Capítulo 6.1 – Flatulencias

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Capítulo 6.1 – Flatulencias

 

Estiré mi cuerpo, sintiendo mis heridas sobre aquel incómodo colchón. Apreciaba el uso de ropa limpia sobre mi piel, sobre mi vendaje. Deslizaba bien, y olía a fresas. Enredé entre mis manos el casete de música de los ochenta. Cada día me estaba perdiendo más a mí mismo. Lo guardé, y me giré para mirar a mis compañeros. Habíamos alquilado un cuarto con dos camas, en un motel en la frontera de Francia con Bélgica. En una dormía yo, y en la otra Akira y Chorro. Cris había decidido dormir en el suelo. Ojalá se hubiera metido conmigo, pero estaba tan herido que cada poco me movía, delirando en sueños. La observé, durmiendo sobre mantas y una almohada cochambrosa. Esbocé una pequeña sonrisilla. Me estaba enamorando de ella. Acaricié mi barba. Oh, mi barba ya estaba crecida. Mis cuatro pelos mal contados se estaban transformando en una barba poblada. Nah, miento. Una barba con pelos al azar que quedaba horrorosa. Pero, oye, era mi barba.

No dormí muy tranquilo. Estábamos ante un caso grande. Mi medallón era poderoso, y debíamos adivinar para qué servía y por qué lo codiciaban, siendo conducidos directamente hasta una trampa mortal. El sueño se palpaba en mis párpados que luchaban por cerrarse, pero mi corazón galopaba enrabietado. Ah, maldito. Tranquilízate y déjame dormir. Pero no, no lo haces. ¿Qué te inquieta? ¿Son mis sentimientos por Cris? ¿Es el miedo a la muerte, o a que nos pase algo? ¿O es emoción por descubrir cuál es el poder que siempre me ha acompañado?

No supe adivinarlo. Me encogí de hombros, sintiendo mi espalda dolorida restregarse con el colchón, y un gustirrinín por todo el cuerpo. Como casi siempre, soñé nada. O tenía algún sueño erótico, o una pesadilla, o nada. Desperté, de pronto, cinco horas después. Mis cinco horas diarias. No daba para más. Así luego estaba casi siempre cansado y desganado. Pero algo me libraba de la muerte. El medallón, sin duda. Un tío como yo debería haber muerto en el primer caso.

No había salido el sol aún, y yo ya no conciliaría el sueño. Quise salir a dar una vuelta, con mi sombrero y mi gabardina. Y fue entonces cuando recordé que los perdí. ¿Qué sería del sombrero? Cuando se me cayó encima del gigante desapareció, porque cuando volví ni me fijé en si estaba allí. Las cucarachas me daban demasiado asco como para ir fijándome por dónde corría yo.

Ah, no era suficiente problema enfrentarse a seres sobrenaturales como para enfrentarse a humanos también. Los primeros solían ser más predecibles que los últimos mencionados.

Un aquelarre venía a por nosotros. Fue entonces cuando no me arrepentí de asesinar a aquellas brujas, o a la niña cuando recuperó su forma. Quise proteger a Cris, y acerté. Si hubiera asesinado a alguien inocente… ¿Qué importa? No me equivoqué. Algún día me equivocaría, y entonces tendría que arrepentirme. Hasta entonces, seguiría siempre mi instinto.

Bostecé como un camello. Suerte que no se me metió un mosquito en la boca. Pensé en Debrah, o como se llamase, la vampiresa aquella del puticlub. ¿Estaría bien? Su maestro había muerto. ¿Buscaría venganza? Yo le perdoné la vida, ¿me habría concedido ella también esa oportunidad?

Joder, qué raro me había vuelto. Era más despiadado con humanos que con los sobrenaturales. Supongo que me identifiqué con ella al dejarla ir. Solitaria, sin lugar ni patria, ni nadie que la ayude o la guíe. Ah, Akira, siempre te tuve a ti, y eso lo agradecía.

Intenté levantarme pero mi pie me doblegó, arrojándome al suelo, cayendo con la rodilla. Esbocé una mueca de dolor, y me arrastré hasta donde mi gabardina hecha trizas. Busqué la pistola. Volví a la cama y la metí debajo de la almohada. Por si las moscas…

Un susurro lejano llegó hasta la ventana, golpeándola. El viento ululante se agitaba nervioso afuera. Qué mal rollito daba. Con lo que habíamos vivido se me hacía raro que pudieran dormir. Menos mal que había calado al fantasma, que si no me habría enfrentado al gigante a puñetazo limpio y me habría partido por la mitad. Ay, colgante, colgante. ¿Tú perteneciste a un ángel caído? ¿Un ser que cayó por amor? Igual que todos los hombres… Humanos, en general. Amor, o ilusión. ¿De qué sirve ilusionarse y obsesionarse y llamarlo amor, cuando sólo trae dolor? Así no es el amor. Todo sea por aferrarnos al poco cariño que alguien nos da. Todos tememos la soledad, aunque a veces la adoremos.

– Joder, M, qué profundo estás. – me dije en voz alta. Me rasqué mis partes íntimas para restarle romanticismo a la escena y me tiré un cuesco que resonó en toda la habitación. Empecé a reírme por lo bajo, como un niño pequeño que ha hecho una gamberrada. Me reí tanto que me contuve la carcajada, y más me reí. Sudé, pensando en que lo habrían oído y me pillarían. Jaja, qué tonto era. Levanté las sábanas y el olor casi me tumba. Me entró una arcada, y agité el aire para que se esparciese. Entonces me acerqué a la cama de Akira y Chorro, cojeando, y solté uno silencioso pero asesino. Volví corriendo a mi cama y me hice el dormido, conteniéndome la risa. Al poco Akira se despertó, respirando a intervalos, analizando el olor.

– Puagh, Chorro, qué cerdo eres, la virgen. – le soltó. El cura roncaba, con cara de felicidad. – Y el hijo de puta está sonriendo. Debe de estar soñando que le tira pedos a alguien en la cara, el muy…

Joder, cuánto esfuerzo tuve que hacer para contenerme la risa. Todo mi cuerpo temblaba. La risa contenida me causaba espasmos. Los observaba bajo las mantas, con un ojo entrecerrado. Akira dirigió una mirada hacia mí. Yo parpadeé, como que me acababa de despertar.

– ¿Qué pasa? – dije con voz de dormido.

– Éste, que se ha cagado encima.

– Buah, qué olor. Llega hasta aquí.

– ¿A que sí, tío? ¿Qué coño habrá comido?

– Se le habrá revuelto la tripa tanto correr y sudar.

– Callaos, que quiero dormir. – dijo Chorro.

– Encima. Estamos así por ti. – le replicó Akira.

– ¿Eh?

– Poluciones nocturnas. – dije yo sin saber qué coño decía.

– ¿Cómo? ¿Me he corrido? – preguntó mirándose el pantalón.

– No, te has cagado. Joder, me equivoqué. – dije. – Recién despierto no soy persona.

– Pesaos, dormíos de nuevo. – dijo Cris.

– ¿Pero no hueles eso? – preguntó Akira.

– Un olor a requesón, sí. – aseguró Cris.

– Pues ha sido éste.

– Amigos, lo siento, no lo controlo. – dijo Chorro sintiéndose mal, haciéndome sentir mal a mí. – Si queréis me voy del cuarto.

– No seas tonto. – dijo Akira. – Esto no es para echarte, pero contrólate, tío.

– En serio, es que estaba durmiendo.

– Vale, no pasa nada. Venga, a dormir todos otra vez.

– Yo ya me desvelé. – dije.

– Yo también. – respondió Cris.

– Yo no podré dormir. – contestó Chorro.

– Pues que os peten, que yo me quedo aquí. – dijo Akira.

– Va, no seas malo. Duerme en el coche, conduzco yo. – le dije.

– No me apetece un cristo salir ahora.

– No tenemos por qué ir a Alemania. – propuso Cris. – Podemos dar una vuelta por el pueblo.

– O buscar algo extraño por aquí cerca e investigarlo. – dije yo, arqueando una ceja. – ¿Os apetece haceros pasar por agentes de la interpol?

– Suena interesante. – dijo ella.

– Sí, ¿por qué no? – respondió Chorro, aún rojo como un tomate. Perdió toda la gracia cuando se sintió tan culpable. Quise delatarme, pero preferí pasar de ello.

– Pues yo me quedo aquí. Allá vosotros. – dijo Akira.

– Duerme bien, cabrón. – le respondí.

– ¿Estarás bien? – preguntó Cris.

– Claro, además, os desenvolveréis vosotros.

– ¿Cómo?

– Chorro será quien hable, que pa eso sabe francés, y tú su ayudante. Yo os iré tutelando, a ver qué tal.

– Bien, bien. – se emocionaba el cura. Me alegró que no se sintiera tan culpable.

– Lo primero: unos trajes. En mi maleta tengo uno elegante de mi talla. Te quedará algo grande, Chorro, pero valdrá, aunque tenéis que plancharlo. Pedidle al jefe del motel que os ayude con eso. Las placas policiales las tengo también. Con que pongáis una foto vuestra vale. Es fácil de falsificar cuando tienes experiencia. Faltaría el tuyo, Cris.

– ¿Y si lo compramos? – preguntó.

– Primero encontrad un caso, y luego haced el mono. – decía Akira adormilado. – Bueno, no, primero salid de aquí y luego planead todo.

Así hicimos. Nos vestimos. Yo tuve que jubilar a aquella gabardina, y coger la de repuesto. Ya no tenía más. Si perdía ésa también, perdería todas. Me dio pena jubilar la que llevaba, pero estaba hecha demasiado asco. Pensé en tirarla a un cubo de basura, pero me habría parecido un final muy poco noble después de tantas aventuras vividas. Un sentimiento de nostalgia y melancolía me instó a guardarla aún.

Fuimos a una cafetería que abría a primera hora de la mañana. Pedimos algo y conversé con ellos.

– A ver, ¿qué os puedo decir? Casi todos los seres sobrenaturales son vampiros, con distintos nombres, pero vampiros en el fondo. Son seres deformados y depravados en busca de sangre y de muerte. O de energía vital. O sesos. O fetos de bebé… En fin, muchísimos. Vampiros, como los conoce la gente en general, apenas he visto tres o cuatro. No existe el prototipo de vampiro galante y formal del que enamorarse. Todos son perversos. Pocos hay que convivan con los humanos. Casi todos tienen formas monstruosas y de no-muertos. Así que veremos muertes por la zona, casos sin resolver, y tal. Es fácil hackear, aunque no tengo ni idea del idioma, así que Chorro, me ayudarás. Mientras tanto, Cris, irás a buscarte un traje barato en alguna tienda cercana. No suelen reconocer el precio de los trajes que llevamos. Con que vayáis algo formales es suficiente. Una vez listos os diré cómo actuar, ¿vale?

– ¡Sí! – dijo Cris.

– Vale… – dijo Chorro, no tan emocionado.

– Eh, ¿qué te pasa?

– Nada, lo del pedo. Que es que… lo siento.

– Ah, no, joder, no te rayes, no pasa nada.

Asintió, triste. Tenía que confesarle que había sido yo, pero habría resultado el doble de despreciable.

– Veamos, Chorro, ve a por el portátil, y Cris, tira a por ropa.

– ¿Cómo me comunico con ellos? – preguntó mi niña.

– El dinero es idioma universal.

Sonrió, aunque con cierta siniestralidad. La típica que cubre una broma cruel que sabes que es real pero que no puedes cambiar. Y, pasada una hora exacta, Cris volvió a aquella cafetería con el traje listo para estrenar. Volvimos al motel, donde Akira seguía durmiendo, y les expliqué el caso que tenía entre manos:

– Casi siempre hay algo sobrenatural en cada parte del mundo. Este caso se encuentra a unos veinte kilómetros de aquí. No he encontrado nada más, ni más cerca, ni más lejos. Al parecer ha habido una serie de asesinatos por Francia, en la que un polvo blanco era encontrado en la nariz de las víctimas, y no era droga. Ésta es información confidencial, Chorro me la ha traducido. Vamos a ir y a obtener algo de ese polvo.

– ¿Qué tiene de raro el caso? – preguntó Cris.

– El polvo, por las fotos, parecía ser… polvo de hada. Sí, típicas hadas monísimas y adorables que veis en películas infantiles, pues podría ser una de ellas. Nunca nos hemos topado con una malvada, pero podría darse el caso, aunque suelen ser bondadosas.

– Siempre hay excepciones. – dijo Akira medio dormido.

– ¿Cómo pretendemos sacar conclusiones de un lugar, cuando ha cometido asesinatos por toda Francia? – preguntó Cris.

