento, y mi sangre y mi pelo. Más no os puedo dar.

En sus ojos había desesperación, sí. Podría confiar en él, pero no en el resto. Quizá ellos eran los malos, y a los que íbamos a asesinar eran los buenos intentando detener un apocalipsis. Mi instinto me pedía no confiar, ¿pero qué más remedio teníamos?

– Está bien, pero la vieja vendrá con nosotros. – dije.

– ¿Qué? No, no puede. Es nuestro miembro más antiguo.

– Por eso mismo. La vieja chocho a nuestro lado, por lo que pudiera pasar. Sé de buena tinta que ella no está realizando los hechizos. No soy tan estúpido. Si no, no hay trato.

Suspiró, irritándose. Fue lo último que pasó allí. ¿El resto? Nosotros divididos en dos coches. Marc, Cris y yo, y en el otro Akira, Chorro, y la vieja, con nuestros maleteros llenos de armas y de la sangre del hombre aquél. ¿Qué íbamos hacer? ¿Cuál era el plan? No lo tenía muy claro, sólo sabía que… no había vuelta atrás.

 

 

©Copyright Reservado

Libre distribución sin fines lucrativos

Prohibida su venta

Leer éste y más en: http://romanticaoscuridad.com/glosario-libros-gratis/gabardina-marron-angel-caido

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *