Capítulo 10.3 – La Vida Pirata es la Vida Mejor

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Capítulo 10.3 – La Vida Pirata es la Vida Mejor

 

– ¿Qué sucedió? – pregunté

– Aquí morí yo… – podíamos entender todos el lenguaje que usaba. Era el lenguaje que sonaba desde el alma. – Hace doscientos cincuenta años. Cada medio siglo se repite la misma batalla, y esta vez estáis en medio.

– ¿Qué? ¿Qué pasó? ¿Cómo podemos pararla? – pregunté.

– Hace doscientos cincuenta años navegaban por estos mares dos barcos. Uno pirata, y otro inglés. Yo iba en este último. Al ver a los piratas, quitaron la bandera de Inglaterra, pues habíamos sobrevivido una tormenta desastrosa, no estábamos listos para luchar, y ansiábamos llegar al puerto en cuanto antes. Izamos una pirata que encontramos entre las provisiones obtenidas de un ataque anterior para pasar a su lado. Pensamos que los piratas tenían su propio código de honor, que se respetarían… Cuando los barcos se cruzaron, hicieron estallar sus cañones, reventando nuestro barco. Les respondimos con el mismo fuego, pero nos abordaron… y masacraron. Aun con todo, cuando uno de los piratas me vio, quiso protegerme. Era la única mujer en el barco. Los piratas habrían querido abusar de mí sin importarles mi edad. Me escondió, pero acabaron encontrándome. El pirata que me había ayudado traicionó a sus compañeros, asesinándolos. Una bala rebotó, alcanzándome, muriendo casi en el acto. Atormentado, el pirata se disparó con una de las pistolas caídas de sus antiguos compañeros.

– ¿Quién es el que vimos ahorcado? – preguntó Cris.

– El capitán de nuestro barco. Antes que morir o ser raptado, se quitó la vida. Decidió escapar, antes que luchar. Estábamos tan cerca del puerto…

– ¿Cómo sabes español? – pregunté. Aunque ella hablase en un idioma entendible para todos, el del alma, nosotros sólo podíamos hablar físicamente un idioma predeterminado.

– Fui educada con inglés, francés, español, y algo de portugués.

– Nada mal, para ser una niña. – dijo Marc.

– ¿Tú cuántos idiomas sabes?

– Muchos… – dijo encogiéndose de hombros. Era perfecto para el grupo. Negó con la cabeza. – Ninguno. Español, y para qué más.

– ¿Y catalán? – pregunté yo.

– Ah, això per descomptat.

– Idioma bonito. – dijo la niña. – Algún día lo aprenderé. – dijo con sonrisa irónica.

– ¿Por qué estás en este barco? – preguntó Akira.

– Es el lugar exacto donde morí. Me aparecí por la cubierta, pero fue aquí donde los barcos se cruzarán, y donde se dispararán.

– Entonces partirán este barco. – dije yo. – ¿O se os puede traspasar?

– ¿Traspasaste la botella de ron?

Su pregunta, mi respuesta.

– ¿Cómo los detenemos? – pregunté.

– Sobre nosotros pesa una maldición. Todos morimos en esa batalla. Nuestro barco quedó más perjudicado que el suyo, pero también se hundió, y la traición de su contramaestre no les sentó nada bien.

– ¿Quién hizo la maldición?

– No lo sé. – negó con la cabeza. – Toma, – dijo sacándose un medallón de oro con una calavera grabada en él. – es oro español. Procede de las américas. Te protegerá de los malos espíritus.

Lo cogí, y me lo enganché al cuello. Era más pesado que el otro que tuve. Sentí mi odio apaciguándose. El medallón, sumado al amor por Cristina, me ayudaría en mi misión sin alterarme más de lo necesario.

– Gracias, ¿pero cómo…?

– Siendo fantasma veo muchas cosas. Me protegió del mundo astral, pero no del físico. La gente es mucho más cruel que los seres que combatís. ¿No creéis que deberíais dejarlo?

– No podemos.

– Los barcos… – dijo Akira. – Chocarán contra éste, partiéndolo. ¿Qué saldría en las noticias? ¿Accidente? Los del gobierno responsable lo ocultarían al no poder explicarlo, pero está en nosotros salvar a las personas, a estas vidas.

– La niña tiene razón. – dije. – La gente es despreciable. Estoy seguro de que más de la mitad de los que van en este barco merece morir.