– No se necesita investigar todos los lugares, sólo uno. Tenemos que dilucidar si es lo que yo creo que es. Además, si así fuera, sé dónde cometerá el siguiente asesinato.

– ¿Dónde? – preguntaron, curiosos.

– Faltan tres días, así que venga, manos a la obra.

Era sencillo de explicar. Sus asesinatos formaban un símbolo no muy usual, pero conocido a poco que se sepa del tema. Era satánico. Poseía seis aspas, pero era difícil de identificar, ya que entre aspa y aspa el ángulo difiere. Sin embargo yo sabía dónde iba a cometer el asesinato. Pude dilucidar su patrón. Asesinaba cada, oh, sorpresa, seis días. El último asesinato se cometió hacía tres, conque teníamos tres días más. Las aspas partían de un centro para luego extenderse a los lados. Era un símbolo sin mucho sentido, pero al parecer para el ser que cometía los crímenes tenía un gran significado. No sabíamos a lo que nos enfrentábamos, a si era un hada de verdad, o alguien usando un hada. ¿Y qué pretendería con aquello? ¿Y cómo es que las fuerzas de la ley y el orden no pudieron darse cuenta?

– ¿Te unes? – pregunté a Akira.

– Paso, estoy reventado. Ya me diréis qué tal.

– Duerme bien.

– Tú deberías hacer lo mismo. Estás medio cojo. Recibiste de lo lindo.

– Hay cosas que hacer, y vidas que salvar.

– Tú verás.

Cogimos el coche y nos dirigimos al lugar del crimen. Les expliqué las pautas que seguía.

– O una de dos, o los polis no se han empanado del símbolo, o han visto uno incorrecto, y no saben dónde encontrarlo, porque algunas versiones las aspas tienen otros ángulos. Lo que sé es que las víctimas no comparten ninguna similitud. Trabajo, o aficiones, o forma de ser… Lo único que le importa es el lugar.

Aparqué el coche y entramos en la vivienda, precintada, escoltada por un policía. Le enseñamos placas falsas Chorro y yo, una de ellas era de Akira pero al no llevar foto el policía no se coscó. Él era agente de la interpol, yo experto criminólogo, y ella médico forense. No hizo falta que enseñase también sus credenciales. El policía se convenció en el mismo instante que enseñamos las placas. Seguramente estuviera hasta el nabo de estar allí parado. Entramos e inspeccionamos la sala donde murió. El cura le preguntó que si habían limpiado o tocado algo. Obviamente sí. Mi cojera no me permitía moverme mucho. Me daban pinchazos en el pie cada vez que lo posaba, desequilibrándome. No había mucho que investigar. Las pruebas se guardaban en la comisaría del pueblo. En un día se llevarían a la capital, donde hay mayores instrumentos para investigar. Nos apresuramos en ir. En la casa sólo había un charco de sangre, causado por un impacto de bala en la nuca. Habían muerto todos de distintas formas. Sólo compartían el polvo blanco extraño por la nariz.

Llegamos delante de la comisaría y me quedé en el coche esperando.

– El caso no está saliendo como me esperaba. Quería que os movierais vosotros, y ya lo tenemos casi todo hecho. Sabemos que seguramente sea un hada, y sabemos dónde actuará la próxima vez, así que… Vais a tener que entrar allí, coger una muestra del polvo, y traérmela.

– ¿Qué? ¿Sustraer pruebas? – preguntó Chorro, alterándose. – Pero no podemos llevárnoslas así como así.

– Que sí, joder. Con que me traigáis un poco de polvo valdrá.

– Pero tú… Llevas años haciéndolo, nosotros nunca. No valemos para ello. Joder, qué nervios… – decía Chorro, cuando Cris le dijo:

– A callar, venga, vamos pa dentro. En unos minutos lo tienes, M.

– Bien, así me gusta, con determinación.

Me acomodé en el coche. Les dije lo que tenían que decir. Chorro enseña placa, dice que viene con acompañante, ven las pruebas, las inspeccionan a fondo, y meten un poco de polvo en un frasquito que les di. Fácil, en teoría. Esperé unos minutos, mirando a la puerta. En cualquier instante saldrían con las pruebas y nos iríamos. En teoría…, más que nada porque salieron esposados y con cara de: la hemos cagado.

– Por Dios… – dije yo llevándome las manos a la cara. En buena hora…

 

 

 

 

 

 

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