Capítulo 1.3 – El Nido

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Capítulo 1.3 – El Nido

 

El gran momento de la cacería llegaba. Eran las seis de la mañana, un día lluvioso de noviembre, con el sol escondido a punto de amanecer en un par de horas. Habíamos decidido que sería mejor atacar el nido entonces en vez de esperar hasta la noche, aprovechando las últimas horas de oscuridad. La chica joven con ansias de ser escritora seguía impactada por lo que había visto. Decidimos dejarla en el motel y pasarnos luego a buscarla. Akira me recriminó que la hubiese llevado con nosotros. Me encogí de hombros y nos enfundamos nuestras armas.

Eran pistolas, con balas normales, no de plata. No habíamos tenido ni tiempo ni materiales para fabricarlas. No acabarían con ellos, pero al menos los entretendrían o ralentizarían lo suficiente como para acercarnos y clavarles las estacas en el corazón o en la cabeza.

Me rasqué la barba cortada. Mi piel suave y fina me produjo mayor desagrado que el tacto de los pelillos que cosquilleaban mis dedos cuando tenía barba.

– Mira que eres tonto, ¿para qué te la cortas? – me dijo Akira. Me encogí de hombros, otra vez. Él ya sabía que yo era bastante impulsivo, inocente y bonachón. Últimamente sólo nos hablábamos para discutir. Todo fue arrastrándose en aquel maldito mes. Era un mes de noviembre, pasado en lluvias y tristezas. El alcohol no me ayudaba a dormir, y a veces pagaba mi cansancio y mi descontento con las otras personas. Akira se había dado cuenta y había intentado ayudarme, mas yo no me había dejado ayudar.

– Ya no recordaba mi rostro. – le dije. Volví a acariciar mi barbilla imberbe. – ¿Cómo sabes que me arrepiento? – le pregunté, curioso.

– Siempre pones esa cara de mierda cuando te disgusta algo.

– Yo también te quiero. – le dije poniendo morritos lanzándole un beso. Reímos. Ya estaban preparados, pero yo me quedé congelado en la habitación, preocupado y angustiado.

– ¿Qué te ocurre? – me preguntó Akira estando Richard arrancando nuestro coche.

– Tengo una grave disyuntiva. – le dije casi empezando a sudar.

– ¿Qué…?

– No sé si llevar el sombrero o no a la cacería.

– Que te jodan. – dijo mostrando una sonrisa impoluta de vacilón. Se había abrigado mejor, poniéndose una chaqueta negra de cuero. Todos nos habíamos calzado unas botas para soportar mejor la lluvia y el barro que recorriésemos, en caso de hacerlo. Cogí mi sombrero, miré a la chica, que seguía en estado de shock, y marché con mis compañeros cazadores.

Esperaba no volver a perderlo, como me había sucedido otras tantas veces. ¿Por qué lo llevaba, si sólo iba a fardar de él delante de aquellos dos hombres y de otras tantas bestias? No sé, quizá porque me daba mayor motivación llevarlo. Me siento a veces como el personaje de una película, sólo que siendo la vida real.

La zona estaba cerca, a diez minutos; tiempo que Akira aprovechó para fumar un cigarro de la cajetilla de tabaco que llevaba, encendiéndolo con una cerilla. El humo de su cigarro llenó el coche y quedó impregnado en nuestras ropas. Bajó ligeramente la ventanilla para que el humo saliese, penetrando de aquella manera la lluvia dentro. Richard tosió como si se le fuesen a salir los pulmones del pecho.

– Lo siento, no estoy acostumbrado al tabaco. – dijo.

Aparcó nuestro coche a unos cien metros de aquella mansión en mitad de la nada. Nos adentramos en un bosque y anduvimos por encima del fango, cubriéndonos las botas de él. En mi mano izquierda llevaba una botella de dos litros.

– ¿Para qué quieres hidratarte? – me preguntó Akira.

– Cuando me pongo nervioso se me secan los labios y la boca y necesito dar un trago de agua.

– Cada día estás peor.

– Pues bueno.

– ¿Soléis discutir mucho? – preguntó Richard.

– De vez en cuando, solamente. – le aseguré yo.

– Necesitamos concentración. – nos advirtió. Asentimos con la cabeza y fuimos guiados por él hasta el interior de la mansión. Estaba hecha de madera, y estaba en ruinas. Tenía medio techo descubierto; roto o llevado por el viento. Su dimensión era de cinco enormes plantas, y se me encogió el alma al imaginarme que estuviera llena de sátiros.

Nos deslizamos entre las sombras entrando sigilosamente por una puerta trasera. Dimos con la cocina, la cual estaba decorada con intestinos gruesos colgando del techo. Me sentí aprensivo y débil al ver aquella imagen. Y ya había visto tripas colgando. No me acostumbraba nunca a tanta violencia y crueldad.

Había un sátiro allí, quizá cocinando. Richard se le acercó y lo atravesó con su estaca. Vimos cómo se le derretían los ojos, y continuamos inspeccionando aquella primera planta. No había ni un alma más, así que nos decidimos por subir las escaleras.

Al posar un pie en el primer escalón éste rechinó y temimos que aquel ruido delatase nuestra presencia. No teníamos más opción que subir aquellas escaleras, pues no podíamos subir por los canalones de afuera, ya que estaba lloviendo y estarían mojados y resbaladizos.

Subimos con cuidado pasito a pasito veinte escalones. Eran veintiuno, pero justo en el vigésimo el peso cedió y caí por el escalón. Me quedé trabado en el hueco que se había hecho, con los pies colgando y resbalándome en una caída. Tuve que soltar la botella, la cual cayó a la primera planta. El crujido de aquel escalón había revelado nuestra posición y dije:

– A la mierda el factor sorpresa.

Akira se apresuró a recogerme. Las astillas de la madera fragmentada rasgaron un poco mi gabardina. Me encendí en cólera y saqué la pistola, dispuesto a cargarme a tantos sátiros como pudiese.

La primera planta tenía muebles y estaba decorada con sumo cuidado, excepto por la cocina. Sin embargo la segunda planta tenía todo desordenado y caóticamente esparcido por doquier. Los sátiros se cubrieron entre mesas y camas volcadas en el suelo. Nosotros apenas teníamos cobertura, más que una pared ya roída. Disparamos asomando sólo el arma, no nosotros. Ellos nos respondieron con más ráfagas de disparos. Que fuesen unos depredadores con garras no quería decir que no supiesen usar armas de fuego.

Me fijé en un bolsillo de mi gabardina. ¡Se había desgarrado!

– ¡Hijos de putaaaaaaaaa! – grité asomándome al descubierto por la esquina disparando a todo lo que encontraba delante de mí. Pude alcanzar a un sátiro en la cabeza, pero de pronto Akira salió a rescatarme y me arrojó al suelo, siendo cubiertos ambos por una mesa.

– ¿Qué haces, desgraciado? Podrían haberte matado.

– ¡Mi gabardina! – grité indignado. Recargué mi pistola de nueve milímetros y seguí descargando balas contra ellos, sólo que asomando la mano, no todo el cuerpo. Eran cuatro sátiros. Tres, descontando el que maté yo. Richard se asomó y, como si de un milagro se tratase, el fuego enemigo acabó. Tres disparos utilizó, y a los tres sátiros alcanzó.

Nos dejó impresionados.

– ¿No eras novato en esto? – le pregunté yo.

– ¿Eso significa que no sepa disparar? – dijo esbozando una sonrisa picaresca. Le correspondí la sonrisa, y mis compañeros subieron otra planta tras acabar con los sátiros agonizantes e inspeccionar aquélla, mientras yo bajé a la primera. Volví a reunirme con ellos.

– ¿Dónde te habías metido? – me preguntó Akira.

– Cogiendo la botella. Es muy importante. Se me cayó cuando el escalón cedió.

– Joder, déjate de agua y mátalos. – dijo señalándome una zona donde más sátiros abundaban. Continuaron los disparos. Me parecía curioso que apenas supiesen utilizar las armas, y que Richard se los cargase a casi todos cuando optaba por salir al descubierto. Tenía experiencia, y no nos lo quería contar.

Volvimos a inspeccionar la planta tras rematarlos. Nadie vivo. Subimos a la cuarta y tampoco había ninguno. Por fin llegamos a la quinta, a la decisiva.

– Puede que nos encontremos a su jefe. – nos advirtió Richard.

Llegamos hasta delante de una puerta grande con un mecanismo de apertura curioso. Tenía un hueco por el cual se introducía un objeto. ¿Cuál sería?

Lo inspeccioné y vi grabado el mismo símbolo que llevaba mi collar. Me quedé anonadado ante lo que veían mis ojos.

– Parece ser que tu colgante abre la puerta. – me dijo Richard.

Akira de repente se desmayó y cayó al suelo. Me agaché para inspeccionarlo.

– Maldición, esto es por no beber agua. – aseguré. Le eché un poco de mi botella en su frente. – Hay que hidratarlo. – sentencié. Después, me eché yo un poco sobre la cabeza y me giré hacia Richard. – ¡Tenemos que hidratarnos! – decía yo, con paranoias yendo y viniendo en mi mente. Le eché casi media botella a Richard.

– Eh, ¡eh! – se mosqueó.

– Perdón, pero es por tu bien. Si no, nos dan mareos como a Akira. – le dije yo.

– Ya, claro… – dijo mirándome como quien mira a un perturbado.

Posé la botella en el suelo y me quité el colgante. Abrí la puerta. ¡Sorpresa! Dentro de ella nos esperaban siete sátiros más, en posición de ataque. Desenfundé mi pistola y me dispuse a dispararles, pero Richard le dio un guantazo a mi arma y salió volando a un rincón de la habitación. De pronto comenzó a reír.

– Pobres ilusos, ¿de verdad pensasteis que todo iba a ser tan fácil? – dijo, mostrando su verdadero aspecto. Era un sátiro más. Pero no un sátiro cualquiera, sino el jefe de ellos. Sus garras eran más grandes que las de cualquiera, su rostro más perverso y maligno que los de los demás, y su sonrisa más psicópata y temible que cualquier otra.

– ¿Qué? – dije yo, con mi mirada desencajada. Me eché a temblar. Aquellos sátiros se nos echarían encima en cualquier momento.

– Tu colgante posee un mecanismo especial de defensa. Me impide a mí, ¡A MÍ!, – gritó enfurecido. – acercarme a ti. Os olí en cuanto llegasteis al pueblo. Oh, qué suave y dulce delicia sería probaros con mis propias manos, pensé, y aquí estamos.

– ¿Por qué no nos mataste en el motel?

– Porque yo no podía tocarte, debido a tu medallón, así que ideé este plan. Y si hubiese matado a tu amigo, el friki de lo japonés, te habría alertado y quizás hubieses acabado conmigo. Aunque fijo que no tienes ni idea de cómo hacerlo.

– ¿Así que decidiste idear este estúpido plan? ¿No podías haber enviado a tus mascotas a por nosotros? ¿O habernos pegado un tiro?

– Oh, no, ahí no queda todo. Resulta que yo quería saborearte. ¿Sabes? Cuando a un líder como yo se le mete una presa en la cabeza no para hasta alcanzarla. Y antes le gusta juguetear con ella. Así todo tiene más emoción.

– ¿Por qué no puedes tocarme si llevo el colgante, y tus súbditos sí?

– Porque yo tengo mucho poder, y ese medallón encierra un significado oculto en su grabado.

– ¿Qué significado?

– No lo sé. – dijo, intrigándome.

– ¿Y por qué no he visto tu verdadero aspecto cuando lo miraste?

– ¿Acaso me has visto mirándolo? No, me contuve por mi propio bien. Veo que todo mi plan ha salido a la perfección. Ahora es hora de desayunar. Por lo menos tu amigo está desmayado y no sentirá nada. – dijo ampliando la sonrisa.

Bajé mi mirada. Después, volví a alzarla, pero aquella vez esbozando una amplia sonrisa, mayor que la de Richard, si es que era su verdadero nombre. Reí, y mis ojos brillaron debajo de mi sombrero.

– ¿Qué? ¿De qué te ríes? – me preguntó con el miedo reflejado en sus ojos.

– Porque yo ya sabía todo esto.

– Friki lo será tu puta madre. – le dijo Akira detrás de él, lanzándole una cerilla. Richard ardió en llamas, corriendo hacia los demás sátiros que se apresuraron a socorrerlo. Lancé el resto de gasolina de la botella contra ellos y ardieron como Richard. Entonces vaciamos tres cartuchos de balas cada uno de nosotros dos sobre ellos. Muchos sátiros se arrojaron por la ventana con la esperanza de que la lluvia apagase sus llamas. Cierto era que la lluvia caía en aquella habitación, debido al techo roto. Acabaron todos agonizando en el suelo, con las llamas semi apagadas debido a la lluvia. La madera se había inflamado también e iba a arder toda la mansión, por lo que nos apresuramos a clavarles una estaca a todos y a cada uno de ellos excepto al líder, que yacía muerto. Sus ojos derretidos nos lo confirmaron.

Recogí mi colgante y salimos por patas de la mansión, acabando con los sátiros que estaban estampados contra el jardín de aquel lugar. Después, huimos con el coche de vuelta al motel.

– Arriesgado, pero efectivo. – dijo Akira conduciendo.

– Sí… Las llamas podrían incluso haber llegado a nosotros y habernos quemado, por haber rociado yo la gasolina sobre nosotros. Y por un momento, cuando lanzaste la cerilla, temí que se apagase en mitad del camino.

– Pero todo ha salido a pedir de boca. – dijo Akira, frunciendo el ceño y las cejas en una pose sensual y atrevida.

– Échale esa mirada a tus guarras. – le dije yo. Ambos reímos.

La primera vez que llegamos al pueblo fue por un sátiro. Lo cazamos rápidamente, y el resto del día lo invertimos en tiempo libre para cada uno. Sin embargo yo hallé la pista de un nido. Sin duda alguna, había un líder allí, por lo que ideé aquel plan. En el supermercado lo buscaba a él, pero en su lugar dimos con más sátiros. Nos ayudó matándolos, sí, pero yo ya sabía que un líder sátiro nunca dudaría en matar a los de su manada para conseguir su propósito. Se había interesado en mí y supe que jugaría conmigo, así que le seguimos el rollo.

No lo asesinamos antes para asegurarnos de que era él. El humo del tabaco de Akira en el coche nos lo confirmó. Le había revelado todo el plan en mitad de la noche, después de haberme afeitado y haber intentado conciliar el sueño. No supo nada hasta entonces. Tampoco tuve tiempo de contárselo. Fui entonces a una gasolinera y compré gasolina, y simulando ser agua se la rocié encima. Sabía que un líder sátiro no sabría reconocer el olor a gasolina, pues solo huelen la sangre de sus víctimas, y Akira fingió un desmayo para yo tener la excusa de echarle “agua” por encima. Si no, habría sido sospechoso y podría habernos asesinado sin casi pestañear. Era la primera vez que asesinábamos a un líder, y lo cierto era que me reveló una gran información. No sólo hizo aquello por jugar conmigo, sino porque mi colgante lo repelía.

– ¿Crees que mi colgante tiene poderes especiales? – le pregunté a Akira.

– Sólo sé que es la hostia. – dijo con una sonrisa.

– Sí, pero…

– ¿Pero qué?

– Joder, yo creía que mis padres lo compraron en los chinos. Estuve una vez a punto de tirarlo porque me traía recuerdos de ellos. ¿Tendrían nuestros padres algo que ver en este mundo?

– No, ni de fly. Venga, póntelo y vamos a por tu guarrilla.

– Eh, un respeto.

– ¿Qué “eh”, ni qué pollas?  ¿Todavía sigues con tus tonterías románticas?

Suspiré, mirando por la ventanilla hacia algo más allá del infinito.

– No seas mierdas, ¿eh? – me dijo él, golpeándome el hombro. – ¡Achante!

– Eh, métete tus putos achantes por el culo. Además, ¿eso no se hace cuando me vas a dar un puñetazo y yo lo esquivo como si creyese que lo recibo?

– Eso se hace cuando yo quiero. – dijo sonriendo.

– Imbécil. – le dije devolviéndole el puñetazo. Aquel coche se convirtió en un escenario de envíos y recibos de puñetazos, y lo que no consiguieron unos sátiros y su líder casi lo logra nuestra gilipollez al desviarnos hacia el carril contrario y casi chocar contra un coche.

– Mejor paramos.

– Sí, mejor. – dije, riéndonos ambos.

Akira siguió conduciendo hasta volver al motel donde nos residíamos. Protegimos aquella residencia dibujando un símbolo especial en la puerta. Le di un trago a mi whisky y me fui a dormir a mi cama, pero Cristina estaba sobre ella.

Me encogí de hombros y me acosté en el sillón, viendo la televisión en un volumen bajo. Richard, aunque yo supiese desde el principio que era uno de los malos, fue mi confidente durante unos minutos, en los cuales me desahogué desde el corazón y la sinceridad.

Mi corazón se aceleró enrabietado. Derramé una lágrima por mi ojo derecho. Suspiré, satisfecho por el deber cumplido, y me dormí en aquel incómodo sillón, en aquella habitación de mala muerte, con un nuevo día por llegar.

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