– ¿A cambio de gente que no lo merece? – preguntó mi amigo, mirándome. Mis ojos cansados se avergonzaron de mis palabras. Apreté el medallón contra mi pecho. No quería que el odio surgiese, no…

– Sea como sea, no nos queda más remedio. Repito, ¿cómo los detenemos? – pregunté.

– No lo sé, esperaba que vosotros sí. Sois los expertos, ¿no?

– ¿Por qué lo intuyes?

– No os asombrasteis tanto al verme, y el contramaestre estuvo buscando gente como vosotros para advertiros de lo que se avecinaba, el otro al que visteis. Éste es el punto exacto donde se encontrarán los barcos.

– Espera, entonces… Si puedes permanecer aquí porque es donde moriste, ¿estamos anclados?

– Sí.

– Mierda, por eso el viaje dura tanto, porque se queda en mitad del mar.

– El fondo no queda muy lejos. Se encontraron los restos, pero la maldición nos hace revivir cada medio siglo. Por favor, ayudadnos.

– ¿La maldición también provocó que mantuvierais vuestros aspectos y los barcos se recompusieran de forma material?

– Eso parece.

– ¿Lanzada por quién?

– No lo sé. ¿Importa?

– Si encontrásemos al que la invocó, podríamos convencerlo para que la anulase. Mmm, ¿no será el propio medallón?

– No, me lo dio una bruja antes de viajar en barco. Es muy preciado para mí. Aunque si nos ayudáis, no lo necesitaré más. Si no, lo recuperaré de tu cuerpo muerto.  

– Oh, bien…

– Se me ocurre una idea. – dijo Akira.

Todos lo miramos, atentos.

– No dispararán hasta tenerse uno al alcance del otro. Debemos esperar a que estén cerca del barco, saltar sobre los suyos, y realizar un hechizo de expulsión.

– ¿Qué? ¿Y si nos matan antes de saltar? – pregunté, alterado.

– Hasta ahora es todo lo que podemos hacer.

– Joder. Y el maldito Chorro perdido. Niña, ¿sabes dónde está el cura que nos acompaña? O sea, el otro, el que estaba con nosotros.

– Sí. Está bien, no os preocupéis. – dijo ella.

– Bien, vayamos, pues, al plan suicida de Akira.

– ¿Se te ocurre algo mejor? – dijo él.

De pronto, sin saber cómo pasó, habiendo una laguna abismal de por medio, estaba yo machacando en el mortero los ingredientes necesarios para hacer un hechizo de expulsión. Agua bendita vendría de perlas. ¿Dónde coño estaba Chorro? Aunque con lo pecador que se había vuelto no sabía yo si estaría muy bendita.

Había perdido yo a piedra, papel o tijera. Me tocó lanzarme a por el barco pirata, en vez del inglés. Ay, mierda. Mi pellejo tembló. A mi lado estaba Cristina, y Akira en la otra punta del barco con Marc. Amaba a Cris, pero en ese momento habría preferido tener a otra persona más corpulenta que pudiera rescatarme. Me daba miedo invocar el hechizo y que el barco desapareciera, cayéndome al mar.

Las luces parpadearon, y todo el barco se quedó sin luz.

– ¡Estupendo! – grité yo, acojonado. Sí, estaba bastante asustado. El agua era de las cosas que más miedo me daban. Cris encendió la linterna y alumbró el mortero. Cuando lo tuve listo sólo me quedaba echarle un ingrediente más y pronunciar el conjuro. Lo preparé, lo sostuve entre mis manos, y vi al barco llegar. El bauprés, ese mástil que sobresale por delante del barco, se acercaba. Miré a Cris con cara de: “te amo”, a la vez de: “voy a cagarla”, y grité: – ¡A tomar por culooooooooo…! – mientras me lanzaba hacia el barco enemigo. Salté sobre tal palo, pero una mala caída me hizo desestabilizarme y acabé quedándome colgado de una mano. El mortero se me deslizó de la otra, y se me cayó al mar. Con ambas manos me levanté y me quedé en el palo haciendo equilibrio. Corrí hasta la cubierta del barco, asustado por las olas que se elevaban. Los piratas me miraron rugiendo. Palpé mi chaqueta. – Oh, ¿en serio no he cogido armas? ¡¿EN SERIO?!

Uno de ellos se me acercó con su alfanje, cortando el aire queriendo cortar mi cabeza. Me agaché y le di un puñetazo, robándole el arma y cortándole el cuello. Parecía moverme mejor que ellos.

Corrí hasta donde se situaba el timón, esquivando los piratas que se aproximaban hacia mí locos por mi sangre. Iba a morir, pero salvaría a un montón de vidas. No tenía al medallón para protegerme esta vez.

Me cargué al que dirigía el barco y moví el timón hacia la derecha, girando el barco lo suficiente como para sólo rozar al crucero. Los piratas me rodearon y me apuntaron con sus armas.

– Por favor, sólo quiero salvaros. – dije en inglés.

– Disfrutamos matándolos. No queremos irnos. Sabemos que iremos al Infierno. – díjome el capitán.

– Pero… es que no se va al Infierno…

– ¿Qué? ¿Cómo que no? – preguntaron indignados.

– No. ¿En serio lo creéis? A ver, mirad, una vida ¿qué son? ¿Ochenta años, aproximadamente?

– Cuarenta.

– Eh… sí, bueno, cuarenta, lo que sea. ¿Os imagináis estar toda la eternidad sufriendo pagando los errores de sólo cuarenta años?

– ¿Me quieres decir – dijo uno, feo, calvo, enano y regordete. – que podría haberlas liado peor, que al final iba a ir al cielo?

– Básicamente… A ver, en la eternidad ni os acordaréis de las cosas que hicisteis en vida.

– ¿Pues cuál es el sentido de vivir? – preguntó otro.

Me encogí de hombros.

– Eh… pues… ni idea, para qué engañaros. Sólo sé que es así.

El barco rozó el crucero, rayándolo por la parte trasera.

– Vaya. – dije yo al verlo. – ¿Me dejáis bajarme?

– No, no nos podrías salvar. Los ingleses se fueron. Ahora nos toca a nosotros.

– Pero es que necesito los materiales… – dije.

– Venga, ve a por ellos.

Anclaron al lado del crucero. Me bajé, ante la mirada descolocada de Cristina, y Akira se reunió conmigo. Preparamos los materiales en un santiamén, me acerqué a ellos, recité el conjuro, eché el último ingrediente y dije:

– Que os jodan, cabrones. Pudríos en el Infierno.

– Eh, pero…

Se quedaron perplejos. Eché el ingrediente, y… no funcionó. Otro momento incómodo. Akira se me acercó por detrás y dijo:

– La sal…

Echó una pizquita en el mortero mientras los piratas nos miraban con caras asesinas.

– Esto… vale, ahora sí. ¡Que os jodaaaaaan! – grité mientras alzaban las pistolas para disparar. Recité el conjuro como alma que lleva al diablo y el barco se desvaneció junto a la tripulación.

– Ni nos hizo falta dibujar el símbolo. – dijo Akira.

– Coño, es verdad. – me di cuenta yo. – ¿A ti te dio tiempo de volver desde el barco?

– Ni salté. Les pegué un grito diciendo que quería salvarlos y vinieron.

– Pues yo salté, se me cayó el mortero, y engañé a la tripulación inventándome cosas. En fin.

– ¿Y si en vez de anular la maldición la hemos atrasado? – preguntó Cris.

– Que se preocupen en medio siglo de ello.

Las luces volvieron. La gente estaba aterrorizada encerrada en sus camarotes. Apenas había personal de seguridad yendo y viniendo. Ni se dieron cuenta de nuestra fiesta.

– Vaya puta mierda de viaje y de organización. – dije yo. – Ni que estuviéramos en España…

– ¿Y Chorro? – preguntó Marc. Fuimos hasta su camarote a buscarlo y lo encontramos empotrando a la francesa, la cual estaba a cuatro, mientras el cura la agarraba del pelo y le decía cosas que parecían muy sucias en francés. Al vernos ni se avergonzó, nos sonrió y dijo:

– O entráis u os vais.

Nos largamos, dejándolo que siguiera disfrutando de su meneíto.

– La vida se ha vuelto loca. – dije yo.

– Hazme tuya. – me susurró Cris al oído. No lo dudé dos veces. La sostuve entre mis brazos y fuimos a mi camarote.

– ¿Nos hacemos unas pajas? – preguntó Akira a Marc. Me dio repelús. No supe si lo preguntó en serio o no. Tampoco me importó. Yo tenía el deber de hacerle sentir toda una mujer a mi amada…

 

 

 

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